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  1. #41
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Elizabeth Warren o las Olimpiadas de los Oprimidos

    Elizabeth Warren es la catedrática de Derecho de Harvard que se postula al Senado por Massachusetts en calidad de paladín Demócrata progre-populista. Pero no hay que llamarla "Elizabeth Warren". Hay que llamarla "Pinocho-hontas", "comandante en jefe de los embustes", "broma con patas" o "india sacaja de pega".

    Warren lleva años afirmando ser india americana para obtener privilegios profesionales por "diversidad". Bien, jefes de la tribu cherokee, el rival Republicano Scott Brown y un ejército de detractores en Twitter le están pidiendo cuentas por explotar el sistema de discriminación positiva por motivos raciales. Al que al árbol de la política de minorías se arrima, buena sombra le cobija.

    El Boston Herald informaba el pasado viernes de que la dirección de Harvard "hizo ostentación del pasado de india nativa de Warren... en una iniciativa destinada a consolidar sus antecedentes de contratación con diversidad en la década de los 90 mientras el centro era objeto de fuertes críticas por tener un claustro compuesto por entonces de forma mayoritaria por varones blancos". Al solicitar pruebas de su herencia tribal, la campaña de Warren negó haber hecho ostentación de ello al principio. Pero de 1986 a 1995, Warren se incluyó como docente de minorías en el directorio de la facultad de Derecho.

    Mientras el equipo de los Demócratas arañaba en busca de pruebas el fin de semana, Warren ganaba tiempo afirmando que no le hacía falta proporcionar documentación porque "la tradición familiar" la avalaba. Alguien le cuenta una historia, mire usted por donde, y mágicamente le concede el título de nativa americana. ¡Todo es posible a través del discurso! (El famoso profesor "indio de pega" Ward Churchill estará preguntándose cómo no se le ocurrió esta excusa antes de que la Universidad de Colorado en Boulder le despidiera por fraude académico).

    El martes, Warren sacaba a colación por fin una tatara tatarabuela presuntamente "homologada como indio cherokee" y un primo lejano relacionado de alguna forma con un museo que se dedica a conservar arte indio nativo. También hay un tatara tatarabuelo por alguna parte del polvoriento árbol genealógico de Warren que estuvo un tiempo en una reserva cherokee. Porque recorrer unos kilómetros en compañía de otra persona es exactamente igual que haber nacido en ese terreno.

    Los responsables nativos americanos no se tragan ni un ápice del pasado cherokee de Warren. Suzan Shown Harjo, antigua directora ejecutiva del Congreso Nacional de Indios Americanos, declaraba al Herald: "Si usted cree estas cosas, entonces vale, pero eso no le da derecho a decir ser nativa americana".

    Cuando Brown sacó el tema, Warren y sus estrategas progres cambiaron el cheque del pasado indio de la candidata por el disfraz de víctima de una guerra contra las mujeres, porque solicitar a una privilegiada catedrática de Harvard que presente pruebas de sus orígenes es, por supuesto, sexista.

    "Si Scott Brown tiene dudas de la reconocida cualificación de Elizabeth Warren", atacaba su responsable de campaña, "tendrá que plantearlas directamente en lugar de esconderse detrás de desagradables insinuaciones de su campaña y tratar de marcar puntos políticos. Una vez más, las pruebas y la capacidad de una mujer son cuestionadas por Scott Brown, que hizo lo propio con la elección al Supremo de Elena Kagan. Es escandaloso".

    Una vez más, la incurable historia de amor de la extrema izquierda con la opresión caviar se manifiesta a plena luz del día. Se trata de unas Olimpiadas del Oprimido para ver quién ha sufrido más. Hace sólo unas semanas era la Casa Blanca la que pasaba revista a la magistrada del Supremo Sonia Sotomayor –"la latina sabia"– como "discapacitada" según un documento oficial que promueve la contratación de discapacitados de minorías en la administración. ¿Cuál es su discapacidad? Tiene diabetes. Ni es una enfermedad que obstaculice la práctica cotidiana, ni encaja en absoluto en la definición de discapacidad del reglamento federal.

    Pero al igual que su amiga Elizabeth Warren, los ingenieros sociales de universidades exclusivas en la Casa Blanca no pudieron evitar maquillar su trayectoria "de diversidad" a la hora de marcar puntos políticamente correctos. Los que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión.

    Por Michelle Malkin, en LD
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  2. #42
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Juegos de palabras

    ¿Alguien trabajaría para financiar sus gastos o los de su familia y luego entregar una porción importante de ese dinero duramente ganado a otro sólo por las palabras utilizadas por ese alguien?

    Unos cuantos pueden ser cautivados por las palabras de trileros, por aquí y por allá, pero la tragedia más relevante es que millones más son cautivados por las palabras de los políticos, los trileros entre los trileros.

    ¿Cómo logran los políticos que la gente les entregue su dinero? Un ejemplo puede encontrarse en un artículo reciente titulado "El nexo autismo-ayuda social", firmado por Paul Sperry en el Investor's Business Daily.

    El autismo genuino es un diagnóstico verdaderamente trágico, tanto para los interesados como para sus familias. Pocas personas pondrán reparos a la idea de que tanto donaciones voluntarias como gasto público sean también destinados a ayudar a los que sufren autismo.

    El autismo, sin embargo, lleva años siendo definido de forma cada vez más amplia. Lo que fue descubierto y definido por autismo allá por 1943 es solamente uno de los múltiples cuadros que hoy se incluyen como parte del "espectro del autismo". Muchos, por no decir la mayoría, de estos diagnósticos distan mucho de ser tan graves como el autismo, o estar al menos igual de claramente definidos.

    La creciente cifra de hijos acompañada de una definición de autismo cada vez más amplia e indefinida ha sido pregonada a través de todo el país por los medios de referencia como "una epidemia" de casos cada vez más numerosos de autismo
    . Antes de 1990, un menor de cada 2.500 era diagnosticado autista. Este año, se habla de uno de cada 88.

    Como señala Paul Sperry en el Investor's Business Daily, "la cifra de casos de desórdenes del lenguaje viene cayendo en picado a medida que los casos de autismo han proliferado, lo que sugiere que simplemente un desorden ha sido sustituido por otro".

    Habiendo escuchado a lo largo de los años a muchos padres de menores con problemas de lenguaje decir que han sido alentados a dejar que sus hijos fueran diagnosticados autistas con el fin de recibir ayudas públicas o dinero del seguro para financiar problemas de lenguaje, las conclusiones de Sperry no me sorprenden en absoluto.

    Cada dólar destinado a menores diagnosticados falsamente autistas es un dólar perdido –y necesitado con urgencia– a la hora de paliar problemas graves de menores genuinamente autistas. Pero el dinero que se añade a los presupuestos destinados al autismo es dinero que se puede repartir entre la gente, con la expectativa de recibir su voto en unas elecciones.

    Otro ejemplo de palabras que sustituyen a las realidades fue la portada del número de USA Today del 24 de mayo, que muestra que la estadística oficial de la deuda nacional solamente contabiliza la cuarta parte más o menos de lo que debe realmente el Estado. Ni la sobrecogedora deuda nacional oficial es la noticia entera literalmente.

    Con el reglamento contable ordinario, el dinero que se promete a la población en forma de pensiones en el momento de la jubilación se contabiliza como parte de la deuda de una empresa o de cualquier otra entidad. Pero puesto que el Congreso promulga las leyes, los miles de millones de dólares que se deben a la población a pagar a la seguridad social no se tienen que contabilizar como parte de la deuda federal del Estado.


    Cuando usted y yo tenemos deudas, tenemos deudas –y sufriremos las consecuencias si no pagamos–. Pero nosotros no somos el gobierno federal y no podemos promulgar nuestros propios reglamentos contables.

    El mayor de los fraudes quizá cometido a base de definir las palabras son los múltiples usos fraudulentos de la palabra "pobre".

    Durante la mayor parte de la historia de la raza humana definir quién era "pobre" no revestía ningún problema. Era la gente que no tenía suficiente para comer, que a menudo no tenía la ropa adecuada para protegerse de las inclemencias del tiempo, y que normalmente vivían hacinadas como sardinas en lata en estancias sin la ventilación adecuada durante el verano o sin la calefacción adecuada en invierno, y también carentes quizá de cosas como electricidad o sanitarios.

    En la actualidad, la mayoría de los declarados oficialmente "pobres" no tiene ninguno de estos problemas, y la mayoría hoy tiene comodidades como aire acondicionado, un coche o camioneta, un microondas y muchas otras cosas que en tiempos definieron la vida de la clase media. Los estadounidenses en condiciones de pobreza hoy viven en más metros que el europeo medio.

    ¿Por qué se les llama "pobres" pues?

    Por la misma razón que el autismo, la deuda nacional y otras muchas cosas son definidas de maneras totalmente engañosas –léase para sustraer más dinero a la opinión pública en forma de impuestos, para ampliar el tamaño del Estado o para permitir que los políticos repartan dinero entre la población de la que esperan recibir su voto en el momento de la relección–.


    Si nosotros seguimos tragando, los políticos lo van a seguir diciendo.

    Thomas Sowell, en LD
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  3. #43
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    Predeterminado Un proceso cínico

    Los sindicatos, como las Naciones Unidas, son juzgados muy a menudo en función de lo que se supone que son, no en función de lo que son realmente ni de lo que hacen realmente.

    Mucha gente, que no se fija en la realidad más allá de la imagen o la retórica, sigue pensando en los sindicatos como defensores de la clase obrera frente a los patronos. Y los sindicalistas siguen empleando esa clase de retórica. Sin embargo, alguien dijo una vez: "Cuando hablo me pongo una máscara, pero me la tengo que quitar cuando actúo".

    Esa máscara viene desprendiéndose cada vez más, sobre todo con la administración Obama, y lo que revela debajo es muy desagradable, muy cínico y muy peligroso.

    Primero vino la grotescamente bautizada Ley de Libertad de Elección del Trabajador que la administración intentó sacar adelante en el Congreso. Lo que habría destruido era justamente lo que decía promover: la libertad de elección del trabajador en cuanto a si quería o no afiliarse a un sindicato.

    Desde la Ley Nacional de Relaciones con el Trabajador de 1935, el trabajador es capaz de expresar su voluntad a la hora de afiliarse o no a un sindicato dentro de unos comicios que se celebran a nivel federal con voto secreto.

    A medida que los trabajadores del sector privado, con los años, han votado cada vez más en contra de afiliarse a los sindicatos, los sindicalistas han buscado la forma de reemplazar el voto secreto con el voto afirmado –un voto que se firma en presencia de sindicalistas y bajo las presiones, el hostigamiento o la amenaza implícita de esos sindicalistas–.

    Ahora que la administración Obama ha nombrado una mayoría de integrantes de la Junta Nacional de Relaciones Laborales, la cúpula ha impuesto nuevos requisitos que obligan a que los empresarios faciliten a los sindicalistas los nombres y las direcciones de cada trabajador. Los trabajadores tampoco tienen derecho a negarse a que sus datos sean facilitados a los sindicalistas, según el reglamento de la Junta.

    En otras palabras, los sindicalistas tendrán ahora la obligación legal de presionar, hostigar o intimidar al trabajador en el lugar de trabajo o en su propia casa, para obligarles a afiliarse al sindicato. Entre las consecuencias de no firmar el voto se encuentra la represalia sindical en el lugar de trabajo si el sindicato gana los comicios. Pero la amenaza física o las acciones no se dejan en absoluto de contemplar, como ha descubierto mucha gente que se ha puesto en el camino de los sindicatos.

    Los trabajadores que no quieran afiliarse a un sindicato tendrán que decidir de ahora en adelante la humillación que están dispuestos a soportar, ellos y sus familias, si no ceden.

    En el pasado, los sindicatos tenían que convencer a los trabajadores de que les interesaba afiliarse al sindicato. En tanto, los empresarios tenían que convencer a los mismos trabajadores de que les interesaba votar en contra de afiliarse.

    En cuanto los sindicatos empezaron a perder esos comicios, decidieron cambiar las reglas. Y después de que Barack Obama fuera elegido presidente de los Estados Unidos, con considerable apoyo económico de los sindicatos, el reglamento fue cambiado realmente por la Junta Laboral de Obama.

    Por si el resultado de "la libre decisión" del trabajador no fuera una conclusión lo bastante cantada, el margen de tiempo entre el anuncio de las elecciones y los propios comicios ha sido abreviado por la Junta Laboral.

    En otras palabras, el sindicato puede emplear meses, o el margen de tiempo que le dé la gana, para preparar e implantar de antemano una campaña de captación, y anunciar de pronto un plazo para decidir si afiliarse o no al sindicato. Los sindicalistas pueden iniciar su campaña con todos los medios antes de que el empresario tenga tiempo de organizar una réplica comparable o de que los trabajadores tengan tiempo para reflexionar su decisión mientras son presionados.

    Lo último implicado en este proceso es la voluntad del trabajador. Lo primero de lo que se trata es de escoger a un grupo de sindicalistas, cuyas cuotas aporten una suma considerable de dinero a ser gastado al capricho de los responsables sindicales, para proporcionar a esos jefes tanto poder político como privilegios personales, en función de su capacidad de elegir y decidir dónde realizar las aportaciones de los miembros del sindicato.

    Las elecciones sindicales no se repiten como el resto de los comicios. Son más bien elecciones tercermundistas: "Un voto, un trabajador, una vez". Y que sea homologado un sindicato que no está homologado es una carrera de obstáculos.

    Pero mientras tanta gente se niegue a ver a los sindicatos tal como son, o a la administración Obama tal como es, este proceso cínico y corrupto podrá prolongarse.

    Thomas Sowell, en LD
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  4. #44
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    Predeterminado Del imperio romano al estadounidense

    Hace aproximadamente cuarenta años estuvo de moda en los Estados Unidos un libro titulado The greeming of America (El reverdecer de América), cuyo autor, entre otras tesis, anunciaba la decadencia de los Estados Unidos.

    Han pasado, ya digo, cuatro décadas de la publicación de ese libro que vaticinaba la caída de los Estados Unidos, pero, con todos sus problemas, EUA es todavía el país que mueve al mundo; sin embargo, su fortaleza ya no es la misma que hace algunos decenios, aunque es probable que ni usted ni yo veamos el colapso de lo que algunos llaman el Imperio Americano.

    Henri Pirenne, uno de los historiadores más importantes de todos los tiempos, describe en el libro Mahoma y Carlomagno cómo, aunque la decadencia del imperio romano empezó en el siglo IV, todavía en el VI los bárbaros rendían pleitesía al emperador.

    La decadencia de Roma no se dio por las invasiones de los bárbaros ni por enemigos externos, sino porque sus gobernantes, para ganarse la simpatía del pueblo, otorgaron gratuitamente tierras y privilegios y se excedieron en los gastos. Los excesos de los emperadores y no las invasiones bárbaras fueron los responsables de la caída del imperio.

    Algo parecido sucede con los grandes imperios de los últimos tiempos. El socialista, que duró más de 70 años y estaba encabezado por la URSS, no cayó por sus enemigos externos, sino por la ineficiencia de su capitalismo de Estado.

    Los Estados Unidos durarán más porque están basados en un sistema democrático y de libre empresa, que permite autocorrecciones, pero, si no median cambios, los excesivos gastos de los gobernantes, los pleitos entre los legisladores –como en Roma– y los subsidios a grupos –v. el Medical Care– acelerarán su declive.

    Luis Pazos, en LD

  5. #45
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    Predeterminado La verdadera diferencia norteamericana

    Paul Ryan ha sido la fulgurante estrella en la convención republicana que acaba de terminar. Lo llaman el nuevo Reagan. Su mentor fue el ya desaparecido Jack Kemp, un exfutbolista que se convirtió en una de las cabezas económicas del Partido Republicano y alguna vez acarició la idea de ser presidente. Ryan juega con la idea de cumplir ese destino, primero como vicepresidente de Romney y luego por su propia cuenta.

    De Kemp, de Reagan, y de una vieja tradición política nacional, Ryan sostiene la idea del excepcionalismo norteamericano. No quiere que Estados Unidos se parezca a Europa. El planteamiento básico es que el país no debe convertirse en un Estado benefactor aumentando el gasto público y los impuestos, como supuestamente hacen los europeos, pero tal vez es demasiado tarde.

    El Gobierno norteamericano ya consume el 40% del PIB, mientras los países más prósperos de Europa aproximadamente gastan el 50%. (Menos Suiza, uno de los más exitosos, que apenas invierte el 33). Es verdad que los norteamericanos pagan menos impuestos, pero también reciben menos servicios.

    La idea de la decadente Europa se trata de un monumental error de percepción. Hay aspectos de la vida europea que superan notablemente a Estados Unidos. La nación, sin duda, tiene el primer ejército del mundo, sus mejores universidades están a la cabeza del planeta, los científicos y técnicos son casi insuperables, y el aparato productivo es el más denso y sofisticado de cuantos han existido en la historia.

    Pero cuando la empresa norteamericana CNBC encargó a unos expertos la objetiva clasificación de las 30 ciudades más habitables del mundo, éstos se guiaron por nueve categorías relevantes –salud, ingresos, clima, seguridad, etc.– y encontraron que casi todas eran europeas, canadienses, australianas y neozelandesas. Sólo dos ciudades norteamericanas podían competir, y comparecían al final de la lista: Honolulu era la número 29 y San Francisco la 30. Las cinco mejores eran Viena, Zúrich, Auckland, Múnich y Dusseldorf.

    The Economist, la gran revista, hizo lo mismo con los países, y su pesquisa la llevó a colocar a Estados Unidos en el puesto número 13. Había mejor calidad de vida (por orden) en Irlanda, Suiza, Noruega, Luxemburgo, Suecia, Australia, Islandia, Italia, Dinamarca, España, Singapur y Finlandia. En el Índice de Desarrollo Humano que publica la ONU, en cambio, sólo tres países anteceden a Estados Unidos: Noruega, Australia y Holanda.


    Si lo que se mide es la honradez del sector público, sucede algo parecido. Transparency International, en una escala en la que 10 es la mejor valoración posible y 1 la peor, asigna más de nueve puntos a los cuatro países escandinavos, y más de 8 a Alemania y a Canadá. Estados Unidos, con 7.1 no está nada mal, pero no forma parte del pelotón de las naciones más escrupulosas con el dinero que les entregan los ciudadanos.

    En el tema educativo los resultados son mixtos. En general, Estados Unidos tiene las mejores universidades en el ámbito de los posgrados, pero la enseñanza media es mediocre. Cuando la OCDE –la organización de las naciones más desarrolladas del mundo– mide los conocimientos de los jóvenes en matemáticas, lectura y ciencias, encuentra una docena de países que obtienen mejores resultados que Estados Unidos. Corea del Sur y Finlandia son los dos mejores.

    Lo que quiero decir es que Estados Unidos tiene mucho que aprender de algunos países europeos y asiáticos, de la misma manera que el resto del mundo tiene bastante que aprender del modo norteamericano de investigar, trabajar y vivir.

    ¿Hay algún aspecto de la convivencia en el que Estados Unidos supere claramente al resto del mundo? A mi juicio, en las oportunidades que tienen los más pobres de prosperar. En el país sigue vigente el llamado "sueño americano", pacto tácito, hasta ahora cumplido, consistente en que si uno trabaja intensamente y cumple con la ley, puede llegar hasta donde su talento y suerte le permitan, e integrarse, al menos, en los vastos sectores de los niveles sociales medios donde acampa el 85 por ciento de los habitantes de la nación. Esa es la verdadera diferencia. Y ya es bastante.

    elblogdemontaner.com

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  6. #46
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    Predeterminado Perversos intereses creados

    Si en España el ministro Wert se desmoraliza con las resistencias a su reforma educativa, le recomiendo observar a EEUU. Comprobar el desastre provocado por el rechazo sistemático a cualquier propuesta de reforma le dará moral.

    Desde 1971, en Estados Unidos el gasto por alumno se ha duplicado (más de 9.000 dólares). Y, pese a ello, sólo el 8% de los estudiantes de Alabama y el 14% de los de Mississipí aprueba los exámenes. En el ranking de PISA, el alumnado de EEUU está por debajo de la media de la OCDE en matemáticas.

    Todo funcionaba razonablemente hasta que en los años 60 la educación pública fue secuestrada por sindicatos y políticos. Hoy 2,5 millones de profesores tienen un puesto vitalicio, en ningún estado la financiación pública está condicionada a los resultados, y los colegios carecen de autonomía.

    El caso de Michelle Rhee ilustra el problema. No había sido nunca directora de escuela ni de distrito escolar (el sistema norteamericano está dividido en distritos escolares cuyos responsables son casi siempre elegidos por el pueblo). Pero había abogado, desde una ONG, por reformas indispensables.
    Rhee emprendió una cruzada que le valió la portada de Time. Cerró 23 distritos escolares, despidió a la cuarta parte de los directores e impulsó las escuelas charter, financiadas por el Estado pero que funcionan con total autonomía. Pero lo más valiente que hizo Rhee fue proponer a los profesores que renunciaran al puesto vitalicio garantizándoles a cambio un salario mucho mejor, sujeto a resultados. Muchos profesores y padres se entusiasmaron. De inmediato, los dos sindicatos de profesores del país le orquestaron una campaña infame, a la que se sumaron los políticos, sobre todo demócratas. Meterse con un sindicato de profesores en EEUU es meterse con Dios: aportan 300 millones de dólares en cada elección y son la base del Partido Demócrata en varios estados.

    La movilización contra Rhee y el alcalde suicida que la respaldó triunfó y el Gobierno de Washington cambió de manos en 2010. Allí está ahora la admirable Rhee tratando de convencer a otros de que hagan lo que no le dejaron a ella.

    Ha habido otros intentos, como el de Michael Bloomberg o Jeb Bush, ex gobernador de Florida. Los resultados parciales han sido tan buenos que los intereses creados los han interrumpido siempre. Pero algún día no lo lograrán.

    Álvaro Vargas Llosa, en El Mundo

  7. #47
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    Predeterminado Obama defrauda a sus gurús económicos

    Los economistas partidarios de un mayor intervencionismo, con Paul Krugman a la cabeza, no están muy contentos con el acuerdo en torno al precipicio fiscal que patrocinó Barack Obama.

    Era interesante seguir el blog de Krugman estos días. El fin de semana abroncó a Howard Schultz, el consejero delegado de Starbucks, por dirigir una carta a empleados y clientes en la que criticaba a los políticos por su incapacidad para superar el fiscal cliff «y resolver el problema de la deuda pública». Schultz recomendaba informarse en la web de Fix the Debt (Arreglemos la Deuda), el lobby ciudadano más influyente contra el incremento del endeudamiento del Gobierno.

    Según Krugman, «el Sr. Schultz no tiene idea de lo que hace» y mucho menos la gente de Fix the Debt, a cuya líder, Maya MacGuineas, tachó de manipuladora. El problema del fiscal cliff no es que no solucione la deuda, es que reduce el déficit «demasiado rápido».
    El hecho de que la deuda no sea más que la acumulación de los déficits públicos parece no decirle nada al premio Nobel.

    El lunes, cuando se anunció el acuerdo, Krugman se quejó de lo mal estratega que, a su juicio, es Obama. Según él, podía haber dejado que el país cayera por el precipicio. «Básicamente, podía haber obtenido todo lo que el fin de las deducciones de la era de Bush le deparaba, alrededor de 800.000 millones de dólares en 10 años».

    Ayer, seguía lamentándose, aunque había cambiado el tono. Básicamente ahora está de acuerdo con la línea esbozada por Obama, donde señaló que era preferible ceder en algo (por ejemplo acotando las subidas de impuestos a quienes ganen más de 450.000 dólares) antes que arriesgarse a perder unas prestaciones del Estado de Bienestar que desaparecerán si se vuelven insostenibles.

    El argumentario que difundió la Casa Blanca en favor del pacto incide en este punto y en destacar que se trata del «impuesto sobre la renta más progresivo que ha tenido EEUU en décadas». Esto es cierto. Aunque Obama haya tenido que aceptar que alguien que ingrese 400.000 dólares sea considerado clase media, lo cierto es que la progresividad no tiene precedentes cercanos.

    El presidente conecta con un fenómeno que ha acentuado la crisis: los norteamericanos se están haciendo algo más socialistas, guardando las proporciones. Así, aunque siguen siendo más individualistas y partidarios del capitalismo que los europeos, una encuesta del Pew Research Center señalaba en julio que el número de los que creen que subir impuestos a los más ricos no dañaría la economía ya duplicaba a los que no. Y otro sondeo destacaba que aunque sigan prefiriendo un Estado pequeño, el 51% cree que la mejor manera de crear empleo es con más gasto público.

    john.muller@elmundo.es

  8. #48
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    Predeterminado Ni una sola gratitud

    Los Estados Unidos han cerrado 22 de sus embajadas y consulados en varios países del mundo árabe por una amenaza «significativa» de ataque terrorista, descubierta gracias a la interceptación de comunicaciones entre miembros de alto rango de Al Qaeda.
    Nuestra libertad y nuestro modo de vida occidental está construido sobre la base de sangre americana. También sobre la base de la idea que les ilumina y nos ilumina, de su dinero, de su tecnología y de su armamento nuclear. Pero sobre todo de su sangre, de su sangre joven, generosa y vital, porque después de tantas lecciones y de tanta arrogancia, de tanto narcisismo y tantas exigencias, siempre que España y Europa ha estado en peligro, siempre que nuestra libertad ha estado amenazada, han sido los Estados Unidos los que con su mejor sangre nos han salvado.

    En España les hemos llamado cínicos, imperialistas y hasta casi fascistas por reconocer la dictadura de Franco, sin darnos cuenta de que a pesar de ser un dictador, Franco no era ni de largo lo peor que en aquellos momentos nos podía haber pasado. Les hemos acusado de actuar sólo por interés en la Segunda Guerra Mundial, para poder enriquecerse a continuación con el Plan Marshall. Cuando el peor terrorismo les ha golpeado les hemos dicho que era porque lo merecían, e incluso que se habían atentado ellos mismos para tener una excusa para ir a por el petróleo de Irak.

    Desde Europa en general, pero especialmente desde España, les hemos atribuido las peores atrocidades pero nunca les hemos dado las gracias. Nunca les hemos agradecido la libertad, ni su mejor sangre, ni que en nuestro nombre se hayan enfrentado al mal para derrotarlo y salvarnos la vida y nuestro modo de vida alegre, próspero y libre.

    No hay en España ningún «día de los Estados Unidos», con la cantidad de estúpidos «días de» que tenemos. No hay ninguna plaza dedicada al desembarco de Normandía, ni al General Patton, ni al general Schwarzkopf, ni a los captores de Bin Laden o Sadam. Ninguna plaza dedicada a los presidentes Truman o Reagan, ¡con todo lo que les debemos!

    Si hoy 22 de sus embajadas han tenido que cerrar es porque una vez más los Estados Unidos se han enfrentado al terror más salvaje y tratan de defendernos de su zarpa. No he escuchado desde España ningún mensaje de solidaridad, ni de afecto, ni de la menor ternura. Seguro que muchos piensan que ya les está bien cualquier cosa que les pueda suceder. Rajoy y Margallo juegan a hacernos puchinelis con Gibraltar tal como hace algunos años Zapatero se quedó sentado en un desfile al paso de la bandera americana.

    Cualquier cosa menos que un español levante su voz para dar gracias a los Estados Unidos por la idea que les define y les proyecta, y que ilumina al mundo. Burlas sobre su sistema sanitario, aspavientos por ese mito de sus «bolsas de pobreza» pero ni una sola gratitud a ningún héroe americano por cada gota de su sangre derramada, por su juventud sacrificada, por su emocionante generosidad.

    No mejoraremos hasta que no aprendamos a distinguir entre bien y mal, hasta que no aprendamos a ser generosos y agradecidos. El antiamericanismo define nuestra inferioridad intelectual, nuestra invertebración moral. Y la libertad es, sobre todo, una superioridad.

    Salvador Sostres, en El Mundo

  9. #49
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Pobre Nueva York

    En medio de un descalabro mundial de la izquierda nunca antes visto -pues ya sabemos que en España apenas existe la izquierda desde que Zapatero hundió al país, por otro lado en Francia ningún otro presidente anterior a François Hollande había registrado índices de fracaso tan vergonzosos, en Italia ni se habla de los militantes, y en Estados Unidos Barack Obama barre con el bajísimo nivel de popularidad el suelo del cuarto de los trastos, y así por el estilo en el resto del mundo-, en New York, sin embargo, ha ganado la alcaldía un tipo que se dice demócrata llamado Bill de Blasio. Parece el nombre de un cantante populachero de esos de los años setenta, como Lupita de Alesio, o algo por el estilo, que me perdone Lupita.

    Pues Che de Blasio, el camarada, como lo llaman sus amigos y miembros de su partido político, pasó su luna de miel en Cuba al casarse con la "poetisa negra", tal como la denomina la prensa en un alarde antirracial que más racista no puede ser, Chirlaine McCray. El alarde antirracial lo ha encabezado el mismo recién estrenado alcalde, que no ha vacilado en airear a su mujer negra y a sus hijos "mestizos", tal como los clasificó la televisión francesa ayer, al mostrar imágenes de De Blasio luciendo no a la mujer que ama, o sea a su compañera sentimental y esposa, sino a la "negra intelectual" con la que se casó y con la que tuvo hijos nada más y nada menos que mulatos, ¡oh, novedad!. Como si fueran los primeros “mulatos” de Nueva York, como si el Bronx, Harlem y hasta la Quinta Avenida no hubiesen sido descubiertos hasta hoy.

    En fin, que se comenta que ha ganado un demócrata, un liberal, etc., y todos esos epítetos politiqueros para engañar, enmascarar la evidencia de lo contrario. Este señor que pasa su luna de miel en Cuba con su rabiosa "poetisa negra" comunista no es un demócrata, no, es un colaborador del castrismo y un comunista, al igual que su mujer, exmiembro de las Panteras Negras, exlesbiana vociferante de los grupos gays y feministas. Y ha ganado porque ha sido votado también por una gran cantidad de inmigrantes que, cómo iba a ser de otro modo, ya le presentaron la lista de sus "diez deseos".

    Estos inmigrantes, por cierto, son bastante curiosos, esa lista de "diez deseos" jamás la presentan en sus respectivos países cuando todavía se encuentran en ellos, ni intentan cambiar las leyes migratorias de sus países tal como lo intentan hacer en Estados Unidos, y para colmo, en lugar de aportar alguna utilidad se la pasan pidiendo con las guitarritas entonándoles el cerebro, viven de las ayudas y las becas, rara vez de su trabajo. Pero a estos inmigrantes el nuevo alcalde no los lució en su campaña, ni tampoco el presidente votado en dos ocasiones. Los usan, eso sí, y los dejan tirados como papel higiénico cuando ya les arrebataron el voto. Pero estos inmigrantes, desde luego, son tan brillantes que siguen votando a la izquierda con la esperanza guindada del cortinaje de una ranchera. ¡Allá ellos!

    Pobre Nueva York.

    Bill de Blasio, cuyo verdadero nombre es Warren Wilheim Jr., de ascendencia alemana por parte de padre e italiana del lado materno, es, quién se atreve a dudarlo, un admirador de Fidel Castro, y un sandinista adorador de la musulmanería. Sus votantes son, de hecho, una gran cantidad de musulmanes antisemitas, y también, ¡cómo que no!, los judíos neoyorquinos, siempre tan devotos del sacrificio. No hay más que verlo aquí. El mulá De Blasio ya declaró que hará de la ciudad de Nueva York un "paraíso igual para todos" y la pondrá en un "rumbo absolutamente progresista". Léase igualitario, o mejor, totalitario; y es que ese discurso ya lo oímos los cubanos. Por cierto, prepárense para que la Gran Manzana desborde de espías castristas (más de los que ya hay), y de hombres nuevos de ultramegadiseño raulista. Eso es lo que trajo el barco.

    Gina Montaner, en El Mundo

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    Predeterminado La ciencia y su lucha por la supervivencia

    La preponderancia mundial de los EEUU está tocando a su fin. La hegemonía de una única superpotencia mundial se acabó. Otras economías son capaces de lanzarle un desafío. Pero Norteamérica sigue manteniendo su liderazgo en investigación científica, no sólo por la cantidad de dinero que se invierte, ni por la relativa importancia de la ciencia en la cultura nacional: el presupuesto por persona es más alto en Israel, Japón, Corea del Sur, Alemania, y varios países escandinavos. La ventaja estadounidense consiste en comprender mejor que los demás la naturaleza y las necesidades de la comunidad científica.

    Hace varios años -demasiados, excesivamente largos- tuve un conflicto poco grato con Richard Dawkins, el gran apóstol del ateísmo, el pontífice supremo y portavoz brillante de la cuasi religión darwinista. Yo había escrito el guión de un programa de televisión sobre Darwin, y Dawkins intentó suprimirlo. Los que trabajamos con los medios informáticos solemos tropezarnos con la censura. Pero ese caso me sorprendió, porque el retrato de Darwin que intentaba esbozar era bastante favorable, y ningún espectador inteligente hubiera acabado sin comprender que la teoría de la evolución es cierta -una explicación fehaciente de la diversidad de las especies.

    Mi ofensa -mi pecado y herejía contra la ortodoxia darwiniana que suscitó la ira del señor Dawkins- era decir que la teoría de Darwin se inspiró no sólo en la exactitud de sus observaciones de la naturaleza, sino también en la tragedia de su propia vida: las enfermedades de sus hijos, la muerte a los diez años de la pequeñita Ana, la majita de la familia. Darwin se había casado con su prima. Terminó convencido de que sus hijos, víctimas de rasgos heredados, se encontraban entre las escalas más bajas de la lucha por la existencia. Así que el darwinismo se inventó no por un supermán, inmune a su entorno, ni por un profeta cuyas fuentes de inspiración se colocaron fuera de su propia persona, sino por un hombre de carne y hueso, cuyos pensamientos procedían de su propia experiencia. A Dawkins no le sentó bien. Su Darwin -el que él imaginaba- se parecía más a un dios o un profeta que a un tipo cualquiera.

    La ciencia es un arte, o tal vez una ilusión. A nosotros, los seres humanos, que vivimos enredados en la naturaleza, no se nos permite una óptica objetiva. Somos incapaces de escapar la contextura aglutinante de la biosfera, que nos adhiere como a moscas pegadas al papel que las atrapa. Nuestra única salida es la imaginación -el intento de conseguir un enfoque literalmente inaccesible, como el de un observador ajeno, contemplando a nuestro planeta desde una distancia inmensa de tiempo y espacio-. La ciencia, además, es cultura: es decir, que refleja ineludiblemente las presiones culturales que rodean al científico. Si no fuera así, sus experimentos quedarían ininteligibles para sus contemporáneos. Sus hallazgos son productos de las circunstancias personales. Si no fuera así, le resultarían invisibles. La emoción y los sentimientos crean ciencia.

    Lo sabían los magos del Renacimiento y de la revolución científica de la Edad Moderna, conjurando efectos alquímicos mientras iban develando las estructuras de las materias, hechizando a los enfermos mientras iban curándoles, adivinando a los hados mientras trazaban el universo. Henri Poincaré, a principios del siglo XX, publicó La Science et lhypothèse, afirmando que la ciencia procedía del cerebro del científico tanto como del mundo externo. Luego Werner Heisenberg y Niels Bohr elaboraron la teoría del carácter indeterminado, demostrando que el observador está irremediablemente embrollado en sus observaciones. Thomas Kuhn, a principios de los 60, escribió The Structure of Scientific Revolutions, explicando que la ciencia se adecua a los paradigmas, que son a la vez productos del ambiente cultural.

    Es por eso que la ciencia, tanto como las demás artes, necesita ser libre: libre de censura, libre de burocracia y libre de los comités de supuestos expertos, cuyo interés consiste en mantener las ortodoxias que ellos mismos formularon y siguen enseñando. Tanto como un poema o un llanto, una gran teoría científica es la creación de una mente, la criatura de una imaginación, la expresión de una emoción. Su terreno es la serendipia. Sus procesos son impredecibles. Pero en la Europa actual es casi imposible lograr fondos de investigación sin demostrar los resultados de antemano y someterse al juicio de especialistas poco originales, políticos mezquinos, y funcionarios faltos de imaginación. Don Braben, catedrático honoris causa del University College de Londres, un gran inconformista de la comunidad científica inglesa, acaba de publicar Promoting the Planck Club -sostiene que ninguno de los 500 mayores científicos del siglo XX hubiesen conseguido fondos bajo el sistema vigente-. Entre los ejemplos que trata vienen Max Planck, Albert Einstein, J.J. Thomson, Ernest Rutherford, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Barbara McClintock, Francis Crick, James Watson y Harry Kroto. Braben hubiera podido añadir otros genios de la actualidad a su lista. Kary Mullis, por ejemplo, es un tipo que realiza trabajos innovadores no en el laboratorio sino dentro de su propia cabeza mientras va de surf o camina en su coche cupé. Pensó por primera vez en las reacciones de cadenas de polimerasas en 1983 mientras conducía de noche con una novia que luego le rechazó. Barry Marshall, otro Nobel, que ayudó a demostrar que unas bacterias son responsables de las úlceras pépticas, se mostró tan frustrado por la investigación convencional que se experimentó tragando una copa llena de bacterias como si fuera un cóctel. Cuando ofreció comunicar sus descubrimientos a un congreso de especialistas, se rechazó su ponencia por colocarse, según el reportaje del comité seleccionador, debajo del nivel obligatorio. El también Premio Nobel Tim Hunt realizó su primer descubrimiento, el del papel de los ribosomas en el ARN, según cuenta, «por puro capricho», por salir del laboratorio, mientras un experimento se desarrollaba impredeciblemente, para regazarse en un almuerzo excesivamente bueno y largo. Durante largos años su carrera quedó definida como un especialista en ciertos tipos de honguillos en un equipo de investigación dedicado a estudiar las bases genéticas del cáncer, porque algunos colegas creían que su aproximación era irrelevante. Hoy en día, es probable que tales prejuicios lo dejarían sin fondos para seguir trabajando.

    Si vamos a seguir adelante, si vamos a nutrir ciencia realmente innovadora, si vamos a liberar la potencia de los cerebros científicos, necesitamos a tales genios, por excéntricos y heterodoxos que sean. Y, por tanto, tenemos que encontrar medios de financiación que les permitan el ejercicio de esa creatividad sin límites que es imprescindible para practicar la ciencia -si se me permite expresarlo así- como arte. En EEUU existen tales métodos. Las grandes universidades disponen de fondos propios, protegidos por la legislación estatal y federal, que se distribuyen entre los investigadores, sin condiciones previas, en cantidades relativamente modestas pero suficientes para iniciar proyectos innovadores, desafiando a la sabiduría oficial. Yo mismo, que no soy sino un historiador humilde, cuyas investigaciones son baratas y de poco provecho al lado de las de mis colegas científicos, dispongo de tales fondos. Así los investigadores tienen la oportunidad de demostrar la utilidad de sus ideas antes de tener que solicitar el apoyo de los organismos burocráticos. Luego existen muchas fundaciones privadas en Norteamérica, enriquecidas por privilegios fiscales que en Europa ni somos capaces de concebir, que están dispuestos a fomentar propuestas de trabajo demasiado aventuradas para los accionistas, o demasiado extrañas para el orden dominante científico, o demasiado arriesgadas para el erario público. Tenemos que imitar ese sistema que sigue favoreciendo a la ciencia estadounidense en la competencia mundial. Pero ¿existe un Gobierno en Europa dispuesto a conceder tales libertades, o a fiarse tanto de los investigadores, o a lanzar una reforma tan profunda?

    Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad Notre Dame (Indiana), en El Mundo.

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