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  1. #111
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Pobrecillo Gobierno

    Leí lo siguiente en una interesante entrevista en El País de Lydia Aguirre con Alan D. Solomont, embajador de Estados Unidos en España:

    Pregunta: El ciudadano medio de la socialdemócrata Europa piensa que el Gobierno debe garantizar los servicios sociales porque para ello paga sus impuestos. ¿Hay algo erróneo en esta ecuación?
    Respuesta: Creo que la ecuación no termina ahí. Podemos esperar que el Gobierno atienda necesidades básicas en educación, salud o recogida de basuras, pero eso no significa que los ciudadanos no tengan también responsabilidades con su comunidad. Tenemos el ejemplo de Higuera de la Serena [Badajoz]. El alcalde es de IU, no es alguien de derechas. Es un pueblo con una gran deuda que no puede financiar algunos servicios públicos, y lo que ha hecho la gente es juntarse para proveerlos. La tradición más rica de la socialdemocracia es la creencia de que cuidamos los unos de los otros. No solo pagamos impuestos. No podemos depender del Gobierno para todo. Además, creo que es bastante claro que no puede hacerlo todo.


    Tanto la pregunta como la respuesta tienen el atractivo de condensar el pensamiento único. Por ejemplo, la supuesta obviedad de que pagamos impuestos para recibir una serie de servicios que el Estado "debe garantizar". El verbo "deber" no es conjugado por la periodista cuando habla de los impuestos, y eso que los impuestos llevan la coacción hasta en el nombre. Es reveladora la retórica que expresa la realidad fiscal como si fuera un contrato más: parecería, en efecto, que pagamos impuestos a cambio de servicios, como pagamos al tendero a cambio de un kilo de azúcar. Si le pagamos y nos niega el azúcar, nos indignamos porque no está cumpliendo con lo que "debe" hacer.

    Pero esta identificación es falaz, y el pago de impuestos resulta fundamentalmente diferente del pago al tendero. La diferencia estriba en que, a pesar de la retórica contractual expresada por Lydia Aguirre, los ciudadanos no pagamos impuestos a cambio de servicios sociales; pagamos impuestos porque es obligatorio hacerlo, independientemente de los servicios que la Administración pueda ofrecer, o no.

    La coacción, que es la razón de ser del Estado, su cualidad distintiva, resulta oscurecida en la pregunta, y aún más en la respuesta. El embajador Solomont transforma esa coacción en una colaboración abnegada de alguien al que no puede pedírsele todo. El Gobierno hace cosas, pero los ciudadanos tienen "también responsabilidades con su comunidad". ¿Cómo que "también"? Todo lo que el Gobierno hace lo hace con dinero extraído a la fuerza de los bolsillos de los ciudadanos, y el embajador habla como si fuera un socio más de los ciudadanos, que pone lo suyo y, lógicamente, espera que los demás pongamos lo nuestro. Oiga, que no: que lo del Estado también es nuestro.

    El ejemplo de Higuera de la Serena es asimismo engañoso. No necesitamos ese caso para saber que los ciudadanos somos capaces de cooperar y de ayudarnos los unos a los otros. Eso no es "la tradición más rica de la socialdemocracia" sino la tradición humana, pura y simple, anterior a la política, y que prueba, por cierto, que ésta es contingente. En cambio, la tradición socialdemócrata es puramente política y se basa en la coacción sobre los ciudadanos, muchas veces argumentada, al contrario de lo que sugiere el señor Solomont, alegando que no podemos ni sabemos colaborar ni cuidarnos los unos a los otros si el Gobierno no nos obliga.

    Pues bien, resulta que una vez que nos obliga, una vez que nos quita el dinero, no hace lo que promete, no brinda los servicios que supuestamente iba a brindar. Y entonces ¿cuál es la reacción de la corrección política? Pues pasarle la responsabilidad a la gente, porque el Gobierno, pobrecillo, "no puede hacerlo todo".

    Carlos Rodríguez Braun , en LD

  2. #112
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Metro accesible

    El reciente sabotaje en el Metro de Madrid, durante el cual unos vándalos accionaron el freno de emergencia en una docena de trenes, fue defendido por los saboteadores con el argumento de que las tarifas habían experimentado una subida "abusiva... escandalosa... intolerable". Sus movilizaciones, aseguraron, continuarán "hasta que la subida de tarifas sea retirada y comience una bajada progresiva de los precios hasta que el acceso de todas las personas al transporte público esté garantizado".

    Señalemos de entrada la asimetría de juicio de los saboteadores. En efecto, aunque el encarecimiento del billete pudiese ser motivo de repulsa genuina, es asombroso que no les haya merecido ningún comentario haber perjudicado a unos 8.000 usuarios del metro, muchos de los cuales habrían calificado su actuación como abusiva, escandalosa, e intolerable. Entrando en el punto en cuestión, la tarifa del Metro, también es interesante que ninguna de las personas que protestaron hizo mención alguna al hecho de que esa tarifa no cubre el coste total del transporte, como no lo cubre tampoco en el caso del tren o los autobuses urbanos. El que todos los contribuyentes no beneficiados financien a la fuerza, con sus impuestos, a los usuarios, algo que está muy extendido en los servicios públicos y el gasto llamado "social" del Estado intervencionista contemporáneo, no pareció revestir interés.

    Vayamos a la reivindicación de los saboteadores: que el precio baje hasta que se garantice el acceso a "todas las personas". El objetivo, como siempre sucede con los intervencionistas de todos los partidos, es teóricamente inobjetable y prácticamente inalcanzable y con consecuencias imprevisibles y en muchos casos no deseables.

    Una somera reflexión basta para concluir que ese precio en realidad no existe. Ni siquiera un precio igual a cero garantizaría el acceso de todos, por la sencilla razón de que todos no caben en el metro, y mucho menos cabrían todos a la hora en que todos quieren viajar habitualmente, y más que querrían viajar si el billete fuera gratuito. Estos desenlaces son típicos de los mercados distorsionados: así, por ejemplo, la sanidad subvencionada puede conseguir que usted no pague directamente su operación, pero rara vez o nunca conseguirá que usted se opere en la fecha y condiciones que usted elija; la educación universitaria gratuita puede desembocar en una calidad decreciente y en un número de licenciados que jamás conseguirán trabajar en aquello que han estudiado, e incluso un número apreciable de ellos tendrán dificultades para encontrar un empleo ajustado a otra licenciatura.

    Precisamente lo que hacen los mercados, dada la inerradicable escasez, es asignar esa escasez de modo eficiente, impulsando a que los bienes y servicios escasos se dirijan a las personas que están dispuestas a entregar a cambio de esos bienes y servicios una cantidad suficiente de sus también escasos recursos. Cuando la política y la legislación impiden la libertad de contratación en el mercado, los resultados no son nunca tan felices como los intervencionistas propugnan.

    En el caso del Metro los saboteadores, para redondear su asimetría, no dedican un minuto a explicar qué sucedería con los ciudadanos, porque son ellos y solo ellos los que pagan el billete. Si las autoridades reducen artificialmente el precio para que el transporte sea "accesible", eso sólo puede querer decir que aumentarán la presión fiscal sobre el conjunto de los contribuyentes, para compensar la diferencia entre el precio reducido del billete y el coste del servicio. En otras palabras, aquí hay mucho progresista que cree que lo importante es que sea accesible el Metro... y que a cambio el poder pueda acceder con aún más alacridad a las carteras de sus súbditos.

    Carlos Rodríguez Braun, en LD

  3. #113
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    Predeterminado Estado y progreso

    Asegura Juan José Millás en El País que Barbie y sus ministros pretenden "la demolición del Estado". Esto llama la atención, porque todo lo que hace el PP va en la dirección contraria, empezando por la subida de impuestos, que es una política tendente a fortalecer el Estado, y por ello es típicamente socialista, tan socialista que a Millás no le inquietaba cuando la perpetraba su idolatrado Smiley.

    Otras cosas que apunta el célebre escritor también replican lo que han hecho los socialistas en el pasado, sin que recordemos protestas por parte del progresismo, como tomar las televisiones públicas "por asalto", "subidas del gas y de la luz", "ruedas de prensa sin turno de preguntas", etc.

    Dos medidas económicas concretas que a Millás le escandalizan y le ratifican en su diagnóstico de que el PP es liberticida merecen una reflexión especial: "se pone precio a la sanidad" y "tasas universitarias por las nubes".

    Don Juan José no puede no saber que la sanidad ya tiene un precio, y los ciudadanos lo pagamos a través de los impuestos. La sanidad, con copago o sin él, no es un regalo de los políticos. Si lo que pretende es que el precio sea menor, entonces debería decirlo, es decir, debería pedir que bajen los impuestos, lo que no ha hecho nunca. Si lo que pretende es que baje el precio concreto de cada ciudadano concreto que usa la sanidad, entonces debería aclarar que su objetivo es que suban los impuestos sobre los ciudadanos concretos que no la usan.

    Su segunda declaración económica es la que asegura que los precios públicos de las universidades están "por las nubes". Juan José Millás no puede no saber que eso no es verdad. No puede no saber que las universidades públicas están lejísimos de financiarse por las matrículas que pagan los alumnos, que no cubren ni la cuarta parte del coste de su educación.

    Entonces, como no puede no saberlo, su escándalo sólo puede querer decir que según él las tasas deberían ser más bajas. No hay problema, todos podemos decir lo que deseemos, aunque no podemos después eludir las consecuencias de lo que decimos. Así, si el progresismo estriba en que los precios de las matrículas universitarias bajen, entonces eso quiere decir que deben subir los impuestos que pagan todos los ciudadanos para financiar la universidad, incluidos los ciudadanos que no estudian allí ni envían a sus hijos a estudiar allí. Aguardamos un próximo artículo donde Juan José Millás nos explicará por qué esa subida de impuestos es fundamentalmente progresista.

    Carlos Rodríguez Braun, en LD

  4. #114
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    Predeterminado Sampedro y el capitalismo

    Agradezco a los seguidores de mi cuenta en Twitter (@rodriguezbraun) que me facilitaron unas declaraciones del famoso escritor y economista José Luis Sampedro, encabezadas con este diagnóstico: "El sistema capitalista se acaba".

    Lo primero que llama la atención es que el gran pensador no diga nada sobre el sistema socialista. Casi un siglo tiene de existencia, y más o menos unos cien millones de trabajadores muertos por sus políticas antiliberales, empobrecedoras en lo económico y criminales en lo político. Y este paradigma del progresismo, que habla del "sufrimiento de los trabajadores", no pierde ni un segundo en comentar algo sobre la (mala) suerte de los trabajadores allí donde prevalecieron los enemigos del capitalismo.

    También asombra Sampedro porque asegura que el final del capitalismo significará en fin de "la etapa del dinero" que comenzó, nos asegura, en el siglo XV, y que todo irá a mejor gracias a las innovaciones tecnológicas.

    La tecnología es sin duda importante para los cambios sociales, pero no se entiende bien por qué es una amenaza para el capitalismo en concreto. Por ejemplo, no es en Estados Unidos donde las autoridades prohíben internet, sino en Cuba y en China. Esperamos ansiosos algún comentario iluminador de Sampedro al respecto.

    El odio al dinero es típico de los enemigos de la libertad, pero ¿por qué se le ocurrió al icono progresista la fecha del siglo XV? ¿Es que antes los seres humanos despreciaban el dinero? No es, desde luego, lo que pensó el autor sagrado al hablar del becerro de oro, ni lo que pensó Virgilio al despotricar contra la auri sacra fames. Quizá la explicación estribe en que no es la codicia lo que desea condenar Sampedro sino específicamente el capitalismo, difícil de remontar hasta los tiempos de La Eneida.

    Tras los tópicos habituales sobre el dinero para la banca pero no para la sanidad, como si la banca no fuera ejemplo de intervencionismo, y como si el gasto público realmente hubiera caído de modo apreciable, José Luis Sampedro terminó melodramáticamente: "España no está para melodramas". Su propio copioso y perdurable éxito demuestra que esto está lejos de ser verdad.

    Carlos Rodríguez Braun, en LD

  5. #115
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    08 ene, 07
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    Predeterminado ¿Por qué odiamos a las empresas?

    La empresa, así en genérico, es un ente mal visto en nuestra sociedad. Da trabajo; ofrece productos y servicios que hacen nuestro mundo más habitable, más interesante o más placentero; nos ayuda a satisfacer nuestras necesidades básicas; nos permite conocer otros lugares y otros países... pero haga lo que haga levanta sospechas, tiene que justificarse y, en muchísimos casos, es premiada con un odio, teñido de envidia, que me resulta difícil entender.

    Hay algunas excepciones, sí: aquellas compañías, como las ONG, que renuncian precisamente a lo esencial del carácter empresarial, que es ganar dinero; o también las pymes, que tienen nuestro permiso para vivir, siempre, eso sí, que no se les ocurra hacerse más grandes.

    La cosa ha llegado a tal punto que se han tenido que inventar, y publicitar, mamarrachadas como la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), algo así como una serie de bulas que las grandes compañías van comprando para pedir perdón por el hecho de ser empresas y ganar dinero.

    El odio va en aumento cuanto más innovadora y exitosa es una empresa. Si observamos a las dos compañías en las que últimamente se está centrando el linchamiento cíclico empresarial en nuestro país, Mercadona y Ryanair, vemos que tienen puntos en común: han logrado revolucionar sus respectivos mercados con prácticas más eficaces y rentables, inciden en ofrecer buenos precios y, sobre todo, son exitosas en entornos muy competitivos y que no están en su mejor momento.

    Lo más curioso de todo esto es que los mayores odiadores son, somos, precisamente, los que más nos beneficiamos de la existencia de dichas compañías: sus clientes. Muchos de nosotros volamos con Ryanair varias veces al año, pero criticamos con dureza a una aerolínea sin la cual serían imposibles esos viajes a ver a la amiga que tiene el piso en nosedónde; todavía más vamos a Mercadona, a hacernos con productos varios y muchas de sus marcas blancas, pero luego damos la tabarra con que si tiene pocas cosas entre las que elegir o si aprieta mucho a sus proveedores.

    Toda esta negatividad nace, en mi modesta opinión, de algunas ideas nefastas y no pocos lamentables olvidos que dominan nuestra mentalidad económica. Entre las primeras destaco dos: la consideración, en lo más profundo de nuestro corazón, de que ganar dinero es algo malo propio de gente de baja estofa y sin ideales y la asunción, al modo marxista, de que en el intercambio económico siempre hay una parte que gana y otra que pierde.

    Entre los olvidos, hay uno que es fundamental: el de que, en una sociedad de mercado, incluso en una tan imperfecta como la nuestra, las relaciones económicas están basadas en la voluntariedad. Es decir, si quiero vuelo con Ryanair y si no, no; si me apetece compro en Mercadona (o le vendo a Mercadona, lo mismo me da) y si no, lo hago en una de las muchísimas tiendas o supermercados que le hacen la competencia.

    Lo peor de todo es que ninguna de estas suspicacias afectan a las empresas públicas, que son, por lo general, más ineficaces, satisfacen peor nuestras necesidades y encima nos cuestan más dinero a la hora de pagar y a la de cumplir nuestras obligaciones con Hacienda. Pero, claro, se lo perdonamos porque no quieren ganar dinero, sino ser un "servicio público"... Aunque para mí que es el público el que las sirve a ellas.

    Carmelo Jordá, en LD

  6. #116
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    Predeterminado Christian Felber y el equívoco común

    Agradezco a mis seguidores en twitter (@rodriguezbraun) que me facilitaran una entusiasta entrevista en La Vanguardia a Christian Felber, economista austríaco autor de La economía del bien común. De entre sus propuestas progresistas destaca el diario este titular: "Nadie debe cobrar más de 20 veces el salario mínimo".

    Desde siempre los enemigos de la libertad han agitado el señuelo de la igualdad falsa, es decir, de la igualdad mediante la ley, que apela a la envidia y otros instintos tribales que nos impulsan a aplaudir la vieja estrategia de Procusto. El socialismo de todos los partidos lo ha hecho siempre, y los equívocos de Christian Felber son solo una nueva versión de una vieja ficción, o una nueva versión vegetariana del viejo socialismo carnívoro de toda la vida. Los que ganan menos de 20 veces el salario mínimo pueden caer en la tentación de decir: ¿por qué no? ¿por qué no limitar lo que ganan los ricos, o lo que puedan legar a sus hijos? La trampa es que si el poder tiene la capacidad de hacer eso, no simplemente puede cegar las fuentes de la prosperidad, sino acabar con la libertad de todos.

    Las propuestas de Felber tienen envoltorios populistas, que pueden ser atractivos, pero que apuntan directamente contra la libertad: "poner la economía al servicio del ciudadano y no del beneficio... El egoísmo y la irresponsabilidad de la economía deben dar paso a la cooperación". No reclama abiertamente el comunismo, sino la economía de mercado. Pero, siempre hay un pero, en su modelo "las empresas no compiten entre ellas, sino que cooperan para conseguir el mayor bien común a la sociedad en su conjunto". Pero en el mercado las personas ya cooperan, no necesitan ser forzadas para ello. Y si son forzadas, ello no promueve el bien común sino el poder político.

    Felber, como tantos otros, endulza el antiliberalismo ignorando siempre los costes que sus políticas comportan, e inundándolo todo de vacía retórica: "inversiones con plusvalía social y ecológica". Sus bulos tienen a veces, como compensación, mucha gracia. Por ejemplo, el establecimiento de un banco... ¡democrático!

    El progresismo, empero, no es democrático, porque impide al pueblo elegir. Y cuando le asegura, como hace Christian Felber, que en su paraíso sólo pagarán más impuestos los millonarios, incurre en una acendrada costumbre intervencionista: la falsedad.

    Rodríguez Braun, en LD

  7. #117
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    Predeterminado El peligro chino

    En numerosas páginas antiliberales, de derechas e izquierdas, se ha difundido un texto de Luciano Pires, columnista brasileño, que advierte que China va a dominar la economía mundial .

    Se trata de una nueva pero siempre absurda versión del más antiguo miedo económico: el miedo a las mercancías baratas. Pires reúne todos los tópicos. Empieza hablando de la "esclavitud amarilla": los trabajadores chinos trabajan incluso "horas extras a cambio de nada". Con esos salarios bajísimos, los chinos acabarán apoderándose del planeta, con la suicida complicidad de quienes les compran desde otros países, desmantelando sus fábricas y generando así "una brutal desocupación". Es verdad que ganan dinero, pero solo "en el corto plazo". En el largo plazo China fabricará todo, y entonces será cuando el dragón oriental subirá los precios, y no podremos hacer nada por evitarlo. Por lo tanto, hay que actuar ahora, antes de la catástrofe. ¿Qué hacer? Pues la recomendación es evidente: "Comience ya a comprar productos de fabricación nacional, fomentando el empleo en su país, por la supervivencia de su amigo, de su vecino, y hasta de usted mismo... y sus descendientes".

    Supongamos por un momento que el fundamento de esta argumentación, los bajos salarios chinos, es correcto. Incluso aunque los salarios chinos fueran bajos, el razonamiento de Pires seguiría siendo falaz, porque comprar productos baratos no es malo para la economía y desde luego no genera paro, sino más bien al contrario: el paro se debe al intervencionismo que aumenta artificialmente los costes. Las mercancías baratas sólo dañan a quien las produce más caras, pero no al conjunto de la población.

    Aún más desatinada es la idea de que alguien puede producir todas las cosas. Si esto fuera así, por cierto, sería un paraíso, porque significaría que los demás tendríamos el dinero para comprarlas, porque no iban a ser producidas para no ser vendidas. Tampoco tiene sentido pensar que si un oferente llega a concentrar toda la oferta de algo, a continuación puede subir sus precios ilimitada e impunemente. Es obvio que cuando lo hiciera aparecerían oferentes competitivos que le irían quitando mercado.

    Y por fin, la compra de productos nacionales es algo que las personas naturalmente hacen, siempre que las condiciones sean competitivas. Y si no, no. Y no es malo que no lo hagan, al contrario, favorece a los consumidores y en última instancia también a los empresarios, porque les va indicando qué actividades deben dejar de acometer porque no lo hacen bien. Comprar siempre productos locales, en todas las circunstancias y por mala que sea su relación calidad/precio, sólo conviene a corto plazo a sus ineficientes productores, pero perjudica a la mayoría de la población y eventualmente incluso a esos fabricantes no competitivos. La peor alternativa es la que Luciano Pires no pide explícitamente pero que está sugerida en su argumentación, a saber, que el Estado fuerce a los ciudadanos a comprar productos nacionales caros, lo deseen ellos o no.

    Ahora reconsideremos el supuesto de partida: los chinos pobres y esclavos ganando sueldos de miseria, etc. Este supuesto dato a veces viene acompañado de una hipócrita preocupación por la pobreza en el mundo, y con argumentos del estilo: "Para favorecer a los trabajadores chinos... no les compremos los productos buenos y baratos que producen", como si semejante acción de alguna forma beneficiara a los pobres de la Tierra. Pero no es un dato, sino una falsedad, teórica y práctica. Si un país empieza a crecer y a ser competitivo y productivo, los salarios no podrán permanecer bajos durante mucho tiempo. Esto ha pasado en todas partes y también en China. Abordan el asunto cuatro economistas de ese país en un trabajo reciente: H. Li, L. Li, B. Wu y Y. Xiong, "The End of Cheap Chinese Labor", Journal of Economic Perspectives, otoño 2012. Los datos presentados por estos profesores son inequívocos: los salarios en China están creciendo claramente.

    A ver si los antiliberales de todos los partidos se enteran: los países son competitivos en función de su productividad. Si todo dependiera de pagar salarios bajos, Haití exportaría más que Alemania.

    Carlos Rodríguez Braun, en LD

  8. #118
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    Predeterminado Disparatado “neoliberalismo”

    El periodista canario Antonio Salazar me ha puesto nuevamente sobre la pista del señor alcalde de Agüimes, en Gran Canaria, don Antonio Morales Méndez, cuyos errores ya había tenido ocasión de criticar en el pasado (véase "Miedo y democracia"). Ahora vuelve por sus fueros con otro extraviado artículo en Canarias7.es titulado "Libertades neoliberales". Según el señor alcalde, lo que nos pasa es lo siguiente:

    En la década de los ochenta, el neoliberalismo se va adueñando de la economía y de la política para romper con el modelo de capitalismo que había cedido demasiadas posiciones al Estado de Bienestar y a los derechos de los trabajadores, rémoras para la competitividad. La eficiencia y la competencia solo se pueden alcanzar, según sus tesis, dejando vía libre al mercado, que se regula solo, y disminuyendo el Estado a su mínima expresión. Las privatizaciones son el eje fundamental de este cambio de paradigma y se extienden por el mundo como una epidemia sin control.

    No por repetidos estos disparates dejan de serlo. Lo que sucedió en la década de los ochenta fue la caída del Muro de Berlín, ante lo cual el pensamiento único reaccionó inventándose una amenaza. Prefirió no despotricar abiertamente contra el capitalismo, considerando los innegables resultados criminales y empobrecedores del socialismo, pero lo sustituyó por la globalización y el neoliberalismo. El problema es que los bulos soltados durante décadas en contra del capitalismo seguían siendo bulos aplicados al malvado neoliberalismo. En este párrafo del señor alcalde anidan bastantes.

    Nadie se ha "adueñado" de la economía, más que precisamente el agente que, según se nos asegura, ha quedado exánime ante el empuje neoliberal. En efecto, no sólo el Estado no se ha reducido en ninguna parte del mundo, sino que sus supuestos verdugos, los políticos neoliberales, no han hecho otra cosa que hacerlo crecer, como se ve en la presión fiscal, en la deuda pública y en las múltiples incursiones del poder contra la libertad y los bienes de los ciudadanos.

    Nadie quiere "romper con el modelo de capitalismo" contemporáneo, es decir, un pseudocapitalismo donde la propiedad privada y los contratos voluntarios, que son sus instituciones fundamentales, están severamente limitados por la política y la legislación.

    Los capitalistas nunca "cedieron" ante el Estado de Bienestar, que les fue impuesto por las autoridades, como al conjunto de la población. Esa mayor coerción se tradujo en menos derechos para los trabajadores, no sólo en términos de dinero, que también, sino en términos de empleo. Los llamados "derechos sociales" pueden ser rémoras para la competitividad al ser usurpados por el poder y los grupos de presión que a su socaire medran, que establecen sistemas intervencionistas, supuestamente en beneficio de los trabajadores, pero que acaban castigándolos.

    Nadie ha dicho nunca que el mercado no necesite regla alguna. Esa es una caricatura antiliberal sin fundamento, como también carece de fundamento la idea de que las privatizaciones reducen el Estado "como una epidemia sin control". Es justo al contrario: los Estados puede retirarse de algunas áreas y actividades, generalmente cuando la rentabilidad política de ocuparlas es inferior a su coste político, pero eso no significa que el peso conjunto de la política disminuya.

    En lugar de repetir tópicos, el señor Morales Méndez podría echar un vistazo a la realidad y comprobar que eso que dice que pasa no pasa, ni ha pasado ni, me temo, pasará.

    Carlos Rodríguez Braun, en LD

  9. #119
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Y el diablo es, una vez más, el liberalismo

    Cada cierto tiempo, el antiliberalismo crea un filósofo de moda, a ser posible rebuscado y exótico con un mensaje apocalíptico desde la tribuna integrada. En este caso es Byung Chul Han, coreano emigrado a Alemania, que, en la senda pobrista, como diría Antonio Escohotado, sentencia en El País:

    Y ahí viene el diablo, que se llama liberalismo o Fondo Monetario Internacional, y da dinero o crédito a cambio de almas humanas.

    Es al menos paradójico que Byung Chul Han sea un surcoreano que vive en una Alemania reunificada. Porque si hay dos países que muestran a las claras las bondades del liberalismo político y económico son Corea del Sur, en comparación con la comunista y totalitaria Corea del Norte, y la Alemania liberal de la RFA, que tuvo que digerir el empacho de la república democrática alemana en su versión marxista-leninista.

    Y no deja de ser relevante que Byung Chul Han hiciese su doctorado con una tesis sobre Martin Heidegger, el maestro del irracionalismo que se alió filosóficamente con Hitler para su proyecto antihumanista y antiilustrado, es decir, antiliberal. En el que se combina el infundado conservadurismo antitecnológico con la moralina de ultraizquierda.

    Contra lo que dice Byung Chul Han, el liberalismo es el único sistema intelectual que ha pensado en profundidad el tema de poder y su corolario, la violencia. A través de mecanismos como la separación de las instituciones que ostentan el poder, el liberalismo se ha encomendado como principal misión la de construir un orden político en el que las relaciones humanas se lleven a cabo con la menor violencia posible, y siempre y cuando sea legítima. De Locke a Rawls pasando por Kant o Nozick, el sistema liberal ha permitido, como sostiene Steven Pinker, a miles de millones de ciudadanos vivir libre y prosperamente en sociedades abiertas, tolerantes y con un futuro de paz.

    El liberalismo ha creado, como vio incluso Marx, un sistema de incentivos que, gracias a la innovación y la creatividad, ha permitido que se sienten las bases de democracias liberales en las que, como ha señalado repetidamente Amartya Sen, nunca se ha dado una hambruna. Por supuesto, hay que pagar un precio: el malestar en la cultura del que hablaba Freud. Pero ello es inherente a la condición humana, y de hecho el capitalismo es el sistema que permite una mayor multiplicidad de campos y actividades de acción para que dicha creatividad se oriente de los modos más diversos. ¿Que ser libres implica estar estresados? ¡Bienvenido sea el agotamiento de la libertad! Lo que les sucede a estos filósofos instalados en la sospecha como método y la beatería como contenido es que se no aplican su propio método. Entonces encontrarían en su interior aquello sobre lo que advirtió Erich Fromm: el miedo a la libertad.

    Durante mucho se pensó que era la religión el tipo de ideología que alienaba a los seres humanos. Posteriormente se denunció a la tecnología como el opio del pueblo. También se ha hablado del fútbol o los medios de comunicación como manera de engañar a las masas. Pero lo que hay que plantearse cada vez más seriamente es si son determinados filósofos los que, llevados por ese "resentimiento contra la vida" que denunció Nietzsche, han sido los grandes alienadores de la sociedad, conduciendo a hombres y mujeres hacia alucinaciones distópicas que, en el mejor de los casos, terminan en sectas ininteligibles e imposturas intelectuales, en el sentido que denunció Alan Sokal. En el peor, a esos genocidios de corte filosófico que ensombrecieron el siglo XX y que nunca debieran volver a aparecer en el XXI.

    cineypolitica.blogspot.com.es

    Santiago Navajas en LD

  10. #120
    Fecha de Ingreso
    14 ene, 07
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    606

    Predeterminado

    Es falso. Si entregas un millón de euros a cada uno de los habitantes de España simplemente los precios subiran 1000 veces mas o menos (considerando que el salario medio es de 1000€) y la vida continuara.
    La desigualdad esta en el origen de la gente, yo no soy capaz de pintar como un Picasso, ni crear la musica como un Mozart, ni cantar como un M.Jackson. Es logico que ellos producen algo que necesitan millones de personas que pagan por su producto y yo solo se hacer lo que pueden hacer milliones de personas mas asi que tengo mucho menos consumidores de mi producto.

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