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  1. #201
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    Predeterminado Los radicales en la II República

    Eugenio d'Ors relató admirablemente el ambiente de esperanza con que advino la II República; ambiente que contrastaba con el profundo hastío y la total indiferencia que acompañaron al derrumbe de la Monarquía.

    Quienes ocuparon el poder que abandonó Alfonso XIII habían planeado, pocos meses antes (diciembre de 1930), tomarlo por medio de un golpe de estado. Esto es importante, porque da una medida del aprecio que sentían aquellas fuerzas por el sistema democrático.

    Son muchos los que dicen que la II República fue una conquista de los españoles, largamente deseada por amplios sectores de nuestra sociedad. Pero esta idea choca con la realidad histórica de que prácticamente todos, especialmente quienes más debieran identificarse con él, se alzaron contra el nuevo régimen antes o después. No hace falta descender a los detalles, basta recordar unos cuantos hechos muy conocidos:

    – Los anarquistas convocaron una huelga en julio de 1931, y sendas huelgas generales con pretensiones revolucionarias en enero de 1932, enero de 1933 y diciembre de este mismo año.

    – El 10 de agosto de 1932, el general Sanjurjo protagonizará el último de los pronunciamientos de nuestra historia. Resultó un sonado fracaso. Su objetivo no era acabar con la II República, pero sí torcer la dirección política del país.

    – En noviembre de 1933, los socialistas y los republicanos de izquierdas exigieron al presidente de la República que anulara las recientes elecciones. Niceto Alcalá-Zamora se negó hasta en cuatro ocasiones. Los conspiradores pretendían cambiar las normas para asegurarse de que jamás volvieran el centro y la derecha a vencer en las urnas.

    – La llamada revolución de Asturias fue una revuelta largamente planeada que tenía por fin desalojar al centro y a la derecha del poder, subvertir el régimen e instaurar otro en el que ni el uno ni la otra volvieran a ser preponderantes. (Por cierto: la CEDA tuvo una oportunidad de oro para dar la razón a los socialistas, que falsariamente denunciaban como fascista a la formación de Gil Robles. Sin embargo, no aprovechó la revolución de 1934 para liderar otra de signo contrario e instaurar un régimen autoritario: respetó la legalidad y, a pesar de caer en algunos excesos, si de algo se le puede acusar es de no haberla defendido con más denuedo).

    – El propio Alcalá-Zamora convocó elecciones anticipadas durante el período radical-cedista sin más razones que la de finiquitar un gobierno que él consideraba demasiado derechista y articular un partido de centro en torno a su hombre, Portela Valladares.

    – Azaña, no contento con haber pedido a Alcalá-Zamora que no reconociese las elecciones de 1933, manipuló las de 1936 arrebatando inicuamente 32 escaños a la derecha y al centro.

    Hubo un partido que sí creyó firmemente en la II República, en la posibilidad de que fuera un régimen democrático. Pero, lejos de ser elogiado por quienes más se identifican con aquel período histórico, recibe de ellos las más amargas críticas. Se trata, claro es, del Partido Republicano Radical.

    El PRR, "centrista y de nombre equívoco" (Stanley Payne dixit), fue la única formación de masas netamente republicana. Como tal, estaba llamada a ejercer un papel central, en cualquier sentido de la palabra, en el nuevo régimen. Sus miembros creían en la democracia como método, sin oportunismos, lo que les distinguía de la vasta mayoría de los alineados a izquierda y derecha.

    La primera crítica que se dirige a los radicales tiene que ver con la moral, a raíz de la implicación de algunos de ellos en asuntos turbios, como el del célebre estraperlo. Pero el caso es que tal episodio era menor, y mera anécdota si lo comparamos con lo que nos trae ahora todos los días la prensa. Sea como fuere, y por más condenables que fueran esas corruptelas, no se podían comparar con los crímenes que sus enemigos perpetraron durante la República y en la Guerra Civil.

    La segunda crítica, proferida desde la izquierda, denuncia que sostuvieron un gobierno participado por la derecha. Juicio que se vuelve contra quienes lo profieren, pues deja en evidencia, hoy como entonces, su poco aprecio por la democracia auténtica. También trasluce su idea ideológica de la República: la querían/la quieren para mandar, no para arbitrar la convivencia bajo el principio de libre elección de los gobernantes.

    La importancia de Alejandro Lerroux y los suyos queda demostrada con el hecho de que, en cuanto se descalabraron en las urnas, en febrero del 36, la política se radicalizó, dando paso, en sólo cuatro meses, a la sangrienta Guerra Civil.

    Los radicales siguen teniendo mala prensa, sí. Lo cual no deja de ser interesante a la hora de calibrar el respeto que siente tanto pretendido estilita de las libertades por la democracia.

    Por José Carlos Rodríguez, en LD

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  2. #202
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    Predeterminado La arrogante ignorancia de Malefakis

    Algunos autores españoles, anglosajones y franceses han hecho su carrera atacando al franquismo y defendiendo la república –a la que no han logrado distinguir del Frente Popular–, y difícilmente darán marcha atrás, por muchos datos y argumentos que se les opongan. Se comprende: va en ello su prestigio, su propia carrera. Así el señor Malefakis, que, muy optimista, da por superado el "revisionismo" que me achaca. En su defensa de la república admite que aquel régimen "en ocasiones se comportó de forma antidemocrática". El aserto es ridículo. No fue ni pudo ser "la república" la que se comportó de forma antidemocrática, sino algunos de sus componentes, en concreto los partidos de izquierda, en especial el PSOE, que respondieron a la derrota electoral del 33 con golpismo y guerracivilismo (nimiedades, para Malefakis). Y menciona algo que yo he demostrado, pero lo interpreta mal: "La revolución de octubre de 1934, en especial, fue catastrófica porque dañó gravemente las credenciales democráticas del régimen y sentó un precedente que los conspiradores militares de 1936 utilizaron para justificar su propia insurrección". Falsedad flagrante: las –poco firmes– credenciales democráticas del régimen fueron atacadas por la izquierda y defendidas por la derecha que, empezando por Franco, mantuvo la legalidad republicana frente a aquel brutal ataque izquierdista. Y no fue utilizada por la derecha para justificar la rebelión del 36: esto fue una idea de Madariaga, no muy afortunada, como he explicado alguna vez. Malefakis da al asunto el toque neostalinista al justificar así la insurrección socialista-nacionalista catalana: "En 1934, parecía que estaban ganando las fuerzas fascistas, que acababan de destruir la democracia alemana y la austriaca por medios pacíficos y legales". Nueva falsedad, porque él no ignora que Araquistáin y Largo Caballero sabían perfectamente que no había peligro de fascismo en España. Y que así lo decían de cara al exterior, mientras que en el interior excitaban a las masas hablando de una amenaza inexistente. Porque estaban decididos desde muchos meses antes a destruir la república e implantar un régimen al estilo staliniano, y les venía bien el argumento.

    Resume Malefakis:

    La República censuró la prensa opositora varias veces, pero también construyó la primera democracia auténtica de España. Primero, con la celebración de elecciones honradas, libres de las prácticas caciquistas que las habían corrompido bajo la monarquía. Segundo, ampliando enormemente el electorado, al hacer de España el primer país de mayoría católica que permitió el sufragio femenino. Tercero, la República acercó el Gobierno al pueblo al darles más dimensión a los Gobiernos regionales. Cuarto, todas las leyes importantes fueron aprobadas por el Parlamento, no impuestas por decretos. Quinto, la República debilitó las fuerzas extraparlamentarias -los círculos cortesanos y el Ejército- que en el pasado habían anulado a menudo las iniciativas democráticas. Desde esta perspectiva (...) la República fue un régimen excepcionalmente democrático.

    Seis frases, seis falsedades. La Ley de Defensa de la República hizo que esta viviera bajo un estado de anormalidad y censura casi permanentes. Las elecciones no estuvieron libres de prácticas caciquiles y solo pueden considerarse impecables las de noviembre de 1933, ante las que las izquierdas reaccionaron con proclamas de guerra civil; las del 36 fueron anómalas, violentas y sin publicación de las votaciones. España no fue el primer país de mayoría católica que permitió el sufragio femenino: Francia, también mayoritariamente católica, tardó más; por cierto que los más renuentes a él en España fueron feministas e izquierdistas. Más que acercar el Gobierno al pueblo, la república creó problemas antes inexistentes y dio alas a una demagogia exaltada. Las leyes importantes fueron rechazadas y hundidas por la izquierda. Los que él llama círculos cortesanos y el Ejército fueron precisamente los que trajeron el liberalismo a España.

    Para entender lo que fue la república es indispensable recurrir a los diarios de Azaña y a las memorias de sus líderes, que demuelen del modo más completo las falacias de Malefakis. Me permito recomendarle mi estudio Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Creo que le ayudará a salir de sus embrollos.

    Lo más sorprendente es la osadía con que Malefakis exhibe su llamémosla ignorancia: sabe que El País, donde escribe, sigue el ejemplo de la izquierda republicana: censura cualquier réplica. En definitiva, la república fue un régimen viable que llegó sin oposición y fue sistemáticamente destruido por las violencias y demagogias izquierdistas. El Frente Popular, precisamente, le dio la puntilla, pero Malefakis y tutti quanti insisten en presentar sus fechorías, oleada de crímenes, incendios y destrucción de la justicia como "cosas de la democracia".

    En cuanto a la Transición posfranquista, no tuvo nada que ver con la república y provino, aunque le cueste creerlo a Malefakis, de la legitimidad franquista, de ningún modo del rupturismo que quería enlazar con "la república", como llaman al Frente Popular que la destruyó.


    Pío Moa, en LD

  3. #203
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    Predeterminado Azaña La hiprocresía

    En un programa de Carlos Cuesta de VEO7, Roberto Santamaría citó esta frase de Azaña: "Aunque hubiesen sido ciertos todos los males que se cargaban a la República no hacía falta la guerra. Era inútil para remediar aquellos males. Los agravaba todos, añadiéndoles los que resultan de tanto destrozo". La falta de tiempo me impidió aclarar un poco la desvergüenza azañista, y voy a hacerlo aquí.

    Los escritos de Azaña sobre la república y la guerra son a la vez un ejercicio de lucidez sobre el personal republicano, y de ceguera autojustificativa sobre sí mismo, en la que escala cumbres de hipocresía y demagogia.

    Azaña empezó su carrera republicana preparando, en el Pacto de San Sebastián, un golpe militar para liquidar la monarquía. Poco antes se había mofado en el Ateneo de la posibilidad de graves violencias: "Si agitan el fantasma del caos social, me río", "No seré yo quien siembre desde esta tribuna la moderación". Intentó, pues, el golpe militar y la violencia social para lograr sus fines, consistentes en una peligrosa y demagógica "vasta empresa de demoliciones". Demoler, concretamente, las tradiciones españolas y católicas. Casi nada.

    Ya en la república, al perder las elecciones promovió dos golpes de estado, el primero una intriga por arriba, el segundo un ataque desde abajo apoyándose en los socialistas y los nacionalistas catalanes, como he documentado en Los orígenes de la guerra civil. Pese a sus falsas excusas, estuvo complicado en la insurrección de octubre del 34, planteada textualmente como guerra, y posteriormente la justificó: cualquier medio le parecía bien para derrocar a las derechas votadas democráticamente, como antes a la monarquía.

    Azaña realiza un ejercicio de ilusionismo al equiparar la república, que él quiso asaltar en tres ocasiones, con el Frente Popular, obra de él en gran parte y que acabó de destruir la legalidad republicana. Destrucción en la que él participó de modo activo, con manejos ilegales como la revisión de actas, la destitución de Alcalá-Zamora (pese a que esta tuvo mucho de justicia poética) o la liquidación de la independencia judicial; y pasiva por su consentimiento, colaboración de hecho, al sangriento proceso revolucionario en marcha. Estos son hechos indiscutibles y el propio Azaña los deja traslucir bastante bien en sus escritos.

    Bajo su brillantez literaria, el pensamiento político azañista es primario y retórico. Por eso identifica al Frente Popular con la república, y habla de esta como de una exclusiva propiedad de la izquierda. Tampoco entiende que en una sociedad compleja la ley y la limitación del poder son claves para mantener la paz social. Él fue uno de los principales responsables de la rotura de todos los frenos y de que "nada nos fuese común a los españoles"... para después, cuando le iba mal la contienda, quejarse de que esta "agravaba los males". La guerra no agravó ningún mal: permitió cortar el proceso revolucionario y mantener la unidad nacional, aunque el coste fuera alto por la resistencia de quienes habían provocado el conflicto. Bajo frases tan hipócritas solo hay una idea: la violencia es mala si perjudica a la izquierda, recomendable en caso contrario.

    La misma doblez resalta en su llamamiento a la "paz, piedad, perdón"... cuando su derrota era segura. No se le había ocurrido cuando las izquierdas parecían ganar y masacraban con saña a los "fascistas" o llevaban a cabo aquella "empresa de demoliciones" mediante un verdadero genocidio. Los hagiógrafos de Azaña revelan ignorancia o comparten su hipocresía.


    Pío Moa, en LD

  4. #204
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    Predeterminado El pucherazo del Frente Popular en 1936

    La edición de las verdaderas memorias de Niceto Alcalá Zamora, robadas en 1937 por el Gobierno del Frente Popular de la caja de seguridad de un banco madrileño, en la que su dueño las había guardado, permiten reconstruir las elecciones de 1936. La izquierda se hizo con la mayoría absoluta en las Cortes primero a tiros y palos, y después en la comisión de actas.

    En realidad no hubo un solo pucherazo, sino dos, más un golpe de estado parlamentario; y mientras tanto, en las calles las bandas de matones de la izquierda se dedicaban a los actos revolucionarios del saqueo, el incendio y el crimen político. Los pucherazos se produjeron en las parlamentarias de febrero –celebradas en dos vueltas– y en la revisión de los resultados en la comisión de actas de las Cortes, en marzo; el golpe parlamentario fue la destitución inconstitucional de Alcalá Zamora, en abril.

    De las dos elecciones más importantes de los años 30, las municipales de 1931 y las parlamentarias de 1936, no tenemos los datos oficiales, porque los Gobiernos, ambos de centro-izquierda, no los dieron, lo que hace sospechar de su legitimidad. Los resultados se reconstruyeron en las décadas posteriores. En el caso de las elecciones del 12 de abril de 1931 se dan las cifras de 22.000 concejales monárquicos y 5.700 de las listas de la conjunción republicano-socialista, aparte de los correspondientes al PNV, la Liga Regionalista catalana y la Esquerra Republicana de Cataluña. La caída de la Monarquía se debió no a las urnas, sino a la desmoralización del rey y sus cortesanos y a las maniobras golpistas de los socialistas y los republicanos burgueses.

    Las Cortes más democráticas, disueltas antes de plazo
    Las elecciones de 1936 se celebraron después de que el presidente de la República, el exministro de Alfonso XIII (de Fomento y Guerra) Niceto Alcalá Zamora, dictase la disolución de las Cortes elegidas en noviembre de 1933, en las que la CEDA, la coalición de derechas, obtuvo 115 diputados, mientras que el PSOE consiguió sólo 59. Las izquierdas y Manuel Azaña trataron de que Alcalá Zamora impidiese la apertura de esas Cortes, a las que consideraban ilegítimas, pero éste se negó. Sin embargo, sí obstaculizó el funcionamiento de las Cortes, hasta el punto de que el 7 de enero de 1936 recurrió a su facultad constitucional de disolverlas (lo podía hacer dos veces durante su mandato de seis años).

    Las primeras Cortes ordinarias de la República, elegidas en lo que el historiador Stanley Payne considera las elecciones más libres y transparentes registradas en España hasta entonces (las primeras en las que participaron las mujeres, por cierto), duraron sólo dos de los cuatro años previstos.

    La reciente publicación de la primera parte de las memorias inéditas de Alcalá Zamora, recuperadas en 2008 gracias a la intervención de los historiadores César Vidal y Jorge Fernández-Coppel, aporta más datos sobre el pucherazo de la izquierda, sobre todo del PSOE, en las elecciones de febrero.

    Los burgueses quieren favorecer a la izquierda
    Tanto Alcalá Zamora como el presidente de Gobierno que él había nombrado, el masón y sexagenario Manuel Portela (que también había sido ministro de la Monarquía, en 1923, y que en la guerra se ofrecerá a los nacionales y a los rojos como personalidad de prestigio), estaban convencidos de la victoria de la coalición de derechas, el Frente Nacional Contrarrevolucionario; hasta el punto de que el primero aconsejó al segundo echar una mano a las candidaturas de izquierdas. Así lo explica en esta frase (gramaticalmente incorrecta, por cierto):

    Con motivo de ser hoy la proclamación de candidatos, se confirma y acentúa cuán lejos de vocingleras e impacientes ilusiones están las posibilidades de la izquierda, a pesar de que Portela promete, y yo se lo aconsejo reiteradamente, procure no quitarles un acta y aun favorecerles lícitamente en cuanto pueda.

    La misma tarde del día de las votaciones, los militantes de izquierdas salieron armados en cuadrillas y causaron tal terror, que numerosos alcaldes y concejales huyeron y varios gobernadores civiles dimitieron. Los izquierdistas aprovecharon el vacío de poder para manipular la documentación electoral y preñar las urnas. Fue el caso de Cáceres, donde ganó la CEDA, pero la izquierda convirtió en vencedora a la candidatura del Frente Popular, encabezada por José Giral.

    Los primeros resultados que se conocieron fueron los de las ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao y Sevilla, donde el Frente Popular quedó primero; eso, más los tumultos perfectamente preparados (Alcalá Zamora reconoce que el PSOE había elaborado listas negras), amedrentó a las derechas y a las autoridades. El mismo Alcalá Zamora, que se negó a declarar el estado de guerra para no provocar a la izquierda ni justificar "un golpe de estado reaccionario", su gran miedo, cuenta que su mujer se trasladó al Palacio de Oriente para evitar cualquier ataque.

    El cobarde Portela dimitió y el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó la presidencia del Gobierno a Manuel Azaña, sin que siquiera se hubieran comunicado los resultados oficiales de la primera vuelta. Desde el Gobierno, el Frente Popular dirigió la segunda vuelta.

    Pedro Fernández Barbadillo, en LD

  5. #205
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Los documentos de las memorias robadas

    La Secretaría General de la Presidencia de la República elaboró para el presidente un promedio de los votos obtenidos por las candidaturas el día 16, que es una de las novedades de este libro:

    – Izquierda: 4.358.903.

    – Centro y PNV: 556.010.

    – Derecha: 4.155.126.

    Entre los dos bloques había una diferencia en sufragios de 203.000. A la vista de las violencias ejecutadas por las bandas de pistoleros de las izquierdas cabe preguntarse si el Frente Popular no habría quedado por debajo del Frente Nacional de haber sido completamente libres las elecciones.

    Otra de las novedades son las previsiones del reparto de actas entregado a Alcalá-Zamora en las horas posteriores a las elecciones por el Gobierno de Portela y que muestran una mayoría para las derechas:

    – CEDA: 134, más incluso que los 115 obtenidos en 1933.

    – Ministeriales (el centro montado por Alcalá-Zamora y Portela): 115.

    PSOE: 55, cuatro menos que en la legislatura anterior.

    – Izquierda Republicana: 56.

    – Renovación Española: 23, en auge.

    – Liga: 20.

    Comunistas: 2.

    – Falange: 1.

    – PNV: 7.

    Por muy desigual que fuera la ley electoral elaborada por las Cortes de Azaña y el PSOE, la diferencia de votos auténtica no habría dado una distancia tan grande en diputados entre ambos bloques como la que quedó tras la segunda vuelta.

    El 24 de febrero Manuel Becerra, que fue ministro de Justicia en el último Gobierno de Portela, le dijo a Alcalá-Zamora que al menos cincuenta actas cambiaron de la derecha a la izquierda durante el primer pucherazo.

    Pedro Fernández Barbadillo, en LD

  6. #206
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    Predeterminado De botarates y revolucionarios: 14 de abril y 1 de abril

    He analizado la República en varios libros, especialmente en Los personajes de la república vistos por ellos mismos, en que he utilizado el método del contraste y cruzamiento entre las memorias de los diversos líderes. Si hubiéramos de resumir mucho y con lenguaje convencional, diría que la república combinó dos botaratadas con dos impulsos revolucionarios en gran medida criminales. La primera botaratada procedió del tandem derechista Alcalá-Zamora-Miguel Maura, que organizó el Pacto de San Sebastián para juntar y dar fuerza a los republicanos dispersos, impulsándolos luego a tomar el poder aprovechando la quiebra moral de la monarquía tras unas elecciones municipales; y de Azaña, que aspiraba a un “programa de demoliciones” históricas y sociales, mediante una “inteligencia republicana” -- existente solo en su imaginación-- dirigiendo al “hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”, es decir, a los sindicatos revolucionarios, que no estaban dispuestos a dejarse dirigir por ninguna inteligencia republicana.

    Los impulsos revolucionarios procedieron de un PSOE que se había mostrado muy razonable y colaborador con la dictadura de Primo de Rivera, y de la CNT-FAI, que bajo la misma dictadura había abandonado su terrorismo para limitarse a una propaganda tolerada por el régimen. De pronto, al llegar la república se propusieron, la CNT, sabotearla y destruirla mediante la “gimnasia revolucionaria” y similares; y el PSOE colaborar a medias con los republicanos hasta lograr la fuerza necesaria para imponer un régimen de tipo soviético.

    Solo una derecha fuerte podría haber hecho frente a tal conjunción de botaratadas y revolucionarismos, y en cierto modo esa derecha, desorganizada y dispersa al principio, consiguió en solo dos años vencer en las urnas a las izquierdas, y un año después, en octubre del 34, derrotar la guerra civil planteada por los revolucionarios y los botarates azañistas y separatistas. Pero su falta de energía y sus peleas internas, en particular el auténtico sabotaje del también derechista Alcalá-Zamora, impidieron sacar fruto de aquellas victorias, que podrían haber estabilizado la república y corregido muchos de sus defectos de origen. El resultado fue el Frente Popular, alianza de izquierdas de fondo antidemocrático y antirrepublicano, que hundió el sistema tras las fraudulentas elecciones de febrero del 36 e hizo inevitable la reanudación de la guerra civil, al rebelarse la mitad de la población contra su sangrienta tiranía.

    La segunda fecha, el 1 de abril, recuerda la victoria de quienes querían conservar la unidad nacional y la cultura cristiana frente a quienes buscaban destruir ambas. Es una fecha fundacional que debiera ser conmemorada con toda solemnidad, porque de ella nace la paz más larga de los últimos dos siglos en España y, tras cuarenta años de recuperación económica, política y social, una democracia que vuelven a amenazar gravemente unas fuerzas que se identifican con los felizmente derrotados el 1 de abril de 1939. Y se identifican con aquella catástrofe, nuevamente, por una mezcla de botaratería y revolucionarismo alimentados de ignorancia o tergiversación deliberada de los hechos.

    Un ensayo sobre "Botarates y revolucionarios" podría ayudar a entender mucho de la historia de España en el siglo XX y lo que va de este.

    Pío Moa, en La Gaceta.es

  7. #207
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Formación académica II

    Sobre mis aportaciones a la historiografía, consisten básicamente en la refutación de prácticamente todas las tesis empleadas por la izquierda y el separatismo: a) la versión de la guerra como enfrentamiento “de clase” entre la “oligarquía financiera y terrateniente” por un lado, y “la clase obrera” o “el pueblo” por la otra (nadie hizo más daño al pueblo y a los obreros que sus pretendidos representantes). b) La versión de una lucha entre demócratas y fascistas (no había un solo partido democrático en el Frente Popular). c) La denominación de uno de los bandos como “republicano” (se trataba del Frente Popular, que, precisamente, hizo añicos la propia legalidad republicana impuesta por las izquierdas en 1931). d) La tesis de que la guerra empezó con el alzamiento de Mola y demás (el PSOE, la Esquerra y otros partidos de izquierda quisieron, planearon y llevaron a cabo, textualmente, una guerra civil que fracasó en octubre del 34. Cambiaron de táctica, pero no de ideas, y en las fraudulentas elecciones de febrero del 36 impusieron un régimen en realidad revolucionario que destruyó la república. Los nacionales se rebelaron contra los mismos de octubre del 34 (más algunos otros) cuando estos habían destruido la legalidad). Por lo tanto, en julio del 36 no empieza propiamente la guerra, sino que se reanuda. e) Contra las versiones habituales, el alzamiento del 36 estuvo justificado, salvó a España de una revolución brutal que habría complicado la situación en Europa mucho más de lo que ya estaba, y de él salió el período de paz y prosperidad mayor que haya disfrutado España en dos siglos.

    Estas son mis contribuciones básicas, aparte de muchas otras de detalle. No es cierto que me haya apoyado en Ricardo de la Cierva, a quien aprecio mucho (http://www.libertaddigital.com/opini...adicado-12021/) y aunque en el relato de la mayoría de los hechos coincidimos, como es natural por lo demás, ya que son datos que los historiadores de izquierda pretenden omitir o quitarles importancia, mi enfoque difiere del suyo. Yo no enfoco la guerra como un fracaso de la república, sino de la democracia. Esta fue destruida previamente por las izquierdas, por lo que no desempeñó ningún papel en la guerra. Franco, que en 1930 pensaba que que lo mejor para España sería una democratización ordenada, había llegado a la conclusión de que esta era imposible. Y realmente una democracia se vuelve imposible cuando sus partidos más poderosos piensan en revoluciones y golpes de estado y los organizan.


    Pío Moa, en La Gaceta.es (blog)
    Por no extenderme, sobre la posguerra creo que mi libro Años de hierro es mucho más ajustado a la realidad histórica que cualquier otro publicado en España hasta ahora. Parte de la novela Sonaron gritos… se refiere a esa época cuyo rasgo principal fue la lucha entre quienes deseaban asentar la paz y la recuperación del país y quienes aspiraban a demolerlas, por supuesto con muy “buenas intenciones”. La batalla literaria tiene incluso más importancia que la historiográfica, pero puede decirse que el franquismo la perdió desde muy pronto.

  8. #208
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado

    El 20 de noviembre de 1931, la Cortes republicanas aprobaron con entusiasmo un dictamen contra Alfonso XIII por “alta traición”: el ex rey, “ejercitando los Poderes de su Magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico de su país”. En consecuencia le declaraba “privado de la paz pública, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetra en el territorio nacional”; lo despojaba “de todas las dignidades, honores y títulos”, y “de todos los bienes, acciones y derechos de su propiedad que se encuentren en territorio nacional se incautará en su beneficio el Estado”.

    Para la izquierda, Alfonso XIII pasó a convertirse en “el rey perjuro”, por haber traicionado la Constitución al admitir la dictadura de Primo de Rivera. Lo chusco del caso es que quienes tan celosos se mostraban, repentinamente, de aquella Constitución, habían sido quienes más violentamente la habían desprestigiado y agredido con disturbios, intentos golpistas y la huelga insurreccional de 1917. Ellos habían causado la dictadura de Primo, única salida no revolucionaria a la crisis creada por la alianza de hecho –ya ven, nada nuevo— entre separatistas, terroristas, y socialistas.

    La salida dictatorial también testimoniaba de un país escaso en ciudadanos. Hoy no cabe pensar siquiera en algo parecido. Oigo a mucha gente excusar su propia pasividad y falta de espíritu achacando a los demás esas faltas. Hace un año, por estas fechas, oíamos la misma letanía: “La derecha no sale a la calle”. “No habrá ninguna resistencia”. “No habrá movilización, la cosa no tiene vuelta atrás”. “A la gente las libertades no le importan, mientras tenga el estómago lleno”. “No existe un espíritu cívico, ni un espíritu patriótico” Etc. Y de pronto, frente a todos estos noes, muchos cientos de miles de personas, de derechas y de izquierdas sí salieron a la calle, sí se movilizaron, sí alzaron la bandera española.

    ¿Cuál es el problema? La falta de liderazgo, por el momento. Y la insuficiencia de organización, aunque surgen un poco por todas partes nuevas iniciativas: AVT, Foro de Ermua, Ciudadanos por Cataluña, grupos estudiantiles… Y va a ir a más, sin duda. Por eso los enemigos de la democracia y de España no han ganado, ni ganarán, la victoria. Y terminarán dando cuenta de sus responsabilidades. (De nuevo: no ha surgido aún una alternativa, pese a iniciativas parciales).

    En el blog de Pío Moa, Lagaceta.es

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