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Tema: El Laicismo

  1. #31
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    08 ene, 07
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    Predeterminado

    El diplomático beligerante
    Volvamos ahora a la ofensiva de la Iglesia atea. Un ejemplo paroxístico de su embestida lo encontramos en la obra teatral de Iñigo Ramírez de Haro, cónsul cultural de España en Nueva York, que se acaba de estrenar en la Gran Manzana con el título de La MaMa, aunque en Madrid se había titulado ¡Me cago en Dios! El autor le dijo al corresponsal de La Vanguardia en Nueva York:

    Creo que la religión debería estar prohibida hasta los 18 años. Hace que la gente, en lugar de pensar, crea, y las creencias han propiciado la mayor violencia que ha existido en la historia. Por eso las religiones se convierten en armas de destrucción masiva. La historia de las religiones es la del asesinato.

    El desprecio que me inspira el señor cónsul no es producto de su blasfemia sino de su premeditada tergiversación de los hechos. Defendí la blasfemia cuando apuntó contra Mahoma, y critiqué a Zapatero, Erdogan y Moratinos cuando propusieron que la ONU la prohibiera y castigara. No me asusta cuando ofende a las religiones establecidas, aunque mi indiferencia hacia ellas hace que no practique la ofensa. Lo que me indigna es que este diplomático beligerante finja ignorar que los regímenes comunistas, monolíticamente ateos, asesinaron en el siglo XX a cien millones de personas. Si el señor cónsul alternara sus lecturas de los libros de religión, de los que dice haber extraído sus conclusiones, con la de El libro negro del comunismo, de Stéphane Courtois y otros, descubriría que ni todas las inquisiciones ni todas las guerras de religión sumadas podrían haber perpetrado semejante escabechina en tan poco tiempo.

    Tampoco es necesario que el señor cónsul se asome a un libro sospechoso, para él, de parcialidad. Le bastará con leer el juicio de alguien que seguramente lo supera en cultura, inteligencia... y ateísmo civilizado. En Sobre Dios y la religión (Alcor, Barcelona, pág.95), Bertrand Russell escribe:

    El comunismo, por lo menos en la forma impuesta por el gobierno soviético y el partido comunista, es un nuevo sistema de dogma, de una clase peculiarmente virulenta y persecutoria.

    Bajo la cuchilla
    Uno de los autores que alimentaron mi escepticismo, primero, y mi ateísmo, después, desde mi adolescencia fue Anatole France, quien no trató con benevolencia a los clérigos pero fue aun más implacable con los fanáticos antirreligiosos. Describe así a uno de los personajes de su cáustica novela sobre la Revolución Francesa, Los dioses tienen sed, el ateo Brotteaux:

    Sin embargo, proclamaba su respeto a la religión y la creía necesaria para el buen orden; sólo exigía que sus ministros fueran filósofos y no sermoneadores; deploraba que los jacobinos tratasen de sustituir la religión antigua por otra nueva más nociva: la religión de la Libertad, de la Igualdad, de la República, de la Patria. Seguro de que las religiones en su vigorosa juventud son furiosas, crueles, y que se dulcifican al envejecer, deseaba conservar el catolicismo, que había devorado muchas víctimas en la plenitud de su fuerza, pero que al disminuir su apetito bajo la pesadumbre de los años se contentaba con tres o cuatro asados heréticos en todo un siglo.

    Y en otro pasaje de la misma novela el fanático jacobino Gamelin afirma:

    El pueblo soberano acabará por abolir la pena de muerte. Robespierre la combate, y con él todos los patriotas; la ley que la suprima debe ser promulgada cuanto antes, pero su aplicación sólo ha de comenzar cuando haya perecido bajo la cuchilla de la ley el último enemigo de la República.

    Esta sentencia de muerte podrían haberla suscrito los intelectuales de la estirpe de los García Márquez, Saramago, Vázquez Montalbán, Cortázar y tantos otros que se abrazaron al paredón castrista con la vana esperanza de que se pudiera eliminar al último enemigo de la Revolución.

  2. #32
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    08 ene, 07
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    Predeterminado

    Mea culpa
    Otra torpeza de los devotos de la Iglesia atea reside en el aire de superioridad con que menosprecian a quienes sustentan creencias distintas de la materialista, tildándolos de supersticiosos. (¡Mea culpa, yo también he incurrido en este pecado!). Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona, dijo, en el curso de una entrevista:

    Deploro la arrogancia de los científicos que ridiculizan la fe ajena sin ofrecer al creyente otra alternativa para esa parte de su vida. Si Dios existe para tantos es porque les ayuda a adaptarse a una existencia dura.

    Este respeto por quienes eligen otras vías para encauzar sus vidas, siempre que dichas vías no sean intolerantes ni agresivas, es la prueba del algodón que sirve para identificar a los liberales. Además, estos liberales siempre recuerdan sus propias caídas pasadas en lo que hoy interpretan como errores. Václav Havel confesó, en su discurso de despedida como presidente de la República Checa:

    Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo.

    Y Fernando Savater se explaya sobre este mismo tema, con su ironía habitual, en La vida eterna:

    ¡En cuántas otras ocasiones me habré empeñado yo en cultivar creencias igualmente infundadas, falsamente esperanzadoras y a la postre decepcionantes! En términos amplios, podemos considerar que los parámetros científicos son el método mejor para adquirir creencias justificadas. Sin embargo, una gran mayoría de nosotros tiene algún tipo de creencia paranormal –es decir, que viola alguna regla o principio científico–, sea de tipo religioso o profano (y en muchos casos, de ambos). La extensión y mejora de la educación hace por lo general disminuir el influjo de las creencias religiosas tradicionales, pero no altera y a veces hasta parece estimular el número de creyentes en otros fenómenos paranormales de corte más laico, como la parapsicología, los ovnis, los sistemas de sanación fantásticos, las hipótesis históricas descabelladas, etc.

    El hombre de sus sueños
    La mejor ilustración de la ayuda que las creencias ajenas al mundo de la ciencia pueden prestar a quienes deben adaptarse a una existencia dura la encontré en una película de Woody Allen: Conocerás al hombre de tus sueños. En ella, la madre de la protagonista, abandonada por su maduro esposo putañero, y rodeada por una fauna heterogénea de personajes sobrecargados de conflictos sentimentales y sexuales que el psicoanálisis, obligatorio en su medio social, no resuelve, acude a una pitonisa para que le adivine el porvenir. Todos se burlan de ella, empezando por su desquiciada hija, y le advierten de que se trata, como es obvio, de una embaucadora de mucho cuidado. Sin embargo, la víctima del engaño es, al final, la única que cree hallar la felicidad junto al hombre de sus sueños, el propietario de una librería esotérica, al que se une después de pasar ambos por una estrambótica sesión de espiritismo. Woody Allen sintetizó en declaraciones al New York Times la filosofía que lo empujó a filmar esta historia:

    Para mí no hay una diferencia real entre una adivina, una galleta de la fortuna o cualquiera de las religiones organizadas. Todas son igualmente válidas. Todas son igualmente útiles.

    El balance de las preocupaciones que nos quitan el sueño a los ateos que no nos ceñimos a los edictos tranquilizadores de la nueva Iglesia que usurpa nuestra representación es desolador: cinco millones de parados, quiebra del Estado de Bienestar, un cinturón de revoluciones sin rumbo conocido cerca de nuestras fronteras, la conversión de nuestro sistema educacional en un laboratorio donde se ensayan formas perversas de ingeniería social cuyo objetivo es la secesión lingüística y política de algunas comunidades autónomas, la proliferación de mezquitas gobernadas por imanes fundamentalistas, el deterioro de la seguridad ciudadana con la consiguiente multiplicación de focos de nihilismo y vandalismo antisistema; y la crispación, crispación y más crispación como recurso proselitista. ¿Necesitan algo más los cofrades ateos para preocuparse? ¿Tiene el ateísmo per se algún remedio para estos males? Repito: la plétora de corrupción y muerte que nos dejaron, y nos continúan dejando, los regímenes monolíticamente ateos, no inspira deseos de repetir la experiencia.

    Por Eduardo Goligorsky, en LD

  3. #33
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El diagnóstico: ¿qué nos está pasando?

    Decíamos el domingo pasado que no se puede comprender bien lo que estamos viviendo en la actualidad si no volvemos la vista atrás y lo contemplamos en la perspectiva de lo ocurrido a lo largo de nuestra historia reciente –así me propuse hacerlo en mi anterior análisis–. Pero tampoco lo comprenderemos si no lo contemplamos también en una perspectiva más general, que no es otra que la del contexto social, cultural, antropológico y espiritual de Occidente. Quisiera referirme hoy a esta circunstancia.

    Una revolución cultural
    Si volvemos por un momento la mirada atrás, podemos constatar que la humanidad entró hace décadas en un periodo nuevo de su historia caracterizado por cambios profundos y acelerados que progresivamente se han extendido al mundo entero. Hemos vivido en estos años una auténtica metamorfosis antropológica, social y cultural. No se trata de una época de cambios, sino de un auténtico cambio de época, Una rápida mutación de la existencia humana, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, que ha producido un cambio de mentalidad, un cambio de paradigma, un cambio de estructuras.

    No hay que ser particularmente lúcido para concluir que nos hallamos inmersos en lo que cabría llamar una gran revolución cultural, gestada desde tiempo atrás. Desde hace unos decenios estamos asistiendo en todo Occidente a una profunda transformación en la manera de pensar, de sentir y de actuar, heredadas del pasado. Se ha producido y pretendido consolidar una verdadera revolución que se asienta en una manera de entender al hombre y al mundo, así como su realización y desarrollo, en la que Dios no cuenta. Hasta el punto de que la negación de Dios mo constituye, como en épocas pretéritas, un hecho insólito, testimonial e individual; antes al contrario, hoy día se presenta cada vez más como una exigencia casi ineluctable del progreso científico y de un humanismo nuevo de raíz eminentemente secular. Hasta el punto de que, en muchos ámbitos, esa negación de la dignidad trascendente del hombre se encuentra expresada y formulada, no sólo en el campo del pensamiento y de la reflexión filosófica, sino que inspira ampliamente los ámbitos de la cultura, del arte, de la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y hasta de la propia ley civil. El olvido de Dios o el relegarlo a la esfera de lo privado, a la conciencia individual, es el acontecimiento fundamental de estos tiempos; no hay otro que se le pueda comparar en radicalidad y en lo amplio y trascendente de sus consecuencias.

    Esto es lo que está detrás del laicismo esencial y excluyente que se pretende imponer a nuestra sociedad. No se trata de la legítima laicidad que afirma la autonomía del Estado y de la Iglesia o de las confesiones religiosas. Se trata de edificar la ciudad secular, de construir la ciudadanía, de crear una sociedad en la que Dios no cuente para ello, enraizando, por eso, en todo y en todos una visión dominante del mundo y de las cosas, del hombre y de la sociedad, sin Dios, y con un hombre que no tenga más horizonte que nuestro mundo y su historia en la cual sólo cuenta la capacidad creadora y transformadora del hombre. Este laicismo que se impone constituye un auténtico proyecto cultural que va al fondo, un auténtico proyecto de ingeniería social y antropológica, que comporta en su entraña erradicar, extirpar, nuestras raíces cristianas más propias y liquidar todo un patrimonio espiritual arraigado en dos mil años de cristianismo que nos han transmitido una moral común y una cultura compartida, que constituyen los fundamentos de nuestra civilización; unos principios morales que nos caracterizan como Occidente sustituyéndolas por un agnosticismo ideológico que rehúsa aceptar la visión trascendente del hombre, por un cientificismo, o por una razón práctica instrumental, o por un relativismo ético, que se convierte, en expresión de Benedicto XVI, en la “dictadura del relativismo”. El relativismo, al no reconocer nada como definitivo, está en el centro de una sociedad carcomida por él, que ha dejado de creer en la verdad y buscarla; en su lugar, duda escépticamente de ella y de la posibilidad de acceder a ella.

    En este gran cambio cultural, que reviste caracteres de auténtica metamorfosis antropológica, se nos insta a asumir un horizonte de vida y de sentido en el que ya nada hay en sí y por sí mismo verdadero, bueno y justo. Se ha ido decantando una mentalidad que niega la posibilidad y realidad de principios y verdades estables, universalmente válidas, que niega la posibilidad de existencia de una ley natural, de una moral objetiva y anterior al Estado, del que emanan derechos indisponibles e intangibles en favor de toda persona humana. No hay ya “derecho”, sino “derechos” que se “crean” y se “amplían” según la decisión arbitraria, aunque respaldada por mayorías contingentes, de quienes tienen el poder para legislar. La realidad misma que se deriva de la belleza de la creación y de la naturaleza del hombre, que de suyo se impone a nosotros porque es anterior que nosotros, y la tradición, sin la cual no somos, no cuentan en esta nueva mentalidad.

    La memoria de Occidente
    Se pierde o se hace olvidar la “memoria” de lo que somos como Occidente dentro de la gran tradición que nos constituye. En esta mentalidad, sin verdad, sin moral, sin tradición, sin memoria, sólo cuenta lo que ahora decidamos, o mejor dicho, lo que decidan por nosotros. Todo depende de la decisión, de una supuesta libertad omnímoda, porque, como alguien dijo alguna vez, “será la libertad la que nos hace verdaderos” y no la verdad la que nos hace libres. En todo ello, subyace una concepción del hombre autónomo e independiente, único dueño de sí y creador, en la que Dios no cuenta ni debería contar, pues nos privaría de nuestra libertad, nuestro espacio vital.

    Quienes profesan esta mentalidad y tratan de imponerla a todos piensan que hay que apartar a Dios, al menos de la vida pública y de la edificación de nuestro mundo, y así tener espacio para ellos mismos. Pero el que, al fin y a la postre, paga todo esto es el hombre, que quiebra en su humanidad más propia, y se queda solo, desvalido frente a la pretensión profundamente totalitaria que encierra esta mentalidad y que utiliza al Estado como instrumento de adoctrinamiento y como vehículo para su imposición a la sociedad entera.

    Alfredo Dagnino Guerra, en La Gaceta

  4. #34
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El crucifijo, tres meses después

    El pasado 18 de marzo, la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) falló, por 15 votos contra 2, que la presencia de crucifijos en las aulas de las escuelas públicas italianas no violaba ni la libertad religiosa ni el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones filosóficas y religiosas; unos derechos garantizados por la Convención Europea de Derechos Humanos.

    Este fallo quiebra la decisión unánime del TEDH en noviembre de 2009. Entonces, esta condena provocó una fuerte reacción de los italianos: más del 85 % se mostraron favorables al mantenimiento del crucifijo. Se acusaba al TEDH de promover una concepción radical de la laicidad, contraria al la letra y al espíritu de la Convención.

    El fallo del 18 de marzo ha puesto el freno a esta tendencia al distinguir claramente entre la “laicidad” y la “neutralidad” religiosa. El tribunal subraya que los “partidarios de la laicidad” pueden alegar “convicciones filosóficas”, es decir, unas “creencias” tan protegidas como cualquier religión o el ateísmo. De ahí que, al ser reconocida como una convicción, la laicidad no pueda pretender a la neutralidad axiológica. En este punto, el TEDH ha sido receptiva a los argumentos de los Gobiernos que han intervenido en apoyo de Italia: “optar por la laicidad es un punto de vista político, ciertamente respetable, pero no neutral; en la esfera educativa un Estado que apoya a lo laico por oposición a lo religioso no es neutral”.

    En consecuencia, la neutralidad se convierte, a ojos del TEDH, como el modo de relación entre Estado y religión. Si el concepto de laicidad es “exclusivo” -excluye a las religiones de la esfera social-, el de neutralidad es “inclusivo” -propenso a reconocer la dimensión social de las religiones-. Esta dimensión social es de naturaleza cultural y no coacciona la libertad de las conciencias individuales pero exige admitir que esa libertad se ejerce en un determinado contexto cultural que exige un cierto respeto. La señora Lautsi, que originó el procedimiento contra los crucifijos, no quiso respetar el contexto cultural italiano. El TEDH le ha quitado la razón.

    Sin embargo, la mera afirmación del principio de neutralidad no basta para justificar el privilegio del que goza el crucifijo. Un enfoque verdaderamente inclusivo podría exigir la idéntica exposición de diversos símbolos religiosos. El TEDH no se ha atrevido a tanto. Tras alabar la el espíritu de apertura de las escuelas italianas -que dejan espacio para la expresión de las religiones minoritarias-, el TEDH estima que “al prescribir las presencia del crucifijo en las aulas de las escuelas públicas, el reglamento otorga a la religión mayoritaria del país una visibilidad preponderante en el entorno escolar”. Esta preponderancia se justifica por “el lugar que ocupa el cristianismo en la Historia y en la tradición del Estado” y en la medida en que no constituye “una forma de adoctrinamiento por parte del Estado”. El TEDH ya llegó a conclusiones similares cuando examinó las clases de culture religiosa que se imparten en las escuelas de Noruega y de Turquía.

    Por este motivo, el cristianismo posee, en los países de tradición cristiana, una legitimidad social específica que le distingue de las demás creencias religiosas y que justifica un enfoque diferenciado cuando es necesario. El enfoque diferenciado no solo justifica la elección de Italia de dar un lugar preponderante al crucifijo en las escuelas públicas sino que también podría servir de base a la prohibición de los almuédanos (muecines) en los países de cultura cristiana en los que el tañer de las campanas es de uso tradicional.

    Asimismo, la sentencia rechaza la estrategia de las corrientes laicistas que, so pretexto de tolerancia, invocan el pluralismo religioso para imponer el secularismo, y, como, objetivo final, aislar al cristianismo. Al negarse a oponer los derechos humanos al cristianismo, tal y como desean los “defensores de la laicidad”, el TEDH ha preservado la unidad profunda y la interdependencia que vinculan a los valores espirituales y morales que están en la base de la sociedad europea. En este punto ha sido fiel al Estatuto del Consejo de Europa que proclama que los Estados europeos están “indefectiblemente apegados a los valores espirituales y morales que conforman el patrimonio común de sus pueblos”,

    El fallo también conlleva una profundo alcance unificador entre los distintos pueblos europeos. No en vano, más de 20 países europeos -entre ellos Rusia- se han posicionado a favor del crucifijo. Este importante gesto demuestra que el cristianismo está en en el corazón de la unidad europea. Mi deseo era que el eje político Roma-Moscú constituido con motivo del caso del crucifijo pueda fortalecer el acercamiento entre la Iglesia católica y el Patriarcado de Moscú. Estoy convencido de que este eje puede modificar profundamente la geopolítica europea.

    Gregor Puppinck en La Gaceta

  5. #35
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    Predeterminado Impotencia laicista

    Benedicto XVI viene a una nación de origen cristiano, de cultura cristiana y de población cristiana. A casa, en suma. Y justo por eso el laicismo español estos días echa el resto, mostrando su particular naturaleza, que presenta tres características. La primera es su carácter escandalosamente minoritario, casi marginal en términos numéricos en una nación en la que el 73% de sus habitantes se declaran católicos y en la que sólo unos cientos se lanzan a la calle contra la Iglesia. Pero a cambio, en segundo lugar, este agresivo laicismo reside en pequeñas élites universitarias, culturales o políticas con poder real: políticos o productores de cine y televisión, periodistas o escritores de moda, sindicalistas o profesores, constituyen una minoría, pero con enorme fuerza pública y social. En ella reside fundamentalmente el odio a la Iglesia en España, desde ella se fomenta, y desde ella se trabaja para secularizar la sociedad. Y tercera característica del laicismo español: su pobreza intelectual. Se reviste de los ropajes de la ilustración y el racionalismo, pero es incapaz de oponer al catolicismo algo más que lugares comunes, insultos groseros o campañas de agitación y propaganda: ha linchado mediáticamente a Benedicto XVI incluso de connivencia con el genocidio nazi y la pederastia. Lo cual esconde en el fondo la incapacidad laicista de articular una cosmovisión alternativa a la de este filósofo, que en 2004 llevó al viejo marxista Habermas a participar de posiciones casi escolásticas.

    El resultado de su carácter minoritario, su poder desproporcionado, y su limitación intelectual es la actitud que observamos estos días, entre lo desesperado y lo rabioso, dando rienda suelta a instintos propios de chusma, desde la burla zafia a la acusación vociferante contra el Papa y los peregrinos que se reúnen esta semana en Madrid. Es muestra de la impotencia laicista: tiene poder material, pero la autoridad intelectual y moral pertenecen al Papa.

    Por Óscar Elía, en La Gaceta

  6. #36
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    Predeterminado El sexo de los ángeles

    Laicos y ateos tienen una auténtica obsesión sexual con y contra la Iglesia católica. Entre los condones y el matrimonio homosexual parece como si la herejía no tuviera otro tema de conversación.

    Como si la Iglesia no se posicionara sobre ningún otro asunto, como si no tuviera misiones y misioneros en los rincones más lúgubres del planeta. Como si se hubieran basado en el sexo las enseñanzas del Profeta. Sólo hace falta ver las calles de Madrid estos días para darse cuenta de que las preocupaciones de la Iglesia y de los católicos son completamente otras.

    Son jóvenes de todo el mundo celebrando la vida y la esperanza del modo más natural, alegre, profundo y festivo.

    No les veo limitados, ni frustrados, ni reprimidos. Les veo contentos, les veo felices. Les veo libres -el gran don de Dios es la libertad- de vivir su espiritualidad, su sexualidad, su vida entera como libremente han elegido, sin que nadie les pusiera una pistola en el pecho.

    Les veo conscientes de su humanidad, les veo concentrados en su tensión transcendente, en su mensaje de amor y en su fraternal relación con los demás.

    Aunque haya quien tenga dificultades para entenderlo, hay formas muy sinceras, muy profundas y muy intensas de relacionarse con los otros más allá del sexo. Hay formas mucho más interesantes que con la obviedad de los cuerpos.

    Estos chicos que atestan las calles de Madrid tendrían que ser escuchados. Estos chicos que no rompen ningún escaparate, ni alteran ninguna jornada electoral ni contradicen ninguna ley.

    Estos jóvenes que no le hacen a nadie ningún chantaje; ni mucho menos a una nación entera.

    Tenemos bastante que aprender de ellos. ¿No creen? De su capacidad de compromiso, de su capacidad de elegir un camino y de ser consecuentes con él. De su capacidad de humildad y de disciplina.

    Es fácil ridiculizarles y andar todo el día con la carraca de los preservativos. Pero si todos los jóvenes de España tuvieran su personalidad y vivieran sus vidas con su sentido del deber y de la responsabilidad no habríamos conocido los charcos donde ahora chapoteamos.

    Es fácil acusar a Benedicto XVI de encubrir a los pederastas. Pero no recuerdo a ningún líder político ni social, ni intelectual, pidiendo perdón de un modo tan inequívoco, sentido y extenso. No recuerdo a ningún líder mundial con la valentía y el coraje que mostró este Santo Padre desmantelando a los Legionarios de Cristo sin que le temblara el pulso lo más mínimo.

    Es fácil acusar a la Iglesia de la propagación del sida en África. Mucho más fácil que chequear las cifras para comprobar que los países africanos con más porcentaje de católicos (Guinea Ecuatorial, 94,16%; Seychelles, 85,19%) son los que menos enfermos de sida tienen (3,4% y 4%, respectivamente) y aquellos países con menos católicos (Suazilandia, 5,35%; Botsuana, 4,94%) son los que cuentan con un mayor porcentaje de población infectada (38,8% y 37,3%, respectivamente).

    Tendríamos escuchar a estos jóvenes. Están diciendo algo fundamental, algo que en cierto modo hemos perdido.

    Antes de hacer burla de ellos piensa si tu capacidad de entrega se puede comparar a la suya, si tu generosidad ha dado algún fruto comparable a los que ha dado la caridad que ellos practican con tesón y ternura; piensa si has sido capaz, alguna vez, de su fidelidad, de su integridad.

    Ellos son la revolución permanente de Cristo y han hecho mucho más por la Humanidad que tanto chuflón con ínfulas que cree que con sus pancartas va a cambiar el mundo.

    Salvador Sostres, en El Mundo

  7. #37
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    Predeterminado

    Ricardo Latorre Cañizares ha publicado en ediciones Sol el libro La libertad religiosa y España 2011. Trata en él los movimientos tan radicalmente anticristianos como antidemócratas que desde hace años y muy especialmente con Zapatero, cunden por España con creciente virulencia atacando la libertad religiosa de los católicos. Un fenómeno que se desarrolla también en el Islam y en el Occidente “laicista” (debería llamarse mejor ultralaicista o simplemente anticristiano, no antirreligioso pues esas actitudes entrañan una especie de religiosidad sucedánea y trivial).

    El libro examina una serie de sucesos significativos publicados en la prensa y las reacciones, a menudo increíbles en un estado de derecho, que han provocado. Por ejemplo, tras el asalto a la capilla del campus de Somosaguas, “las autoridades deciden la clausura de la capilla. ¡Asombroso! (…) ¿Las consecuencias de una acción vandálica por parte de quienes atropellan los derechos de los demás pueden ser que, de hecho, los violentos consigan su objetivo y esos derechos queden conculcado?” Pues esa es la tendencia, que recuerda poderosamente la del Frente Popular, cuando ante los desmanes de la izquierda las autoridades perseguían aún más a la derecha.

    Otro ejemplo entre muchos: la procesión atea que intentaron unos energúmenos el Jueves santo de 2011 tenía por objetivo, según los propios organizadores, “castigar a la concienci católica” y “hacer daño sin contemplaciones”. ¿Qué dirían esos tipos si los cristianos, tan mayoritarios, les replicasen del mismo modo? El portavoz de Ateos en lucha en un programa de radio informaba de que la procesión se dentendría en la plaza de Agustín Lara, donde quedan “las ruinas de las Escuelas Pías incendiadas por la CNT el 19 de julio de 1936, y comentó textualmente: “Esa iglesia la quemó el pueblo de Madrid en la revuelta que hubo con la República. Para nosotros es una referencia imprescindible”. Debe recordarse que, tradicionalmente, el “pueblo” lo constituyen, para la izquierda, los delincuentes. Reacción de las autoridades: ninguna. Solo cuando el grupo Hazte Oír reunió cien mil firmas, para que la delegada del gobierno ¡aplicara la ley! (una autoridad que no aplica la ley se convierte ella misma en delincuente, como lo fueron las autoridades del Frente Popular. Y hoy es una actitud habitual) y protegiera a los creyentes de los insultos y provocaciones de la antiprocesión atea planeada para el mismo Jueves Santo, la autoridad competente se dignó (exclusivamente) desplazar la fecha y cambiar el recorrido.

    El ateísmo español se ha caracterizado por dos rasgos esenciales: su completa inepcia intelectual (nada que ver con el ateísmo francés, por ejemplo, mucho más refinado en ese aspecto) y su extrema violencia. Siempre sembró un odio ciego y cuando tuvo ocasión, es decir, cuando la ley no era aplicada o lo era débilmente, organizó matanzas e incendios. No debe olvidarse que la república empezó con más de cien incendios de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza, y culminó, ya en el Frente Popular, con un auténtico genocidio acompañado de una crueldad enloquecida. Pero en España parece que la experiencia histórica no sirve para nada, o es analizada desde el punto de vista de los criminales (“el pueblo” de nuestra descerebrada izquierda). No creo que en Alemania, después de lo que pasó, se consienta impunemente una propaganda de odio contra los judíos, y digo propaganda de odio, no investigación. Pero aquí no solo se consiente, sino que se promueve con la mayor tranquilidad. Incluso por la derecha. Todavía recuerdo la torpe provocación de Paz Vega, ante la cual doña Cristina Cifuentes hablaba del bello cuerpo de la actriz, aunque deplorase suavemente la “ofensa”.

    La agresividad del ultralaicismo es examinada asimismo por Francisco José Contreras y Diego Poole en Nueva izquierda y cristianismo (Ediciones Encuentro), un libro ya comentado aquí, muy ilustrativo sobre el fondo ideológico de tales actitudes.

    Pío Moa, en LD

  8. #38
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    Predeterminado Comecuras y caraduras

    RUBALCABA, que tiene pinta de sacristán espiritado y que, de todos los líderes políticos banquillables es el que presenta un aspecto más clerical -enmorrillado, corvo, con las manos nervudas retorciéndose sobre sí mismas y tonso de la ceja al colodrillo- ha puesto en marcha una campaña contra la Iglesia católica para que pague el IBI. El mensaje implícito o político es simple de puro sencillo: la Iglesia no paga impuestos y los curas y las monjas viven a cuerpo de Rey o como canónigos a la sombra del Vaticano, nido de plutócratas, pero, tranquilos, que aquí llega el PSOe a vengar tanto ultraje y a hacer justicia, o, para ser precisos, a pedir que la hagan otros.

    Porque en casi ocho años de Gobierno con ZP, Rubalcaba no ha hecho absolutamente nada de lo que ahora reclama que haga el Gobierno del PP. Y en los años del Gobierno gálico y filesio de Felipe González, el rico y creso abrepuertas de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, tampoco se esforzó en la lucha contra la Cruz. Cuando su predecesora De la Vega, otra pobre de pedir, multiplicaba gestos y acometía mil gestiones para acabar con la entonces incómoda COPE, llegó a ataviarse de morado episcopal y rojo cardenalicio a ver si la recibía el Papa y le entregaba la radio a cambio de media crucecita. Una peregrinación a Botsuana y una comisión corinesca hubieran sido menos pías pero mucho más eficaces, como explico en El linchamiento, libro -por cierto- de continua actualidad.

    Lo repelente de esta comecurada no es sólo que, como explicaba ayer EL MUNDO editorialmente, obligaría a cambiar las leyes de Hacienda Local, Mecenazgo y fundaciones, además de los acuerdos con la Santa Sede. Y que, como no siempre hay forma de discernir qué bien es de interés cultural, cumple una función religiosa u ofrece un servicio social, cada caso podría dilatarse hasta el Juicio Final. Lo peor es que el PSOE no paga el IBI que pide a la Iglesia que pague, como tampoco los demás partidos, sindicatos y fundaciones. Salvo el discutible IBI, la Iglesia paga impuestos; ésos que se apropia la casta político-sindical dizque para los trabajadores. Pero la UGT se manifiesta contra una Reforma Laboral que aplica a los empleados que despide; no hay un comedor como los de Cáritas en una sola Casa del Pueblo; y monjas, no sociatas, asisten a los enfermos terminales. La Iglesia hace lo que el PSOE dice que hay que hacer. Entiendo que Rubalcaba la odie tanto.

    Federico Jiménez Losantos, en El Mundo

  9. #39
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    Predeterminado El cerro

    A menudo, se antoja todavía válido el diagnóstico de Foxá según el cual ser español consiste en andar siempre detrás de los curas, ya sea portando un cirio o un garrote. Como si, en lo concerniente a la religión, aún nos gobernaran pulsiones anacrónicas. Emparentadas, por un lado, con las que inspiraron a los escritores de Falange la convicción de que España sólo tenía sentido como teocracia militar. Y, por el otro, con las de los milicianos del Frente Popular que inventaron un primer happening iconoclasta cuando juzgaron, hallaron culpable y fusilaron al Cristo del Cerro de los Ángeles. El mismo monte, por cierto, en el que Jardiel quiso que Dios bajara a la Tierra para aquella tournée comenzada con un viaje en tren de cercanías.

    Reinventada España como algo más habitable para la libertad individual que una teocracia militar, queda pendiente consagrar un modo de relacionarse con la religión católica que no requiera ni de cirio, ni de garrote. Es decir, una en la que los no creyentes, en su totalidad, desvinculen la fe de la ideología y contemplen las creencias ajenas con la misma indiferencia respetuosa que hace tiempo existe en las naciones a las que uno querría que se pareciera la propia. Los odios virulentos desatados por la JMJ demuestran que aún estamos lejos de ese tedio evolutivo. La ideología aún propone a la fe una pendencia en la que unas veces el botín parece ser el monopolio de la moral pública. Y, otras, recuerda que permanecen vivas tensiones de cuando tuvo lugar la desprogramación religiosa del Estado. O de cuando la inteligencia creía que debía serlo como comparación y ruptura con la religión. Automatismo, éste, al que sigue recurriendo la izquierda para sustentar un complejo de superioridad intelectual que convive con el moral. De ahí la convención de que el ateísmo es inteligente por definición, aun cuando el ateo es Willy Toledo, mientras que sólo un tonto puede creer, incluso cuando el que va a misa es Chesterton. Como ocurre entre ser de izquierda o de derecha.

    De todo esto hay un poco en la campañita anticlerical ordenada por Rubalcaba con el pretexto del IBI, en la que ha evitado abrir un debate genérico, que implique a todos los favorecidos por la Ley de Mecenazgo, y sólo eso delata intenciones. Más allá de que abrume la cantidad de asuntos imperativos en los que Rubalcaba no reparó cuando estaba en el Gobierno, resulta precaria su búsqueda de argumentos con los que levantar un discurso propio al margen de su espantoso legado económico. El de la Iglesia es uno de los más primarios y radicales de su clientela potencial. Y lo que resulta inquietante es que, en la España del siglo XXI, para estimular, a un líder socialista no se le ocurra otra cosa que seguir fusilando al Cristo del Cerro de los Ángeles.

    David Gistau, en El Mundo

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