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Tema: En crisis?

  1. #1
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    18 dic, 08
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    Predeterminado En crisis?

    Con frecuencia llegamos a considerar que la inversión y el ahorro es lo mismo y, aunque ambas son buenas disciplinas, la diferencia está en la cantidad de riesgo que cada individuo está dispuesto a aceptar para hacer crecer su dinero. El primer paso es empezar con el ahorro para ser un buen inversionista por eso, lo asesoramos y orientamos con nuestras estatrategias que llevaron a muchos al exito.

  2. #2
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado Los especuladores huyen de Zapatero

    El Gobierno español, sus adláteres y gran número de intelectuales no han tardado en acusar a los especuladores de ser los culpables del sobrecoste en la financiación del Estado y la caída de la bolsa. Con lo fácil que hubiera sido para el Gobierno mirarse al espejo para encontrar al culpable...

    La condena de la especulación es un recurso al que los políticos suelen recurrir cuando la economía no funciona como ellos quisieran, es decir, cuando la realidad no se ajusta a sus deseos e intenciones políticos... El especulador es tenido siempre como el malo de la película, como un agente que crea escasez y pobreza y se aprovecha de las necesidades de la sociedad. En los medios de comunicación se les acusa de hacer que el precio de la gasolina, la comida y la vivienda aumente constantemente.

    Como se les presenta como los grandes enemigos de la sociedad, no hay mayores obstáculos a la hora de proponer que la especulación sea regulada o incluso prohibida.

    Pero resulta que los especuladores son imprescindibles para la economía y para la sociedad.

    Todos, sin excepción, especulamos en el mercado. Ludwig von Mises decía: "Los capitalistas, los terratenientes, los trabajadores, todos ellos, por fuerza, son especuladores". El inversor que compra unas acciones en lugar de otras porque cree que así obtendrá más ganancias especula, de la misma manera que un agricultor planta una cosa y no otra en la confianza de que su decisión final le reportará unos beneficios superiores.

    Especulamos porque debemos prever nuestras necesidades futuras. Cuando nos aprovisionamos de leche porque sabemos que el precio de la misma va a subir, estamos especulando. Y cuando compramos bienes de todo tipo antes de que suba el IVA. Y cuando compramos una casa con la intención de revenderla. También, cuando contratamos un seguro de cualquier tipo...

    El especulador es fundamental en la economía, básicamente, por dos razones:
    1) reasigna recursos en el tiempo, lo cual redunda en su beneficio... y en el del consumidor, pues permite distribuir la oferta de bienes: si un especulador piensa/descubre que habrá escasez de petróleo en el futuro, lo comprará a precios bajos para venderlo más caro más tarde, cuando finalmente se produzca la escasez;

    2) estabiliza los precios. El especulador exitoso compra cuando considera que los precios están infravalorados, lo que empuja los mismos al alza; y vende cuando cree que lo que hay es un sobreprecio, con lo que provoca que bajen. Los especuladores –o inversores, como se les debería llamar– basan su acción en la previsión y la anticipación. Con la información de que disponen, están dispuestos a asumir riesgos. El problema, hoy, es que las noticias relacionadas con las maniobras del Gobierno de Zapatero no incitan, precisamente, a que los especuladores/inversores inviertan en y apuesten por España. Temen interferencias arbitrarias en su capital y en sus ganancias.

    Como he dicho al principio, si el Gobierno quiere conocer al culpable de la situación que vivimos, sólo le hace falta que mirarse al espejo. Así de fácil. En lugar de acusar a los especuladores de antipatriotas o desestabilizadores cuando sacan el capital del país, debería darse cuenta de que lo hacen para protegerlo de sus atroces medidas económicas.

    Está claro que nuestros políticos no entienden el funcionamiento de los mercados. Cierto es que los mercados tienen un funcionamiento complejo, que Zapatero (ni nadie) podrá aprender en dos tardes. Pero lo que sí tiene tiempo de aprender son los motivos por los que su Gobierno carece de credibilidad. Igual, entonces, consigue que los inversores no huyan despavoridos de nuestro país.


    © AIPE

    Por JUAN MORILLO BENTUÉ, miembro del Instituto Juan de Mariana.

  3. #3
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Más allá de los stress test (1)

    Los stress test de la banca española ya son públicos. Después de varias semanas de expectación, después de varios meses de ocultación, ayer tuvimos acceso a unos datos que supuestamente iban a revolucionar el modo en que observábamos a la banca española. En realidad, sin embargo, en el agregado hay muy poca información novedosa que no pudiera extraerse de las estadísticas que mensualmente publica el Banco de España en su página web. Sin salir de esta casa, Alberto Recarte llegó en 2009 a un cálculo de pérdidas muy parecido al que nos han ofrecido los burócratas europeos.

    Aún así, creo que la escasa transparencia que en general caracteriza a toda la contabilidad bancaria aconseja que pongamos las cifras en cuarentena. O, al menos, que no nos creamos que son cálculos que gozan de una precisión apodíctica. Si en economía anticipar el futuro con exactitud ya resulta un ejercicio destinado a fracasar, en el caso de los bancos el margen de error puede oscilar en varias decenas de miles de millones de euros.

    Con esto no quiero decir que las pérdidas previsibles del sistema bancario no tengan nada que ver con las ofrecidas por los test de estrés, sino que habida cuenta del enorme deterioro que ha sufrido nuestra economía en los últimos tiempos, los quebrantos finales probablemente se acerquen más a los 250.000 millones de euros que a los 207.000 que anticipan los test para el peor de los escenarios. Al fin y al cabo, no es demasiado difícil que los inmuebles se deprecien más del 30% que se ha presumido y que los impagos (especialmente en el sector empresarial) sean mayores de los supuestos. Además, los test pronostican que, como poco, nuestras entidades de crédito obtendrán en 2010 y 2011 un margen bruto de explotación (beneficios por sus actividades ordinarias) de 100.000 millones de euros, apenas un 20% menos que en los años de bonanza. Un recorte más prudente nos debería llevar a considerar una caída de entre el 30% y el 40%.

    Dicho de otro modo, lejos de los 2.000 millones de euros de fondos públicos que los test sostienen que van a necesitar los bancos y cajas españoles para alcanzar una capitalización aceptable, lo más probable es que esa cifra ascienda hasta los 80.000 millones, lo que implicaría agotar de facto la dotación con la que cuenta el FROB.

    Pero incluso con estas enmiendas de brocha gorda, el resultado final de los stress test no resulta tan calamitoso como muchos se temían, pues en general, y merced al tráfico del dinero del contribuyente, el sistema financiero español podría sobrevivir. Sin embargo, llegados a este punto, sí querría efectuar cuatro comentarios que, salvo excepciones, no suelen acompañar a las buenistas conclusiones de los test de estrés y que resultan fundamentales para saber dónde estamos y dónde vamos a estar.

  4. #4
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Más allá de los stress test (2)

    Lo primero es que todos los cálculos anteriores asumen que a partir de ahora la economía española va a sufrir un deterioro moderado, tirando a estancamiento, en su crecimiento. En tanto esta hipótesis no se cumpla, la morosidad y por tanto las pérdidas de la banca serán sustancialmente mayores. ¿Hay motivos para pensar que España se desplomará? Los hay. Un paro del 20%-25% de la población activa destruye cualquier economía, especialmente si el Estado trata de jugar un papel "compensatorio" que ni puede ni debe permitirse. O las empresas se reajustan o sólo las partes más productivas de nuestra economía seguirán en funcionamiento, lo que equivale a decir que nuestro PIB puede caer hasta un 20% con respecto al de 2007... y de momento –gracias a los insostenibles planes de estímulo que sólo retrasan lo inevitable– no hemos caído ni siquiera un 5%.

    En segundo lugar, los test de estrés no han considerado la posibilidad de que algún Estado (¿Grecia? ¿España?) quiebre. Sólo se han atrevido a recortar el valor de la deuda pública en propiedad de los bancos que éstos esperan vender en menos de un año (trading book) y no el de la deuda pública que buscan conservar hasta su vencimiento (banking book). Pero la parte del león se encuentra en la segunda. Un eventual impago de España, huelga decirlo, acabaría con nuestra banca, de ahí que resulte urgente acabar ya con el elefantiásico déficit público, mejorando la solvencia de la Administración.

    Tercero, y esto es esencial, los test de estrés son mediciones de solvencia de las entidades, no de liquidez. Lo que indican es que en principio la banca logrará los recursos necesarios para hacer frente a todas sus deudas, pero no tratan de pronosticar si dispondrá de los recursos suficientes en el instante necesario. La diferencia entre liquidez y solvencia es importante, pues si las entidades carecen en un determinado momento de fondos, se verán forzadas a liquidar anticipadamente su activo, lo que provocará pérdidas adicionales a las previstas por los test. El asunto es endiablado, pues entre la banca y el Estado español se produce una situación de interdependencia que bien podría acabar con ambos: el Estado necesita a la banca para que financie parte de su deuda, y la banca necesita esas emisiones de deuda para, mediante el FROB, ampliar capital y sobrevivir. La posición de ambos es tremendamente débil (ni siquiera merecen ser considerados castillos de naipes) y por ello ante el más mínimo susto los dos se encuentran a punto de colapsar (como sucediera en mayo). Si, por ejemplo, el Estado no logra colocar parte de sus emisiones de deuda a los inversores extranjeros, la banca española se hallará un pelín más cerca de la quiebra, con lo cual se le cerrará el grifo del mercado interbancario y, asfixiada como está, tampoco podrá participar en adquirir esas emisiones de deuda del Estado. Al final, pues, o los dos caen en suspensión de pagos o financian sus pasivos a tipos de interés crecientes, como le pasa a Grecia (lo que provoca depreciaciones adicionales en el trading book de la banca). De momento, ambos han sobrevivido gracias a la muy laxa política del BCE, pero es de esperar –y de desear– que Trichet en algún momento cierre el grifo: en caso contrario, Zapatero y los directivos de la banca nunca se reestructurarán (o tardarán lustros en hacerlo) y la economía se encontrará en un estado zombie.

    Y, por último, incluso en el supuesto de que ninguno de los riesgos anteriores se conjure, el futuro que se le abre a la banca y a la economía española no deja de ser lúgubre. Aun cuando nuestro sistema financiero no quiebre –y a la luz de los test, es un futurible al menos razonable–, lo que sí resulta seguro es que sufrirá unas pérdidas cuantiosísimas que erosionarán la mayor parte de su capital. Es decir, la capitalización de nuestros bancos y cajas será mucho menor de la necesaria para que éstos se decidan a asumir el riesgo de seguir concediendo nuevos créditos a familias y empresas.

    En esta caso, y como ya supiera ver en 1937 el gran economista Ludwig Lachmann, lo previsible es que bancos y cajas traten de compensar su escaso margen de solvencia con una progresiva mejora de su liquidez (con un incremento de sus saldos de tesorería). Ya que no son suficientemente solventes, al menos tratarán de convertirse en extraordinariamente líquidos (los keynesianos denominan a este proceso "trampa de la liquidez", aunque lo atribuyen a factores del todo distintos). Y esto, para que nos entendamos, se traduce en no conceder nuevos créditos cuando vayan venciendo los existentes.

    No es que este ejercicio de prudencia y desapalancamiento resulte a largo plazo perjudicial para una economía, pues al fin y al cabo los agentes no pueden incrementar de manera permanente su endeudamiento (en algún momento tienen que pagar sus obligaciones). Sin embargo, sí deberíamos prepararnos para, en el mejor de los casos, asistir a una década de estancamiento en la que trabajaremos (si la ley laboral nos deja) para devolver todo el endeudamiento extraordinario de nuestros recientes años locos. Algo muy similar a lo que le ocurre a Japón desde 1990.

    Si no queremos que nos suceda lo mismo –perder dos décadas en lugar de solo una– convendría no hacer demasiado caso a quienes aconsejan implementar políticas de expansión fiscal o monetaria, pues el problema es real y no parece tener una solución instantánea. Japón lo intentó todo y todo fracasó. Aquí no será distinto (ya lo estamos descubriendo) y puede que de hecho resulte mucho peor, pues al menos los nipones ahorran la mayor parte de sus rentas y pueden sufragar internamente los despilfarros de su gobierno (a nuestro país los malditos especuladores foráneos le cortarían mucho antes el chorro de crédito).

    En definitiva, más allá de las pérdidas concretas que vayan a sufrir los bancos y cajas españoles en los próximos años reflejadas en los stress test, lo cierto es que tenemos por delante importantes retos a corto y a largo plazo que deberemos afrontar si no queremos dinamitar la economía. La parte buena del asunto es que los remedios para el corto y el largo plazo son los mismos: liberalización de los mercados y austeridad por parte de todos los agentes económicos. La parte mala es que ambas soluciones son incompatibles con el ADN intervencionista de nuestra casta partitocrática. Hagan sus pronósticos.

    Por Juan Ramón Rallo, jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

  5. #5
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    08 ene, 07
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    Predeterminado ¿Crisis, qué crisis?

    ¿Crisis? ¿Qué crisis? Ojalá estuviéramos en crisis. Este es el sugestivo título de un trabajo de Antonio García Lizana, catedrático de Política Económica de la Universidad de Málaga, que cuestiona la propiedad del término con que nos referimos a la situación de la economía desde 2007. Tiene razón el profesor al criticar que sigamos llamando crisis a un estado de cosas que dura ya casi cinco años. Crisis alude a «un cambio brusco», «un momento, según algunas de las acepciones del diccionario. Por eso, históricamente, se habla de la crisis de 1929 o de la 1973.

    En el texto, publicado en el nº 25 de los Anales de Economía Aplicada, García Lizana afirma que el término «crisis» ni es preciso, ni unívoco, ni sistemático, (características indispensables para utilizarlo científicamente) y viene impuesto por el marco social, lo cual dificulta un diagnóstico preciso. «No es de extrañar que desde el propio sector público no se esté abordando el problema de fondo», dice el autor. Y subraya un aspecto que ya hemos criticado a quienes designaron la prima de riesgo como su marcapasos: «Resulta pintoresco que un sector público que fue encargado en un tiempo de orientar la actividad del mercado se haya convertido en su rehén».

    Establecida la oscuridad conceptual, el profesor advierte de la tentación de fijarse en fenómenos superficiales. Esto distrae los esfuerzos. «En realidad estamos asistiendo a un largo proceso en el que los problemas no sólo se acumulan, sino que experimentan sucesivos cambios... sobre una línea de fondo cuya naturaleza habría que indagar». Estudiando la conducta de los precios desde 2007, García Lizana reconoce cuatro etapas. La primera fue la estanflación que se inició en 2007 donde se combinó un fuerte crecimiento de precios con destrucción de empleo. Con una lectura equivocada (que Jean-Claude Trichet rectificó más tarde) el BCE subió los tipos, empeorando la situación. El problema no era tanto de demanda, sino de oferta (costes, caída de la productividad, falta de flexibilidad) y se parecía mucho a lo ocurrido en 1973.

    El segundo acto del proceso es la deflación que siguió a la fuerte depresión de la demanda iniciada en el verano de 2007 y que se vio coronada por la crisis financiera de septiembre de 2008. La caída de Lehman Brothers marcó de tal modo el proceso «que se llegó a la conclusión de que todo ha sido y es una crisis financiera». La tercera crisis ha sido la recesión con estabilidad de precios que se inició a partir de noviembre de 2009. La paradoja es que pese a la depresión de la demanda no ha habido una deflación más intensa, lo cual delata más problemas en el lado de la oferta. Por último se ha producido una nueva estanflación a partir del invierno de 2011, donde las revoluciones del norte de África causaron nuevas tensiones en los precios.

    García Lizana concluye que «el comportamiento de los precios, que ha sido analizado, sugiere que el problema debe encontrarse en ambos lados», en la oferta y en la demanda. «Ambos presentan problemas , y, en cada episodio considerado, uno u otro han sido dominantes en cuanto al impacto sobre los precios». La consecuencia de tal situación es que arroja «reiteradamente, guiños engañosos» que son interpretados como «brotes verdes». «Estamos asistiendo a un proceso patológico complejo que afecta simultáneamente a la oferta y a la demanda pero que se manifiesta, de acuerdo con las circunstancias, mediante diferentes comportamientos en términos de evolución de los precios», asegura. Para salir de la crisis, dice García Lizana, «se requiere del empleo de políticas de amplio espectro, capaces de afectar simultáneamente a ambos lados, de la oferta y de la demanda».

    JOHN MÜLLER, en El Mundo

  6. #6
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    08 ene, 07
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    Predeterminado No me siento motivado

    De las múltiples excusas que el empleado ha ido encontrando para no trabajar, una de las más escandalosas es el no sentirse motivado. ¿Motivado? ¿Qué mayor motivación podría existir que tu sueldo a final de mes? ¿Qué otra motivación necesitas para hacer tu trabajo y hacerlo lo mejor que puedas, que el contrato que libremente firmaste con tu empresa? Ahora resulta que no te sientes motivado. Vaya por Dios. Igual te motiva más el paro, cuando te echen por caradura y por vago.

    A fuerza de consigna sindical, los empresarios se han ido acomplejando, se han ido acostumbrando a esperar cada vez menos de sus empleados. El listón de exigencia, cada vez más bajo. Tal vez tendríamos que recordar que sin empresarios no hay riqueza, ni trabajadores, ni derechos. Tal vez tendríamos que recordar que la mano de obra es intercambiable y que, si unos no trabajan como es debido, trabajarán otros.

    Puedo compartir y comparto la estrategia empresarial de tratar de motivar a tus trabajadores, pero es de una jeta infinita que un empleado justifique su mediocre rendimiento con el pretexto de la supuesta falta de motivación. El cinismo que ha promovido el sindicalismo es tan extraordinario que ahora resultará que no basta con pagar lo acordado para que un trabajador cumpla con su deber de un modo satisfactorio.

    ¿Te imaginas que lo planteáramos al revés? ¿Te imaginas que un empresario esperara sentirse motivado por sus trabajadores para cumplir con sus obligaciones salariales? ¿Te imaginas que, ante la falta de productividad o de ventas, un empresario dijera no sentirse motivado para pagar las nóminas y se lo gastara todo en caviar y champán, que, desde luego, motivan más? ¿Dónde iríamos a parar?

    Somos adultos y somos responsables, y tenemos que llegar al trabajo motivados, aseados y a la hora exacta. Tu empresario no es tu padre, aunque paga por tu sanidad y tu jubilación como si realmente lo fuera, y en algunos casos incluso más. Pero no, no es tu padre, ni tiene que motivarte para que cumplas con tu obligación, porque su parte consiste en garantizar tu seguridad, darte un trato correcto y pagarte tu salario y tu Seguridad Social.

    ¿Qué más quieres, camarada? ¿Qué más necesitas para motivarte? Muchos españoles se han olvidado de lo que es pasarlo realmente mal, y no es que lo desee, pero todo parece indicar que los duros tiempos volverán. Recordaremos la farsa de la motivación y de los días personales como algo inconcebible, recordaremos a los sindicatos y a sus liberados sindicales como el abuso que precedió a la gran debacle. Ni nuestros abuelos darían crédito si escucharan a un obrero quejándose de la motivación que le falta, ni lo darán nuestros nietos dentro de 20 años, cuando tengan que volver a trabajar como auténticas bestias de carga para que pueda volver a florecer el erial que les habremos dejado.

    Nada atonta tanto como vivir sin tener que pagar el precio y nada espabila tanto como la necesidad. Se esperaba de nosotros que tuviéramos la lección aprendida y que administráramos la bonanza con moderación y serenidad. Pero no somos más que unos insufribles nuevos ricos que de todo nos hartamos sin pensar en nada más. Ahora dices que no te sientes motivado y acudes con displicencia a tu trabajo: lamentarás tu arrogancia cuando te echen por vago, no puedas encontrar otro trabajo y sólo te quede vivir de la realmente desmotivadora caridad.

    Que nadie crea que está definitivamente a salvo.

    Salvador Sostres, en El Mundo

  7. #7
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El caso chino

    El año pasado, el primer inversionista en Alemania no fue Estados Unidos, tampoco Suiza o Francia. Fue China. Y los chinos no invirtieron en materias primas, como suelen hacer en América Latina, sino en actividades industriales, tecnología e ingeniería.

    Entre las compras que han hecho los chinos en Alemania se cuenta la compañía Putzmeister, fundada en 1958; un gigante dedicado a los equipos de construcción. La adquirió por miles de millones de dólares, precisamente en el 2011, una compañía china llamada Sany, creada en 1986 por tres socios que entonces reunieron un pequeño capital de unos 10.000 dólares al cambio actual.

    El presidente de Sany es Lian Wengen, el hombre más rico de China. Algunos le calculan un capital de 11.000 millones de dólares. Como es tan rico y exitoso, el curioso Partido Comunista Chino le ha ofrecido un puesto en el Comité Central.

    Adonde quiero llegar es a estas dos conclusiones:

    1) El gran éxito chino no es el triunfo de un modelo económico especial, sino el resultado de liberar la inmensa capacidad creativa de la sociedad china en el terreno de la empresaria privada. El Estado chino dejó de ser un obstáculo para el desarrollo empresarial privado y se transformó en promotor del mismo. Continuó cercenando u obstruyendo las libertades individuales, pero dejó de entorpecer la creación de riqueza por parte de los ciudadanos.

    2) En esencia, esto se parece a lo que sucede en Estados Unidos, en Suiza, en Holanda, en Israel, en cualquiera de los países exitosos: son ricos y desarrollados porque cuentan con un parque empresarial privado que genera riqueza y avances tecnológicos en medio de una intensa competencia económica.

    Sencillamente, esa multiplicación de panes y peces no es posible hacerla desde el Estado y a cargo del Estado. El Gran Salto Adelante que Mao intentó infructuosamente se ha llevado finalmente a cabo, pero no con el recetario de Marx, sino con el de Adam Smith.

    Los ejemplos de China, Japón, Taiwán, Corea del Sur, Alemania, Estados Unidos, de todas esas naciones que provocan admiración en el terreno económico, nos deben conducir a un razonamiento lógico: si entre los objetivos esenciales de una sociedad está el de crear riqueza y luchar contra la pobreza y el atraso, es absolutamente prioritario que su Estado segregue las condiciones para el desarrollo de un parque empresarial privado variado y complejo.

    Es verdad que, en el camino, los empresarios más hábiles y dichosos se enriquecerán tremendamente, como el señor Lian Wengen, pero en su marcha impetuosa a la cima arrastrarán a millones de personas hacia formas superiores de vida.

    Cuando comenzó el cambio económico en China, a mediados de los años setenta, un obrero industrial de ese país ganaba la decimosexta parte de lo que recibía un trabajador norteamericano en un puesto similar. Hoy, el primero gana una cuarta parte de lo que recibe el segundo. Puede que en el futuro incluso llegue a ganar lo mismo o más: los japoneses pueden dar fe de ello. Esos trescientos millones de personas que hoy forman parte de los niveles sociales medios de China deben su posición, en gran medida, a la furia empresarial privada desatada en dicho país.

    Naturalmente, este impresionante milagro económico está y estará en peligro de saltar por los aires si China no consigue evolucionar en el terreno político hacia un sistema razonable de solucionar los conflictos y transmitir la autoridad basado en el consentimiento de los ciudadanos, como ha hecho, por ejemplo, Taiwán.

    La paradoja consiste en que cada chino que consigue pasar del campo a la ciudad, del analfabetismo al conocimiento y de la pobreza a las clases medias es una persona socialmente inconforme que demandará cuotas crecientes de libertad y una inversión de las relaciones de poder con respecto al Estado. Cuando lo recibía todo del Estado, era su miserable sirviente. Ahora, cuando con su trabajo en el ámbito privado crea riquezas y mantiene al Estado, desea que los funcionarios se conviertan en servidores públicos. El que paga, manda.

    Afortunadamente, el modelo de la democracia liberal, con todas sus imperfecciones, ha resuelto esas tensiones entre la sociedad y el Estado, y son cada vez más los chinos que miran a Occidente como una fuente de inspiración cívica. Es en esa atmósfera donde prospera el mejor capitalismo, y no en las dictaduras de partido único.

    Carlos Alberto Montaner, en LD

    firmaspress.com

  8. #8
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Que entiendan otros

    La mayoría de los españoles no habíamos oído hablar de la prima de riesgo hasta hace un año. Tampoco de las agencias de calificación, las hipotecas subprime, los activos tóxicos o el rescate financiero. De la crisis sí habíamos oído hablar, pero no le echábamos demasiada cuenta. Han existido otras crisis en la historia del siglo XX y a todas hemos sobrevivido. La literatura y el cine se han cebado con la crisis del 29, que fue una tragedia en blanco y negro con mucho horror dentro. Saltó la banca en Wall Street y el pánico se adueñó de las calles. El propio Churchill, que estaba el jueves negro en Nueva York, dijo haber visto a un hombre tirándose por la ventana de un rascacielos. A ese primer salto en el vacío le siguió un segundo y un tercero, y todo contribuyó a crear la leyenda de la oleada de suicidios. Aunque es cierto que algunos ejecutivos se quitaron de en medio por aquel procedimiento, hay sobrecarga de mito en la representación de la tragedia. Con todo, lo peor no fue eso. Lo cuentan muy bien algunos autores de la generación perdida. La gran depresión americana, según ellos, fue el paradigma de la devastación moral y humana que asoló el mundo tras el crac bursátil.

    Cuando estalló nuestra crisis yo pensé que asistiríamos a suicidios en directo, con cadáveres despanzurrados en el asfalto y comentaristas televisivos levantándose la tapa de los sesos antes de dar paso a publicidad. Sin embargo, no hubo tal. Si al principio los políticos evitaban la palabra crisis era quizá por una medida de asepsia para evitar el pánico, esa expresión atroz que invita a las muertes en cadena.

    Seguramente, la crisis del 29 hizo callo en la memoria histórica. Que yo sepa, ahora ya nadie se tira por la ventana. Los ciudadanos viven momentos de angustia (unos más que otros) pero todo el mundo recurre al telediario esperando una señal de alivio entre noticia y noticia. A mí, el hecho de no entender nada, lejos de producirme inquietud, me exime de responsabilidad. Ya entenderán otros, pienso. Los tontos nos amparamos en el paraguas de los listos, pero los listos no se ponen de acuerdo entre sí y en sus miradas hay fogonazos de vértigo. A lo mejor estamos a cinco minutos de traspasar la frontera de la ruina moral.

    Carmen Rigalt, en El Mundo

  9. #9
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Sigue la fiesta

    Terminaba agosto y se cerraba el mercado de fichajes. Comenzaba septiembre, se abría el curso político y entraba en vigor la subida del IVA. El país se aprestaba a entrar en un otoño que tradicionalmente era caliente, porque comportaba el regreso a una actividad siempre intensa, y ahora se anuncia helado, en las osadas palabras de Rubalcaba, alguien que en su momento contribuyó lo suyo a la glaciación general. El invierno como metáfora de la tristeza y la penuria. El frío como negación de la vitalidad y el entusiasmo. España tirita. Estar tiritando es un sinónimo coloquial de no tener dinero, de estar tieso, que también significa tener mucho frío. Cuando estás pobre o helado te quedas tieso. España está tiesa. Aquí lo único caliente son los incendios que nos asolan campos y bosques. El resto es la formación acelerada de hielo en el paisaje interior. El termómetro nacional desciende varios grados cada día.

    El fútbol, que está más tieso que un carámbano, también ha experimentado una bajada de la temperatura económica. La Liga ha invertido esta temporada 116 millones de euros (268 menos que la anterior, en la que, pese a la devastación financiera, se invirtieron 65 más que en la 2010-11). El colmo del despilfarro lo conocimos en la campaña 2009-10, en la que, ya en plena crisis, los clubes gastaron, en el colmo de una irresponsabilidad criminal amén de suicida, 503 millones. Protegidos por la impunidad fiscal, inmunes a la autocrítica, alentados por una hinchada inconsciente, ciegos y estúpidos, siguieron galopando hacia el abismo.

    Incluso con la actual y obligada moderación (es un decir), nueve de los 20 clubes de Primera, con el Barça a la cabeza, han gastado en fichajes más de lo que han ingresado por ventas. Sigue la fiesta. Ni ellos ni los otros han aprendido la lección: sólo están capeando el temporal en la convicción de que, cuando mejore el tiempo, el gobernante de turno les volverá a poner el contador a cero. Confiemos en que eso no ocurra y que el fútbol no escape a la imprescindible cordura, recobrada a palos, de un país que ha estado en agosto cerrado por vacaciones y amenaza en septiembre con cerrar por defunción.

    Carlos Toro en El Mundo

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