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  1. #181
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    Predeterminado Multimedia

    Lo mejor es escucharlo:

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    Breve Historia...La verdad del asesinato de Calvo Sotelo

  2. #182
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    Predeterminado la legitimidad que da la cárcel y las armas

    Federico Jiménez Losantos y César Vidal repasan en Breve historia de España... los motivos por los que fracasó el alzamiento militar del 36. En semanas anteriores han analizado cómo se fraguó el golpe y cómo triunfó en los primeros instantes.

    El alzamiento de julio del 36 había triunfado el 17 en Marruecos, el 18 en Canarias y Sevilla ciudad y el 19 hasta media mañana en el ámbito de las divisiones 5º, 6º y 7º; es decir, en Zaragoza, Huesca, Calatayud, Jaca, Soria, Valladolid, Salamanca, Segovia, Zamora, Ávila, Cáceres y Burgos. El golpe "daba la sensación de que iba a triunfar porque donde se había producido así había sido", asegura César Vidal.

    La situación cambia a lo largo del día 19 con lo que ocurre en Madrid y Barcelona. El general Goded estaba en Palma de Mallorca donde decreta en la madrugada del 19 el estado de guerra y acude a Barcelona. "La ciudad era importante porque era sede de la 4ª división", apunta César Vidal.

    El plan para hacer caer la Ciudad Condal y "con ella toda Cataluña era muy sencillo", explica César. "La estrategia era converger con las fuerzas militares en los centros neurálgicos: Consejería de Gobierno, Comisaría de Orden Público y Generalidad". Pero ¿Por qué fracasó el plan? "Porque el coronel Escobar, del que dependen las fuerzas de orden público, decide mantenerse leal al Gobierno del Frente Popular", aclara Vidal.

    A ello hay que sumar "el papel que desempeña el general Goded, que se asusta y decide capitular y rendirse el mismo día 19. "Eso sí, lo hace de una forma muy caballerosa, desligando del juramento de fidelidad a los soldados que se habían unido a él", subraya César.

    En cuanto a Madrid, "el general Mola contaba con que iba a ser un hueso duro de roer porque albergaba la guarnición más importante después de la de África, a lo que hay que sumar las numerosas milicias de los sindicatos y de los partidos del Frente Popular", afirma Vidal. El fracaso en la capital "se debe al general Joaquín Fanjul que se viste de paisano y acude al Cuartel de la Montaña en donde se encierra. Es literalmente imposible controlar una ciudad encerrándose en un cuartel en la montaña", explica César. Federico apunta que Fanjul "hace exactamente lo contrario a lo que hizo Queipo de Llano en Sevilla".

    "Fanjul se rinde el día 20 y lo fusilan junto a más de 150 soldados", asegura César Vidal que relata las consecuencias que tuvo las actuaciones de Fanjul y Goded: "el fracaso del golpe en Madrid hace que tampoco llegue a buen puerto en Guadalajara, Badajoz, Ciudad Real y Toledo, donde queda eso sí el bastión del Alcázar donde se encierran los alzados a la espera de ser rescatados". A ello habría que sumar, según César Vidal, "que Mola no pudiera hacerse con el norte: Santander, Guipúzcoa y Vizcaya". En el caso de Barcelona, "hace que fracase también la sublevación en la división 3ª en Valencia, Murcia y Cuenca".

    Como ya pasara en Sevilla con Queipo de Llano, "Oviedo se convierte en un islote dentro de Asturias al hacerse Aranda con el control de la ciudad. Además el alzamiento triunfó en zonas enteras como en Castilla la Vieja o en Galicia", apunta César que añade que "llegamos así al día 20 de julio en el que quedan definidas las dos Españas".

    Las milicias del Frente Popular

    César Vidal explica que "durante los días 17 y 18 las organizaciones de izquierda ya pedían que se les entreguen las armas, algo que con buen criterio no hace Casares Quiroga porque se da cuenta que la revolución sería entonces imparable". Sin embargo, la tarde del día 18 Quiroga dimite como presidente del Gobierno al que sustituye durante unas horas "el también masón Martínez Barrios".

    El nuevo presidente, apunta Vidal, "llama a Mola para intentar llegar a un acuerdo, pero el general le dice que es demasiado tarde porque ni a usted le respaldarían los suyos ni a mí los míos". Federico subraya el hecho de que "llamara a Mola y no a Franco, muestra de que el director es efectivamente Mola".

    Barrios también dimite y es sustituido por José Giral que "decide entregar las armas a los sindicatos y partidos de izquierda y poner en la calle a los presos comunes simpatizantes del Frente Popular, quedando Madrid así a merced de las milicias de izquierdas y de una serie de delincuentes que deciden que su futuro en los próximos meses va estar en la CNT, UGT, PC, PSOE...", explica César. Delincuentes, apunta Federico, que "van a hacer lo que quieran bajo la capa de las fuerzas del Frente Popular". En Madrid "arde una cincuentena de iglesias y empiezan a fusilar a los sacerdotes", afirma el historiador.

    César Vidal nos lee un fragmento de las memorias del comunista Tagüeña para corroborar los hechos:

    "La situación real que podía observar el que mirase a la calle es que había terminado la II República. Cada grupo con sus objetivos, sus programas y sus fines diferentes, y muy pronto cada uno con sus unidades de milicia, sus policías, sus intendencias y hasta sus finanzas. En cuanto a los republicanos habían sido barridos por los acontecimientos y muy poco iban a significar durante toda la guerra"

    Para Federico, "Tagüeña lo que hace es levantar acta del fallecimiento de un régimen que estaba muerto desde octubre del 34".

  3. #183
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El rescate del arte robado por el Frente Popular

    María Andrés-Urtasun ha publicado en Ediciones Idea un resumen de una investigación mucho más amplia sobre "el arte perdido en la guerra y localizado en el exterior". El resumen se titula El retorno del arte. Recuperación del patrimonio expatriado durante la Guerra Civil, y tiene el mayor interés. Durante una primera etapa de la guerra fueron destruidas por el Frente Popular gran cantidad de obras y edificios artísticos de diverso valor, bibliotecas, etc., y otras muchas fueron saqueadas. La destrucción continuó durante todo el conflicto, aunque atenuada por medidas tomadas por el Gobierno y por diversas juntas, dedicadas a incautar edificios y bienes del patrimonio nacional a fin de preservarlos de una barbarie inducida muy activamente por la propaganda de los partidos izquierdistas. De ello he dejado algún breve, pero creo que expresivo resumen en Los mitos de la guerra civil.

    Naturalmente, el estudio de María Andrés-Urtasun es muchísimo más completo y detallado, y ofrece datos tan valiosos como el contraste entre el interés de muchos miembros de las juntas, centrado en preservar el arte por su valor intrínseco y como tesoro nacional, y el interés del Gobierno, centrado en el valor económico de las obras. La diferencia es esencial, pues sabemos que muy pronto Negrín decidió acopiar todo el material susceptible de venta, con un objetivo que explicó él mismo en su correspondencia con Prieto a raíz de la apropiación por este del tesoro del Vita: se trataba de que los jefes se asegurasen los medios económicos más cuantiosos posibles para el caso de ser derrotados y tener que ir al exilio, como ocurrió. Y también, como ha mostrado el historiador anarquista Francisco Olaya, para redondear el envío del oro del Banco de España a Moscú, que se reveló insuficiente para atender a todas las compras de armas y demás.

    Un aspecto fundamental y todavía no aclarado fue el motivo del traslado de los cuadros del Museo del Prado y otras pinturas y tapices invalorables, pero de venta imposible o muy difícil en el exterior. Traslado que los puso en graves peligros y que no se justificó nunca por el supuesto de "ponerlos a salvo de los bombardeos", pues todos los peligros de bombardeo provinieron justamente de su traslado. Se trataba de una argucia, y los políticos del Frente Popular sabían bien que El Prado era un lugar seguro, al punto de que lo utilizaron a lo largo de la contienda como lugar de almacén y tránsito de otras muchas obras artísticas. La autora da informaciones muy interesantes sobre los detalles de la expropiación (no la llama así, pero de eso se trató), el traslado a Francia y la vuelta a España de aquellas pinturas y tapices, aunque no se extiende sobre su posible objetivo. Por mi parte, he expuesto la hipótesis a mi juicio más probable: estaban destinados a ser entregados a la URSS en compensación por la última y enorme remesa de armas enviada por Stalin después de haberse agotado, al menos oficialmente, el oro del Banco de España. El modo caótico como terminó la campaña de Cataluña impidió que las obras pasasen de Francia, adonde fueron transportadas en condiciones muy precarias.

    El libro no sólo es muy valioso, sino que abre un campo cuyo estudio, como la autora observa, está poco avanzado. Sólo una objeción, no eliminada por las explicaciones que da al final: el arte no fue "expatriado" (mucho menos "salvado" como pretenden con el mayor descaro sus ladrones), sino pura y simplemente robado. Se puede explicar esto de muchas formas, con mayores o menores matices, pero la prudencia de las expresiones de la autora resulta tan excesiva como cuando leemos informaciones sobre iglesias que "sufrieron un incendio en 1936". Indiscutiblemente se trató de un expolio gigantesco, pues, por más que las juntas o muchos de sus miembros trabajasen de forma desinteresada, lo hacían inevitablemente a las órdenes y al servicio de unos jefes políticos que sí tenían intereses muy concretos al respecto. Queda también inexpresado el contraste con la política seguida por los nacionales, de protección del patrimonio artístico. Protección que se extendió luego, como la autora detalla, a su rescate del exterior, que nunca pudo ser total, por no hallarse el rastro de muchas piezas o por haber sido ellas despedazadas o fundidas para su más fácil comercialización.

    El libro, vale la pena repetirlo, avanza en un terreno todavía mal explorado, que seguramente permitirá hacerse una idea más exacta del carácter que tomó la guerra por parte del Frente Popular. Y del carácter de quienes hoy hacen la apología de aquellas izquierdas y separatistas, uno de cuyos efectos actuales es la involución antidemocrática en marcha.

    Por Pío Moa, en LD

  4. #184
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    08 ene, 07
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    Predeterminado A modo de síntesis

    Errores izquierdistas básicos sobre la república

    Gran parte de la actual confusión política proviene de errores, a menudo muy groseros, sobre nuestra historia reciente, errores cultivados sistemáticamente por la izquierda y aceptados pasivamente por una derecha que podríamos llamar gurteliana, por su excesiva fijación con la economía.

    He aquí algunos de esos errores:

    1. La república fue una iniciativa de la izquierda

    La marcha de Primo de Rivera dio lugar a un proceso de transición a un régimen constitucional. Fueron los derechistas Alcalá-Zamora y Miguel Maura quienes lograron reunir a las dispersas fuerzas republicanas en el Pacto de San Sebastián. Y fue sobre todo Maura quien, después de las elecciones municipales del 31, arrastró al resto de los republicanos a ocupar el poder. Maura y Alcalá-Zamora, quizá por su origen monárquico, eran los más conscientes de la quiebra moral de la monarquía. El también derechista general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, fue quien dio el golpe de gracia al régimen, al ponerse a disposición de los republicanos. La república llegó, pues, por iniciativa y dirección derechista, aunque la mayor parte de sus fuerzas tuviera carácter izquierdista.

    2. La república llegó democráticamente

    En el Pacto de San Sebastián los republicanos se propusieron traer el nuevo régimen mediante un golpe militar, que fracasó en diciembre de 1930. Pese a ello, la monarquía les permitió presentarse a las siguientes elecciones, de carácter municipal, con vistas a otras posteriores a Cortes. Las municipales, perdidas abrumadoramente por los republicanos, salvo en las capitales de provincia, fueron transformadas en un verdadero golpe de estado por Maura, en primer lugar, y enseguida por Romanones y Sanjurjo. Pero fue un golpe dado al mismo tiempo por la monarquía contra sí misma. Es más, la parte principal del golpismo correspondió a una monarquía moralmente derrumbada, que entregó mansamente el poder a sus enemigos. Así, la república no llegó democráticamente, pero sí con legitimidad: la que le regalaron (palabra de Maura) los monárquicos.

    3. El PSOE se integró en la república "burguesa"

    Por ser el PSOE el partido más fuerte y mejor organizado, gracias su anterior colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, de su actitud iba a depender el destino de la república. En contraste con su moderación durante la dictadura, el PSOE se radicalizó; entendió la república burguesa como un mero instrumento para imponer cuanto antes su propia dictadura, que llamaba "del proletariado". El modelo era la URSS de Stalin, entonces muy prestigiada en casi toda la izquierda. A ello se opuso Julián Besteiro, quien fue progresivamente marginado dentro del partido. Con dicha idea, el PSOE participó en el poder durante el primer bienio republicano, que fracasó debido a las insurrecciones anarquistas y a la pésima realización de las reformas propuestas. El sector socialista predominante, el de Largo Caballero, interpretó ese fracaso como el agotamiento de las posibilidades de la democracia burguesa, y se planteó ya directamente el asalto revolucionario al poder. Prieto, que pudo equilibrar la tendencia apoyando a Besteiro, siguió a Largo, decidiendo la deriva del partido.

    4. Los republicanos eran todos o casi todos de izquierda

    Los partidos propiamente republicanos burgueses de izquierda, varios y desavenidos, tenían muy poca representatividad electoral. El único partido republicano con masas de seguidores era el Radical, de Lerroux, que adoptó una política moderada y en la práctica derechista. Varios de sus principales políticos serían asesinados por el Frente Popular, y el propio Lerroux y, probablemente, la masa de sus seguidores apoyarían a Franco, al igual que los padres espirituales de la república, Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. Los republicanos de izquierda, Azaña en primer lugar, se hicieron la ilusión de que dirigirían a los socialistas. Pero estos, mucho más poderosos y con designios más claros, les arrastraron a ellos.

    5. La república tuvo carácter izquierdista

    Tuvo ese carácter el primer bienio, pero el segundo, 1934-35, llegado tras las elecciones de 1933, fue de carácter derechista. La propaganda de izquierdas lo ha bautizado como "bienio negro", pero en él empezó a recuperarse la economía y aumentaron los presupuestos de enseñanza, y la derecha (Lerroux-Gil Robles) defendió la legalidad y derrotó la insurrección revolucionaria de izquierdistas y nacionalistas catalanes en octubre de 1934, realizada con propósito textual de comenzar una guerra civil. Esta victoria pudo haber consolidado el régimen, pero no lo hizo debido a persistencia de la izquierda en las actitudes que le habían llevado a la insurrección y a las divisiones e intrigas de la derecha, especialmente de Alcalá-Zamora, principal causante del derrumbe final del régimen. De modo que no es exagerado decir que él trajo la república y él la destruyó.

    6. El Frente Popular ganó democráticamente las elecciones de febrero de 1936

    El Frente Popular unía a los partidos que habían asaltado la legalidad republicana en octubre del 34; y no fueron elecciones democráticas, en primer lugar, por la violencia y el odio extremo que las presidieron, con amenazas de la izquierda de no respetar los resultados si estos le eran adversos. Como reconoce el propio Azaña, las votaciones transcurrieron entre motines, huida de las autoridades y adulteraciones diversas. Finalmente, los resultados nunca se hicieron públicos. Unas elecciones cuyos votos se falsean o no se publican no son democráticas.

    7. El golpe de Mola, en julio de 1936, fue contra un gobierno democrático y legítimo

    Indudablemente, la insurrección de octubre de 1934 se hizo contra un gobierno democrático y legítimo. No se puede decir lo mismo del golpe del 36. A menos que consideremos legítimo un gobierno salido de unas elecciones no democráticas y que a continuación emprendió desde el poder la destrucción sistemática de la legalidad republicana, que ni cumplía ni hacía cumplir, mientras sus aliados socialistas, anarquistas, comunistas y otros iniciaban en las calles y campos un proceso revolucionario plagado de asesinatos e incendios, guerra civil larvada culminada en el asesinato de Calvo Sotelo, una verdadera declaración de guerra en sí mismo.

    8. La guerra civil empezó en julio de 1936

    Entonces, ¿qué supuso la insurrección del 34? Esta fue planificada como guerra civil, consiguió mantener una situación bélica en Asturias durante dos semanas, ocasionó 1.400 muertos y enormes destrucciones. Pudo quedar como un hecho aislado si la izquierda hubiera cambiado básicamente de actitud tras la derrota, pero no fue así. Por ello, la guerra solo se interrumpió pasajeramente para reanudarse en el 36. Muchos creen que, situando el comienzo en 1936 y no en 1934, la izquierda salva su responsabilidad, pero no es así. En el 34 las izquierdas asaltaron la legalidad, y en el 36 la destruyeron desde el poder y desde la calle. Aun si no hubiera existido la insurrección del 34, los desmanes del Frente Popular se habrían bastado para causar la guerra. El respeto a la ley permite que las tensiones y oposiciones propias de toda sociedad compleja se canalicen sin excesiva violencia; por eso, si la legalidad es destruida, o bien la sociedad se degrada en regímenes tiránicos como las llamadas repúblicas bananeras, o bien se impone una revolución totalitaria, o bien se desata, como último recurso, la resistencia de la parte de la sociedad amenazada. En los dos años citados fueron las izquierdas las destructoras de la legalidad. Querían la guerra civil, seguras de que la ganarían, y al final tuvieron más de ella de la que pensaban, como observó Stanley Payne.

    No es difícil ver en estos errores, hoy tan comunes, una clave de las políticas del gobierno actual y de los separatistas. La historia no transcurre en vano, contra lo que piensa el PP. En otro artículo trataré varios errores sobre la república comunes en la derecha.

    Por Pío Moa, en LD

  5. #185
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado Síntesis II

    Errores derechistas sobre la república

    Por Pío Moa

    Detengámonos en tres en este artículo.
    1) La república careció de legitimidad. Es cierto que la segunda república no llegó democráticamente; es más, llegó por un golpe de estado; pero ello no significa que fuera ilegítima.
    El golpe fue doble, y provino de la derecha, la monárquica y la republicana, como he expuesto en Los personajes de la república vistos por ellos mismos. Apenas se fueron conociendo los resultados de los comicios municipales en la noche del 12 al 13 de abril, los jefes republicanos estaban contentos, con esperanzas de que en las elecciones a Cortes también sacaran un buen resultado. Entonces, Maura, principal organizador del Pacto de San Sebastián, se enfrentó a ellos:

    Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando y advirtiéndoles del riesgo que podían correr muchas cosas vitales para todos si no era así, por timidez o vacilación nuestra. Me llamaron iluso y nos despedimos.

    Maura estimaba, correctamente, que los monárquicos, que en su mayoría ya habían desasistido al rey al comenzar la transición post Primo de Rivera, habían perdido el ánimo. Los conocía bien, pues procedía de sus filas. El general Sanjurjo dio a entender que no pensaba utilizar la Guardia Civil contra posibles agitaciones; Romanones desmayó o fingió desmayar: "Todo estaba perdido", asegura con descaro en sus memorias; y Berenguer se apresuró a paralizar de antemano cualquier reacción de la autoridad militar en provincias ante unos alborotos que aún tardarían en producirse. El gobierno, que no los republicanos, fue el primero en dar carácter plebiscitario a unas elecciones municipales que habían ganado los monárquicos, y Aznar, al día siguiente, soltó la frase aquella de que España se había "acostado monárquica y levantado republicana".

    En un gesto de absoluto desprecio a sus propios votantes, los principales líderes monárquicos mostraron la mayor prisa por liquidar el régimen, antes siquiera de que empezaran las manifestaciones. Romanones lo explica muy bien, de modo involuntario. La agitación, sin duda alentada por declaraciones como las de Aznar y por el evidente derrotismo del gobierno, comenzó a media tarde del día 13. En la mañana del día siguiente Sanjurjo se puso a las órdenes de los dirigentes republicanos, pero ni aun así estos se decidían a tomar el poder; hasta que, sobre las seis de la tarde, Maura consiguió arrastrarlos hacia la Puerta del Sol para ocupar el Ministerio de Gobernación: algunos de ellos, como Azaña, estaban llenos de temores muy razonables, por ignorar aún la abyecta quiebra moral de la monarquía.

    Se combinaron así el golpe de estado propiciado por el derechista Maura y el asestado por los propios monárquicos. El de estos fue el realmente decisivo: regalaron el poder a sus enemigos, como estos mismos reconocerían. Con ello la monarquía perdió toda su legitimidad de un modo entre ridículo e ignominioso. Una legitimidad que los republicanos heredaron. Subieron al poder sin oposición alguna.

    2) La república fracasó porque la democracia no puede funcionar, al menos en España

    No existe otra democracia posible que la liberal, porque, fuera de algunos principios elementales como la paz, la libertad política o la unidad nacional, el pueblo, o la gran mayoría de él, carece de una voluntad y un interés comunes. Toda otra opción es dictatorial o totalitaria, aun si se ve apoyada durante un período por una mayoría popular.

    La Constitución republicana era en buena medida no democrática, pero en conjunto respondía al sistema demoliberal, pues admitía su propia corrección, las libertades y la alternancia en el poder; de hecho, hubo libertades y se produjo la alternancia en el poder (si no llegaron a corregirse los puntos constitucionales más escandalosos, fue por enredos entre las propias derechas). No debe olvidarse, además, que la opinión propiamente republicana era en su mayoría moderada: así, la de Lerroux o la de los intelectuales padres espirituales del régimen, o la del partido de Maura. Los problemas vinieron de unas izquierdas y unos nacionalismos utópicos o mesiánicos, que no tenían forzosamente por qué imponerse, como veremos en el tercer error.

    3) La república abrió paso al comunismo

    Desde luego, en esa dirección iba el programa de Azaña, a un tiempo iluso y radical, que se creía capaz de dirigir a su conveniencia a "los gruesos batallones populares". Pero los desórdenes y frustraciones del primer bienio hartaron a la gran mayoría de la población de semejantes aventuras, y fue posible al centro-derecha obtener el poder.

    Como es sabido, la izquierda y los nacionalistas catalanes y vascos no aceptaron la voz de las urnas, y dedicaron sus esfuerzos a desestabilizar no ya al gobierno legítimo, sino al régimen republicano mismo, buscando el PSOE y los nacionalistas catalanes la guerra civil. Tales movimientos terminaron en derrota para quienes los realizaron en octubre del 34, con lo que se abrieron otras perspectivas. Quedó demostrado que la república, apoyándose en su legalidad, que las derechas y Franco defendieron, podía derrotar los planes de guerra civil y comunismo de la izquierda. Y a pesar de que esta persistió en sus posturas y propagandas guerracivilistas, no habría tenido muchas oportunidades si no se las hubiera dado la política nefasta y a duras penas legal de Alcalá-Zamora.

    Este llevo el país a las elecciones no democráticas de febrero de 1936, y, entonces sí, el gobierno del Frente Popular abrió paso al comunismo, que en aquellos momentos consistía en un violento proceso revolucionario obrerista, cuya principal fuerza volvió a ser el PSOE. Sin embargo, este proceso no fue posible a causa de la legalidad republicana, sino precisamente por la destrucción de dicha legalidad desde el gobierno y desde la calle. Tales sucesos no habrían tenido lugar, con bastante probabilidad, si Alcalá-Zamora no hubiera expulsado ilegítimamente del poder a Gil-Robles, y este le vaticinó lúcidamente lo que iba a ocurrir a continuación.

    La continuación de la guerra civil emprendida en 1934 no era en modo alguno obligada, y fue la obcecación de un político, no la dinámica del sistema republicano, lo que arruinó los frutos de la victoria de la legalidad en octubre del 34.

  6. #186
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado Octubre de 1934: el envés de la memoria

    El pasado octubre, en su sección "Efemérides", el Diario de Cádiz recordaba el telegrama que los socialistas gaditanos enviaban en 1935 a Largo Caballero para darle el pésame por la muerte de su esposa y expresarle su solidaridad, pues se encontraba en prisión preventiva a causa, decía el cronista, de "su responsabilidad en los sucesos revolucionarios de Asturias".

    ¿En qué consistieron aquellos sucesos, y qué consecuencias tuvieron? Estamos hablando de la insurrección armada que protagonizó la izquierda española en octubre de 1934 contra la II República. Conocida eufemísticamente como "la revolución de Asturias", o simplemente como "la huelga de Asturias", su carácter de asalto al estado republicano ha sido rebajado o silenciado debido a la influencia de la historiografía progresista, dominante desde finales del franquismo.

    En efecto, durante todos estos años se ha presentado los hechos de octubre del 34 como una especie de rebelión cuasi espontánea de los mineros asturianos, que habrían empujado a los líderes izquierdistas a encabezarla (eso dice, por ejemplo, el historiador Preston); un incidente sonado, si se quiere, pero menor, aislado y sin relación con la guerra civil.

    En realidad, la insurrección tuvo lugar en 26 provincias, aunque los sucesos más graves se produjeran en Asturias, Cataluña, País Vasco y Madrid. El historiador Stanley Payne, apoyándose en los mejores estudios, estima que murieron unos 1.300 rebeldes (1.100 en Asturias, 107 en Cataluña, 80 en Vizcaya y Guipúzcoa, 34 en Madrid, 15 en Santander; el resto, en las demás zonas afectadas). Las muertes entre soldados y policías rondaron las 450. Asimismo, fueron asesinados decenas de curas. Al decir de Payne, fue la mejor armada de las revoluciones izquierdistas registradas en la Europa de entreguerras.

    Hoy en día se conocen muy bien los hechos y sus fatales consecuencias: diversos historiadores de nota, entre los que destaca Pío Moa, han explicado cómo los líderes socialistas (y de la Esquerra) planificaron la sublevación; cómo instruyeron, desde su comité técnico revolucionario, para que tuviese "todos los caracteres de una guerra civil"; cómo organizaron la huelga revolucionaria, acumularon importantes cantidades de armas y prepararon el secuestro o exterminio de enemigos políticos; cómo se infiltraron en el ejército; cómo Companys declaró el estado catalán; cómo Besteiro, el único líder socialista opuesto a la sublevación, fue apartado de la dirección de la UGT (su domicilio fue tiroteado), y cómo los republicanos de izquierdas se echaron pronto atrás, al ver que las cosas no salían. Todos estos hechos, y otros, están hoy debidamente documentados.

    La trascendencia de la sublevación radica en que no fue organizada por grupos periféricos, sino nada menos que por el principal partido de la oposición, el socialista (en compañía de otros), que pretextó argumentos probadamente falsos: por un lado, un supuesto riesgo de fascistización del país debido a la entrada en el gobierno de tres ministros de una CEDA que en 1933 había ganado las elecciones más limpias de la República, pero que sin embargo no quiso entrar en el ejecutivo hasta, precisamente, octubre de 1934, por ver de apaciguar a una izquierda enfurecida. Los propios Araquistain y Largo Caballero negaron en uno u otro momento tal peligro de fascistización. Por el otro, los supuestos abusos que sobre los trabajadores habría perpetrado el "gobierno de la oligarquía", apelativo en clave marxista que el historiador Tuñón de Lara utilizaba para designar al gabinete de centro-derecha que había salido de las urnas. En realidad, 1933 había sido un año más duro que 1934 en cuanto a condiciones de vida, y los mineros no eran precisamente el sector en peor situación...

    No. Como bien apunta Pío Moa una y otra vez, la insurrección socialista buscaba implantar un régimen revolucionario. La documentación en ese sentido es concluyente: basta leer, entre otras, las instrucciones secretas del comité, la prensa y la propaganda del PSOE y los escritos de Besteiro.

    Los propios revolucionarios planearon blanquear los hechos en caso de que la operación se saldara con un fracaso, que fue lo que finalmente sucedió. Así, negaron con descaro su participación en la intentona y recurrieron como explicación de la misma a la reacción espontánea de la clase obrera y al "peligro fascista". Con posterioridad, historiadores afines, de gran influencia académica y mediática, han venido insistiendo en ello.

    Payne señala que nunca hubo arrepentimiento socialista (aún hoy no hay crítica oficial, aunque sí alguna particular, como la de Prieto y, creo recordar, la de Leguina). Al contrario, a lo largo del 35, numerosos libros, reportajes y folletos exaltaron la sublevación. Es más: lo que hicieron las izquierdas fue lanzar una campaña virulenta sobre las "atrocidades" cometidas en el marco de la represión de la intentona; campaña que tuvo el efecto de hacer olvidar la responsabilidad de aquéllas en los hechos y poner de su lado a gran parte de la opinión pública, incluso en el extranjero.

    La campaña de marras olvidaba las salvajadas de los insurrectos, y en muchos casos exageraba o mentía sobre las cometidas por el gobierno. Como dice Payne, la realidad es que no tenemos estadísticas fiables al respecto, pues si bien las izquierdas anunciaron que realizarían una investigación a fondo cuando llegaran al poder, tras la victoria del Frente Popular dieron largas al asunto, a pesar de la insistencia del centro-derecha para que, de una vez por todas, se llevara a cabo.

    La campaña caló a modo en unas bases que en 1936 se comportaron de manera muy distinta a como lo hicieron en 1934, cuando dejaron a sus líderes en la estacada. Nada más producirse la victoria frentepopulista –en un contexto de graves desórdenes públicos, con quemas de conventos y de sedes de partidos como el Republicano Radical–, grupos de incontrolados hicieron incursiones violentas en las cárceles para liberar a los izquierdistas insurrectos, y el 21 de febrero se concedió a toda prisa la amnistía largamente anunciada. Por otro lado, un decreto del 1 de marzo obligaba a los empresarios a contratar de nuevo a los trabajadores que hubieran despedido de 1934 en adelante por razones políticas, así como a pagarles un determinado número de jornales, con independencia de si esos trabajadores habían cometido actos violentos o no, incluso contra sus propios patronos.

    Historiadores tan diversos como Gerald Brenan, Salvador de Madariaga, Gabriel Jackson, Richard Robinson, Carlos M. Rama o Carlos Seco Serrano han descrito la insurrección revolucionaria como el preludio de la guerra civil. Sir Raymond Carr, historiador respetadísimo en todos los ámbitos, dice que la revolución de octubre fue "el origen inmediato" de aquélla. Pío Moa, por su parte, habla de "la primera batalla de la guerra civil".

    Una vez sofocada la insurrección, la CEDA tuvo en sus manos la oportunidad de demostrar el carácter "fascista" que le atribuían sus enemigos y acabar con una oposición levantada en armas y, de paso, con la República. Pero, lejos de eso, se mostró, como durante todo el periodo republicano, estrictamente respetuosa con la legalidad.

    El pasado octubre se cumplían 76 años de aquellos trágicos sucesos, que tanto tuvieron que ver con la guerra. El conocimiento de los hechos, de todos los hechos, así lo atestigua. Es necesario ser consciente de ello, no sólo en honor a la verdad histórica, sino para que todos por igual evoquemos aquel "Paz, piedad y perdón" de Azaña.


    Por Rafael Zaragoza Pelayo, miembro del grupo Historia Actual de la Universidad de Cádiz. En LD

  7. #187
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado El Frente Popular contra la República

    El Frente Popular no era, desde luego, monárquico, pero el hecho de que se camuflase como republicano durante la guerra –para sugerir que mantenía la legitimidad de la república del 14 de abril– ha causado enorme confusión entre la práctica totalidad de los historiadores. Así, sigue siendo muy común denominar "republicano" al bando finalmente derrotado, atribuyéndole una esencial continuidad de 1931 a 1939.

    Stanley Payne, con más agudeza, lo ha llamado "Tercera República". En rigor, el Frente Popular fue no solo diferente, sino literalmente opuesto a la II República. Esta república duró apenas cinco años, en los que sufrió dos grandes bandazos que terminaron haciéndola naufragar. En su primer bandazo, un bienio largo de poder republicano-socialista, el impulso democrático original del régimen se vio alterado en una Constitución que convertía en ciudadanos de segunda a los eclesiásticos y en medida menor a los católicos en general. Aun así, podía considerársele un sistema democrático, en la medida en que invocaba las libertades y permitía la alternancia en el poder y la corrección de las leyes más dañinas.

    El balance de ese bienio fue muy negativo: parálisis económica, hambre extendida, represiones, anulación de gran parte de las libertades por la Ley de Defensa de la República, sangrientos levantamientos anarquistas, el pequeño golpe de Sanjurjo, etc. Con esta experiencia, a finales de 1933 el pueblo votó mayoritariamente a la derecha. Se abrió así un nuevo bienio, llamado "negro" por las izquierdas, pese a que en él se reactivó la economía, empezó a descender el hambre y mejoraron algo las libertades. Pero el nuevo ciclo se convirtió en otro fuerte bandazo porque la izquierda no aceptó la voz de las urnas y adoptó posturas desestabilizadoras o se dispuso lisa y llanamente a asaltar la República (el PSOE) para implantar su dictadura de partido, llamada "del proletariado", mientras en Cataluña la Esquerra preparaba algo muy parecido a la secesión. Estos movimientos socialistas y separatistas eran concebidos textualmente como guerras civiles.

    Las izquierdas fracasaron entonces, pero no aprendieron nada sustancial de la experiencia. Parte de ellas siguieron empeñadas en preparar un nuevo y definitivo asalto, otras pensaron en una coalición electoral, que recibiría más tarde el nombre comunista de Frente Popular. Su programa, elaborado por los republicanos de izquierda, suele presentarse como moderado, pero solo lo era por comparación con la línea crudamente insurreccional de los anarquistas y los socialistas de Largo Caballero. En realidad, trataba de impedir que la derecha volviera a gobernar, es decir, impedir la alternancia, como expuso el propio Azaña, e imponer una dictadura tipo PRI mejicano, régimen admirado por las izquierdas burguesas, con una oposición de adorno, reducida a la impotencia. Pensaban conseguirlo desde el poder mediante lo que llamaban republicanización de las instituciones, es decir, depurando las mismas, cambiando las leyes y sometiendo los jueces a un control estricto.

    Esta coalición se hizo con el poder en las elecciones del Frente Popular en febrero de 1936, plagadas de violencias, amenazas e irregularidades, y cuyas cifras de votos nunca se publicaron. Siguió una serie de ilegalidades, como la arbitraria revisión de actas para quitar a la derecha numerosos escaños, la destitución del presidente Alcalá-Zamora y otras por el estilo, acompañadas de amenazas de muerte en las propias Cortes. Mientras, la parte más radical del Frente practicaba una verdadera orgía de asesinatos, incendios, vandalismos, invasiones de fincas, etc. Doble movimiento, pues, de destrucción de la legalidad republicana desde el gobierno y de avances revolucionarios desde la calle.

    La realidad de esta doble vertiente del Frente Popular está hoy perfecta y minuciosamente documentada. Sus componentes creyeron ganada la partida, incluso cuando algunos militares y gran parte de la población terminaron por sublevarse. Entonces vieron llegada la ocasión de aniquilar absolutamente a las derechas, a la Iglesia y otras muchas cosas. Pero, contra lo que esperaban, fueron perdiendo la guerra. Y se stalinizaron más y más (el PCE, minoritario en 1936, se hizo enseguida el más fuerte, nutrido, disciplinado y hegemónico en el ejército). Aun así, los odios entre las izquierdas eran tan fuertes que, de haber vencido el Frente Popular, muy probablemente habría seguido otra guerra civil entre ellas. De hecho, tuvieron dos miniguerras civiles dentro de la general. Aquel régimen destruyó la II República y, al ser derrotado, no pudo estabilizarse. Por eso prefiero llamarlo simplemente "Frente Popular", expresión de raigambre stalinista, en lugar de "Tercera República".

    Decía Paul Johnson que nuestra guerra civil es uno de los acontecimientos del siglo XX sobre los que se han contado más mentiras. El aserto puede extenderse a la República y el franquismo. Y a la misma Transición, como vengo a recordar en un libro reciente. Pero no hay solo las mentiras abiertas productos de la propaganda. Cuenta también la desatención, la escasa penetración crítica de tantos historiadores, también de derechas, que aceptan sin reflexión los conceptos elaborados por la propaganda. La guerra civil no se dio entre franquistas y republicanos, sino entre el bando nacional y el del Frente Popular. Y ocurrió justamente porque el Frente Popular destruyó la II República.

    Pío Moa, en LD

  8. #188
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    Predeterminado ¿Pero como se puede dudar?

    Decir que no fue legítima es decir que lo legítimo era lo anterior:

    Una monarquía sin más legitimidad que la herencia de la gracia de dios, un rey con las manos manchadas por la sangre y la corrupción de las guerra de Marruecos, que se saltó su constitución sin separación de poderes para poner a un dictador.

    Un régimen que da el sufragio universal, la separación de poderes, la separación de la iglesia católica del estado; que inicia una distribución menos injusta de la riqueza; siempre es más legítimo que otro que niega todo esto.

    Y el decir que el golpe y la guerra de exterminio no fue contra una democracia, además de antihistórico, no justifica nada, menos vista la democracia orgánica implantada sobre la paz de los cementerios.

  9. #189
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    Predeterminado

    Cita Iniciado por treintaycuatro Ver Mensaje
    Decir que no fue legítima es decir que lo legítimo era lo anterior:

    Una monarquía sin más legitimidad que la herencia de la gracia de dios, un rey con las manos manchadas por la sangre y la corrupción de las guerra de Marruecos, que se saltó su constitución sin separación de poderes para poner a un dictador.

    Un régimen que da el sufragio universal, la separación de poderes, la separación de la iglesia católica del estado; que inicia una distribución menos injusta de la riqueza; siempre es más legítimo que otro que niega todo esto.

    Y el decir que el golpe y la guerra de exterminio no fue contra una democracia, además de antihistórico, no justifica nada, menos vista la democracia orgánica implantada sobre la paz de los cementerios.
    La monarquía alfonsina era legítima en la medida en que era constitucional mediante una Carta Magna votada en unas Cortes elegidas por voto popular. Si el Rey actuaba de la forma que lo hacía era por una de estas dos razones: porque se lo permitía la Constitución o porque se lo permitían los poderes constitucionales establecidos aun no estando facultado para ello.

    Pero yendo al fondo del asunto: que una cosa no pase la prueba del algodón democrático no hace más legítimo a quien le precedió. Son asuntos independientes.

    De lo que no cabe duda es que el alzamiento militar lo fue contra una situación real de revolución social, terror y desorden. Y para nada fue una guerra de exterminio porque después del primero de abril de 1939 las muertes violentas fueron pocas en comparación con las producidas durante la guerra y casi siempre mediante procesos judiciales que no permitían la acusación sin pruebas de cargo específicas sobre hechos concretos claramente criminales.

  10. #190
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    Predeterminado

    Lo tuyo es grave, conozco un cirujano que te arraclaria lo de la boca
    El Capullo Vengador vuelve a cabalgar en sus nuevas aventuras.

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