La política no es un juego de suma cero como las apuestas de las carreras de caballos en los que unos ganan y otros pierden. Puede darse el resultado de que no haya ningún ganador. Eso es lo que ha sucedido en las elecciones del domingo en las que han perdido el PSOE y el PP.
El PSOE carece de motivos de euforia porque ha dejado de ser el partido más votado en Andalucía tras 34 años de gobierno. Ha retrocedido en nueve puntos respecto a las elecciones autonómicas de 2008 y ha registrado 654.000 votantes menos. No podía dar crédito a las palabras de Elena Valenciano cuando presentó estas cifras como una gran victoria.
Igualmente patética fue la comparecencia de los líderes del PP en Sevilla, simulando que habían ganado las elecciones. Teófila Martínez daba saltos de alegría, como si le hubiera tocado la lotería. Pero la realidad es que el partido de Javier Arenas había perdido 442.000 votos respecto a las elecciones celebradas hace cuatro meses.
El cinismo se ha instalado entre la clase política, incapaz de asumir las responsabilidades en la derrota y de interpretar los resultados con un mínimo de autocrítica. Griñán anticipaba que no dimitiría fueran cuales fueran sus apoyos en las urnas, mientras que Javier Arenas debería haber renunciado a su cargo de presidente del PP andaluz tras haber fracasado en un montón de elecciones.
Nuestros dirigentes políticos se refugian en la retórica para aferrarse a los puestos que ocupan, que en su gran mayoría deben a los aparatos de los partidos. Pero jamás asumen las responsabilidades de las derrotas como podemos ver en casos como los de Alarte, Tomás Gómez o el propio Arenas, que ya han demostrado que son maestros en el arte de saber perder.
El principal problema que tenemos en España no es la crisis económica, que algún día pasara, ni la escandalosa corrupción, que está siendo castigada por la Justicia, sino la absoluta falta de responsabilidad de una clase dirigente que cree, como los señores feudales, que sólo debe responder ante Dios y el jefe máximo de su partido.
Los sajones han acuñado el término accountability, que podría significar que cada uno está obligado a responder de sus actos. Aquí no responde nadie de nada y los cargos políticos se perpetúan en sus sillones hasta que el dedo de los césares apunta hacia abajo.
Es precisamente esta estructura piramidal y teocrática de los partidos la que justifica muchos de los abusos que estamos viendo en la política española, en la que la fidelidad y los vínculos tribales son mucho más importantes que la capacitación y los conocimientos.
A Zapatero sólo le faltó nombrar a un caballo de ministro y ahora estamos viendo cómo el Gobierno coloca a todos los parados y familiares del PP en el sector público y las instituciones del Estado. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.
PEDRO G. CUARTANGO, en El Mundo




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