El triunfo de los partidarios del euro en Grecia no sólo no ha dado un respiro a la deuda española, sino que la ha hundido aún más en las aguas del descrédito. El bono a 10 años está claramente por encima del 7% y, lo que es peor, Italia queda ahora rezagada a un discreto segundo puesto en la línea de ataque contra la moneda única a 108 puntos de nuestra prima de riesgo (575 contra 467).
¿Por qué?, se preguntan muchos. Como si la de ayer fuera una segunda reacción irracional de los mercados (la primera fue la bofetada del pasado lunes tras el acuerdo para conceder a España un eurocrédito de 100.000 millones para la banca), que hiciera imposible prever lo que va a suceder. Y no sólo eso. Como si no sirviera de nada hacer lo que se nos dice que hagamos desde Europa y desde el FMI. Como si una especie de maldición bíblica nos condenara irremediablemente al averno.
Pero no. Los focos, a veces desfiguran los problemas reales. Ni nuestro sistema financiero ni Grecia son la causa de que exista ese recelo internacional hacia España, por otra parte bien condimentado con elevadas dosis de especulación.
Un dato que explica lo que le está ocurriendo a España. El jueves 14 de junio se celebró en Londres la XVI Annual European Financial, organizada por Goldman Sachs, a la que acudieron representantes de toda la banca europea. La mayoría de los asistentes coincidió en que España, en estos momentos, «no es buen lugar para invertir». Es decir, la desconfianza no viene generada por el sistema financiero, sino por las dudas sobre el país y su capacidad para afrontar sus deudas (públicas y privadas).
Un banquero lo resume de esta forma: «El ratio de deuda sobre PIB es como la solvencia de un cliente que pide un crédito. Su garantía es la tasación de sus bienes, pero el cliente no genera ingresos. No tiene problemas para conseguir un primer crédito, pero sí para que le den un segundo porque, aunque siga siendo solvente, no genera recursos con los que amortizarlo».
Es decir, que el problema real es cómo pagar nuestras deudas (crecientes: este año ya en el 90% del PIB, si incluimos los 100.000 millones de la banca) cuando nuestra economía languidece, caen los ingresos fiscales y no se atacan los problemas de fondo que genera un estado pesado e ineficiente.
Difícil situación porque se juntan nuestros problemas con la intransigencia de Alemania y el desconocimiento de los inversores de la realidad española.
Se ha extendido la idea de que «España está muy mal» y convencer a los inversores mundiales de que eso no es así requeriría de una operación pedagógica y de imagen que implicara a todo el Gobierno y a todas las instituciones. Que el país fuera consciente del peligro y hubiera un compromiso de fondo para afrontar la situación.
Hay que hacer más reformas (sobre todo en el modelo de Estado y en la reducción del mismo) pero, además, hay que explicar lo que se está haciendo.
El Gobierno no acertó al poner el foco de la angustia en el sistema financiero (cuando es sólo una parte del problema); y luego, en las elecciones griegas (que, como se ha visto, no han frenado el acoso contra nuestra deuda).
El Gobierno tiene que cambiar de actitud:
1º Afrontando un nuevo recorte del gasto público.
2º Retocando los impuestos indirectos (IVA) para evitar que el déficit se aleje mucho del objetivo.
3º Debe actuar pronto, aprovechando los presupuestos de 2013.
4º Tiene que planificar una ofensiva conjunta de todo el gabinete.
5º Debe implicar en esa ofensiva a la sociedad civil.
6º Tiene que lograr un consenso con la oposición para que el esfuerzo sea del país y no sólo de un partido.
7º Debe sumar aliados internacionales en esa ofensiva de explicación.
Y con todo, será muy difícil salir de ésta.
Casimiro García-Abadillo, en El Mundo




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