Los jefes totalitarios que gobiernan con monólogos en la soledad del poder tienen la costumbre y la necesidad de descalificar a sus enemigos políticos con palabras duras, altisonantes y pegajosas para disminuirlos y, de paso, sentir que enseñan su credencial de gente chévere, cercana y popular. Si los adversarios insisten, perduran y crecen, hay que acudir al expediente de convertirlos en seres sin nombres, sin ideas, sin carne ni sueños.
Ese es el paso que ha dado esta semana Hugo Chávez con relación al abogado Enrique Capriles Radonski, el líder opositor que aspira a la presidencia del país en los comicios del próximo 7 de octubre. Hasta hace unos días, el fundador del partido Primero Justicia era un chayota, un majunche, un cochino y un apátrida. Ahora es parte de la nada, alguien a que no se puede mencionar y con quien no vale la pena debatir porque no tiene pensamiento político.
Chávez dijo a la prensa que le daría vergüenza abrir una discusión con su adversario «porque ahí lo que hay es la nada». Para muchos observadores, el sentimiento del presidente no es de vergüenza, es de temor. Le tiene miedo a una discusión abierta a toda la sociedad frente a un hombre que ha sacado la palabra porvenir a las calles y le ha devuelto a la nación la esperanza de un cambio.
Con una campaña de encuentros personales, un recorrido por cuatro estados, respeto absoluto por la decencia política y un discurso directo que cautiva a la juventud y estremece a los decepcionados de 14 años de socialismo del siglo XXI, Capriles y su equipo de demócratas han impuesto su presencia y su programa de gobierno en medio de la atmósfera de inmovilidad y derrota que suponen otro sexenio de chavismo puro o manipulado por sus herederos con ayudas divinas de chamanes, vasos de agua clara, cascarilla de huevos y huesos de jutía.
Chávez, enfermo de cáncer y de poder, con millones de dólares para maniobras electorales, muchos seguidores todavía y el dominio de los mecanismos de los comicios, quiere estar seguro de que seguirá al mando. Pero le atemoriza Capriles y el impacto de su mensaje de renovación en una Venezuela acorralada por la violencia y el desconcierto.
Raúl Rivero, en El Mundo




Citar