En este libro aparecerá muchas veces la palabra con la que se pretendió dar sentido a los fenómenos sociales y políticos que sacudieron Occidente entre los siglos XVIII y XIX: libertad.
Se trata, sin duda, de un concepto problemático, que ante todo aconseja huir de cualquier interpretación fundamentalista. El ser humano está determinado por factores de todo tipo (físicos, psicológicos, geográficos...), y por más que su voluntad pueda empeñarse en vencerlos, lo inexorable de la muerte sigue pendiendo sobre sus proyectos y decisiones como un límite fatal. Atendiendo a esto, solo el discurso religioso está en condiciones de prometer una libertad plena, y nada menos que todo un Dios sería necesario para garantizarla. Libera me, Domine, se pide en las oraciones de la misa de difuntos, y en el canto del Te Deum se dice que Cristo vino al mundo "para liberar al hombre rompiendo las cadenas de la muerte".
Lo que toca a las doctrinas políticas, en cambio, cae del lado del más acá, en el mundo visible en el que se relacionan las personas vivas. Es allí, y por el hecho mismo de la convivencia, donde se da la tensión entre los deseos de cada individuo y la necesidad que todos tienen de sujetarse a las imposiciones de la vida colectiva, con su diversidad de opiniones, de criterios y de voluntades. Frente a este conflicto de intereses pueden proponerse distintas soluciones. La más esperable y primaria es seguramente el enfrentamiento dirigido a sojuzgar al otro, salvando así las capacidades de unos a costa de restringir las de todos los demás. Las formas de gobierno que se conocían desde la antigüedad no eran sino presentaciones de esa relación de fuerzas definidas por la proporción de los que se imponían: monarquía, si era uno; aristocracia, si eran pocos; democracia, si era la mayoría. En cualquier caso, la lógica era la de un poder que se levantaba sobre una porción oprimida de la sociedad.
El surgimiento del liberalismo, con sus principios heredados de la Ilustración, supuso una respuesta mucho más reflexiva, y pretendió resolver el asunto sin ceder al instinto de embestir la presencia ajena. Por el contrario, postuló que, lejos de trabar el libre desarrollo de los individuos, la sociedad podía organizarse de tal manera que en este orden mismo se hallara la seguridad –seguridad jurídica– de que nadie iba a encontrarse indefenso ante nadie, y que la asociación política de las personas podía dejar de ser un instrumento para oprimir a algunas si su fundamento era en cambio la libertad de todas. El ideal, por lo tanto, trascendía el mero afán de emancipación e implicaba una dinámica expansiva de las mejores capacidades humanas, cifrada en aquella noción que aparece de modo recurrente en los grandes nombres del liberalismo, desde Montesquieu hasta Guizot: la civilización.
No fue casualidad que el desarrollo liberal de esta idea fuese parejo al auge de la ciencia, movida por la misma inquietud de abrir caminos nuevos a las empresas de los hombres. El método científico confirió una guía eficaz al pensamiento, y ciencia y civilización se cruzaron para dar impulso a un conocimiento emergente: la economía. El nomos, la ley que está en el nombre de esta disciplina, nos remite por una parte a una ley natural, como en astronomía: algo que solo puede describirse, porque funciona de acuerdo a un proceso espontáneo, a una "mano invisible", como vio adam Smith; por otro lado, denota también una regla de conducta, un principio rector, como en autonomía; algo a lo que podemos atenernos para vivir en la seguridad de ciertas condiciones que querríamos tener garantizadas. El progreso de la ciencia económica se inscribía en el contexto de una ambiciosa averiguación sobre la manera en que podían conformarse lo fatal y lo voluntario; lo que nos viene dado y lo que nos es dado decidir; lo que nos somete y lo que sometemos.
Como se dijo al principio, es inevitable que, por su propia naturaleza, enigmas como el de la muerte o el sentido de la vida deban remitirse al ámbito de la religión. Pero las Luces demostraron que otros muchos, en cambio, no eran misterios teológicos, sino problemas susceptibles de razonamiento: entre ellos, el del ejercicio de la autoridad. Este fue su primer logro. Después de que las grandes convulsiones políticas de finales del siglo XVIII extendieran las ideas liberales, y aun cuando resucitó monstruoso un poder despótico como el de Napoleón, aquel triunfo estaba conseguido: "Mirad a Alejandro –se quejaba el Corso en 1804–; después de haber conquistado Asia y haberse anunciado a los pueblos como hijo de Júpiter, todo el Oriente lo creyó. Pues bien, si yo me declarase hijo del Padre Eterno no habría verdulera que no silbase a mi paso".
Contra el criterio de los absolutistas (la derecha, según la distribución en el recinto de la asamblea Constituyente francesa), el liberalismo cumplía cabalmente con el precepto cristiano de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". No se erigía él mismo en un fundamento metafísico para la política, en un dogma basado en formulaciones incontestables. En eso quisieron convertirlo los que pretendieron construir con él una nueva forma de fuerza sobrenatural: la revolución. Los partidarios de esto (la izquierda, ahora), que encontraron en la libertad un argumento para imponer a sangre y fuego su tiranía, desnaturalizaron el racionalismo y lo redujeron a su parodia republicana de la religión, que aún hoy siguen trayendo a cuento los antiliberales como ejemplo de una "razón excesiva". Parecen no darse cuenta de que nada como aquello encarnó la pura visceralidad, pues no era sino el odio lo que verdaderamente estaba por detrás.
Por Miguel Ángel Cortés y Xavier Reyes Matheus, en LD




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