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  1. #1
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    Predeterminado Gibraltar, as colony.

    Gibraltar is our, is not yours...

    http://es.youtube.com/watch?v=WClHUXwKq4s
    Our girls are better than yours... http://es.youtube.com/watch?v=8Gl9dDs2fME&NR=1
    http://es.youtube.com/watch?v=9AZQsl...eature=related

    Our national anthem is not gay...
    Última edición por Constitución 1978; 27/08/2010 a las 07:36

  2. #2
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    Predeterminado

    Cita Iniciado por Un caballero americano Ver Mensaje
    Gibraltar is our, is not yours...

    http://es.youtube.com/watch?v=WClHUXwKq4s
    Our girls are better than yours... http://es.youtube.com/watch?v=8Gl9dDs2fME&NR=1
    http://es.youtube.com/watch?v=9AZQsl...eature=related

    Our national anthem is not gay...
    PERO TU SABES LO QUE ES UN CABALLERO AMERICANO''??
    aquel que no dejaba a los negros votar, solo trabajar sin sueldo, vivienda en chamizos..ver películas del oeste..comer hamburguesas apestosas, mascar
    un goma descolorida, esconder en vustras casas fusiles, para jugar a matar
    por placer, menos mal que como sois tan malos, vosotros mismos os matais.
    pasarse todo el puto domindo en los super, con vuestros jodidos niños, mandar a los negros,mexicanos y demas sudamericanos, a que os saquen las castañas del fuego, en vuestra guerritas. venga ya..vete a cagar y bajate del caballo..que no teneis ni caballos..os lo trajimos nosotros gilipolla.

  3. #3
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    Predeterminado

    Cita Iniciado por Un caballero americano Ver Mensaje
    Gibraltar is our, is not yours...

    http://es.youtube.com/watch?v=WClHUXwKq4s
    Our girls are better than yours... http://es.youtube.com/watch?v=8Gl9dDs2fME&NR=1
    http://es.youtube.com/watch?v=9AZQsl...eature=related

    Our national anthem is not gay...

    Did you mean "is ours"? You missed an "s", sorry; now u can go on, dipshit.

  4. #4
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    20 may, 07
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    Thumbs up Gibraltar es español

    Por más que los imperialistas digan, Gibraltar deberían volver a España.

  5. #5
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Algo del tema

    De vez en cuando los ingleses tienen la amabilidad de recordarnos que en Europa existe todavía una colonia y que la poseen ellos, precisamente en territorio español. El recordatorio puede ser una visita principesca, un desembargo de tropas "por error" fuera de la colonia, o un hostigamiento a barcos españoles que reprimen el contrabando en aguas españolas –pues el peñón no las tiene reconocidas–. Digo amabilidad porque hay que agradecerles sus gestos cuando en España los sucesivos gobiernos tratan obstinadamente de olvidar el hecho, de disimular la ofensa permanente, de dar muestras de amistad al "aliado" (¡hasta celebrando la batalla de Trafalgar!), en una carrera de servilismo e indignidad perfectamente reveladoras de la clase de politicastros que hoy produce el país.

    Como es sabido, la presencia inglesa en Gibraltar procede de un acto de piratería, pues el peñón fue tomado en nombre de un aspirante al trono de España, refrendado en el leonino tratado de Utrecht. No contentos con su botín, los ingleses lo ampliaron en nuevos actos de piratería, ocupando territorio no cedido, sobre el que han construido el aeropuerto, extendido sobre aguas tampoco cedidas, y construyendo una barrera o "verja" más allá de la zona reconocida por el tratado.

    Durante la II Guerra Mundial, Gibraltar se convirtió en un punto estratégico que pudo haber sido decisivo: su posesión por los alemanes pudo haber alterado el curso de la guerra en el Mediterráneo, y Londres buscó desesperadamente el mantenimiento de la neutralidad española, hasta el punto de que el subsecretario de Asuntos Exteriores, Butler, indicó al embajador español, el duque de Alba, que Inglaterra estaría dispuesta a considerar, después de la contienda, "todos los problemas y aspiraciones españolas, incluyendo Gibraltar". Churchill comentó que de nada valdría porque "los españoles saben que, si ganamos, las conversaciones no serán fructíferas, y si perdemos no serán necesarias". Sin embargo hizo la promesa, sin intención de cumplirla. Franco mantuvo la neutralidad, aunque en ella pesó muy poco la cuestión gibraltareña, pero al mismo tiempo presionó con manifestaciones estudiantiles cerca de la embajada. El servilismo de la progresía española se ha reído mucho con la anécdota, con toda probabilidad falsa, de que el embajador inglés Hoare habría respondido a la oferta del director general de Seguridad de enviarle más protección: "Mándeme menos estudiantes".

    Como fuere, Inglaterra contrajo entonces una deuda invalorable con Franco, que pagó al terminar la guerra procurando el aislamiento internacional de España. Pero el aislamiento fue superado, y la diplomacia española consiguió en la ONU el reconocimiento del carácter colonial de Gibraltar y la instancia a Londres a descolonizar, lo que nunca ocurrió, desde luego. Pero el franquismo convirtió la verja construida por los ingleses en cierre de la colonia y persiguió eficazmente el contrabando, haciendo del peñón una carga cada vez más gravosa para Londres.

    Tuvieron que venir nuevos gobernantes, en especial los socialistas, para invertir aquella política y dar las máximas facilidades a la colonia, que volvió a convertirse en un centro de contrabando y de operaciones financieras poco claras, que amplió la colonización, en el aspecto económico, sobre una amplia zona en torno aGibraltar. El espíritu donjulianesco del PSOE ha profundizado más en la ofensa después del 11-m, y procura disuadir cualquier reivindicación equiparando falsamente el caso de Gibraltar con el de Ceuta y Melilla (la izquierda progre siempre lo ha hecho), ciudades españolas anteriores a la constitución de una nación marroquí.

    Yo sospecho que los ingleses, gente en general digna, sienten fastidio por este servilismo abyecto de los políticos españoles, y provocan, a ver si estos por fin alguna muestra de hombría, siquiera mínima. Sospecho que no lo conseguirán.

    Por Pío Moa

  6. #6
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    Predeterminado El caso de Gibraltar

    La historia es conocida: en la Guerra de Sucesión por la corona de España, Inglaterra apoyó al candidato de los Austrias, archiduque Carlos. El almirante inglés Rooke, al mando de una gran escuadra angloholandesa, que había fracasado en el intento de tomar Cádiz y luego fue rechazado de Barcelona, tuvo éxito finalmente en Gibraltar, gracias a la gran desproporción de fuerzas a su favor. La tomó en nombre del archiduque Carlos.

    En la paz de Utrecht, sin embargo, Inglaterra logró quedarse con la plaza, y también con Menorca. De la isla serían expulsados los ingleses en 1782, pero el peñón resistiría varios asaltos españoles. El Tratado de Versalles de 1873, que reconocía la independencia de Usa, pudo haber sido también la ocasión de recobrar Gibraltar, lo cual no ocurrió, probablemente por el interés francés en mantener un punto de discordia entre Inglaterra y España, y por la falta de firmeza de Aranda, que firmó por su cuenta la renuncia al peñón.

    Desde Utrecht, la colonia inglesa se convirtió en una gran base de contrabando y negocios diversos en perjuicio de España. Pero este era el aspecto secundario. El principal era el militar y el control del estrecho de Gibraltar, de importancia estratégica decisiva como una de las llaves del Mediterráneo. Nada simboliza mejor el declive político y militar de España (acompañado de declive cultural), que la permanencia de la colonia británica en su territorio y en un punto de tal relevancia. Por supuesto, los ingleses han vulnerado sistemáticamente el Tratado de Utrecht, de por sí leonino, ampliando ilegalmente la zona ocupada, con pretextos tales como la petición de ayuda humanitaria ante varias pestes declaradas en el peñón. Aprovechando la Guerra Civil, en 1938 invadieron aguas españolas para construir un aeropuerto. Actualmente el proceso continúa con singular descaro y provocación.

    Solo en la época de Franco el peñón dejó de ser para Londres un buen negocio económico –con el cierre de la verja y la vigilancia del contrabando– o político, por el acoso diplomático en la ONU. Pero gracias al Gobierno del PSOE, desde 1982 la colonia se ha convertido en un centro de todo tipo de negocios ilícitos, y muchos de sus habitantes en opulentos negociantes con importantes propiedades en la Costa del Sol. Desde entonces se ha acentuado la decadencia y dependencia política española en grado sumo. El símbolo de Gibraltar lo es más cuando consideramos el desplazamiento del español, en la propia España, como lengua de cultura a favor del inglés, o la pérdida general de soberanía, vista por muchos casi como una bendición.

    Me viene a la cabeza, a este respecto, la oscura propuesta del socialista Indalecio Prieto a Inglaterra, durante la Guerra Civil, ofreciéndole la ría de Vigo y Menorca a cambio de ayuda contra Franco. En fin, tenemos la tradición de Don Pelayo y la de Don Julián.

    Por Pío Moa, en LD

  7. #7
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    Predeterminado El Tratado de Utrecht y Cataluña

    Hace 300 años, en abril de 1713, se acordaba la Paz de Utrecht. Hubo alegría en la mayor parte de Europa, después de diez años de guerra y decenas de miles de muertos. Para celebrar la ocasión, en Londres, el compositor británico Handel compuso un resonante Utrecht Te Deum. Entre los españoles fue uno de los tratados más odiados de todos los tiempos, porque desmanteló su imperio y condenó al país a ser un jugador menor entre las potencias europeas. Se sigue recordando el Tratado por una razón principal: porque privó a España de Gibraltar.

    Hoy, vale la pena mirar otro aspecto del tratado, el así llamado caso de los catalanes. Gibraltar tal vez siempre sea británico, pero ¿será Cataluña siempre española? Fue una de las cuestiones que los diplomáticos en Utrecht pensaban que habían resuelto, pero lamentablemente todavía es un tema vivo hoy, 300 años más tarde.

    La conmemoración de Utrecht este año ya ha dado lugar a una distorsión sistemática de la Historia por aquéllos que tienen motivos para distorsionarla. Decenas de páginas web se han dedicado a reescribir los hechos con el fin de engañar a un público que no sabe Historia. ¿Cuál es el propósito de toda esta actividad? El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, propuso en 2002: «Si España reclama la recuperación de Gibraltar, Cataluña reclama la recuperación de la cosoberanía o soberanía compartida» que se daba antes del Tratado de Utrecht: «Si se dice que hay que revisar lo de Gibraltar, nosotros también podemos pedir que se revise lo de Cataluña».

    Por supuesto, no podemos jugar el juego absurdo de abrogar antiguos tratados internacionales. En 1713, los británicos intentaban proteger a sus aliados catalanes exigiendo que el rey de España respetara la soberanía de la Cataluña rebelde. Recordemos que no hubo ninguna teoría de absolutismo inspirando al rey. En 1707, Berwick ya había criticado la imprudencia de abolir los fueros, y siempre se oponía (lo dice en sus Memorias). También Luis XIV aconsejó al rey que tratara a los catalanes con clemencia, que consiguiera términos razonables de capitulación, y conservara las leyes municipales y las instituciones de Cataluña. «Creo es de vuestro interés», escribía, «moderar la severidad que queréis usar con sus habitantes, pues aun cuando sean vuestros súbditos debéis tratarlos como a padre y corregirlos sin perderlos».

    Pero el rey y algunos de sus consejeros creyeron que la rebelión tenía un precio. Aragón y Valencia ya habían pagado el precio de la rebelión, y a los catalanes no les podía sorprender que serían castigados por incumplir su juramento de lealtad a Felipe V. Los británicos sabían cómo iban las intenciones de España, pero el nuevo gobierno en Londres no vio más alternativa que abandonar a los catalanes, ya que quería poner fin a la sangrienta guerra. Los catalanes continúan viendo tal decisión como una traición. Eso es cierto. Pero la traición no la cometió el nuevo gobierno británico, que no había hecho ninguna promesa de apoyar la rebelión. El desaparecido Ernest Lluch me recordaba, poco antes de su asesinato, que Gran Bretaña «tiene todavía una deuda pendiente con Cataluña». Pero la deuda, de hecho, era únicamente del Partido Whig, cuyos banqueros eran los más beneficiados por la guerra y apoyaban la causa catalana como excusa para continuarla. El argumento lo esgrimió con fuerza el escritor Jonathan Swift en su famosa publicación La conducta de los aliados (1711), en la que denunciaba a los aprovechados que salían ganando con la guerra: «Adinerados hombres cuya cosecha perpetua es la guerra, y cuyo negocio verán descender en mucho con una paz». También exponía la carga intolerable que representaba apoyar a los rebeldes en Cataluña, donde el reclutamiento y costos navales eran sufragados exclusivamente por los británicos.

    Lord Bolingbroke, uno de los líderes del nuevo gobierno Tory, declaró específicamente al ministro francés de la guerra que la paz debería haber sido posible ya en 1706 y que desde 1711 «nosotros [en Gran Bretaña] queremos una paz, y el sentir de la nación es por ello, cualquiera que sea el ruido que hagan aquellos que encuentran su ganancia privada en la calamidad universal». La búsqueda de la paz, en otras palabras, no tenía nada que ver con la «causa de los catalanes» y había sido decidida años antes del asedio de Barcelona. Los británicos no tenían ninguna «deuda pendiente».

    De hecho, el artículo 13 del Tratado de Utrecht dejaba claro que al rey de España se le pedía tratar a los rebeldes con clemencia. Era lo mínimo que podían pedir los negociadores británicos. Obviamente, no había manera de imponer tal demanda al hostil gobierno español, que mediante el mismo tratado se le acababa de privar de una buena parte de su territorio imperial. Había la posibilidad de una rendición negociada, como Berwick esperaba; pero Rafael Casanova y el grupo en Barcelona que le apoyaba se había negado a negociar, lo que obligó al general Villarroel a dimitir de su mando militar. La decisión de Casanova fue un acto deliberado de suicidio.

    Los catalanes, libre y felizmente, aceptaron a Felipe V como rey. En octubre de 1701, las Cortes de Cataluña, presididas por el rey, se reunieron en el monasterio de San Francisco. En una atmósfera de exquisita moderación, el rey accedió a buena parte de las peticiones de las Cortes y concedió varios privilegios de nobleza para miembros de la élite catalana. En agradecimiento, las Cortes le obsequiaron con una bonita suma de dinero para las necesidades reales. Fue, con seguridad, una de las reuniones de Cortes en Barcelona con más éxito. El brazo real informaba que el rey les había otorgado «tan singulars gràcias i prerrogativas quals en pocas Corts se hauran concedit», y un posterior oponente del régimen de Felipe V, Feliu de la Penya, admitía que la sesión había resultado en «las constituciones más favorables que había conseguido la provincia».

    Cataluña, en suma, era un territorio libre y semisoberano de España. Esa soberanía sólo fue perturbada cuando un grupo de catalanes hizo una alianza con el gobierno británico y maquinó entregar Barcelona a la marina británica. Cataluña, en 1701 y 1713, era ya una parte de España, como los catalanes reconocieron en diversas publicaciones que divulgaron durante la guerra, de modo que resulta claramente ingenuo que cualquiera, hoy en día, sugiera que no fue así y que si el Tratado de Utrecht fuese rescindido, ahora Cataluña automáticamente sería libre. Eso no es sólo una fantasía, también es mala historia. El Tratado de Utrecht fue muy malo para la España imperial, pero de ninguna manera afectó el estatus jurídico de Cataluña.

    Henry Kamen, historiador británico. Su nuevo libro, La Inquisición española, se publica en Editorial Crítica este año.
    En El Mundo

  8. #8
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    Predeterminado La solución de Gibraltar

    Para recuperar el peñón solo hace falta la voluntad política de los gobernantes españoles. Como estos no manifiestan en absoluto tal voluntad, es preciso crear conciencia y procurar otra clase de gobernantes.

    La presencia de la colonia inglesa de Gibraltar no es para España un problema menor ni marginal (http://www.nuestrahora.es/2013/03/01...menor-pio-moa/) Y solo puede arreglarse por la vuelta incondicional del peñón a la soberanía española. Para ello hay tres recursos:

    a) El militar. Queda descartado porque introduciría una crisis gravísima en el conjunto defensivo occidental.

    b) El diplomático: en este terreno, la batalla fue ganada rotundamente en tiempos de Franco en la ONU. Una victoria perdida lamentablemente y luego convertida en derrota de hecho por el entreguismo de Felipe González (aunque ya Suárez-Marcelino Oreja flaqueaban) y sucesores.

    c) El económico: Gibraltar depende de España y no a la inversa. Cuando Londres decidió pisotear los acuerdos de la ONU, el gobierno de Franco cerró la verja, convirtiendo la colonia en una ruina para Inglaterra. Las medidas de presión económica tienen hoy muchas más posibilidades de eficacia que las de entonces.

    Por tanto, era correcta la táctica de Franco de hacer que la colonia cayese “como una fruta madura” mediante la doble presión diplomática y económica. Desarrolló también un plan de desarrollo de la zona, que dejó como su mejor logro la conversión de Algeciras en uno de los mayores puertos de Europa.

    Inglaterra resistió entonces porque confiaba en que los gobiernos posteriores a Franco serían mucho más flojos, y acertó. Londres tiene unos principios estratégicos y de política exterior de largo alcance. La casta política española que empezó a tomar forma en la Transición, no los tiene. De ahí la debilidad de España.

    En realidad solo hace falta voluntad política para que la situación cambie. He dicho que un partido que no incluya en su programa la recuperación del peñón como punto muy importante, demuestra su hispanofobia y ser indigno de toda confianza.

    La cuestión de los llanitos está resuelta de antemano. Podrán seguir siendo ingleses o hacerse españoles, si quieren. Pero no podrán seguir explotando, por no decir pirateando, como hasta ahora el entorno de la zona

    Pío Moa, en su blog de Lagaceta.es

  9. #9
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    Predeterminado El Tratado de Utrecht y Cataluña

    De entre todos los desastres de la historia española, que son muchos, destacan con gallardía la Guerra de Sucesión y su apéndice fundamental, el Tratado de Utrecht. Parece que ese tratado nos perseguirá hasta el fin de los tiempos, y más allá.

    Una consecuencia del tratado, que puso fin a la guerra, fue el reconocimiento internacional de Felipe V, el primer Borbón en Madrid, como rey de España. Eso no habría supuesto un gran problema dado que el anterior monarca, Carlos II de Habsburgo, el Hechizado, fue tonto de baba. Hacerlo peor que él era prácticamente imposible. Pero Felipe V salió depresivo y demente y en 1724 abdicó en su hijo, Luis I, que murió en cosa de meses. Como si las abdicaciones fueran reversibles, Felipe V volvió al trono, aunque como títere porque el poder lo ejerció su mujer, Isabel de Farnesio. Fue estupendo contar con un rey incapaz en la época en que se decidía quién pintaba algo en Europa. Por otra parte, entre los Borbones que le sucedieron se encuentran auténticas joyas, de las que dejan un país para el arrastre. Pienso en Fernando VII, aunque hay otros ejemplos.

    Otra consecuencia fue la cesión a la corona británica del peñón de Gibraltar. Nada terrible en sí mismo, porque también se cedió Menorca. El caso es que Gibraltar sigue bajo bandera británica y cometiendo ocasionales tropelías. La cosa tiene sus ventajas para una industria de capa caída, porque no hay como una crisis gibraltareña en agosto para mantener vivas las portadas de prensa, pero resulta fatigosa en extremo para una ciudadanía que lleva toda la vida soportando el peñazo del Peñón. Lo de «Gibraltar español» es de lo poco que no ha cambiado desde el franquismo.

    Lo peor de Utrecht no fue que Londres se quedara con la exclusiva del tráfico de esclavos, hasta entonces ejercido con solvencia por naves españolas. Lo peor fue lo de Cataluña. Con el reconocimiento de Felipe V, las potencias europeas (salvo Austria, por un tiempo) bendijeron la supresión de los fueros en la antigua Corona de Aragón y la eliminación de instituciones como la Generalitat. La creación del Reino centralista tuvo en su momento ventajas para unos e inconvenientes para otros. Tres siglos después, quedan los inconvenientes. En cuanto nos libremos de la crisis veraniega en Gibraltar llegará el aniversario de la caída de Barcelona (1714), otra consecuencia del puñetero tratado, con sus conmemoraciones nacionalistas y sus planes referendarios. Añoraremos Gibraltar. Lo dicho, Utrecht no va a acabarse nunca.

    Enric González, en El Mundo

  10. #10
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    Predeterminado Castiella, Gibraltar, Garel-Jones, Margallo

    Tristan Garel-Jones, es uno de los políticos más inteligentes que he conocido a lo largo de mi dilatada vida profesional. Hombre serio, culto, profundo conocedor de España y su historia. En el Reino Unido lo ha sido todo: diputado, lord del Tesoro, tesorero de la Corte de Su Majestad, ministro de Asuntos Exteriores para Europa. Habla un español perfecto y se distingue por su claridad de ideas y su buena educación. Desde una independencia inalterable, ha propuesto con dos pares que se legalice la Fiesta de los Toros en Gran Bretaña para que asistan a ella los responsables de las sociedades protectoras de animales y se enteren de la verdad. Se declara admirador de Luis Miguel, de Pepe Luis, de Ordóñez, de Paco Camino, de Gregorio Sánchez.

    Tuve la suerte hace muchos años de que Tristan Garel-Jones me enseñara el Parlamento británico. Durante un par de horas recorrimos la Cámara de los Comunes, la Cámara de los Lores y las diversas dependencias de un Parlamento que, a diferencia del español, se distingue por su austeridad. Tristan Garel-Jones me dejó las cosas claras. Montesquieu existe en Inglaterra. El Parlamento es independiente del Gobierno y tiene una autoridad indiscutida.

    –Para entender el problema de Gibraltar –me dijo en aquella ocasión el político británico– hay que partir de la base de que el Parlamento aprobó respetar la voluntad del pueblo gribraltareño. Si los gibraltareños deciden permanecer en su estatus actual, Gran Bretaña los respaldará sin fisuras. El ministro Castiella tuvo conciencia clara de esa realidad y estableció una política consistente en hacer la vida lo más ingrata posible a los gibraltareños. Era y es el único camino. Si los gibraltareños disfrutan de todos los beneficios no se cuarteará nunca su voluntad de ser lo que son. Si España convierte el Peñón en un lugar inhóspito las cosas podrían cambiar. Castiella no llevó adelante todo lo que pensaba, pero sabía muy bien lo que se debía hacer y me lo explicó detenidamente en una larga conversación que mantuve con él. Era un hombre muy inteligente. Decidió cerrar la verja y proyectó cortar el suministro de agua española, de líneas telefónicas y de electricidad. Tenía pensado trasladar al entorno de Gibraltar las industrias menos salubres de España y absorber la mano de obra marroquí. Su propósito consistía en incomodar hasta el límite la vida de los gibraltareños. El ministro Moratinos cometió el desatino de hacer todo lo contrario. Convirtió al Gobierno del Peñón en interlocutor tripartito y benefició a los gibraltareños con toda clase de prebendas, cerrando los ojos ante el blanqueo de capitales, los delitos fiscales, el contrabando desaforado, los negocios on-line.

    El actual ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, que es un chuleta, se ha dedicado a matonear a España ofendiendo gravemente a nuestra nación mientras los gibraltareños se forran a ganar dinero y disfrutan de sus villas y posesiones en la Costa del Sol y de todas las trapisonderías inimaginables. Se ha hecho, en fin, lo contrario que se debía hacer. El Peñón debe ser una base militar de vida especialmente incómoda. Hoy es un auténtico paraíso. Solo la disciplina militar obligaría a vivir en una base caracterizada por su dureza. Los civiles terminarían por buscar otros lares. Entonces se podría negociar conforme a lo decidido por el Parlamento británico porque, como me explicó claramente Tristan Garel-Jones, nada que contradiga la decisión parlamentaria tendrá viabilidad. El ministro Margallo, que es un peso pesado de la política española, ha entendido muy bien la realidad gribraltareña y ha empezado a tomar las medidas adecuadas. Permanece impávido mientras sobre su cabeza se descargan los bloques de hormigón.

    Luis María Anson, miembro de la Real Academia Española, en El Mundo

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