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  1. #21
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Ni hacen ni dicen nada bueno

    España está sumida en una profunda crisis económica e institucional y el principal responsable de la misma tiene nombres y apellidos conocidos por todos los españoles: José Luis Rodríguez Zapatero. Si bien ambas crisis no estuvieron en ningún momento completamente desligadas –el gasto desbocado de las autonomías o la especulación con el suelo de los ayuntamientos son muestras de ello– nunca antes como ahora se fusionaron de manera tan perversa: el Gobierno socialista compra a golpe de permanentes cesiones el voto favorable de los nacionalistas vascos y canarios con tal de mantenerse unos pocos meses más en el poder y seguir arruinando a nuestro país.

    Tanto socialistas como populares son conscientes de esta trágica realidad. Unos pueden ocultarlo y autoengañarse para no sentirse culpables de haber apoyado a tan nefasto político y los otros esperan con ansias que lleguen las elecciones para regresar a la Moncloa. Los primeros confían en que Zapatero no repita y de hecho ya llevan tiempo buscando un candidato alternativo para 2012; los segundos creen que si no hacen ni dicen nada, el poder les caerá en las manos como si de una fruta madura se tratara. Ambos, por desgracia, siguen anteponiendo sus particulares intereses partidistas a las necesidades de los españoles.

    Los socialistas, si aun sintieran un mínimo apego hacia la nación que tanto han contribuido a disolver, forzarían la dimisión de Zapatero e impedirían que nadie mínimamente cercano a su equipo y a sus ideas ocupara la secretaría general del partido. Pero desde el momento en que José Blanco y Alfredo Pérez Rubalcaba, a cual más siniestro e incompetente, suenan como dos de los principales aspirantes a sucederle, parece claro que los socialistas siguen en instalados en el mismo atroz sectarismo de siempre.

    Por su parte, los populares, si de verdad quisieran sustituir la arquitectura institucional que nos ha abocado a la actual crisis económica y nacional, deberían de empezar por articular un discurso coherente que girara en torno a dos ejes básicos: la unidad de España y la libertad económica. Pero ello supondría, por un lado, rechazar de antemano todo pacto con los partidos que no acepten la soberanía nacional y el régimen de libertades básicas que consagra la Constitución y, por otro, defender la necesidad de liberalizar todos los mercados –incluido el laboral– y de recortar enérgicamente el gasto público. En su lugar, sin embargo, el PP, cuando se ha dignado a abrir la boca, se ha dedicado a coquetear con CiU (e incluso con el PNV) y a rechazar cualquier recorte de "derechos sociales". No se sabe si se trata de un discurso deliberadamente errático o de una exteriorización de las auténticas convicciones y del futuro programa del nuevo PP, pero, en cualquier caso, Rajoy y los suyos sólo serán útiles para España si derrotan a Zapatero en el campo de las ideas, no si lo asimilan en su corrosivo populismo.

    En definitiva, estamos en los peores momentos de nuestra historia democrática y contamos con una de las peores clases políticas posibles. Dependerá, pues, de los ciudadanos, de su capacidad de rebelión y movilización, el que las cosas puedan cambiar a mejor.

    Editorial de hoy de LD

  2. #22
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    Predeterminado España se desmorona

    'El desmoronamiento de España' es el título del segundo Informe Recarte, que no defraudará a quienes compraron por decenas de miles el primero, también en La Esfera de los Libros, un éxito inaudito sin precedentes en el género. Pero Recarte pertenece a la estirpe intelectual racionalista y en vez de buscar una sola explicación para la crisis, prefiere ordenar preguntas y alinear incertidumbres. La situación española se está desmoronando a tal velocidad que el decoro intelectual, el patriotismo más elemental, obliga a afrontar las causas últimas de esta crisis, en la que lo peor no es lo propiamente económico sino lo político e institucional.

    La salida de la crisis aún es posible. Lo que se desmorona es la voluntad de, al menos, intentarlo

    Recarte hace un gran trabajo de reunión de datos, clarificación de causas y formulación de remedios para, por ejemplo, sanear el sistema financiero, pero el resultado de conjunto es una radiografía implacable de la sociedad española que se desmorona. Y lo que ha colapsado ya es el sistema basado en el poder omnímodo de los partidos políticos. Remontándose a su origen legal, de 1976, Recarte, un jovencísimo asesor de Adolfo Suárez, que lo descubrió en la embajada española en La Habana, analiza desde su propia experiencia el origen político y constitucional de esta situación en la que los españoles ven a sus políticos como su segunda preocupación, tras la economía y/o el paro. Tras leer El Informe Recarte 2 queda claro que es la primera. La degeneración del bipartidismo de la Transición en un protectorado cleptocrático de los nacionalistas desde 1993, obliga a reformar el sistema para quitar a los políticos su control sobre la Justicia y obligarles a explicar sus gastos.

    Lo sorprendente es que la Constitución de 1978, meritoria en su día, sea un adefesio tan contradictorio que, como enumera Recarte, permite cambiar casi todas las piezas inservibles sin recurrir siquiera al referéndum. Anguita decía que la Constitución permite imponer una economía planificada, léase comunista. Recarte muestra que también permite las reformas liberales y democráticas que exige nuestra política para ser decente y nuestra economía para ser eficiente. Bastaría la clara voluntad de los dos grandes partidos. Y este, ay, es el problema: los políticos no quieren que mengüe su poder y los ciudadanos no tenemos forma de obligarlos. Pero las reformas aún son posibles. La salida de la crisis, también. Lo que se desmorona es la voluntad de, al menos, intentarlo

    Federico Jiménez Losantos, hoy en El Mundo

  3. #23
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    Predeterminado Los partidos nombran a dedo a los empleados públicos

    Los partidos políticos son imprescindibles para el recto funcionamiento de la democracia pluralista. Sería un error, sin embargo, silenciar sus abusos. La partitocracia restringe la libertad y daña el bien común. Hay que exigir democracia interna en los partidos. Pero con prudencia, sin olvidar que su descalificación provocó en la Europa del siglo XX la aparición de los fascismos. Franco, Salazar, Mussolini o Hitler se apoyaron en el desprestigio popular de los partidos para imponer sus dictaduras totalitarias. La tercera preocupación, hoy, del ciudadano español, tras la crisis económica y la inmigración, no se centra en los partidos políticos como suele decirse, sino en los abusos de los partidos políticos. Es éste un matiz clave, ya que el juego de los partidos resulta imprescindible para la libertad.

    En 1977, el número de funcionarios en España apenas sobrepasaba los 600.000. Hoy la cifra abrumadora se ha instalado en los 3.000.000. Más del 40% de los empleados públicos en las tres Administraciones -central, autonómica y municipal- han sido nombrados a dedo por los partidos políticos. El resto en oposiciones generalmente limpias, en ocasiones adulteradas y manipuladas por los propios partidos. A la crecida de funcionarios hay que añadir los incontables empleados de las empresas públicas, y el invento de los «asesores» que se han multiplicado como hongos en las tres Administraciones y a muy diversos niveles. Emilio Botín propuso anteayer el adelgazamiento del Estado de las Autonomías. Se ha ganado el aplauso general.

    En los últimos 30 años, los dirigentes de los partidos políticos, en fin, han colocado a sus enchufados, a sus amiguetes, simpatizantes y parientes en las Administraciones, a costa del ciudadano medio que paga sus impuestos. Resulta que aquel grito festivo y cachondo de "Felipe, colócanos a todos" era verdad. Los funcionarios innecesarios, que son la mayoría, para justificar su puesto de trabajo se han inventado las más varias trabas burocráticas. Allí donde en 1977 bastaba con un trámite para resolver un asunto, ahora se necesitan tres o cuatro con grave perjuicio para el desarrollo económico. A todo ello hay que sumar la parafernalia de las dietas, los viajes, las vacaciones, los gastos de oficina, las enfermedades, el teléfono, la calefacción, el aire acondicionado, el absentismo, los choferes, los escoltas, los automóviles, las camelancias más pintorescas, los edificios más suntuosos. En Madrid, por ejemplo, el Gobierno, la Comunidad y el Ayuntamiento se han adueñado de una parte considerable de los palacios y edificios de calidad. El antiguo Banco Central, o los palacios de Fabiola Mora y de Linares, son sólo tres ejemplos entre los centenares de edificios privados, hoy públicos, cuyo mantenimiento nos cuesta un ojo de la cara de Esperanza Aguirre y la yema del otro de Gallardón y Zapatero.

    "Hay que democratizar los partidos políticos. Hay que denunciar sus abusos. Hay que contener sus despilfarros"

    Según estudios solventes más del 90% del gasto de los partidos políticos, igual que el de los sindicatos, proviene, no de las cuotas de sus afiliados, sino de subvenciones públicas directas o indirectas. Con el dinero de los impuestos, los partidos políticos pagan edificios innecesarios, opíparos sueldos a sus dirigentes, suntuosidades tumultuosas y mítines multitudinarios sin otro objetivo que la más descarada propaganda de sus líderes.

    Hay, en fin, que democratizar los partidos políticos. Hay que denunciar sus abusos. Hay que contener sus despilfarros. Hay que impedir que sigan colocando como empleados públicos a sus simpatizantes y amiguetes, a los que amamantan con delectación. Hay que negarles cualquier subvención pública directa o indirecta. Hay que exigir que gasten sólo lo que ingresan por las cuotas de los afiliados, más, tal vez, el 0´7% en la declaración de la renta de los ciudadanos que voluntariamente quieran aportarlo. Y todo eso hay que hacerlo, como decía antes, sin comprometer la existencia de los partidos políticos que constituyen una de las claves de la democracia pluralista.

    Por Luis María Anson, miembro de la Real Academia Española, en El Mundo

  4. #24
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    Predeterminado Magnífico editorial de Libertad Digital

    Por qué los peores llegan y permanecen en el poder

    Se preguntaba Hayek en Camino de Servidumbre por qué siempre son los peores individuos quienes llegan al poder. La respuesta que ofrecía el Nobel austriaco era que la acumulación de poder atraía a aquellas personas especialmente arrogantes y faltas de escrúpulos como para detentarlo; en cambio, las humildes y cultivadas que conocían las limitaciones de su propia razón a la hora de dirigir sociedades amplias y complejas se autoexcluían del proceso político.

    Sin embargo, la experiencia demuestra que existe al menos otra poderosa razón para que los peores lleguen y permanezcan en el poder: el control del sistema de elección de cargos públicos por parte de los propios políticos. Al fin y al cabo, la democracia permite una alternancia pacífica en el poder dirigida a purgar periódicamente a aquellos dirigentes que más se alejen de las preferencias de la ciudadanía y que más agredan las libertades individuales.

    Con todo, democracias las hay de muchos tipos: desde aquellas en las que cada distrito elige a su representante, quien previamente ha sido seleccionado por los militantes e incluso simpatizantes de su formación política, a aquellas en las que el pueblo soberano sólo mete una vez cada cuatro años la papeleta en la urna para escoger una lista cerrada y bloqueada, previamente cocinada por unos órganos de dirección política que han emergido al margen de la voluntad de los militantes.

    España se encuadra claramente en este último caso. Los partidos políticos son organizaciones absolutamente herméticas a la voluntad de sus militantes y de la ciudadanía que se perpetúan como castas dirigidas a proteger sus propios intereses. Los peores necesariamente llegan y permanecen en el poder porque resulta casi imposible echarlos y los propios órganos de dirección de los partidos se encargan de detener el acceso a cualquier persona con ideas distintas a las del grupo que pueda destacar y reformar el endogámico sistema.

    El desarrollo del caso de Álvarez-Cascos constituye una perfecta ilustración de este proceso. Rajoy ha preferido a una candidata perfectamente desconocida, que incluso ha admitido que su sustancia ideológica depende por entero de las siglas en las que milita, frente a un peso pesado como el ex secretario general del PP. Es una manera de evitar líos, mantener tranquilas las aguas de los feudos locales y asegurarse de que nadie le hará sombra al mediocre gran líder que no se ha atrevido a someterse a un proceso abierto y limpio de primarias. Pero también es una forma de demostrar que los partidos se han convertido en unas oligarquías que sólo pretenden servirse a sí mismas y no a la ciudadanía que les paga su sueldo: entre el candidato preferido mayoritariamente por la militancia y una desconocida, se elige ponerle la mordaza a la militancia.

    Por supuesto, no pretendemos negar que el propio Cascos, cuando era secretario general del PP, no mostrara una análoga oposición a la democracia interna, como ayer recordó por motivos obvios Alejo Vidal-Quadras. Pero ello no quita que, en este caso, Cascos tenga toda la razón del mundo al reclamar democracia interna y al abandonar el partido cuando la dirección nacional le negó esa posibilidad. En todo caso, lo que viene a demostrar es que el actual sistema partitocrático engendra los incentivos para que las cúpulas de los partidos controlen todo, o casi todo, el proceso democrático.

    Es urgente una completa reforma de la ley electoral para que el mandato constitucional sobre la democracia interna de los partidos sea realmente efectivo; en caso contrario los peores seguirán llegando y permaneciendo en el poder. Los zapateros, pepiños y pajines no serán la excepción sino la norma. También, como estamos viviendo, en el PP.

  5. #25
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    Predeterminado El caso Asunción

    Siglo nuevo, partidos viejos, decíamos en el lejano 2000, y ya ha pasado más de una década. Los partidos políticos –salvo insólitas excepciones– son mamuts ermitaños que se han mantenido imperturbables a los cambios que el mundo ha vivido. Continúan siendo maquinarias herméticas, cuya jerarquía pasa por el besamanos, la lobotomización del pensamiento crítico y la habilidad del complotismo, por encima de la valía intelectual. Por supuesto, ello no es óbice para que lleguen a los primeros puestos gentes de mucha categoría –a veces por el sistema del despotismo ilustrado–, pero también es la manera más segura para que lleguen tipos de una enorme mediocridad. ¿O no es cierto que algunos de los ministros, consellers, alcaldes y etcétera no hubieran llevado ni el café en un consejo de administración privado? Y ahí están, llenando con falso dorado la pared de los blasones políticos. Los partidos necesitan con tanta urgencia entrar en el siglo XXI, que si se descuidan no entrarán ni en el XX, porque sus estructuras férreas, donde la libertad de expresión es la antesala del conflicto, los han convertido en lo menos democrático del juego democrático de la política. En los tiempos del Twitter, cuando podemos saber lo que dice alguien al instante, aún es imposible saber lo que piensa un líder de partido. Continuamos estando en la era de las gargantas profundas, el “me han dicho fuentes cercanas” y la especulación sobre la letra menuda, que nos retrotrae al puro ejercicio de la censura, eso sí, disfrazado de “responsabilidad de partido”. Si no se sacuden pronto los viejos hábitos, si no dejan de palpitar con un corazón jerarquizado, autárquico, cuya cerrazón de listas impide al ciudadano una elección realmente seria de sus candidatos, si no dan alas a la personalidad individual por encima del cerebro gris de la secretaría de organización, los partidos serán los últimos dinosaurios que entrarán en el museo jurásico. Porque si algo es inflexible es la tendencia de la historia a barrer aquello que no sabe cambiar con ella.



    Y en esas llega Asunción. Acaba de recibir la suspensión cautelar de militancia, que es lo mismo que darle una patada en el trasero. ¿Por qué? ¿Porque el PSOE valenciano va tan sobrado de talentos que puede expulsar a un tipo que dimitió como ministro cuando se le escapó Roldán, que tiene personalidad, que presenta una biografía impecable y que posee el humor de querer liderar a su partido? De sobrados nada, porque el PSOE valenciano ni está ni se le espera, perdido en la penumbra de una oposición irreconocible. Pero como el principal problema de un partido nunca es el adversario, sino el demonio interior, las furias se han desatado contra quien ponía en peligro precisamente el poder del aparato. Es lo de siempre. Lo peor de un aspirante a líder político, en la partitocracia actual, es tener ideas propias.

    Pilar Rahola, en La Vanguardia

  6. #26
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    Predeterminado Querida presidenta

    Dijiste ayer que «es lamentable que el PP pierda a Cascos» y que «algo habremos hecho mal». Parecías preguntarte qué será este algo pero pocas veces una pregunta tiene una respuesta tan clara y con tantos ejemplos. Tú misma eres parte de la respuesta. ¿Qué se ha hecho mal en el PP? Lo mismo que en todos los partidos, esas siniestras maquinarias de premiar a los mediocres y de acabar con el talento. Es lo que siempre pasa cuando la masa se junta.

    ¿Quién ha sido el mejor presidente del Gobierno de España desde la recuperación de la democracia? El mismo que es hoy el más odiado, insultado y despreciado por la turba: José María Aznar. ¿Quién es el cocinero más importante de la historia de la gastronomía, el genio vivo más importante que tiene a su disposición la humanidad? El que es también el más parodiado, el que más veces ha sido acusado de farsante, estafador y quién sabe de qué otras barbaridades: Ferran Adrià. Continuemos en Cataluña: ¿quién es nuestro mejor articulista? Arcadi Espada. Si un día le ves con tiempo, pregúntale lo que han llegado a llamarle. Y qué decir de Xavier Sala i Martín -por mencionarte a uno del segmento ideológico opuesto-, el único economista catalán que es probable que algún día reciba el premio Nobel: a poca gente se le ha llegado a insultar con tanta zafiedad.

    ¿Y por cierto, presidenta, a ti cómo te va? La política más sexy e inteligente de España, ¿no es acaso también la más insultada? ¿Qué más se puede decir contra ti? ¿De qué más se te puede acusar? ¿De verdad que no sabes lo que se ha hecho mal con Cascos?

    Francisco Álvarez-Cascos es el político más serio y más brillante que ha dado Asturias en mucho tiempo, pero como estamos en España, este talento, en lugar de ser la explicación de su prestigio y de su éxito, es la explicación de su persecución más salvaje por el miedo que siembra en los mediocres. Un miedo tan profundo y tan atroz que hasta le niegan el más elemental de los derechos democráticos, que es convocar un congreso para que los militantes del PP asturiano puedan decidir libremente a quién quieren de candidato.

    Lo que «habremos hecho mal» y lo que todos los partidos hacen mal es conformarse con los apparatchik muy grises tipo José Montilla en lugar de aspirar a los mejores. Estos montones de burócratas conspiradores tan vulgares que nos quieren hacer creer que no hay ninguna otra solución, simplemente porque ellos no se la pueden imaginar. Tú misma, presidenta, has sufrido en tus propias carnes hasta qué punto han prevalecido cuestiones tan ajenas a la inteligencia y a la capacidad política y se ha acabado imponiendo lo peor.

    El talento da miedo por el mismo motivo que da miedo la libertad. ¿Por qué los sindicalistas tienen miedo del mercado libre? Porque saben que perderían en una competición de igual a igual y prefieren el pucherazo intervencionista. ¿Qué ha hecho mal el PP, presidenta? ¿Quieres más ejemplos?

    Qué te parece éste: no vas a ser tú la candidata del partido a presidenta del Gobierno.

    Por Salvador Sostres, en El Mundo

  7. #27
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    08 ene, 07
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    Predeterminado La factura de la partitocracia

    Si en España se piensa poco y mal, más que por falta de ganas –que también–, es por ausencia de tradición. Aquí, desde finales del siglo XVI, cuando la gran escolástica castellana entró en barrena, nadie ha vuelto a usar la cabeza con propósito distinto al de embestir contra el prójimo. Excepción hecha de la prosa florida de Ortega, cuatro siglos de interminable siesta filosófica. De ahí que entre nosotros siempre sea recibido con resquemor quien pretenda razonar, y más si osa ejercer por libre. Sin ir más lejos, la zarrapastrosa condición del periodismo patrio no puede entenderse obviando semejante laguna histórica, tal como sugiere Álvaro Delgado Gal en muy brillante escrito difundido ahora por el Colegio de Eméritos.

    Es sabido, no hay gusto, ni costumbre, ni rigor, ni método, ni maestros. Razón por la que resultan más de agradecer esfuerzos como el de esa institución, la de los eméritos, que acaba de publicar España en crisis, lúcida aproximación al origen último de nuestras desdichas. Y reflexión que igual posee la virtud de trascender el estéril narcisismo masoquista tan caro a los clásicos del género. Así, lejos de los fatalismos metafísicos de rigor, se ventilan en sus páginas magnitudes tan esquivas como el preciso número de "asesores" incrustados a dedo en las Administraciones (375.143 compañeros y compañeras), o la genuina cifra de "entes" estatales, autonómicos y locales que vagan a su libre albedrío con cargo al erario (2.656 tinglados independientes de incierto control y utilidad).

    Amén del coste de las innúmeras televisiones públicas (1.460 millones de euros al año); o, en fin, la exacta cifra de españoles que viven de la política en su condición de cargos institucionales (53.797 profesionales del poder a tiempo completo). En su desnuda obscenidad, son ésos los valores –numéricos– que mantienen en pie el inamovible orden clientelar de las oligarquías partitocráticas y sus séquitos cortesanos. Las mismas magnitudes aritméticas que nos abocan a la parálisis institucional frente a la crisis. Y la misma paradoja terminal que llevó al bloqueo del régimen soviético previo a la Glásnost.Como allí, descartada por inerte sociedad civil, solo las elites del Estado de partidos disponen de capacidad para acometer las reformas. Pero, emprenderlas, implicaría demoler los cimientos mismos del orden jerárquico sobre el que imperan. Como allí.

    Por José García Domínguez, uno de los autores del blog Heterodoxias.net. En LD

  8. #28
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Primarias Democracia a la visigoda

    Con razón se muestra alarmado el presidente autonómico andaluz por el debate sucesorio en su partido. Griñán sucedió a Chaves sin debate de ninguna clase y ahí está, entre los EREs y el no serás, que es el destino que le escriben los sondeos. No quiere decirse que de haber resultado elegido mediante alguno de los procedimientos al uso, fuera a tener mejor pronóstico. Véase el caso de Gómez en Madrid. El feliz ganador de unas primarias no levanta cabeza en las encuestas. La relación entre democracia interna y preferencias del electorado es vidriosa, máxime cuando las primarias se circunscriben a la feligresía con carné. Ahí, la elección dirime disputas entre facciones y familias. Lo propio de un partido, vaya.

    En un partido se piensa únicamente en la sucesión desde el instante en que se olfatea un recambio en las alturas. Si, además, huele a derrota, ese pensamiento deviene obsesivo. Puestos a hacer de la necesidad virtud, los socialistas han dado en presumir de democracia interna. Se jactan de tener "cultura de primarias", aunque a algunos les bastaría con disponer de cultura. Comparado con el PP, el historial del PSOE es, en ese aspecto, menos deficiente, pero en absoluto modélico. Una vez, una, eligieron a su secretario general mediante primarias y fue, ay, una estrella fugaz. El elegido por las bases no era el elegido de los dioses y, en consecuencia, se eliminó a Borrell. Y, contra lo que dice la leyenda, Zapatero no salió triunfante de unas bonitas primarias, sino de un pacto, en un congreso, entre el PSC y los de Balbás.

    ¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia interna? Hablamos, en realidad, de elegir al déspota: al líder y a la camarilla que regirán el partido y controlarán el aparato con el firme propósito de evitar el surgimiento de desafíos y disidencias. Viene a ser como la monarquía electiva de los visigodos. Seguían la costumbre germánica de elegir a los reyes, aunque luego se entregaban al hábito de destronarlos y, así, la mitad de aquellos monarcas murieron asesinados. Algún progreso hemos hecho y, hoy, los partidos no emplean métodos tan cruentos. Ni tan eficaces. Todo está en manos del déspota, incluida la opción de continuar o marcharse. Sin embargo, puesto que democracia interna y partido son elementos incompatibles, el único antídoto es la democracia externa: un sistema político que frene el poder partidario. Lo que falta, más que congresos y primarias, son contrapesos a su voracidad.

    Por Cristina Losada, uno de los autores del blog Heterodoxias.net, en LD.

  9. #29
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    09 ene, 07
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    Predeterminado

    Me estado leyendo los comentarios y los artículos que tienes colgado en este hilo y si, he de coincidir contigo en que la Constitución Española, “adefesio tan contradictorio que permite cambiar casi todas las piezas inservibles sin recurrir siquiera al referéndum”, no sólo es manifiestamente mejorable, sino que lleva en su seno la raíz del fracaso de la verdadera democracia por la que el pueblo elige a quien le vaya a gobernar desde elm omento en el que otorga a “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política.” Art.6.

    Si he de especificar cual sería el método de elección al que yo me apuntaría sería el de los distritos uninominales, mayoritarios a doble vuelta. Eso permitiría por un lado el que todos los ciudadanos pudieran presentarse a las elecciones, el gasto sería menor, al representarse uno mismo como candidato sin necesitar el estar apuntado apartido alguno, y por otro, el que al existir la segunda vuelta a la que accederían sólo aquellos que hayan conseguido un mínimo de votos, 20% por ejemplo, se podrían depurar las candidaturas extravagantes si es que en primera vuelta no hubiera nadie con mayoría absoluta.

    Eso rompería la partitocracia, la dependencia del candidato de un esquema cerrado de poder que es en lo que se han convertido las cúpulas de los partidos. Y por otro preservaría tanto la representación territorial, mucho más cercana que las listas cerradas provinciales, y la responsabilidad ante el electorado.

    Pero esto requeriría varios cambios constitucionales que no están dispuestos a hacer quienes ahora se sirven del sistema para su supervivencia… económica.

  10. #30
    Fecha de Ingreso
    14 ene, 07
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    Predeterminado

    Las "primarias" solo son posibles entre los ciudadanos iguales. Los miembros de una mafia no son iguales porque el fuente en realidad de dinero pertenece al capo. En EEUU los políticos buscan las "subvenciones" individualmente por libre y esto les da la independencia.

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