La apertura de una línea de crédito europea para sanear y restructurar el sistema financiero español es una expresión paradigmática del principio smithiano según el cual el mutuo interés es el mejor estímulo para la cooperación. Desde esta perspectiva, la solución aportada para sortear un potencial colapso de la banca no tiene nada que ver con un ejercicio de benevolencia o de solidaridad europea. Es una opción puramente racional, basada en una estrategia de maximización de beneficios por parte española y de la UE. España necesitaba liquidez para evitar el hundimiento de su mecanismo de medios de pago, y la Eurozona debía facilitársela para conjurar el golpe mortal que ello supondría para la banca de los países centrales de la unión monetaria y la casi segura ruptura de ésta. Ello ha conducido a un juego de suma positiva en el que todos ganan.
El Gobierno ha logrado un éxito notable si se tienen en cuenta los antecedentes: un sistema financiero bajo sospecha de insolvencia, con los mercados cerrados en cuyo infructuoso salvamento se habían enterrado unos 140.000 millones de euros, según el FMI. Tras ese ingente derroche de dinero público realizado por el Banco de España con la colaboración del Gabinete socialista, el margen de actuación del Ejecutivo del PP era inexistente. Los dos decretos ley elaborados por Economía señalaban de manera rotunda los límites para afrontar la crisis del modelo banca-cajas sin asistencia externa. Ni existían recursos domésticos para realizar esa tarea ni los mercados estaban dispuestos a aportarlos.
La única alternativa del Gobierno consistía en lograr financiación de la UE sin verse abocado a una intervención de la economía y sin imponer mayores exigencias a su programa de consolidación presupuestaria ni reformas estructurales. Hace semanas, esta hipótesis parecía irrealizable ante la resistencia de los países nórdicos, liderados por Alemania, a dar fondos a un estado del Club Mediterráneo.
Desde esta perspectiva, la puesta a disposición de un crédito de hasta 100.000 millones de euros, sólo para resolver la dramática situación del sistema financiero patrio, es un logro político de primera magnitud y, a sensu contrario, constituye una manifestación clara del error que supone establecer un diálogo con los socios europeos basado en la debilidad. Los gobiernos fuertes han de ejercer como tales en la defensa de los intereses nacionales.
Desde el punto de vista político, el crédito ofrecido al mecanismo de pagos de la economía nacional es un refrendo claro del programa desplegado por el Gobierno. De lo contrario, se habría visto acompañado por mayores ajustes fiscales y más intensas reformas estructurales. Esto no significa que la UE considere cerrado el proyecto de transformación de la economía española, pero sí supone otorgar confianza a la estrategia diseñada por el Gabinete Rajoy, lo que marca una diferencia radical con las operaciones de rescate practicadas hasta el momento en la zona euro. Si bien es cierto que una intervención de España era impracticable en términos de coste, también lo es que, si la UE desconfiase de la política económica española, habría acompañado la oferta de crédito al sistema financiero de una fuerte condicionalidad para la política macro y microeconómica. Eso no ha sucedido.
Aunque es prematuro cifrar la cuantía exacta de fondos que demandará el Gobierno para culminar el saneamiento/reestructuración de los bancos y cajas, es evidente que dispondrá de los suficientes para cumplir ese objetivo. La conversión del Ejecutivo en el avalista de los créditos le proporciona los incentivos adecuados para forzar a las entidades crediticias a limpiar sus balances con rapidez y es un poderoso mecanismo de presión para que aquéllas mejoren su eficiencia y, de este modo, sean capaces de generar los recursos precisos para devolverlos. La espada de Damocles de una conversión de la deuda bancaria en pública es un estímulo de extraordinaria eficacia para evitar situaciones de riesgo moral, es decir, que las instituciones financieras no se ajusten o se demoren en hacerlo ante la afluencia de dinero fresco. Esto debilita de manera decisiva el peligro de la captura del regulador, esto es, que el Banco de España y el Gobierno entren en connivencia con las entidades para realizar una limpieza laxa de sus balances.
En cualquier caso, la decisión adoptada por el Eurogrupo no implica ni una caída drástica de la prima de riesgo ni una inmediata normalización de los flujos crediticios a las empresas y a las familias. Persisten las dudas sobre la capacidad política de los estados de la UE para establecer cortafuegos eficaces y evitar escenarios de riesgo sistémico. La ayuda ofrecida al sistema financiero nacional es un paso en la dirección correcta, pero no es suficiente.
Grecia mantiene un fuerte potencial desestabilizador que se acentuará si el domingo las elecciones no proporcionan un gobierno estable comprometido con la estabilidad macroeconómica. Por último, nadie sabe aún cual será la posición definitiva de Hollande sobre la forma de enfrentar la crisis de la Eurozona. Este conjunto de factores genera un clima de alta incertidumbre en las próximas semanas.
Por lo que se refiere a la reactivación del crédito al sector privado, el fortalecimiento de la posición de los bancos y de las cajas es la condición previa e imprescindible para que se produzca, pero esta dinámica lleva tiempo. El supervisor y el regulador deberían velar para que el suministro de liquidez a las entidades no se destine, en todo o en gran parte, a la adquisición de deuda pública, como ha sucedido con los fondos captados por ellas en el BCE. Este movimiento es indeseable por dos razones. Primera, porque la combinación del riesgo bancario con el soberano crea un cóctel explosivo; segunda, porque esa práctica restringe y encarece todavía más los escasos recursos disponibles para los hogares y para las compañías. Ésta es una fuerte tentación para un Gobierno con elevadas necesidades de financiación y con el acceso a los mercados muy restringido. Quizá la desaparición de la desconfianza sobre la sostenibilidad del mecanismo de medios de pago español contribuya a abrirlos, pero es pronto para saberlo y poco prudente aventurar un plazo.
Con la decisión del Eurogrupo, desaparece el primer problema que ponía en cuestión la salida de la crisis, la amenaza de colapso del sistema financiero. Si el Gobierno mantiene su programa de austeridad fiscal, profundiza en la liberalización de los mercados y en la reforma institucional, el fantasma de un largo periodo de estancamiento-recesión desaparecerá de la escena. Hay luz al final del túnel, y ésa es una excelente noticia.
Lorenzo Bernaldo de Quirós, en El Mundo




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