El antisemitismo es algo completamente distinto. Está marcado por dos características especiales. Una de ellas es que se juzga a los judíos con un baremo diferente del que se aplica a otros. La actualidad nos aporta sobradas muestras de ello. Pero incluso en este punto se ha de ser cuidadoso. También pueden emplearse baremos distintos en otros asuntos, en los que a veces pueden estar implicados los judíos, sin que medie el antisemitismo o haya necesariamente una motivación antisemita.
Por ejemplo, a mediados de septiembre de 1975 se condenó en España a muerte a cinco terroristas convictos por asesinar a unos policías. La opinión progresista europea se sentía escandalizada por que, en esta edad moderna, un país de Europa Occidental impusiese condenas a la pena capital. ¡Inaudito! Hubo un clamor de indignación, y se ejercieron fuertes presiones sobre el Gobierno español. Sin embargo, en la Unión Soviética y sus satélites, y durante el mismo período, un número incomparablemente mayor de personas eran condenadas a muerte y ejecutadas; y, en África, Idi Amín mataba a centenares de miles, a buena parte de la población de Uganda. Apenas se registró un murmullo de protesta en el mundo occidental.
La otra característica especial del antisemitismo, mucho más importante que la del doble rasero, es la acusación de maldad universal que se vierte contra los judíos. Los reproches contra otros grupos raramente la incluyen. La atribución a los judíos de maldad universal, satánica, en diferentes partes del mundo y en diversas formas, es lo que se ha conocido como antisemitismo en la época moderna.
Durante muchos siglos, el odio y la persecución a los judíos, y la ideología y la terminología utilizadas para expresarlos, se basaban en la religión. Después llegó la fase en que el prejuicio religioso quedó desacreditado, por discordante con las ideas de la Ilustración. Se consideraba como cosa de fanáticos; peor: como algo pasado de moda, caduco. Eso significaba que se necesitaban nuevas razones para odiar a los judíos. Y se encontraron.
El proceso de cambio comenzó en España, cuando una gran cantidad de judíos –y de musulmanes– fueron convertidos por la fuerza al cristianismo. Con las conversiones fue inevitable que surgieran ciertas dudas, especialmente entre quienes las forzaban, acerca de la sinceridad de los conversos. Esa duda estaba bien fundada, como sabemos por el fenómeno de los marranos y los moriscos, los a veces dudosos conversos del judaísmo y el islam. Fue entonces cuando surgió la práctica de examinar los orígenes raciales de los denominados "cristianos nuevos". Encontramos estatutos sobre la limpieza de sangre en la España del siglo XVI. Sólo quien pudiera demostrar tener ascendencia cristiana en un determinado número de generaciones podría ser considerado un genuino cristiano. La "pureza de sangre" se exigía para ocupar ciertas posiciones y desempeñar determinados cargos.
Así nació la forma racial del antisemitismo. Fue sistematizada en Alemania en el siglo XIX, cuando se inventó y adoptó el término "antisemitismo".
Durante más de medio siglo, cualquier debate sobre los judíos y sus problemas ha estado marcado por la desagradable memoria de los crímenes de los nazis y la complicidad, la tolerancia o la indiferencia de tantos otros. Pero, inevitablemente, el recuerdo de aquellos días se marchita, y ahora Israel y sus problemas representan una oportunidad para abandonar esa situación desagradable e insólita, marcada por la culpa y la contrición, y recuperar la más familiar y confortable del reprobador severo que juzga desde la superioridad moral. No resulta sorprendente que sea tan utilizada y celebrada.
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Agencia Télam