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  1. #21
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    07 ene, 07
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    Question

    Cita Iniciado por Javiac Ver Mensaje
    libertad de inmigracion entre los integrantes.
    ¿No te parece que ya hay suficientes inmigrantes?

  2. #22
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    16 ago, 07
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    Esta claro................que NO!!

    No se pueden crear de golpe, 40 millones de puestos de trabajo, pero si con una presion fiscal de un 36% se crean en España cerca de 800.000 empleos....cuantos mas serian si la presion fuera por ejemplo....del 18%. Por lo menos un quinto mas. 1 millon al año. Asi que, en medio siglo, seremos el pais mas rico de europa!!! No se a ti..... pero a mi, no me importa en absoluto.

  3. #23
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    25 jul, 07
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    Predeterminado

    SI VIVAMOS TODOS EN UN SOLO PAIS LOS Estados Unidos.......................... de la tierra.

  4. #24
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    25 jul, 07
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    Predeterminado

    Jejejejejeje

  5. #25
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El mesianismo materialista

    La modernidad no ha dado lugar a concepciones no teleológicas de la historia. Toda la historiografía occidental, desde Vico hasta Marx, apunta a una finalidad, aunque no cierre el devenir en un punto concreto, como pretende Hegel con el advenimiento del Espíritu Universal.

    Hegel, naturalmente, por aquello de que el tiempo individual y el tiempo histórico jamás se corresponden, dio por supuesto que la consumación de la historia estaba próxima –error en el que cayeron casi todos los fabricantes de situaciones míticas–, y hasta creyó verla en la figura de Bonaparte: "He visto pasar el Espíritu Universal a caballo", dijo cuando vio al emperador. Y no le fue ajena la idea de que el Estado prusiano, y su encarnación en Federico Guillermo III, representase igualmente un ideal histórico, como sugiere Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, aunque Marcuse, en Razón y revolución, haga al respecto más de una crítica atinada. Lo cierto es que Popper percibió con claridad que una concepción teleológica como la de Hegel lleva a regímenes totalitarios, administradores del futuro y, por lo tanto, del pasado.

    La concepción judeocristiana de la historia es también teleológica, pero sitúa el fin de los tiempos en el advenimiento (o el retorno) del Mesías, que es, con variaciones, según chiíes y suníes, el Mahdí (los suníes lo esperan, los chiíes afirman que ya vivió, desapareció y regresará como redentor). Pero esta noción pertenece a la fe, y los historiadores y filósofos de la historia posteriores a Vico pretenden dar con un fin de la historia científicamente establecido, es decir, se proponen una teleología materialista, acercándose el conjunto más al positivismo que al marxismo (para ser precisos, el único pensador marxista en sentido pleno es Marx, ya que Federico Engels, aun en vida de su socio y amigo, publicó obras como el Anti-Dühring o El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que son francamente positivistas). Las llamadas ciencias del hombre no han sido capaces de generar un paradigma propio y han parasitado el de las ciencias exactas y naturales –que, a su vez, ha cambiado en más de una ocasión–, en las que, desde Tales de Mileto, se acepta que el universo opera con arreglo a leyes y que éstas pueden ser conocidas mediante la observación y la experimentación. Ese traslado del paradigma, del ámbito de las ciencias exactas y naturales al de las demás zonas del conocimiento, es en esencia el positivismo. Engels, fascinado por el paralelismo aparente, llegó a decir que la historia social es un capítulo de la historia natural.

    En general, los no creyentes –ateos o agnósticos– apuntan a alguna forma de utopía concreta, no necesariamente el socialismo, aun cuando éste sea la opción mayoritaria. Una utopía que es una forma de salvación, el fundamento de una vida perfecta, en paz y sin contradicciones. Consideran indiscutible –creen firmemente, aunque no crean– en la línea ascendente del progreso y sitúan en la parte más alta de esa línea un fin. Estiman que, dialécticamente, por la vía de las contradicciones, se alcanzará una síntesis definitiva. No pretenden, como Hegel, ver pasar el Espíritu Universal a caballo. Ya se encargó Marx de discutir esa noción y, como él mismo decía, "ponerla sobre sus pies" apoyando la dialéctica en lo material, lo social. Pero, mal que les pese, lo ven pasar muy a menudo, encarnado en líderes. Si Hegel lo veía en Bonaparte, los materialistas teleológicos lo han visto en Lenin, en Stalin, en Mao, en Perón, en cualquiera que les hablara de un proyecto consumador de la historia, de la realización de un objetivo totalizador y, necesariamente, totalitario.

    No se trata de que los líderes sean mesiánicos, sino de que las masas les atribuyan esa condición. La fe es un bien humano, además de una virtud teologal. Y la humanidad la emplea bien o mal, como lo hace con el amor o con la caridad. Y sabemos que el amor o la caridad pueden ocasionar desastres, personales y generales, según los objetos en los cuales se coloquen. Si no se destina la fe a un dios, hay que colocarla en alguna otra parte. Un objeto realmente inexistente (o que existe en un lugar que no tiene lugar: ou-topos) pero al que se atribuyen ciertas condiciones que, se asuma o no el hecho, son necesariamente divinas: omnipotencia y ubicuidad. Lo que en la divinidad es mérito, en el hombre es horror: la omnipotencia y la ubicuidad, en el plano humano, se traducen como totalitarismo. Lo que ocupa el lugar de Dios es el demiurgo histórico –y, por tanto, limitado temporalmente–, el líder obscenamente poderoso, con toda su corte diabólica de espías, carceleros y otros malvados.

    El carácter mesiánico no lo crea el líder. De mesías está llena la historia, desde Sabbatai Zevi hasta el Mahdí sudanés de finales del XIX, pero todos ellos se mostraban revestidos por la creencia. El líder moderno no se crea como mesías, sino que arriba a ese modelo. En incontables ocasiones la ausencia o la invisibilidad contribuyen a esa elaboración: véanse los casos del rey Sebastián, que ni siquiera podía materializarse; de Fernando VII, el Deseado, o de Perón en sus casi dos décadas de exilio. En todos los casos hay una explicación científica del fenómeno, una elaborada negación del factor místico en la historia.

    No hay utopía que no encuentre una vía de realización a través de un líder, ocasionalmente abstracto, como el ya remoto Marx, pero generalmente concreto, como Lenin o Castro, encargados, por un lado, de instaurar el reino de la justicia sobre la tierra y, por otro, de aceptar la adoración. Fidel Castro es llamado popularmente el Caballo no porque se asemeje al hermoso animal, sino en alusión al compañero de Ochún en el panteón santero.

    El materialismo teleológico, por definición, es mesiánico. El mero hecho de tratar de deducir leyes del relato histórico implica una preescritura del mismo que hay que desentrañar, como suele suponerse respecto de la Torá o los Evangelios. La tarea materialista de búsqueda y establecimiento de un motor de la historia, como la lucha de clases, es exegética. Y se lleva a cabo en los términos permitidos por la historia, que, como ya he dicho más de una vez en estas páginas, no es una sucesión de acontecimientos, sino únicamente un relato, probablemente revelado en muchas de sus partes. Tengo para mí que Marx murió siendo consciente de que había atendido tan sólo a la versión romántica de la historia y de que había dejado de lado porciones muy importantes de la misma. De ahí su preocupación por definir, es decir, por hacer entrar en su molde, lo que llamó modos de producción "asiático" y "antiguo", a falta de una mayor precisión.



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  6. #26
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    Predeterminado La tiranía del espectáculo

    Decía Jean Paul Sartre -y siento tener que volver a citarlo- que una imagen no es una cosa sino un acto. La frase me parece una verdad esencial en una sociedad en la que la representación expulsa cualquier reflexión sobre el sentido de la existencia. Todos estamos condenados a ser actores de un guión que otros escriben.

    La gran paradoja de nuestro tiempo es que fuimos educados en una cultura de la responsabilidad, producto de los valores religiosos que imperaban en nuestro país hace 40 años, y ahora tenemos que sobrevivir en una sociedad tiranizada por la imagen y las apariencias, en la que cualquier discurso se vuelve incomprensible si no se transforma en espectáculo.

    En un mundo en el que la religión es un vestigio, estamos condenados a una banalidad insufrible, angustiosa. Si Dios ha muerto, como decía Nietzsche, el hombre se ha convertido en un gusano a merced del ciego azar, según subrayaba Richard Dawkins en el debate con el arzobispo de Canterbury. Pero el ser humano necesita un poco de trascendencia que aporte sentido a su vida. Nos rebelamos contra una existencia animal en la que somos un insignificante eslabón de la evolución y tendemos a pensar que nuestra vida tiene que tener algún sentido.

    Por eso acudimos al arte, a la ciencia, a la literatura, a algo que hace resonar unas misteriosas vibraciones interiores y que nos eleva por encima de las miserias cotidianas. Escribir es también un intento de escapar a esa tiranía del azar que nos destruye.

    Añoro los tiempos pasados en los que los seres humanos podían soñar que luchaban por un mundo mejor. Hoy no es posible tener ideales en una sociedad desgarrada por la lógica de la rentabilidad económica y la supremacía de un espectáculo en el que todo acto queda reducido a mera imagen.

    No cabe ya, por tanto, hablar en términos de verdad o mentira sino de pura representación. Lo que cuenta no es lo que se hace o lo que se piensa sino lo que se dice, lo que cada uno parece ante los demás. La apariencia -la ilusión de las candilejas- es la ley suprema que rige nuestras vidas.

    Esto es especialmente perceptible en la política, en la que nadie está dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos. Urgandarin echa la culpa a su socio, el ministro del Interior se quita la responsabilidad de las actuaciones de la Policía, Rubalcaba actúa como si el PSOE no tuviera nada que ver con la crisis económica, los empresarios demonizan a los sindicatos y los sindicatos a los empresarios.

    Nada más coherente en una sociedad en la que lo importante es la imagen, que carece de valores y que jamás ha sabido interiorizar lo que supone una democracia. En suma, una sociedad que no cree en sí misma porque confunde lo que parece con lo que es. La tarea esencial de nuestro tiempo es encontrar unos principios que confieran un poco de sentido y de ilusión a nuestras vidas, pero eso es demasiado pedir cuando cinco minutos de celebridad valen más que cualquier utopía.

    Pedro G. Cuartango, en El Mundo

  7. #27
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    Predeterminado Medidas de confianza

    Los neandertales usaban plumas de aves para ponerse guapos, según una investigación de un equipo multinacional, con científicos españoles del CSIC. Claro que, hace tanto tiempo de aquello que sólo podemos conjeturar que lo hacían para darse dimensión personal, para medirse con los otros.

    Pero encajarían bien en los tiempos actuales. En plena era de dominación ideológica de la ciencia y la tecnología, aún vivimos en una sociedad muy aristotélica.

    Cuando Stephen Hawking repasa la historia de la física, reprocha a Aristóteles que despreciase la observación, el cálculo y la medición de los fenómenos, como herramientas científicas, y que, antes bien, desarrollase un sistema de entendimiento de las cosas basado en principios que le atraían intelectualmente. Incluso con explicaciones improvisadas ad hoc para lo que fuera, llegado el caso.

    Aristóteles prescindía de los hechos que no le parecían atractivos y sólo se esforzaba en interpretar por qué ocurren las cosas, no en describir con exactitud qué ha ocurrido. Hacía un ejercicio intelectual para ajustar la realidad.

    La ciencia de Aristóteles (filosofía era, en la antigua Grecia, el nombre de la ciencia) dominó el mundo civilizado dos milenios. Y sus fundamentos metodológicos siguen teniendo más vigencia de lo que parece en la vida cotidiana.

    La medición de fenómenos reales da un valor relativo: manifestaciones independentistas o sindicalistas; la dimisión de la carismática Esperanza Aguirre; la muerte del último líder comunista con nombre propio; el estrellamiento de cine mudo entre Rajoy y Mas; el rescate económico que viene; las broncas de Mourinho... todos son fenómenos analizados por interpretación filosófica de sus causas, según el observador, más que por la dimensión del hecho. No consta que la nueva reforma educativa incluya aprender a pensar ordenadamente.

    Quizás es eso lo que mejor explica que, en el momento de mayor capacidad de conocimiento, el Homo sapiens sobreviviente al neandertal siga inmerso en tal grado de obtusa obcecación para medir y reaccionar a los fenómenos que atañen a su vida cada día.

    Cuando la tecnología permite gestionar inmensos volúmenes de datos y medir desde lo inmenso hasta lo ínfimo, cuando los flujos de información nos anegan hasta las rodillas, la medición que todavía parece merecer mayor confianza son las plumas de cada cual.

    Twitter: @juliomiravalls

    En El Mundo

  8. #28
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    Predeterminado Alucinaciones febriles

    Ayer sufrí una fiebre que me tuvo en cama casi todo el día. Era casi incapaz de distinguir entre lo que sucedía en mi confusa cabeza y la realidad del mundo exterior. Me levanté a mediodía a tomar un poco de sopa y en ese momento Mario Draghi estaba dando explicaciones a los periodistas.

    La primera impresión que me produjo es que tenía puesto un peluquín en la parte delantera de su cabellera, puesto que el pelo era en esa zona más negro que en el resto. Luego empezó a desgranar unos términos incomprensibles, repletos de siglas, una especie de lenguaje marciano.

    Lo que más llamaba la atención era la soberbia y la arrogancia con la que se comportaba, como si nos estuviera explicando los arcanos de una ciencia que sólo el puede comprender. Pero lo mas impresionante era la sumisión de los periodistas ante este gran cardenal de las finanzas, que les manejaba como corderitos tras decidir qué preguntas iba a responder.
    Se me ocurrió que algo muy importante falla en la política europea cuando hemos puesto en manos de un energúmeno como éste un poder que está incluso por encima del de los Estados.

    No faltará quien argumente que Draghi no es un fraile franciscano sino que es el presidente de un gran banco. Eso se vuelve contra él porque la grandeza del poder es saberlo ejercer sin que se note. He conocido personas muy poderosas que me han impresionado por su cercanía y su sencillez. Draghi es un fatuo.

    En una situación tan complicada como ésta, necesitamos líderes que generen confianza y no dirigentes que levitan tres palmos por encima de la realidad. Admito incluso que Draghi lo puede estar haciendo bien, pero su soberbia inspira una desconfianza insuperable.
    Si Draghi hubiera sido elegido democráticamente, estas líneas estarían de sobra. Pero este hombre ha sido cooptado al cargo por Merkel y Sarkozy, que no consultaron con nadie. A mí el poder tecnocrático que no está sometido a ningún control me da miedo. Y más si se pone en manos de personas que se creen por encima del bien y el mal.

    La tecnocracia es siempre una forma dictatorial de ejercer el poder y suele provocar irreparables destrozos porque nadie asume responsabilidades por lo que hace. Todo lo que dice Draghi me parece un camelo, aunque seguramente ayer fui víctima de alucinaciones febriles.


    Pedro G. Cuartango, en El Mundo

  9. #29
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    Predeterminado Hedonismo y suicidio

    Hace días comenté un aspecto del estudio demográfico del profesor Francisco J. Contreras en el que mencionaba la propuesta del pensador David Benatar de llegar a un acuerdo general y generacional para no tener más descendencia y que el género humano se extinguiese de una vez por todas, de forma suave, pacífica y sin vulnerar derechos. Algo así como el diluvio mítico, sin diluvio y sin Noé ni Deucalión y Pirra. Aparte del calificativo moral que nos merezca tal idea, la misma es irrealizable por varias razones, pero también muy ilustrativa de una tendencia manifiesta asimismo en el aborto masivo, la caída del índice de natalidad por debajo de la tasa de reposición, la promoción homosexualista, etc.

    La argumentación de Benatar parte de una filosofía hedonista, la obtención del placer como fin o sentido de la vida. Pues la realidad es que la vida nos ofrece bastantes más frustraciones a nuestros deseos que cumplimiento de ellos. Además, como observaron los griegos, muchos placeres suponen peligros o malas consecuencias y no es fácil la previsión al respecto; y el trabajo de alcanzarlos puede resultar más ingrato que grata su obtención. El logro, después de mucho esfuerzo, decepciona a menudo; y sin esfuerzo parece perder su valor. Sin contar que nuestros deseos son a menudo incumplibles no ya por la resistencia del mundo exterior, sino por ser ellos mismos contradictorios; o que su cumplimiento en unas personas acarrea la desgracia para otras...

    Nuestra sociedad es probablemente la más hedonista de la historia, aquella que más medios dedica a proporcionar placer a muy amplias masas. También esto termina por decepcionar, porque los placeres tienden a instrumentarse y dirigirse en un sentido cada vez más degradante por no se sabe quién (por los "sabios de Sion", dicen algunos), en realidad por nadie, pues esa filosofía crea su propia dinámica, sostenible solo por una creciente infantilización y aturdimiento de las masas. Lo cual genera nuevas frustraciones, insatisfacción vital y deterioro de las relaciones interhumanas (por ejemplo, se vuelve imposible una vida matrimonial y familiar algo responsable o estable: el creciente fracaso en esos terrenos dice algo del problema).

    Y puesto que el sentido de la vida consiste en obtener placer viviendo para el día, como predicaba John Lennon con peculiar ingenuidad (hay ingenuidades peores que crímenes, se ha dicho), al ser la frustración tanto o más frecuente que el placer, entonces la vida deja de valer la pena. Si uno tiene valor, puede muy bien quitársela, y en todo caso adquiere un tinte de extravagante altruismo la propuesta de Benatar: seamos la última generación que trae otras nuevas a sufrir.

    Pío Moa, en su blog de La Gaceta.es

  10. #30
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    Predeterminado El poder de la estupidez

    Los hombres siempre han intentado buscar la existencia de pautas convencionales para explicar la Historia. La razón, la dominación económica, la voluntad de poder, la expansión territorial, las ideologías religiosas o el simple racismo han sido enunciados como causas de los conflictos y de los movimientos sociales que han cambiado el mundo. Pero hay un factor importante que nunca se analiza y que tiene un extraordinario peso en el transcurso de los acontecimientos. Me refiero a la estupidez. Sí, la estupidez es una potente fuerza que impulsa el estado de las cosas y que conduce a la sociedad a las catástrofes más inesperadas.

    La Historia está llena de ejemplos del extraordinario poder de la estulticia: la pasividad de Moctezuma frente a Hernán Cortés, la persecución de los hugonotes por parte de Luis XIV, la invasión de Rusia por designio de Napoleón, el ataque japonés a Pearl Harbour o el envío de tropas estadounidenses a Vietnam. Todas ellas fueron decisiones caprichosas, mal fundamentadas y peor llevadas a cabo, que produjeron consecuencias desastrosas.
    Las grandes desgracias de la Humanidad están en muchas ocasiones provocadas por la tontería, que tiene un poder altamente contagioso. Así cómo la sensatez de políticos como Julio César, Carlomagno, Lincoln o Churchill es raramente frecuente, la capacidad de hacer disparates prolifera en todas las épocas y todas las sociedades, incluidas las democráticas.

    La crisis económica y política que estamos atravesando en España es el producto de la insensatez de unos gobernantes y unos dirigentes que han hecho las cosas rematadamente mal desde hace mucho tiempo. Priorizaron un sistema de valores que conducía a la especulación y el consumo a corto plazo, sin pensar en que la riqueza sólo es sostenible si se crean unas bases que la hagan posible. Pero me temo que no hemos aprendido la lección y que seguimos por el camino de la autodestrucción con políticas que están acabando con lo que ha costado tanto conseguir y con una escandalosa impunidad para los que nos han llevado a esta situación. Nuestros gobernantes siguen haciendo tonterías y fingiendo que ignoran la corrupción y el hastío de los ciudadanos sin abordar los cambios profundos que exigen los nuevos tiempos. Pero el problema de la estupidez es que siempre se acaba pagando por ella un alto precio cuando afloran sus consecuencias, que casi siempre son irreparables.

    Pedro G. Cuartango, en El Mundo

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