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Tema: Cocina

  1. #21
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    Predeterminado El mito y el fraude del colesterol

    "Reduce tu colesterol y prevendrás la enfermedad cardiovascular". La mayoría de médicos, compañías farmacéuticas, enfermeros y personas dedicadas al ámbito sanitario creen fielmente este eslogan. Y no es para menos. Vivimos en una permanente colesterolfobia. Pero a pesar de la insistencia con la que desde hace décadas nos lo han repetido una y otra vez, este mensaje es más que cuestionable. El principal y primer indicativo del desarrollo de enfermedad cardiovascular es el estrechamiento y endurecimiento de arterias debido a la placa acumulada, y esto es lo que denominamos arterioesclerosis. El mito del colesterol puede validarse o refutarse sencillamente observando la correlación entre los niveles de colesterol y de placa. La búsqueda de dicha correlación se inició ya en 1961, cuando Mathur y sus colaboradores analizaron los niveles de colesterol y el grado de arterioesclerosis en las autopsias de 20 individuos, así como en otros 200 casos en la literatura científica. Considerados ambos valores en las dieciséis horas tras el fallecimiento, fue imposible hallar un vínculo entre el colesterol y la placa arterial. En 1962, el American Heart Journal publicó una investigación del Dr. Marek que llegaba a la misma conclusión tras el estudio de 106 pacientes. Pero incluso décadas antes, podemos encontrar este hallazgo médico. En 1936, Lande y Sperry fueron incapaces de hallar correlación entre el colesterol y la placa. Todos estos estudios ponen patas arribas la presunta sabiduría convencional.

    Más recientemente, en 2003, investigadores del Hecht and Harman of Beth Israel Medical Center de Nueva York emplearon tecnología de tomografías para comprobar hasta qué punto los medicamentos y terapias para reducir el colesterol reducían a su vez la placa. La diferencia encontrada fue de cero. Los autores del estudio afirmaron que la creencia de que cuanto más bajo sea el colesterol LDL (llamado ‘malo’), mejor, no está sustentada por los cambios en la progresión de la placa arterioesclerótica. Un buen método de destruir el eterno mito del colesterol es mirar los ensayos clínicos con las estatinas, los fármacos por antonomasia para reducir el colesterol, así como los medicamentos mejor vendidos de toda la historia. Por ejemplo, los ensayos HPS (Heart Protection Study) y el Scandinavian Simvastatin Survival Study hallaron que los medicamentos testados para reducir el colesterol eran igual de efectivos para aumentar la esperanza de vida independientemente de que apenas bajaran el colesterol o lo hicieran más de un 40%. Obsesionados como estamos con el colesterol, la propia comunidad médica sigue siendo incapaz de reconocer que las estatinas son efectivas en tanto pueden reducir la inflamación, no porque bajen el colesterol. Además, las estatinas para reducir el colesterol conllevan diversos efectos secundarios, entre ellos ¡debilitan el corazón! (porque limitan la producción de la coenzima Q10, vital para el músculo del corazón, y activan el gen atrogin-1).

    En primer lugar tendríamos que preguntarnos por qué hemos alcanzado estos niveles alarmantes de enfermedad cardiovascular. No en vano, las enfermedades cardiovasculares son hoy las responsables del mayor número de muertes en Occidente. La verdadera curva ascendente de mortalidad cardiovascular empezó especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, y de hecho aún en el siglo XIX la muerte por ataque cardíaco era muy poco frecuente. Si mirásemos hacia nuestro pasado y lo comparáramos con la actualidad, podemos observar que nuestra dieta ha sufrido cambios radicales en el último siglo. Particularmente, es la epidemia de hidratos de carbono y de aceites vegetales ricos en Omega 6 (girasol, maíz, soja, margarinas) la que ha levantado una ola de inflamación causante de la tragedia cardiovascular de hoy. Porque hoy no tenemos niveles destacables de colesterol mayores que antaño. Es más, el colesterol bajo está asociado con múltiples problemas de salud, cardiovasculares o neurológicos entre otros. No podríamos vivir sin colesterol. Sin embargo, hoy sí padecemos un creciente nivel de inflamación que destroza nuestro corazón, el resto de nuestros órganos vitales y acaba con nuestras vidas.
    Cómo hemos llegado a este dramático punto es la historia de la perversión de la ciencia a cuenta de la imposición de la dieta oficialmente correcta, a la que me he referido. Nos han hecho creer que los hidratos de carbono son maná caído del cielo –el azúcar o cereales en sus formas refinadas no existían antes– y nos han aconsejado fervientemente el consumo de aceites vegetales ricos en Omega 6 como las margarinas –antes de los procesos industriales no existían estas grasas, ajenas a la humanidad hasta entonces. Somos víctimas en una sociedad crónicamente enferma porque seguimos presos de demasiadas mentiras. La dieta ha sido capaz de llevarnos al abismo. Sólo ella puede devolvernos un futuro mejor como individuos y sociedad.

    Adolfo D. Lozano es consumer advocate en salud, nutrición clínica y dermatología cosmética y autor del blog Juventud y Belleza

  2. #22
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    Predeterminado Dieta "reaccionaria"

    La dieta paleolítica en el Washington Post

    Que la popularidad de las dietas paleolíticas es creciente ha llegado a ser un hecho difícil de negar. Si hace unas semanas me refería a un reportaje del New York Times sobre éstas, hoy me gustaría hablar de un artículo en el mismo sentido del célebre y leído rotativo Washington Post publicado el pasado 2 de enero bajo el título de "La dieta paleolítica es tan simple que el hombre de las cavernas la hizo". Resumiendo el contenido del artículo, podemos empezar a considerar las dietas paleolíticas pensando si acaso los hombres paleolíticos eran gordos. Todo lo contrario, eran personas muy robustas, y aparte del intenso ejercicio al que se sometían con la caza, sin duda es esencial tener en cuenta que no tenían azúcar, pan o dulces. Volver a aquellos estilos alimentarios es lo que preconizan los movimientos paleodietéticos, que toman como punto de referencia la nutrición previa a la revolución agrícola. Una de las personas que integrarían dicho movimiento es Jennifer Jeremias, una artista joyera de 27 años, que asegura que una dieta paleolítica ha mantenido a raya sus migrañas, duerme mejor y han desparecido sus síntomas de alergia. Tampoco le importa gastar dinero en alimentación pues afirma que le enseñaron a que no mire el dinero en alimentación y en lo que da a su cuerpo.

    Pero, ¿cómo empezó Jennifer una dieta paleolítica? Gracias al consejo de su entrenador de fitness John Main en un centro asociado al programa CrossFit en EEUU, y al que me referí ya como promotor de la dieta de la Zona y la dieta paleolítica. En términos generales podríamos decir que la Zona es una versión paleolítica que permite una pequeña inclusión de algunos alimentos ajenos al paleolítico, mientras la que podemos denominar paleodieta más clásica, tal como la entiende el Dr Cordain en su libro "The Paleo Diet", es mucho más restrictiva sobre la eliminación de cereales y almidones así como lácteos. Por lo demás ambas dietas son muy similares, haciendo hincapié en la importancia del adecuado equilibrio Omega 6 y Omega 3 que en los tiempos actuales se ha desmandado hacia el primero de ellos.

    Aunque hacer un cálculo de los paleoseguidores en EEUU no es sencillo, tampoco podemos obviar su elevado número sólo teniendo en cuenta que hay al menos 1000 gimnasios o centros deportivos en EEUU afiliados al programa CrossFit, que va acompañado de instructores practicantes de dietas paleolíticas como la Zona o la 'clásica' del Dr Cordain. Jennifer Jeremias parece toda una apasionada de la cocina respetando las normas de su dieta paleolítica y asegura que no va hablando de su nutrición al resto de personas porque cree que no la entenderían. Pero lo que a ella le importa es que antes se sentía aletargada, cansada e hinchada, todo lo contrario desde que sigue un estilo alimentario paleolítico. A próposito de este artículo del Washington Post, me gustaría comentar la importancia de la sencillez de un sistema dietético para seguirlo. Es a esto adonde apunta un estudio publicado en septiembre de 2009 sobre la adherencia o no a una dieta ("When weight management lasts: Lower perceived rule complexity increases adherence" Appetite, septiembre 2009). Y en realidad una dieta antiinflamatoria, que puede llamarse igualmente paleodieta antiinflamatoria, es bastante sencilla. Sólo necesitas 3 dedos para comprobar que en tu comida hay una fuente de proteína, carnohidratos no glucémicos (vegetales y/o frutas, son aceptables avena, cebada y centeno, y se usarán los glucémicos de modo muy restrictivo en caso de emplearse) y grasas preferentemente en forma de frutos secos y aceite de oliva (aunque tampoco debe haber problema en la inclusión de grasas saturadas en forma de mantequilla o nata, que son igualmente bajas en inflamatorios Omega 6). Y aunque podría parecer paradójica esta vuelta al pasado, nuestro futuro como humanos no puede construirse de modo adecuado ignorando nuestra herencia nutrigenética pasada.

    http://juventudbelleza.blogspot.com/...ashington.html

  3. #23
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    Predeterminado CLA: una consideración de conjunto (1)

    El CLA (Ácido Linoleico Conjugado) es un ácido graso poliinsaturado presente en la naturaleza, exactamente en las grasas de los lácteos y en los animales rumiantes.

    Fue descubierto en 1979 por el bioquimico australiano Peter Parodi, quien inicialmente lo denominó ácido ruménico. Una década más tarde, Michael Pariza de la Universidad de Wisconsin descubrió las propiedades anticancerígenas del CLA. Fue en 1996 cuando estuvieron disponibles los primeros suplementos de este ácido graso. Según el propio Pariza afirmaba en 1987, el CLA es uno de los inhibidores de la carcinogénesis más potentes probados en modelos animales. Uno de los campos donde más se han testado los beneficios del CLA es en el cáncer de mama. Por ejemplo, en 1999 un estudio en Experimental Cell Research mostró que prevenía dicho cáncer y ofrecía protección ya iniciado el mismo, mientras otro en Carcinogenesis incluso que era capaz de frenar el mismo en el tejido mamario. Un año antes, Anticancer Research concluía en un ensayo clínico con CLA que inhibía el crecimiento de cáncer de próstata. En los últimos más de 20 años han sido casi innumerables estudios los que han reafirmado la idea de Pariza en 1987 sobre el poder del CLA contra el cáncer. Y dichos beneficios serían apreciables tanto en el consumo de CLA antes, durante o después de la iniciación del tumor. Con los datos científicos recopilados sobre todo en el cáncer de pecho, de piel y de próstata, en 1996 la Academia Nacional de Ciencias de EEUU afirmó que "el CLA es el único ácido graso que ha demostrado inequívocamente inhibir la carcinogénesis en modelos experimentales animales". Además, el CLA favorece la apoptosis o muerte de las células cancerígenas ("Inhibition of angiogenesis by the cancer chemopreventive agent conjugated linoleic acid", Cancer Research, agosto 2002) . Se cree que los argentinos, que consumen una elevada cantidad de ternera y carnes de animales rumiantes en general, disfrutan de bajas tasas de cáncer de colon por el efecto protector que les confiere el CLA presente naturalmente en esos alimentos. El Dr Sugano, experto en ácidos grasos, ya en los 90 creía claro que el CLA frenaba tanto la iniciación como la progresión del cáncer y vinculó sus efectos antiinflamatorios a la supresión de eicosanoides inflamatorios como el PGE2 con su consumo.


    - CLA y reducción de peso


    Posiblemente el efecto que más fama de la ha dado al CLA es el de la reducción de grasa corporal mientras mantiene la masa muscular. En 1997, un estudio de Lipids halló la reducción de un 60% de grasa corporal en ratones consumiendo tres gramos de CLA. Otro estudio de la Universidad de Louisiana publicado en 1998 mostraba resultados aún superiores en ratones. Aunque en humanos los resultados son mucho más modestos y menos 'radicales', son significativos y consistentes en la mayoría de estudios realizados. El Journal of Obesity and Related Metabolic Disorders en el año 2000 y el Journal of Nutrition en 2001 fueron algunos los estudios con eco que analizaron las modificaciones de grasa corporal con CLA en humanos. Y coincidieron en el tiempo con otros tres estudios, en este caso escandinavos, que dieron a conocer en Europa las propiedades antiobesidad del CLA (publicados en Journal of Nutrition en 2000, en Journal of International Medical Research en 2001 y en Lipids en 2001). Se halló especialmente una reducción en la circunferencia abdominal, donde acumulan particularmente grasa corporal los varones.


    En el cuadro superior podemos observar los dos isómeros del CLA que están presentes prácticamente a partes iguales en los suplementos de CLA. Mientras el cis9 trans11 posiblemente sea el mayor responsable de los efectos anticancerígenos, el trans10 cis12 es quien aporta los más significativos efectos de reducción de grasa corporal. Es la conclusión obtenida por los investigadores en 2003 ("The conjugated linoleic acid (CLA) isomer, t10c12-CLA, is inversely associated with changes in body weight and serum leptin in subjects with type 2 diabetes mellitus" Journal of Nutrition. 2003).

    - CLA, metabolismo, resultados mixtos, y soluciones frente a potenciales efectos negativos


    El CLA es un suplemento que ha encontrado también interés en el campo del metabolismo y la endocrinología. Al fin y al cabo parecen claras sus propiedades contra la obesidad. Sin embargo, los resultados en la prevención de la diabetes y el metabolismo insulínico son claramente mixtos. Conviven los estudios clinicos que son abiertamente positivos y favorables que llegan a proponer al CLA como terapia antidiabética ("Toward a wholly nutritional therapy for type 2 diabetes", Med Hypotheses, 2000; "Dietary conjugated linoleic acid normalizes impaired glucose tolerance in the Zucker diabetic fatty fa/fa rat" Biochem Res Commun 1998, presentación como terapia antidiabética en el 220º Encuentro Nacional de la Sociedad Química Americana en 2000), con otros abiertamente negativos en ese sentido (el estudio español "Trans-10,cis-12-CLA dysregulate lipid and glucose metabolism and induce hepatic NR4A receptors", Front Biosci (Elite Ed). enero 2010; "CLA and body weight regulation in humans" Lipids. 2003). Para entender esta clara disparidad de resultados, se suele considerar que es el isómero trans10 cis12 el responsable de los efectos negativos sobre la insulina, reduciendo su sensibilidad, aunque lo paradójico o curioso de todo es que el otro isómero que encontramos en los suplementos tiene precisamente el efecto opuesto, en este caso positivo, de mejorar la sensibilidad a la insulina ("Effect of CLA isomers and their mixture on aging C57Bl/6J mice", European Journal of Nutrition, octubre 2009).

  4. #24
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    Predeterminado CLA: una consideración de conjunto (2)

    En cualquier caso la disparidad de opiniones científicas sobre este asunto y de hallazgos es importante, por ejemplo un estudio español de 2009 ("Conjugated linoleic acid isomers: differences in metabolism and biological effects", Biofactors 2009) cree que en realidad ambos isómeros provocarían resistencia a la insulina, mientras otro estudio mejicano de enero de 2010 que empleó suplementos de CLA en ratones solo pudo hallar resultados nítidamente positivos en el metabolismo, con reducción de glucosa, de tensión arterial, de colesterol y de triglicéridos ("Effect of conjugated linoleic acid on body fat, tumor necrosis factor alpha and resistin secretion in spontaneously hypertensive rats", Prostaglandins Leukot Essent Fatty Acids, febrero 2010).

    La mayoría de estudios reseñados en el apartado de reducción de peso no mencionan efectos negativos en la insulina cuando reportan resultados sobre ese aspecto. No obstante, la inculpación del cis9 trans11 en problemas metabólicos que hace el penúltimo estudio comentado es una clara excepción en la literatura científica, ya que la práctica totalidad de los estudios negativos en el metabolismo lo han achacado sólo al trans10 cis12.


    Por suerte, si nos preocupa algún efecto potencial negativo del trans10 cis12 que pudiera no ser contrarrestado eventualmente por el cis9 trans11, existen estrategias. Básicamente dos, pero que en realidad es una: ácidos grasos Omega 3. Un estudio de diciembre de 2007 halló que una dieta rica o alta en Omega 3 DHA evitaba los efectos negativos sobre la sensibilidad a la insulina del isómero trans10 cis12 ("Docosahexaenoic Acid (DHA) But Not Eicosapentaenoic Acid (EPA) Prevents Trans-10, Cis-12 Conjugated Linoleic Acid (CLA)-Induced Insulin Resistance in Mice", Metab Syndr Relat Disord. diciembre 2007). Y digo que la solución en realidad son dos, porque también es eficaz el empleo de Omega 3 en su forma vegetal linolénico para desactivar los perjuicios del trans10 cis12 sobre la insulina ("Flaxseed oil prevents trans-10, cis-12-conjugated linoleic acid-induced insulin resistance in mice", British Journal of Nutrition, marzo 2009).


    En resumidas cuentas, el CLA es un nutriente indiscutido para combatir y prevenir el cáncer, resulta efectivo para reducir la grasa corporal y mantener la masa muscular. En cuanto al metabolismo, de sus dos isómeros, metabólicamente uno resulta positivo, y sobre el otro los resultados son mixtos. En parte podría explicarse que son mixtos con el segundo porque el primero que va incluido en los suplementos sería capaz de anular en gran parte los efectos no deseados del otro. Pero si buscamos una anulación prácticamente total contra cualquier efecto posible no deseado en ese aspecto mientras sólo obtenemos todos los beneficios del CLA, el consumo de ácidos grasos Omega 3 en la dieta aparece como una solución demostrada efectiva.

    http://juventudbelleza.blogspot.com/

  5. #25
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    Predeterminado Título de película

    Lo que nunca te han contado, ni te contarán, de la industria farmacéutica (III): Colesterol y conflictos de interés

    Las guías de colesterol oficiales de EEUU, como tantas otras, son siempre un panel de recomendaciones médicas donde miran las autoridades públicas de todo el mundo. Pero, ¿quién en EEUU dicta o redacta estas guías generales oficiales sobre los niveles recomendables de colesterol en la población? En concreto, es tarea del National Cholesterol Education Program (NCEP), y las últimas recomendaciones oficiales al respecto fueron escritas por nueve personas. Son las siguientes, con los citados vínculos a compañías farmacéuticas. Las que aparecen en negrita son compañías farmacéuticas que fabrican estatinas para reducir el colesterol:
    (Mejor verlo en original
    )
    No es que los redactores de las guías de colesterol en EEUU -exceptuando sólo un caso de nueve- tengan fuertes vínculos financieros con las farmacéuticas que venden millones de medicamentos para reducir el colesterol. Es que parece que las hayan escrito ellas mismas directamente. Y es que probablemente cualquier calificativo se quedaría corto para describir esta situación. Son las recomendaciones que enseñarán a los médicos como correcto, a los futuros médicos, farmacéuticos, enfermeros, lo que se divulgará a la población...Ahora podemos dormir mucho más tranquilos.

    http://juventudbelleza.blogspot.com/...ado-ni-te.html

  6. #26
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    Predeterminado El negocio del colesterol

    Si uno encendía el televisor hace unos años en Canadá o Estados Unidos podía encontrarse con un impactante anuncio en el que se veían los pies descalzos de un cadáver en la morgue. Un rótulo informaba de que se trataba de un hombre de 42 años cuya muerte había sido causada por un ataque al corazón. La conclusión que el anuncio ofrecía al espectador era: "Un análisis de colesterol podría haber evitado esto". El miedo puede llegar a funcionar muy bien como estrategia de marketing, y la industria farmacéutica lo sabe. Los medicamentos para reducir el colesterol, las estatinas, son buen ejemplo de ello. De hecho, las estatinas –entre las que destacan Lipitor, Mevacor, Crestor o Zocor– son el tipo de medicamento mejor vendido de la historia, frente a cuyos beneficios incluso palidecen los generados por el más que exitoso Viagra. Por ejemplo, sólo en 2004 Lipitor acumuló ventas totales por 10.000 millones de dólares y el Forbes Magazine estima que el desembolso anual en estatinas es de 26.000 millones de dólares. En 2003, el British Medical Journal alertaba de que peligraba la integridad de los sistemas sanitarios de Europa del Este por el masivo desembolso en estos medicamentos. Lipitor, del gigante americano Pfizer, ostenta el récord del medicamento más prescrito y consumido de la historia. La fobia por el colesterol es rampante y hoy están a la orden del día incluso alimentos que nos prometen reducir el colesterol. El colesterol alto es políticamente incorrecto, pero ¿es la gran causa de mortalidad cardiovascular que nos hacen creer?

    La difusión de la idea de que el colesterol era el mayor enemigo posible de la salud cardiovascular comenzó hacia 1950 con el Framingham Heart Study. A pesar de que se le toma como primer gran apoyo de la teoría de y contra el colesterol, lo cierto es que es un estudio que ha pasado a la historia con profundas malinterpretaciones ya que, como expuse anteriormente, este estudio no sustentaba la idea de Ancel Keys de y contra el colesterol.

    Imagina ahora que tienes una más que rentable empresa farmacéutica –Pfizer factura 200.000 millones de dólares al año y es la mayor del mundo– que vende estatinas para reducir el colesterol. ¿Qué puedes hacer para incrementar las ventas? Muchas cosas, entre ellas corromper el estamento médico si es necesario. La definición oficial en cifras de qué es el colesterol elevado es esencial, y en concreto estas cifras han sido reescritas una y otra vez en Estados Unidos. Según las mismas, en 1990 eran 13 millones los norteamericanos que debían reducir el colesterol, mientras que las nuevas recomendaciones de 2004 convertían a 40 millones de americanos en consumidores potenciales de estatinas. Las guías y paneles oficiales de colesterol en Estados Unidos, que sirven de espejo para las autoridades de todo el mundo, son elaboradas por el National Cholesterol Education Program (NCEP), y si piensas que están controladas por las farmacéuticas que fabrican medicamentos para reducir el colesterol, no estás equivocado. De los nueve autores del último panel oficial, ocho tenían más de cincuenta vínculos financieros con dichas farmacéuticas.

    Otra de las estrategias más empleadas para disparar las ventas de estatinas es el empleo de las cifras de reducción de riesgo relativo en lugar de reducción total de mortalidad. Por ejemplo, pongamos que el grupo tratado con un medicamento X reduce su mortalidad durante el estudio un 3%, mientras el grupo que recibe un placebo reduce su mortalidad un 2%. La reducción total de mortalidad de dicho medicamento es de un ínfimo 1%. Pero aquí viene el contorsionismo estadístico. ¿Qué es lo que más anunciará el fabricante de este medicamento? Pues seguramente la reducción de riesgo relativo, que es –agárrense para la radical diferencia– de un 33%. En términos absolutos sólo hay un 1% más de probabilidad de mejorar la esperanza de vida con ese medicamento, pero en términos relativos (el 3% bruto del grupo de tratamiento en comparación con el 2% del placebo), esto es un 33%. En la historia de las estatinas, sus fabricantes parece que han mostrado un celo enorme en publicitar a los cuatro vientos las cifras de reducción de riesgo relativo, mientras han preferido no divulgar demasiado las muchas veces pírricas reducciones de mortalidad total. Tales han sido los casos de marketing de los estudios LIPID con Pravacol o HPS con Zocor, por mencionar algunos.

    Por último, me gustaría traer una cita de un editor y columnista norteamericano, Bill Alpert. En relación con las más que preocupantes tasas de mortalidad cardiovascular en su país, no se le ocurrió decir otra cosa que ¡debería por ley enriquecerse el agua del grifo con estatinas! El señor Alpert debería ponerse vestido debajo de una ducha fría con la boca atiborrada de estatinas. Podemos garantizarle que de este modo hay un 100% de reducción relativa de la estupidez.

    Entonces, ¿por qué el estudio JUPITER con Crestor produjo tan favorables resultados? Porque este medicamento –cuyo uso continuado conlleva múltiples efectos secundarios– tiene un efecto colateral positivo: reduce la inflamación. Pero para eso, el mejor medicamento ya existe y se llama dieta antiinflamatoria.

    por Adolfo D. Lozano, en LD

  7. #27
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    Predeterminado A senso contrario

    El colesterol protege del deterioro de la sustancia blanca del cerebro

    EUROPA PRESS
    BARCELONA
    Los pacientes con niveles altos de colesterol y triglicéridos en la sangre presentan menos degeneración de la sustancia blanca del cerebro, lo que contradice la máxima generalizada de que el colesterol es perjudicial para la salud. El estudio lo han llevado a cabo los neurólogos del Hospital del Mar de Barcelona, publicado en la revista científica Stroke.

    La población de edad avanzada y con hipertensión acostumbra a sufrir dificultades en la circulación de los pequeños vasos sanguíneos cerebrales, lo que indica una degeneración de la sustancia blanca, que indica un mayor riesgo de desarrollar un deterioro cognitivo o demencia, así como una menor capacidad de recuperación después de sufrir un ictus.

    Principal grasa del organismo
    El objetivo del estudio, desarrollado en colaboración con el Massachusetts General Hospital (MGH) de Boston, ha sido establecer qué impacto tiene la presencia de colesterol y triglicéridos, principal grasa del organismo, sobre el grado de deterioro de la sustancia blanca del cerebro en pacientes con un ictus cerebral.

    Por ello, se han analizado a un total de 1.135 pacientes (504 del Hospital del Mar y 631 del MGH), y se ha medido la severidad del deterioro que presentaban para relacionarlo con la presencia o ausencia de colesterol elevado.

    Papel beneficioso
    Los resultados obtenidos en ambos centros coinciden en detectar que los pacientes con colesterol elevado presentaban menos degeneración de la sustancia blanca del cerebro. "Hemos visto que el colesterol podría tener un cierto papel beneficioso en los pequeños vasos sanguíneos cerebrales", ha explicado el neurólogo del Hospital del Mar Jordi Jiménez Conde.

    El descubrimiento choca con la máxima generalizada de que el colesterol es perjudicial para la salud. "Es cierto que un nivel alto de colesterol es un factor de riesgo cardiovascular y nos puede llevar a sufrir un ictus, pero también se ha observado que una vez que se ha sufrido un ictus, el colesterol contribuye a la recuperación del tejido dañado y mejora el pronóstico", señaló el experto.

    Tratamientos agresivos
    Jiménez Conde ha añadido: "No todo es blanco o negro, el colesterol es dañino para algunas cosas, pero también tiene su papel beneficioso". Jiménez ha alentado a seguir investigando para conocer mejor cómo actúa el colesterol.

    También ha observado que "los resultados invitan a replantearse el uso de tratamientos agresivos para reducir el colesterol". "Nosotros, sin duda, defendemos que se tienen que reducir los niveles altos de colesterol, pero quizás la balanza de riesgos y beneficios deja de ser favorable si reducimos a niveles excesivamente bajos", ha remarcado el neurólogo.

  8. #28
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    Predeterminado Cereales: el mal de la civilización

    Para muchos médicos de hoy en día, lo que vivió la civilización del Antiguo Egipto hace miles de años fue un auténtico paraíso nutricional. Una dieta repleta a rebosar de cereales, además de frutas y verduras. Aunque los egipcios comían carne, era casi un privilegio de las clases altas y su consumo de proteína (y grasa) animal supuso un importante descenso en comparación con lo que había estado consumiendo durante decenas de miles de años el ser humano prehistórico. Si sigues una dieta de estas características, te dirán, disfrutarás de una gran salud. Sin duda, éste no fue el caso de los antiguos egipcios. Es muy importante tener en cuenta que por aquel entonces no había azúcar, y sin embargo no necesitaban de él para proveerse de cantidades ingentes de hidratos de carbono: el trigo entero era el rey de su alimentación. Los animales eran más valorados para el trabajo de carga y transporte que como fuente alimentaria, y la ribera del Nilo con su cultivo de trigo, frutas y vegetales proporcionaba una dieta perfectamente alta en carbohidratos y baja en grasas. La inexistencia entonces de tóxicos edulcorantes, perjudiciales grasas hidrogenadas, y artificiales colorantes y conservantes nos da una buena perspectiva de los efectos de seguir simplemente una alimentación extraordinaria en carbohidratos y pobre en proteína y grasas.

    Siguiendo el dogma impuesto hoy en nutrición, los antiguos egipcios debían haber tenido una salud excelente. Sin embargo, sufrían de una salud catastrófica. Por primera vez en la historia aparecieron la enfermedad cardiovascular, la diabetes, la elevada presión sanguínea y la obesidad. Hicieron acto de presencia las enfermedades de la civilización, algo a lo que escapó por completo el hombre paleolítico.

    En 2007, tal como reportaba el New York Times, la momia de la reina egipcia Hatshepsut, que reinó hace 3.500 años, muestra una persona diabética y obesa de 50 años. Además, tenía una salud dental terrible. Esto último es importante en tanto los esqueletos paleolíticos que consumían una dieta a base de proteína y grasas animales y vegetales muestran todo lo contrario, una salud dental envidiable. Y es que una dieta alta en carbohidratos es desastrosa para la salud bucal. Ya en 1937, un estudio del Dr. Osborn publicado en el Journal of Dental Research establecía el poder de los hidratos de carbono para producir desmineralización dental. El trigo refinado tenía un poder superior al azúcar refinado.

    Más recientemente, un estudio de noviembre de 2009 del Journal of American Medical Association sobre las arterias de 22 momias confirmaba que la enfermedad cardiovascular era común en el Antiguo Egipto. Para poder entender la clara diferencia en padecimiento de enfermedades crónicas entre algunas culturas primitivas y otras como la actual industrial o incluso ya la del Antiguo Egipto, es casi imprescindible referirse a la teoría de las enfermedades de la civilización ideada por Stanislas Tanchou, un médico alemán que sirvió a Napoleón y estudió la distribución del cáncer. Tanto sus estudios como a comienzos del siglo XX los de Hrdlicka, Fouché o Roger Williams encontraron que enfermedades crónicas como el cáncer o la cardiovascular eran desconocidas en culturas primitivas y tribus aún existentes. En 1910 Isaac Levin recalcaba que una hipótesis vegetariana carecía de sentido pare entender estas diferencias, puesto que los inuit esquimales, los indios americanos o los masai disfrutaban de una salud excelente consumiendo elevadas cantidades de productos animales. Gracias a científicos como Hoffman, en la década de 1920 llegó a aceptarse ampliamente que el problema central eran los hidratos de carbono, especialmente los refinados como azúcar y harinas blancas que se extendieron en el siglo XIX gracias a desarrollos industriales. McCarrison elaboró en esa década su causa tanto contra el azúcar como contra el arroz, especialmente el refinado, explicando cómo en India –donde llevó a cabo gran parte de su labor científica– están claramente más sanas las áreas que consumen muchos productos animales y poco arroz. El hombre paleolítico no consumía arroz ni cereales refinados puesto que ni siquiera era agricultor. Tampoco debemos olvidar que la industrialización hizo aparecer otros alimentos: los aceites de maíz, girasol y soja, altos en proinflamatorios ácidos Omega 6.

    Hablar hoy de la teoría de las enfermedades de la civilización cuanto menos suena extraño. ¿Por qué? Porque en los años 50 irrumpió una teoría irreconciliable: la causa de y contra las grasas capitaneada por Ancel Keys, que denostaba los productos animales y ensalzaba hasta la extenuación los hidratos de carbono, que naturalmente están libres de grasas. La teoría de las enfermedades de la civilización fue marginada, cuando no ninguneada, y la explosión en cifras del cáncer, la enfermedad cardiovascular o la diabetes fue imparable. Para solucionar semejante tormenta perfecta nutricional no es preciso volver al Paleolítico. Sólo tienes que seguir las pautas que conforman una dieta antiinflamatoria.

    por Adolfo D. Lozano, en LD

  9. #29
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    Predeterminado Tendencia occidental

    Las pinturas de la Última Cena reflejan el incremento de la ingesta de comida en el último milenio

    MAURICIO BERNAL-La Vanguardia

    Había un lugar, aunque al principio costará creerlo, donde el talento de Brian Wansink, ese que lo llevó a la dirección del Laboratorio de Alimentos y Marcas de la Universidad de Cornell, y más tarde a coordinar la agencia federal estadounidense de políticas de nutrición, y a ser, en términos generales, una de las principales autoridades en alimentación de EEUU, podía encontrarse con el talento de su hermano, Craig Wansink, doctorado en Cristianismo Antiguo y Nuevo Testamento por la Universidad de Yale y profesor del Departamento de Estudios Religiosos del Virginia Wesleyan College. Lo había. Lo encontraron ambos una noche, en verano, después de una cena, cuando Craig comentó que había decidido empezar un estudio teológico sobre la comida que aparecía representada en las pinturas de la Última Cena.

    «¿La comida?», preguntó Brian.
    «La comida», contestó Craig.
    «¿Y qué me dices de los platos? ¿Qué tamaño tenían los platos?»
    Habían pasado un par de años desde que Brian publicara el que hasta ahora ha sido su mayor éxito editorial, Mindless Eating: Why We Eat More Than We Think (Alimentación mecánica: por qué comemos más de lo que pensamos), y aún tenía en mente el tema de la sobrealimentación. Pero su hermano no entendía qué importaba el tamaño de los platos.
    «Le pregunté de qué me estaba hablando, le dije: ‘Te estoy hablando de temas teológicos, de la perspectiva histórica y religiosa’, pero él volvió a lo mismo: ‘¿Y los platos? ¿Y el tamaño de los platos? Entonces cogí un libro que tenía en casa, el que empleaba para mi trabajo, miré varias pinturas y dije: ‘Oh, Dios mío’».

    El libro que Craig tenía en casa era La última cena, un volumen de lujo editado por Phaidon con más de un centenar de pinturas y representaciones del ágape bíblico, desde dibujos rupestres de hace más de un milenio hasta un buen puñado de desconcertantes obras modernas. Los dos hermanos Wansink no concretaron nada esa noche, pero luego, cuando decidieron trabajar juntos, no tuvieron ni que decirse que era con ese libro que iban a hacerlo.

    Lo que hicieron (y publicaron hace un par de semanas, en el International Journal of Obesity) fue un estudio sobre el tamaño de las raciones en los cuadros de la última cena, algo que de entrada puede sonar pedestre –un capricho de hermanos deseosos de juntar habilidades– y viejo –un estudio sin apenas consecuencias prácticas–, pero que importa porque básicamente responde a la mancillada pregunta de si el arte es como la vida. O viceversa.

    -Señal de prosperidad-

    «La Última Cena –contesta Brian desde Pekín, donde ha ido a promocionar la traducción al chino de Mindless Eating– es una cena que ha sido pintada miles de veces durante los últimos 2.000 años. Lo interesantes es que la Biblia, aparte del pan y el vino, no menciona nada, absolutamente nada de la comida, de modo que cualquier representación de los alimentos por parte del artista es una indicación de lo que el propio artista creía que era normal o típico en ese momento, cuando pintaba. Es una instántanea de lo que se consideraba normal en Holanda en 1400, en Inglaterra en 1700 o en Italia en 1200».

    Los hermanos Wansink escogieron 52 de entre las más de 100 pinturas recogidas en el libro de Phaidon, estudiaron las raciones y concluyeron lo siguiente: que la cantidad de comida ha aumentado un 69%, que los platos han crecido un 66% y que actualmente se pone un 23% más de pan en la mesa que hace 1.000 años. «La gente cree que las porciones cada vez más grandes son un fenómeno reciente, pero esta investigación de muestra que ha sido una tendencia general durante al menos el último milenio –dice Brian–. El tamaño de las entradas, de los platos, de los postres, del pan, de todo, ha crecido en proporción directa con la prosperidad de las sociedades».

    -Una tendencia actual-
    Para determinar el tamaño real de los platos (y poder compararlos), los hermanos tomaron las cabezas de los personajes como punto de referencia, y para estar bien seguros escanearon cada pieza, la convirtieron en una imagen digital y la estudiaron en un ordenador, rotándola, dándole la vuelta, poniéndola de pie y de cabeza hasta tener información fiable sobre su tamaño exacto. «Tal vez –reza el artículo– el aumento de las porciones y la mayor disponibilidad de alimentos en el mercado es una tendencia general que ha sido descrita artísticamente durante el último milenio. De ser así, un estudio de cómo la comida es representada hoy en la televisión, el cine y los medios permitiría descifrar las claves de esta tendencia en el mundo actual».
    Es decir: ¿Que come House?

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    Que independientemente de lo que uno coma, lo que en último lugar cuentan son las calorías es un mantra durante décadas creído a ciegas por nutricionistas, médicos, investigadores y responsables de la salud pública. En el fondo, el pensamiento calórico se basa en una simplista interpretación de la primera ley termodinámica: cuando la energía ingerida es superior a la gastada, engordamos. Y las calorías miden la energía que proporcionan los alimentos. George Bray, una autoridad mundial en la obesidad, hace no mucho afirmó que "si restringes la energía consumida pierdes peso inequívocamente".

    De aquí que se haya maldecido hasta la saciedad la grasa, debido a su gran densidad de calorías. Sin embargo, los expertos que así opinan lo hacen eludiendo ingentes partes de la literatura e historia científicas, que desmienten el pensamiento calórico. Las comparaciones clínicas que se han hecho de las dietas restringidas en carbohidratos pero no en calorías, con las dietas bajas en calorías son bastante consistentes en la superioridad de las primeras frente a las segundas: son los casos documentados de Per Hanssen en 1936 de una restringida en carbohidratos de 1.850 calorías frente a una restringida en calorías de sólo 950; Bertil Sjöval en 1957 con una de 2.200 calorías frente a una de 1.200; Trevor Silverstone en el Hospital de San Bartolomé de Londres en 1963 con una que permitía comer sin límites dentro de la restricción de carbohidratos frente a una de 1.000 calorías. En 1979, L. Peña reportó la misma experiencia con 104 niños obesos: una dieta alta en grasas y proteína pero baja en carbohidratos y sin límite de comida hizo perder el doble de peso que una dieta de sólo 1.100 calorías donde la mitad provenían de carbohidratos.

    En la historia científica de las dietas restringidas en carbohidratos, Blake Donaldson, cardiólogo de Nueva York que empezó en 1919 a tratar a pacientes obesos, fue uno de los más destacados oponentes del pensamiento calórico en su época. Tras deducciones suyas procedentes del estudio antropológico y la dieta prehistórica, encontró en una dieta sin alcohol, azúcar, pan, pasta o arroz pero con importantes cantidades de carne grasa la solución para sus pacientes. Más de treinta años después, Donaldson acumulaba una experiencia en conjunto muy favorable con más de diecisiete mil pacientes. Pero la fama le vino posiblemente con su inesperado sucesor, un médico llamado Alfred Pennington que en 1944 se convenció probando en sí mismo la dieta de Donaldson. En los años 50, un artículo en la popular revista Vogue sobre su experiencia y una publicación suya en el prestigioso New England Journal of Medicine levantaron la ira de quienes seguían viendo en las calorías limitadas la única posible estrategia para un peso adecuado. Y no dejó de ser embarazoso que el Journal of American Medical Association, que atacó las dietas reducidas en carbohidratos a propósito de la fama de Pennington, asistiera a finales de los 50 a la declaración de su directivo, el Dr. Thorpe, de que la dieta de Pennington le había funcionado y ¡la estaba prescribiendo a sus pacientes!

    En aquellos años 50, Margaret Ohlson del Departamento de Nutrición del Estado de Michigan y Charlotte Young, nutricionista practicante en Nueva York, publicaron observaciones concordantes con las de Pennington. De cuatro pacientes obesas que Ohlson trató con una dieta baja en grasas de 1.200 calorías durante quince semanas, una no perdió ni un gramo y otras dos menos de tres kilos; cuando la dieta era de 1.500 calorías con restricción de carbohidratos se producía una pérdida media de medio kilo semanal. Durante una década, Ohlson estudió a unas 150 mujeres con diversas dietas y concluyó que una alta en grasas y proteínas era metabólicamente superior. Young llegó a mismas conclusiones tras estudiar a mujeres y grupos de estudiantes masculinos. Los estudios de Young y Ohlson fueron ignorados y nadie les prestó atención. Extremadamente positivo fue, por ejemplo, el estudio de William Leith de la Universidad McGill en 1961, con cuarenta y ocho pacientes que encontraron la efectividad tras una dieta al estilo de Pennington, baja en carbohidratos. Y es que dichos pacientes habían probado hasta entonces infinidad de dietas, fármacos y hasta psicoterapia sin apenas resultados.

    Aceptar que algunas dietas incluso con más calorías son más efectivas para perder peso significa un choque demasiado profundo para ser aceptado por muchos. Pero yo soy de la opinión de Claude Bernard, que en An Introduction to the Study of Experimental Medicine decía: "Es mejor no saber nada que mantener ideas fijas basadas en teorías cuya confirmación constantemente buscamos, rechazando mientras tanto todo lo que está en desacuerdo". ¿Por qué una dieta restringida en carbohidratos –pan, pasta, arroz, cereales...– pero no en calorías totales hace perder peso –y sobre todo grasa corporal? Porque no todas las calorías son iguales. Esto es, una caloría no es una caloría. Cambiar el pensamiento calórico por el pensamiento hormonal es clave para entender el éxito de una dieta antiinflamatoria.

    Por Adolfo D. Lozano, en LD

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