El diplomático beligerante
Volvamos ahora a la ofensiva de la Iglesia atea. Un ejemplo paroxístico de su embestida lo encontramos en la obra teatral de Iñigo Ramírez de Haro, cónsul cultural de España en Nueva York, que se acaba de estrenar en la Gran Manzana con el título de La MaMa, aunque en Madrid se había titulado ¡Me cago en Dios! El autor le dijo al corresponsal de La Vanguardia en Nueva York:
Creo que la religión debería estar prohibida hasta los 18 años. Hace que la gente, en lugar de pensar, crea, y las creencias han propiciado la mayor violencia que ha existido en la historia. Por eso las religiones se convierten en armas de destrucción masiva. La historia de las religiones es la del asesinato.
El desprecio que me inspira el señor cónsul no es producto de su blasfemia sino de su premeditada tergiversación de los hechos. Defendí la blasfemia cuando apuntó contra Mahoma, y critiqué a Zapatero, Erdogan y Moratinos cuando propusieron que la ONU la prohibiera y castigara. No me asusta cuando ofende a las religiones establecidas, aunque mi indiferencia hacia ellas hace que no practique la ofensa. Lo que me indigna es que este diplomático beligerante finja ignorar que los regímenes comunistas, monolíticamente ateos, asesinaron en el siglo XX a cien millones de personas. Si el señor cónsul alternara sus lecturas de los libros de religión, de los que dice haber extraído sus conclusiones, con la de El libro negro del comunismo, de Stéphane Courtois y otros, descubriría que ni todas las inquisiciones ni todas las guerras de religión sumadas podrían haber perpetrado semejante escabechina en tan poco tiempo.
Tampoco es necesario que el señor cónsul se asome a un libro sospechoso, para él, de parcialidad. Le bastará con leer el juicio de alguien que seguramente lo supera en cultura, inteligencia... y ateísmo civilizado. En Sobre Dios y la religión (Alcor, Barcelona, pág.95), Bertrand Russell escribe:
El comunismo, por lo menos en la forma impuesta por el gobierno soviético y el partido comunista, es un nuevo sistema de dogma, de una clase peculiarmente virulenta y persecutoria.
Bajo la cuchilla
Uno de los autores que alimentaron mi escepticismo, primero, y mi ateísmo, después, desde mi adolescencia fue Anatole France, quien no trató con benevolencia a los clérigos pero fue aun más implacable con los fanáticos antirreligiosos. Describe así a uno de los personajes de su cáustica novela sobre la Revolución Francesa, Los dioses tienen sed, el ateo Brotteaux:
Sin embargo, proclamaba su respeto a la religión y la creía necesaria para el buen orden; sólo exigía que sus ministros fueran filósofos y no sermoneadores; deploraba que los jacobinos tratasen de sustituir la religión antigua por otra nueva más nociva: la religión de la Libertad, de la Igualdad, de la República, de la Patria. Seguro de que las religiones en su vigorosa juventud son furiosas, crueles, y que se dulcifican al envejecer, deseaba conservar el catolicismo, que había devorado muchas víctimas en la plenitud de su fuerza, pero que al disminuir su apetito bajo la pesadumbre de los años se contentaba con tres o cuatro asados heréticos en todo un siglo.
Y en otro pasaje de la misma novela el fanático jacobino Gamelin afirma:
El pueblo soberano acabará por abolir la pena de muerte. Robespierre la combate, y con él todos los patriotas; la ley que la suprima debe ser promulgada cuanto antes, pero su aplicación sólo ha de comenzar cuando haya perecido bajo la cuchilla de la ley el último enemigo de la República.
Esta sentencia de muerte podrían haberla suscrito los intelectuales de la estirpe de los García Márquez, Saramago, Vázquez Montalbán, Cortázar y tantos otros que se abrazaron al paredón castrista con la vana esperanza de que se pudiera eliminar al último enemigo de la Revolución.




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