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  1. #1
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    Predeterminado "Tiempos Modernos"

    A todos que quieren saber la historia del siglo XX os recomendaria "Tiempos Modernos" de Paul Johnson. Es un libro gordo pero su vision esta muy cerca a la realidad.

  2. #2
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    Predeterminado Tiempos (problemas) muy modernos

    La guerra mundial del terrorismo y la inmigración


    Por Luis María Anson, miembro de la Real Academia

    Publicado el Martes, 6 de julio de 2010
    , en El Mundo

    Pudo hacerlo y no lo hizo. Pudo decirlo y no lo dijo. Pudo explicar a los empresarios españoles que le rendían visita en el Vaticano, que sus antecesores, los Sumos Pontífices, los sumos hacedores de puentes, habían exigido, antes que el comunismo estéril, la justa distribución de la riqueza. La 'Rerum novarum' de León XIII, fue ampliada cuarenta años después por Pio XII y robustecida un siglo más tarde por Juan Pablo II.

    "Como vaticinó Toynbee, estamos ya en la III Guerra Mundial no convencional"

    Pudo, en fin, Benedicto XVI, subrayar ante el dinero español que el Vaticano lleva 50 años defendiendo también la justa distribución de la riqueza mundial. Fue Juan XXIII, el que planteó el gran desafío del siglo XXI en la 'Mater et magistra' y en la 'Pacem in terris'. Continuó con la exigencia Pablo VI en la 'Populorum progressio'. Después Juan Pablo II en la 'Sollicitudo rei socialis'. Más tarde Benedicto XVI en la 'Caritas in veritate'. Y, sobre todo, millares y millares de curas y de monjas, sobretodo monjas anónimas al mejor estilo de Teresa de Calcuta, han convertido a la Iglesia Católica en la Iglesia de los pobres, atendiendo a los desfavorecidos del mundo, trabajando en los asilos de ancianos terminales, en los hospitales de sida, en los centros de infecciones, en las leproserías, allí donde nadie se atreve a estar.

    Ya sé que decir todo esto produce un escozor inextinguible en los progresistas del caviar y el 'domperignon', en los comunistas de las soflamas demagógicas, en algunos infumables socialistas de palabras huecas y acción inexistente. Es la Iglesia Católica la que exige a todos los poderosos de las naciones prósperas la justa distribución de la riqueza mundial. Mi maestro, Arnold J. Toynbee, explicó en 1974, poco antes de morir, que la Humanidad se enfrentaba a una III Guerra Mundial no convencional: la del terrorismo y la inmigración, si bien una parte de ésta resulta conveniente y necesaria.

    Nadie, ni siquiera la Rusia soviética, podía desafiar el poderío militar de los aliados. El terrorismo, sí. Un pequeño grupo talibán, como la Al Qaida de Ben Laden, puede derrumbar las Torres Gemelas en el corazón de Nueva York, puede destruir Times Square, puede hacer estallar en el puerto de la capital del mundo un barco cargado de explosivos. Los ejércitos aliados ganan las guerras convencionales en unas semanas. Pero pierden la guerrilla del terrorismo en Vietnam, en Afganistán, incluso en Iraq.

    Ninguna nación, en fin, del tercer mundo puede aspirar a invadir Estados Unidos, Francia o Alemania. La inmigración incesante de pateras y cayucos, las fronteras penetrables de las democracias, han introducido cifras escalofriantes de inmigrantes en Estados Unidos, Alemania o Inglaterra. La altiva Francia del Imperio colonial africano tiene ya un 20% de población inmigrante, con problemas tan profundos que la extrema derecha de Le Pen, apenas un 0,5% de votos, se encaramó en cifras de dos dígitos de ese sufragio real, irritado por la invasión inmigrante.

    No nos engañemos. Como vaticinó Toynbee, estamos ya en la III Guerra Mundial no convencional. Es una torpeza combatir sólo con las armas, la violencia o las prohibiciones, el terrorismo y la inmigración. Tiene razón el Vaticano. Sólo la justa distribución de la riqueza puede contribuir a un nuevo orden social de paz y prosperidad para todos, en este mundo convulso que la tecnología ha convertido en la aldea global de McLuhan.

  3. #3
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    Predeterminado Más moderned

    El enemigo invisible

    por GEES, 30 de Octubre de 2010 , en LD

    Desde el 11-S, la principal preocupación relacionada con la seguridad en las sociedades occidentales es el terrorismo islámico. Preocupación más que justificada: la posibilidad de que grupos terroristas repitan los atentados en ciudades europeas o americanas, quizá además con armas de destrucción masiva, plantea un futuro preocupante que se trata de conjurar tanto en las montañas de Afganistán como en las barriadas londinenses o en los arrabales de Bagdad. El último episodio de la amenaza terrorista, el complot descubierto para atentar en varias ciudades europeas al modo y estilo de Bombay en 2008, o el incidente este mismo viernes en el avión que cubría el trayecto Yemen.

    Pero antes, al margen, pero relacionado y unido al fenómeno terrorista, está una amenaza tan vieja como la sociedad y la humanidad misma, que se ha desarrollado intensamente en las últimas décadas y que pasa demasiadas veces desapercibida: la delincuencia organizada. Con el siglo XXI se ha diversificado, se ha transnacionalizado y adquirido un poder e influencia renovados. Parasita instituciones, agrava conflictos y los crea allí donde no existían. Y ahora lo hace de manera global, da igual que hablemos de la Cañada Real, de Tokio, de las costas mediterráneas, de los Andes o del Cáucaso Está presente por todo el mundo. Un libro de reciente aparición muestra la actualidad de un fenómeno que lejos de remitir, pervive con nuevas fuerzas.

    Si el terrorismo se manifiesta públicamente de manera aparatosa, el crimen organizado se extiende por las sombras. No busca tomar el poder en las instituciones, sino parasitarlas y utilizarlas. Hasta que como los parásitos, acaba con ellas y con el orden. El caso más dramático es el de México, donde este enemigo invisible había pasado desapercibido hasta ahora, tras décadas de corrupción institucional y de permisividad política. Ahora ha convertido la frontera sur mexicana en un escenario bélico, supone un problema para las relaciones mexicanas con los Estados Unidos y amenaza con convertir al país hispano en un Estado fallido.

    El caso mexicano muestra hasta qué punto este enemigo invisible que es el crimen organizado puede crecer y desarrollarse hasta que ya es demasiado tarde para dominarlo si no es acudiendo a medidas extraordinarias, que convierten los escenarios del crimen en campos de batalla, con el ejército involucrado en la lucha. Muestra que el terrorismo no es la única amenaza a la que se enfrentan nuestras sociedades.

  4. #4
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    Predeterminado Auge islamista

    El mundo, podría decirse, está en vilo ante las ambigüedades de Obama. La señal de retirada para este año de Irak y Afganistán está incentivando a los terroristas. No era, pues, la actitud occidental la que generaba la violencia islamista, sino la percepción de debilidad.

    La teoría progre era clara: Bush fracasó. Su reacción engendró más terror. Las reivindicaciones extremistas eran legítimas, aunque mal planteadas. Nuestros excesos los habían radicalizado. No obstante, el republicano había mantenido a Estados Unidos a salvo. Así que bastaba con mantener sus medidas, ir preparando el regreso y cargar las tintas contra su retórica de cowboy. Por ejemplo, cambiando la terminología guerrera, la nueva era alumbraba las operaciones de contingencia exterior.

    Este nuevo paradigma, lejos de tener éxito, ha minado los progresos precedentes. Al ser asesinado Salmán Tasir, el político paquistaní que recientemente protegió a la cristiana Asia Bibi contra la aplicación de la pena de muerte por blasfemia, la democracia y la libertad en Pakistán han perdido un baluarte.

    Y llueve sobre el mojado de más contingencias. Porque, ¿quién mató a los coptos de Alejandría? Al Qaeda. ¿Quién cometió la masacre de noviembre contra cristianos en Bagdad? Al Qaeda en Irak. ¿Quién secuestra en las orillas del Mediterráneo? Al Qaeda en el Magreb Islámico. ¿Quién mató a Tasir? Al Qaeda. Sin embargo, Al Qaeda, y citamos a Panetta, jefe de la CIA, es un grupo de unos cincuenta extremistas en Pakistán, y quizá otros tantos en Yemen. Esto, gracias a años de combate. ¿Acaso el ejército más poderoso del mundo, ya sea disminuido por los recortes, no puede con esto? Yes, it can.

    Es decir, las guerras de Obama no consisten en, según el repetido lenguaje inventado por algún lince del consejo de seguridad nacional, "desorganizar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda", sino en enfrentarse al terrorismo islámico en todas sus facetas, que incluye desde los chiíes tarados de Teherán –sorprendentemente mantenidos a raya por el gusano informático Stuxnet– hasta los suníes radicalizados que, en feliz expresión del experto Angelo Codevila, "elegimos llamar Al Qaeda".

    La red de terroristas islamistas que completa este panorama y que implica no sólo a los talibán afganos, sino a los fanáticos que se detienen día sí y día también en Estocolmo o Barcelona, responde a una ideología criminal –el radicalismo islámico– contra la que debe dirigirse el combate de nuestro tiempo, como antaño se hizo contra el comunismo.

    Esta guerra exige, sí, hombres como Petraeus y aviones no tripulados, pero requiere sobre todo una explicación a las sociedades occidentales. Necesita el planteamiento de una solución que no es otra que la de la expansión del modelo de democracia liberal que Fukuyama identificaba con el fin de la historia, y que, por lo visto, sólo podrá tener lugar en cuanto se haya dilucidado este choque de civilizaciones que anunció Bernard Lewis y por el que cobró fama Huntington.

    Tasir se oponía a la pena de muerte por ofender al islam. La blasfemia que más dificulta las cosas es la indecisión occidental. No matan más por que se escandalicen más: no matan más porque no pueden. Tras la hoja de higuera de la prudencia, lo único que esconde la teoría progre es el miedo a enfrentarse a la guerra entre la tiranía y la opresión de nuestros días.

    Por GEES, Grupo de Estudios Estratégicos. En LD

  5. #5
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    Predeterminado El futuro es la muerte

    Leonard Cohen con inigualable prosa lo predijo y lo cantó. Mucho antes que él con su arcana escritura lo hizo Nostradamus. Antes que ambos lo dijo Ezequiel, y a través de los siglos no faltó quien viera el futuro de horror y muerte que se avecina.

    Los que pensaron que con Hitler se cumplieron las profecías y dicen que después del Holocausto la historia se volvió lineal, esos están equivocados. Todavía no llegó ese esperado momento. La sed de sangre está hirviendo en el mundo. Para ser más precisos, en el mundo islámico.

    Si los líos no aminoran en Egipto, Hosni Mubarak se irá a Alemania para un chequeo médico. La edad se lo permite, el hombre tiene cáncer. Sus días están contados por salud o por revolución. La excusa es adecuada para que no retorne a El Cairo. [Nota del editor: este texto está compuesto antes de la renuncia de Mubarak].

    El próximo en seguirle los pasos puede ser el rey Abdalá II de Jordania. Su padre, el rey Husein, sufrió más de 12 intentos de asesinato por parte de los fanáticos musulmanes palestinos. Su abuelo Abdalá I fue asesinado en 1951 por un palestino mientras visitaba la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalem. Abdalá I fue una pieza clave en la caída del Imperio Otomano, por lo que sus descendientes no son queridos por sus correligionarios mahometanos. La familia real jordana, hachemita, nunca fue de la línea fundamentalista. Al contrario, fue aliada de los ingleses y, consecuentemente, enemiga natural de los palestinos.

    La madre de Abdalá II, la princesa Muna, es inglesa, hija de un oficial británico. Su nombre de nacimiento es Antoinette Toni Avril Gardiner. Abdalá II se educó en los Estados Unidos e Inglaterra. Se casó con Rania al Yasin, nacida en Kuwait; sus padres son originarios de Tulkarem, ciudad árabe que estuvo bajo dominio jordano hasta que retornó a manos de Israel.

    ¿Por qué esta historia biográfica? Porque sin Mubarak en Egipto, sin Ben Alí en Túnez, sin Hariri en Líbano y sin Abdalá II, que sería barrido por las hordas de Hamás, que obedecen a la Hermandad Musulmana de Egipto, el Medio Oriente va a arder por todas partes al mismo tiempo, y la hoguera traspasará fronteras y continentes.

    Con Erdogan en Turquía, con Ahmadineyad en Irán, con Argelia tambaleándose por los ataques de los yihadistas; con la propagación de la pseudo-ola democrática y pro derechos humanos, en países donde jamás se toleró la divergencia política ni se respetaron los derechos de nadie, el Magreb y el Medio Oriente están cayendo bajo el dominio de los asesinos religiosos.

    Cuando en los próximos meses veamos que, en vez de democracia, los fanáticos han tomado los mandos, alguna guerra tendrá que comenzar; y qué mejor que iniciarla contra Israel. La prensa progre antisionista apoya a los musulmanes, y los gobiernos neocomunistas también, particularmente los latinoamericanos. La ONU es un basurero.

    Obama es el presidente más débil de la historia. ¿Qué mejor oportunidad para abalanzarse contra el imperio? BO no quiere siquiera escuchar un comentario contra el islam, que para él es una religión de paz y amor. Los únicos que empiezan a despertar de la pesadilla islámica son los europeos, que están más que hastiados de los excesos de sus millones de inmigrantes levantinos.

    ¿Cómo será la próxima guerra? Igual que la economía y las telecomunicaciones, será global. En Europa se tomarán medidas discriminatorias que obliguen a meter a los musulmanes en barcos y aviones para devolverlos a sus países de origen. ¿Nos recordará al nazismo? Sin duda, sí. La gran diferencia es que los judíos jamás trataron de imponer su religión, sus modos y sus costumbres a nadie. Fueron siempre víctimas pacíficas de un odio y una envidia irracionales.

    En el Medio Oriente, Israel tendrá que defenderse con todo su poder. Deberá retomar el Sinaí, sentar su soberanía absoluta sobre Judea y Samaria, despachar a los palestinos a Ammán y acabar con Hezbolá sin dejar de proteger a los cristianos del Líbano, para que tomen el gobierno del país vecino. Tendrá que destruir a Hamás en Gaza y Cisjordania. Deberá atacar a Irán si Ahmadineyad se mete en el baile –y es más que seguro que lo hará–, y probablemente habrá enfrentamientos con Turquía.

    ¿Puede Israel hacer todo eso solo? No, necesita del apoyo de los Estados Unidos y de Europa, que entrarán en la batalla por su propia supervivencia. No hay la menor duda de que Occidente triunfará. Los fanáticos musulmanes, como todos los fanáticos, son incapaces de ver la realidad, y no perciben ni remotamente la dimensión del poderío militar del mundo libre.

    En Norteamérica habrá violentos movimientos pro musulmanes, dirigidos por el islam y la ultraizquierda, que serán aplacados. En Latinoamérica sucederá lo mismo, con la diferencia de que los gobiernos neocomunistas no harán nada para contrarrestarlos.

    La guerra políticamente correcta, impuesta por los medios progresistas sobre los ejércitos judeocristianos para que actúen como si estuviesen peleando contra inocentes criaturas a las que hay que tratar de no hacer daño innecesariamente, llegará a su fin y pasará a los anales de la historia de la estupidez humana. El futuro es muerte.

    Por José Brechner, en LD
    © Diario de América

  6. #6
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    Predeterminado Mucho más que historia en directo

    Las formas y estrategias comunicativas de la revuelta popular de Egipto que ha puesto fin al régimen de Mubarak alteran de manera radical y profunda (hasta límites que, de momento, cuestan de analizar) la clásica y compleja triangulación entre ciudadanía, poder y medios de comunicación. No sólo porque Twitter y Facebook superen de largo el paradigma televisivo unidireccional y el control que sobre él ejercen los gobiernos de cualquier tipo, sino porque los nuevos canales y redes sociales, además de ser rápidos y de no tener un único centro, han convertido a cualquier protagonista de un hecho en su narrador. El apagón total, deseado por cualquier dictadura ante una crisis, es hoy muy difícil de lograr, por no decir imposible. Como ya se vio en Irán hace unos meses (y vuelve a repetirse ahora mismo), una persona con un móvil es alguien con “un arma cargada de futuro”, por decirlo como el poeta.

    Mientras los manifestantes seguían en la plaza Tahrir de El Cairo y Mubarak apuraba sus últimos días en palacio, tuve ocasión de charlar largamente con un diplomático sobre lo que deben o no deben hacer, en esta nueva etapa, las democracias ante los sistemas políticos que se sustentan en el terror, la injusticia, la censura y la corrupción. El esquema tradicional de los gobiernos occidentales consiste en subordinarlo todo a la estabilidad, dejando para las oenegés y los medios de comunicación la bandera de los derechos humanos y la exigencia de libertades. Dado que la UE sólo tiene intereses (parafraseando la célebre declaración que se atribuía a los representantes del Reino Unido en el ancho mundo), no debería sorprendernos que Bruselas apoye a cualquier sátrapa que asegure unos mínimos, se llame este Ben Ali, Mubarak, Bashar el Asad, Abdalah o Mohamed VI.

    El problema que trastoca las certezas de tantas cancillerías es que, con este manual de instrucciones heredado del pasado siglo XX, las autoridades europeas y estadounidenses están quedando en fuera de juego ante los pueblos que sufren la opresión y ante las opiniones públicas que, obviamente, asisten en directo y con todo lujo de detalles a ese combate arriesgado, mortal muchas veces, por una vida más libre y más digna. Se hace abismal la distancia entre lo que la diplomacia occidental sigue calificando de “posible” o “deseable” o “mal menor” y lo que aparece como evidente, urgente, necesario e imprescindible ante una audiencia mundial que ejerce de algo parecido a una ciudadanía consciente y crítica, sujeto activo y constructor de una suerte de estado universal kantiano virtual, existente en millones de pantallas que ya no son únicamente la de los viejos televisores que teníamos en el salón de nuestro hogar.

    Admito que tal vez peco de optimista. Admito que nadie sabe en qué acabará realmente la transición egipcia, la tunecina y las que pueden seguirlas. Admito que hay actores y fuerzas importantes que contribuyen a echar a Mubarak del poder que se mueven fuera de campo, en despachos muy alejados de la plaza Tahrir, allí donde el secreto (con el permiso de Wikileaks) permanece y cobra sentido. De acuerdo. Pero hay una forma de ejercer el poder y la diplomacia que se ve directamente cuestionada por nuevas realidades en ebullición. ¿Cómo se forja, por ejemplo, el consenso sobre la intervención humanitaria en un país tercero cuando Twitter canaliza testimonios que superan con creces lo que pueda explicarnos el presentador líder en el informativo que vemos a la hora de la cena? Al gobernante democrático, unido a la opinión pública de sociedades abiertas, se le está moviendo el suelo bajo los pies como sucede cuando hay terremotos.

    Los discursos oficiales que las señoras Clinton y Ashton nos han ofrecido estos días sobre Egipto constituyen un monumento gigantesco al desconcierto, la incoherencia, la falta de audacia y la miopía. Y ponen de relieve lo que antes apuntábamos: la caducidad galopante de la diplomacia de contención o de circunstancias. Se trata de un fenómeno que va mucho más allá de las viejas diferencias académicas entre idealistas y pragmáticos en las relaciones internacionales. De hecho, resulta verdaderamente difícil saber cuál es hoy la opción más realista para un estadista occidental enfrentado a una revuelta en el Tercer Mundo. Los cánones de la posguerra fría son papel mojado y uno no querría estar en la piel, por ejemplo, del embajador español en Rabat. Hay que pensarlo todo de nuevo, es obligado, teniendo claro que la respuesta al fallido intervencionismo militar de la era Bush (que pretendía implantar la democracia desde fuera) no puede ser un regreso a la pasividad contemporizadora de las democracias ante las dictaduras de turno. Túnez y Egipto son la prueba de que falta imaginación política en las grandes capitales de Occidente.

    La historia se desarrolla más rápido que los cálculos de los analistas de guardia y, a diferencia de lo que sucedió cuando la caída del muro de Berlín, la diplomacia no puede echar mano de ningún guión precocinado con los equilibrios del nuevo viejo orden. Estamos más allá de la historia en directo que nos viene suministrando la televisión desde finales de los años ochenta. ¿Qué es lo nuevo? La espontaneidad organizada de la revuelta popular unida a su presencia constante en millones de pantallas (no sólo de televisión), un factor que pulveriza los discursos que relativizan o desatienden el acontecimiento que acapara la atención mundial. De la historia en directo pasamos a la historia construida vertiginosamente con espejos incontables, que desafían al miedo. La presencia concreta del otro (lejano y oprimido) deja de ser un eco fantasmal y remoto.

    Por Francesc-Marc Álvaro, en La Vanguardia

  7. #7
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    Predeterminado ¿El fin del mundo?

    Tal y como lo hemos conocido y vivido hasta ahora, seguro que sí. ¿Cómo explicar si no que los americanos, esos que en su día fueron capaces de poner a un hombre en la Luna a fin de impresionar al resto de la humanidad, se hayan quedado sin medios de lanzar cualquier cosa al espacio y dependan ahora de los cohetes rusos? ¿ O que China, esa superpotencia continental, acabe de botar su primer portaaviones, señal inequívoca de poderío militar y ambiciones de gran calado?

    Hace no tanto, los economistas nos tranquilizaban advirtiendo de que esta crisis no le llegaría ni a los tobillos a la del crack del 29. Pero los números no lo son todo y, creo que nadie puede ya ponerlo en duda, no nos encontramos en una crisis económica como cualquier otra. Porque no sólo es económica. La recesión, el paro y la deuda son sólo manifestaciones de males mayores. Los indignados de todo tipo, pelaje y condición se multiplican, se clonan, desde Filadelfia a Tel Aviv, pasando por Madrid y Londres, todos lugares más que permisivos. Lo de los tanques en las calles sólo es dominio de los sátrapas del Medio Oriente. Pero no menos violencia política es la decisión de nuestros aburguesados sindicatos de intentar boicotear la visita de Benedicto XVI a nuestra capital. Estamos enfermos y no porque carezcamos de solvencia y liquidez. Hemos perdido el sentido común y nos hemos creído que podíamos hacer cuanto nos viniese en gana sin pagar las consecuencias, desde gastar mucho más de lo que se ingresa a borrar del sistema educativo el suspenso, por no hablar de una educación sexual que dispara los embarazos no deseados y los abortos entre los más jóvenes.

    Arnold Toynbee dijo que las civilizaciones mueren por suicidio y no por asesinato. Nosotros, los occidentales, no parece que vayamos a ser la excepción. Nuestras debilidades son más fuertes que nuestras fortalezas. Lo malo es que no hay alternativa mejor a nuestro orden. No viene China, sino una nueva Edad Media.

    Rafael L. Bardají, en La Gaceta

  8. #8
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    Predeterminado Irán amenaza con borrar del mapa al Estado de Israel

    A Estados Unidos le gustaría que fueran varios países islámicos, liderados por Arabia Saudí, los que atacaran a Irán y destruyeron sus instalaciones nucleares. Se trata de una noticia contrastada. El 28 de junio del año 2005 publiqué yo una canela fina titulada Hacia la guerra de Irán en la que se vaticinaba lo que ahora se ha convertido en un hecho. Ahmadineyad tiene ya la capacidad atómica de borrar del mapa al Estado de Israel. Teherán dispone de misiles precisos para alcanzar Jerusalén y, muy probablemente ya, de cabezas nucleares para dar consistencia a sus amenazas. En cuatro ocasiones distintas, Mahmoud Ahmadineyad ha manifestado públicamente su propósito de aplastar a Israel.

    Aquel genio del arte militar que fue Moshe Dayan reunió tras la Guerra de los Seis Días a los representantes de los medios de comunicación, contestó a sus preguntas y terminó diciendo: «Nunca más volverá a existir en el entorno de Israel una potencia islámica con más fuerza que la nuestra». Netanyahu piensa lo mismo. Dice lo mismo. Desde 1967, la actitud israelí ha permanecido invariable en este sentido. Siria, Líbano y Jordania conocen muy bien la realidad de la política militar de Israel. Sadam Hussein quiso ser el rais del mundo árabe. En 1980 y 1981, aviones Phantom, F-16 y F-15 israelíes destrozaron sus instalaciones atómicas en Tuwaitha y Osirak. Después el lobby judío provocó las dos guerras que terminaron con la altivez iraquí, anudando la soga en torno al cuello del dictador Hussein, en una tremebunda imagen contemplada en todo el mundo. José Luis Sampedro, en su libro Los mongoles en Bagdad, explicó la motivación profunda de las guerras de Irak: «…la reordenación de toda esa área mundial para dar seguridad al Estado de Israel».

    Ahora, ante el avance del desafío nuclear iraní, Netanyahu prepara su fuerza aérea para bombardear las instalaciones subterráneas atómicas, dispersadas por el Gobierno de Teherán en varios enclaves a lo largo de todo el territorio persa. A Obama no le gustaría que Israel atacara. Como sabe que lo hará, busca soluciones alternativas. Estados Unidos, enfrascado todavía en las contiendas de Irak y Afganistán, no cree conveniente que sus Fuerzas Armadas emprendan una nueva aventura. Por eso los servicios de inteligencia norteamericanos gestionan una alianza árabe, lideraba por Arabia Saudí, que bombardee las instalaciones nucleares persas. En caso de que no se consiga el propósito norteamericano, Israel atacará antes de verse fulminado por los misiles de Ahmadineyad.

    Aunque no todo es blanco y negro en esta cuestión, aunque hay muchos grises y numerosas veladuras, parece claro, como ha escrito Antonio Caño, que Estados Unidos calibra ya el alcance de un ataque israelí contra Irán. Obama, que ha trabajado duro y lúcido en favor de la paz, no ha podido convencer ni a Rusia ni a China de que paralicen a Ahmadineyad. El sátrapa persa continúa potenciando sus instalaciones nucleares, algunas de ellas desarrolladas en el entorno de Ormuz.

    Y ahí está el factor añadido que agudizará la crisis económica mundial. Si como consecuencia de un ataque aéreo contra Irán, sea árabe, sea israelí, se cerrara el estrecho de Ormuz, el suministro de petróleo quedará fuertemente comprometido con consecuencias imprevisibles para el equilibrio de la economía mundial. En esta situación límite enfilamos el año 2012 con los horizontes nublados y el tiempo borrascoso, mientras Mariano Rajoy disfruta del esplendor en la gloria y del incienso que a su paso derraman Soraya y María Dolores.

    Por Luis María Anson, miembro de la Real Academia Española. En El Mundo

  9. #9
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    Predeterminado Elogio de la tradición

    Uno de los daños que nos ha dejado la empanada colectiva del 68 ha sido el desprecio a todos aquellos hábitos que se inscribían en un pensamiento fuerte de la vida. Conceptos como familia, autoridad y tradición se grabaron con la letra escarlata del adulterio progresista y pasaron a formar parte del legado de la derecha ultramontana. Es decir, no entendieron que estaban ante unos hábitos humanos arraigados y muy efectivos para la felicidad de la gente, y provocaron el enorme desconcierto que ahora nos atenaza. Problemas actuales como el síndrome del niño emperador, que tiraniza a sus padres, o el desprecio a profesores, médicos, policías, a cualquier colectivo que huela a orden social, ¿qué son si no crisis de autoridad? Y las brutales soledades que ahogan a los humanos ¿no tienen que ver con la destrucción de la vida familiar? El error del prohibido prohibir que buscaba flores bajo el asfalto –y sólo encontró el metro– fue no entender que aquellos eran valores transversales que estaban fuera de la confrontación ideológica, y cuya conservación no implicaba ningún pérfido derechismo, sino justamente la garantía del progreso social.

    La familia, por ejemplo, es una escuela de valores civilizados y es la red de protección que nos permite caer para volver a levantarnos. Es evidente que hacía falta revisarlo todo con ojos modernos, pero aquellas revueltas confundieron la libertad con el caos y dejaron un sustrato de menosprecio al orden civilizado que todavía nos afecta.

    El valor de la tradición no quedó exento del fuego contra la herejía y todavía ahora parece que debamos justificar la memoria identitaria que nos arraiga con siglos de costumbres, recuerdos e historia colectiva. Las fechas actuales son paradigmáticas de este ninguneo a la tradición como un estigma del inmovilismo conservador.

    Personalmente no sólo no participo de esa tontería, sino que milito en las tradiciones que conforman mi identidad tanto personal como nacional. En casa hacemos un pesebre esmerado que vamos completando año tras año, y por supuesto los hijos conocen los mitos religiosos que le dan sentido. Además de hacer el ritual pertinente del tió, disfrutamos de sobremesas con villancicos e intentamos mantener vivo en la memoria el rico legado de canciones populares catalanas propias de estas fechas. Y finalmente intentamos dotar de trascendencia unos días que, al fin y al cabo, hablan de amor, de entrega y de convivencia. Todos estos valores ¿no lo son de progreso? ¿No es el progreso la capacidad de mejorar el presente partiendo del respeto al pasado? Aquello que somos y aquello que hemos sido. La tradición es eso, un canto a la dignidad de nuestra identidad, un homenaje a las generaciones que nos han construido. Despreciarlo en nombre del progreso no mejora la sociedad. Sólo la hace más perdida, más triste y más desconcertada.

    Pilar Rahola, en La Vanguardia

  10. #10
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    Predeterminado Tiempos modernos

    La propaganda y el posibilismo del PP han convertido las elecciones dominicales en una réplica del 20-N. Tanto las ha ganado Rajoy como las ha perdido Rubalcaba, de forma que semejante interpretación y simplificación electoral no sólo legitimaría la política de austeridad. También representaría un impulso plebiscitario a los eventuales recortes.

    El problema es que la evidente agonía política de Rubalcaba no justifica la euforia temeraria del PP. Temeraria porque se pretende trasladar que Rajoy ha ganado las elecciones gallegas mientras que las vascas las ha perdido Basagoiti. Temeraria porque el presunto plebiscito de Galicia subestima los méritos concretos de Núñez Feijóo. Temeraria porque el rescate político de Santiago Apóstol relativiza la envergadura del frente independentista en el País Vasco. Y temeraria porque la paradoja de estos comicios periféricos consiste en que la gran revelación ha sido precisamente el candidato más anciano de cuantos se presentaban: Xosé Manuel Beiras.

    Su aspecto patriarcal y su discurso alternativo lo convierten en un tipo simpático y extravagante. Nos cae bien Beiras porque sabemos que no va a gobernar, pero la sorpresa de su resultado desahucia a los sabuesos del CIS -le otorgaban un escaño y ha ganado nueve- y se antoja un síntoma preocupante del antisistema.

    No porque vaya a producirse una revolución en las calles, sino porque la heterogeneidad de los indignados, los cabreados, los escépticos y los humillados aspira a canalizarse en un líder representativo. Pretendió desempeñar el papel Mario Conde mendigando entre las parroquias y los militares retirados, pero el retrato robot en el imaginario de la izquierda desclasada colinda con la retórica bolivariana y al perfil senatorial de Beiras.

    Resulta asombroso su parecido físico con Beppe Grillo. La diferencia es que el humorista italiano no parece resignado al papel de una extravagancia territorial, sino a un fenómeno transversal que amenaza la supervivencia de la casta política. La italiana en primer lugar. Y cualquier otra en cuanto surja un mesías accidental. Exactamente igual que Chaplin recogiendo del suelo la bandera roja sobre el asfalto caliente de Tiemposmodernos.

    Rubén Amón en El Mundo

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