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  1. #1
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    09 ene, 12
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    Predeterminado El neomercantilismo

    Podemos describir a grandes rasgos, y en base a la posibilidad que tiene un país de establecer intercambios comerciales con otros países, los siguientes tres casos:

    1- Economía abierta: libre importación y exportación.
    2- Economía semiabierta (o semicerrada): libre exportación, importación limitada
    3- Economía cerrada: importación y exportación limitadas.

    La primera economía mencionada, propuesta por el liberalismo, es la economía de mercado o capitalismo privado. El segundo tipo se conoce como capitalismo mercantil o mercantilismo, mientras que la tercera es la economía socialista, o de capitalismo estatal.

    Para comprender los efectos del mercantilismo, supongamos que un país, luego de realizar exitosas exportaciones, tiene una ganancia neta del 10 % del PBI. Como está restringida la importación de bienes de otros países, el dinero producido por las exportaciones podrá volcarse al consumo y a la inversión internos. Sin embargo, el efecto del ingreso de tanto dinero ocasionará un efecto similar al que produjo el oro y la plata que entraba en España y que provenía de sus colonias en las épocas de la conquista de América, lo que produjo un serio efecto inflacionario.

    Para evitar este inconveniente, y ya que no es posible la importación, entonces esas ganancias podrán invertirse en el extranjero, con lo cual la exitosa exportación no podrá servir para el progreso económico del país que la produjo, mientras que resultará beneficiado el país que recibe esos capitales de inversión (y permite las importaciones), algo totalmente distinto a lo que se buscaba en un principio. De ahí que esta tendencia no resulta tan efectiva como pareciera en una primera impresión. Los británicos de la época mercantilista optaron, con los excedentes de sus exportaciones, por comerciar en el extranjero tanto comprando como vendiendo mercancías de ese origen.

    Bajo la influencia del mercantilismo, el Estado, para regular el comercio exterior, debió intervenir excesivamente en la economía de un país. Las críticas que se le hicieron consistieron en negar sus postulados:

    a) El orden social es un producto artificial y arbitrario del Estado
    b) La moneda (el oro) es una medida de la riqueza de un país.
    c) La balanza comercial positiva es un indicio suficiente de prosperidad del país.
    d) Un país debe, al cabo del tiempo, exportar más de lo que importa.

    Francesco Vito escribió: “El principio de que se debe exportar más de lo que se importa, si se considera aplicado universalmente, es a todas luces absurdo. Es, en efecto, obvio que, si algunos países exportan más de lo que importan, es inevitable que otros países importen en medida superior a su exportación. Es, no obstante, también dudoso que algunos países puedan, andando el tiempo, exportar más que importar, dado que semejante política, estando fundada en el concepto de que lo que uno gana otro lo pierde, debe finalmente desembocar en las contiendas internacionales” (De “Curso de Economía Política”-Editorial Tesoro-Madrid 1970).

    Las protecciones del Estado en favor de ciertos sectores de la economía y de la producción tiende a favorecerlos, pero necesariamente perjudica a otros sectores, por lo que, a la larga, tal método resulta poco eficaz. Murray N. Rothbard escribió:

    “El mercantilismo ha tenido «buena prensa» durante las últimas décadas, en contraste con lo que sucedió en el siglo XIX. En los días de Adam Smith y los economistas clásicos, el mercantilismo fue considerado con acierto como una mezcla de falacia económica y de privilegio especial creado por el Estado. Pero en nuestro siglo, la opinión general sobre el mercantilismo ha cambiado drásticamente; los keynesianos consideran a los mercantilistas con beneplácito por haber anticipado sus propios descubrimientos económicos; los marxistas, constitucionalmente incapaces de distinguir entre libre empresa y privilegio especial, consideran el mercantilismo como un paso «progresista» en el desenvolvimiento histórico del capitalismo; los socialistas e intervencionistas respetan el mercantilismo por adelantarse a la planificación central y la edificación estatal modernas”.

    “El mercantilismo, que alcanzó su auge en la Europa de los siglos XVII y XVIII, fue un sistema de estatismo que hizo uso de la falacia económica de levantar una estructura de poder imperial del Estado, así como subsidios especiales y privilegios monopolistas para individuos o grupos favorecidos por el Estado. El mercantilismo sostenía que el gobierno debía fomentar las exportaciones y restringir las importaciones. Económicamente, dicha doctrina es una trama de falacias; porque ¿de qué sirve la exportación sino para pagar lo que se importa? o ¿para qué hemos de acumular oro, si el tal oro no se usa para comprar bienes?”. (De “Ideas sobre la libertad”-Centro de Estudios sobre la Libertad-Buenos Aires-Nov 1970).

    Las críticas al intervencionismo estatal, que promueve distorsiones del mercado, no implican una critica al Estado que establece leyes y garantiza el libre desempeño de los ciudadanos tanto en su accionar social como económico. Carlos Alberto Montaner escribió:

    “Es conveniente dejar en claro un dato histórico clave: los enemigos de la libertad económica y de la integración no representan la modernidad sino la reacción y las posiciones más retrogradas. Casi todo el análisis que hacen repite las viejas ideas de los mercantilistas de los siglos XVII y XVIII. Fue Jean Baptiste Colbert, ministro de Luis XIV y padre del nacionalismo económico, quien a mediados del siglo XVII creó el Estado centralista, dirigista, empresario y proteccionista, dotado de miles de inspectores que controlaban precios y salarios”.

    “Fueron los mercantilistas de esa época los que propagaron el costoso error de sostener que el objetivo de las transacciones internacionales era alcanzar una balanza comercial positiva, prohibiendo a toda costa las importaciones de productos manufacturados para proteger de la competencia a los empresarios nacionales, generalmente cortesanos privilegiados por la realeza” (De “La libertad y sus enemigos”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2005),

    Por otra parte, John Kenneth Galbraith escribió: “A los mercaderes de la era mercantilista no les agradaba la competencia en materia de precios, desagrado éste que muchos comerciantes comparten todavía en la actualidad. En cambio, les convenían los métodos opuestos, como por ejemplo los convenios o acuerdos entre los vendedores respecto de los precios, el otorgamiento de concesiones o patentes de monopolio por parte de la Corona en relación con determinados productos, el monopolio del comercio con alguna región del planeta, y la prohibición de toda producción que pudiera presentar competencia, así como la venta de los productos respectivos en las colonias del Nuevo Mundo. La tendencia a identificar los intereses de determinado grupo con el interés nacional no es un factor que pueda sorprender a los observadores modernos” (De “Historia de la Economía”-Editorial Ariel SA-Buenos Aires 1991),

    Es oportuno resaltar que los países más exitosos, económicamente hablando, son aquellos que han optado por un vigoroso intercambio comercial con otros países, como es el caso de EEUU, Europa Occidental y Japón, mientras que los menos exitosos son aquellos que han cerrado sus fronteras al intercambio comercial, tales los casos de Corea del Norte o Cuba. La tendencia a emular a los países menos exitosos puede explicarse por la prioritaria búsqueda de imponer ideologías determinadas o bien por la posibilidad que brinda la dialéctica marxista, y no la lógica natural, de que lo que resulta falso en una época puede resultar verdadero en el futuro. Agrega Montaner: “Por qué la izquierda supuestamente progresista se empeña en copiar los ejemplos fallidos en lugar de los exitosos pertenece al terreno de la psiquiatría y no al de las ciencias económicas”.

    El daño que el proteccionismo estatal produce al capital humano es otro factor a mencionar. Cuando aparece alguna adversidad, surge en todo individuo la oportunidad y la necesidad de poner todo su empeño y todas sus fuerzas en salir a flote de la situación adversa, por lo que se ve obligado a extraer lo mejor de sí mismo. A la larga, ese hábito le permitirá desarrollar aptitudes que lo beneficiarán en el futuro. Víctor Massuh escribió: “Estas son las virtudes que el populismo desestima a través de una insistente pedagogía colectivista. Recusa todos los valores de la individualidad creadora como una forma de elitismo, egoísmo o indiferencia. Nada más errado, porque es respondiendo a una firme voluntad argentina de diferenciación singular, estilo propio, autonomía, selección cualitativa, autoestima, iniciativa personal y sentido del coraje y la aventura, que el hombre de estas tierras vivió sus hazañas mayores y fundó la grandeza del país. El populismo le infiere un gran daño, al desdeñar estas virtudes en nombre de la primacía de lo colectivo. Frenado por el Estado, condenado por una ética de la cantidad que lo convierte en sospechoso, el individuo se desencanta, pierde fuerzas y termina recostándose en la abulia de la medianía” (De “La Argentina como sentimiento”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1982).

  2. #2
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    09 ene, 12
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    Predeterminado

    Por otra parte, Carlos Alberto Montaner escribió: “Los defensores de las virtudes del gasto social probablemente no se han percatado de que el objetivo que debe perseguir toda sociedad sana es tener la menor cantidad posible de gasto porque las personas y las familias son capaces de ganar decentemente su propio sustento sin tener que recurrir a la solidaridad colectiva o la compasión de ciertos grupos piadosos. Incluso, hasta es posible formular una regla general que establezca que la calidad de un sistema político y económico se mide en función inversa a la cantidad de gasto social que la sociedad requiere para subsistir decentemente. A más gasto social, más inadecuado resulta el sistema. A menor gasto social requerido, más flexible y exitoso es ese modelo que permite y estimula la creación de riquezas y la responsabilidad de los individuos”.

    Las dificultades que presenta la economía en cuanto a la comprensión de sus distintos procesos y el insistente mensaje difamador hacia quienes pretenden esclarecer y difundir la verdad, hacen que gran parte de la población termine apoyando tendencias, como el neomercantilismo, que la perjudicarán en el futuro.

    http://pompiliozigrino.blogspot.com

  3. #3
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    Predeterminado Los otros (y verdaderos) culpables de la crisis

    Los economistas Robinson (Universidad de Harvard) y Acemoglu (MIT de Massachusetts) han escrito un luminoso libro * en el que explican por qué fracasan las naciones. Su tesis no es original, pero aplicada al caso español resulta esclarecedora. Robinson y Acemoglu demuestran con buena información por qué unos países son prósperos gracias a contar con instituciones democráticas que procuran el bienestar general, mientras que otros -los más atrasados-, quedan en manos de élites políticas que sólo pretenden su propia satisfacción. La prosperidad de las naciones, vienen a decir, no depende de sus riquezas naturales, sino de la calidad de sus instituciones.

    Ofrecen varios ejemplos. El más evidente se localiza en la enorme frontera que separa a México y EEUU. Al norte, un país rico con instituciones democráticas que funcionan de forma razonable. Al sur, una nación donde la corrupción política ha sido la norma general. Y ponen como paradigma la figura de Antonio López de Santa Ana, que fue presidente de su país en once ocasiones. Durante ese periodo, México perdió El Álamo y Texas y se desangró por una desastrosa guerra con EEUU. No fue un caso excepcional. Entre 1824 y 1867 hubo 52 presidentes en México, la mayoría de ellos después de un pronunciamiento al margen de la Constitución.



    EEUU, por el contrario, disfrutó en ese periodo de una gran estabilidad política gracias a contar con una arquitectura institucional democrática que permitía la separación de poderes e incentivaba la creación de riqueza. Sin duda, como consecuencia de los diferentes modelos de colonización. Mientras que la conquista española convertía a los indígenas en esclavos, los colonos ingleses que llegaron a EEUU cultivaban sus propias tierras. Como recuerdan Robinson y Acemoglu, el resultado fue que entre 1820 y 1845 sólo el 19% de los titulares de patentes en EEUU tenían padres que fueran profesionales o grandes terratenientes. Si un ciudadano era pobre pero tenía una buena idea, podía conseguir una patente, y ahí está el célebre caso de Edison.

    El célebre inventor tenía muchas más ideas de las que podía poner en práctica. Llegó a disponer de 1.093 patentes registradas a su nombre en EEUU. Muchas se pusieron en marcha y otras no, pero en todos los casos había un sistema financiero que prestaba el dinero. Una idea sin un modelo de negocio no sirve para nada.
    Una cuestión de agenda

    El financiero mexicano Carlos Slim, antes de llegar a ser el hombre más rico del mundo, nunca patentó ni inventó nada. Pero tenía algo mucho más importante para ganar dinero en su país: una buena agenda de contactos. Network, que dicen ahora los modernos.

    Slim se quedó con la telefónica de México -Telmex- pese a que no ofreció la mejor oferta durante la privatización. Incluso llegó a un pacto con el Gobierno para retrasar el pago de la compra, lo que le permitió adquirir la compañía con los dividendos que generaba la propia Telmex. Es decir, no puso un solo peso en la operación.

    El otro hombre más rico del mundo, Bill Gates, por el contrario, ha amasado su fortuna gracias a la innovación, no a su agenda de contactos, y eso explica en parte los diferentes niveles de renta a un lado y a otro de la frontera. Mientras que en México un monopolio privado ha sustituido a un monopolio público, en EEUU la competencia y la apuesta por la innovación tecnológica ha creado gigantes como Apple o Google.

    ¿Cuál es la diferencia entres ambos países? Sin duda, la existencia de obstáculos de entrada al sistema productivo, lo que provoca una atrofia económica descomunal. Hoy ese el principal problema de la economía española. La existencia de un statu quo imperante que convierte a la economía en un coto cerrado, y que gira en torno a lo que pomposamente se denomina Consejo de Competitividad, una institución sin parangón en un país democrático que actúa a modo de grupo de presión. Y lo hace gracias a un sistema institucional que en lugar de incentivar los cambios sociales los enmudece.

    Hoy nada se mueve si no lo decide apenas un puñado de ejecutivos. Ellos son los que acompañan al rey en sus viajes comerciales, ellos son los que tienen hilo directo con Moncloa, y ellos son los que influyen de manera torticera y vergonzante en los principales medios de comunicación. La crisis ha provocado una concentración del poder económico sin precedentes inmediatos. Y la creación de megabancos que controlan todo el sistema productivo, va en esa dirección. Una mirada al Ibex de hoy se parece como dos gotas de agua al Ibex de hace veinte años, cuando es evidente que la economía ha cambiado de forma dramática.

    En ningún otro país con una arquitectura institucional sana se permitiría que ni uno solo de los primeros ejecutivos españoles haya pagado por la dimensión de la crisis, que también es la suya. Todos y cada uno de los gerifaltes del Ibex siguen ahí, en sus puestos, como si el hecho de que muchas compañías estén al borde la quiebra fuera ajeno a su gestión.

    Probablemente, una de las asignaturas pendientes de la economía española es la calidad de sus altos ejecutivos. Estamos ante un selecto grupo inmune a los cambios sociales y económicos, y que, en muchos casos, se ha mantenido en el machito gracias a una generosa política de dividendos que en realidad ha provocado una descapitalización de sus compañías. ¿Alguien sabe dónde está el dinero que han ganado durante 20 o 25 años algunas grandes empresas que hoy están al borde la bancarrota?

    Lo público y lo privado

    Es curioso que siempre se culpe al sector público de todas las desgracias del país, olvidando que cuando se penaliza a la ‘marca España’ no sólo se saca los colores a los administradores públicos (con razón), sino también a los privados. Incluso se ignora que una parte muy importante de la descomunal deuda exterior que tiene este país -960.000 millones de euros- es de origen privado. Y en particular de algunas de esas grandes empresas que cacarean a los cuatro vientos la necesidad de que el Gobierno pida al rescate.

    El gran problema de la economía española no es que entre en barrena el sector público -el 20% del PIB en términos de consumo-, sino que la crisis del Estado haya contaminado al conjunto del sector privado de tal manera que este sea incapaz de sobrevivir sin esa red clientelar que durante años ha protegido sus negocios.

    Por supuesto que hay algunas anomalías históricas como Inditex o Mango, que han crecido sin mirar todos los días el BOE. Pero, ¿dónde están ahora esos grandes empresarios que se pavoneaban de sus negocios mientras se ponían sueldos estratosféricos ‘de mercado’, como el impúdico Cebrián? Los florentinos se han quedado desnudos, como el emperador, sin el paraguas del Estado. Son sólo farfolla con una deuda de más de 240.000 millones de euros, tan sólo en el caso del Ibex.

    No es un fenómeno nuevo. Parece seguir viva aquella gloriosa asamblea celebrada el 18 de junio de 1916 en el Hotel Palace, a un paso de Congreso. Los convocados fueron las ‘fuerzas vivas’ del país que protestaban porque el ministro de Hacienda, Santiago Alba, quería imponer una tasa por los beneficios extraordinarios que habían logrado algunos sectores económicos por la neutralidad española en la Gran Guerra. El naviero bilbaíno Ramón de la Sota ofició de maestro de ceremonias, mientras que Cambó, diputado en el Congreso por la Lliga catalana, defendió el derecho a la protesta de sus compatriotas. Como se ve, industriales vascos y catalanes a la vanguardia del progreso económico en el origen de sus fortunas. Aquel aquelarre -que se llevó por delante al propio Alba- fue definido por el periódico El Diluvio, de Barcelona, como la reunión de una ‘plutocracia absorbente y dominadora’. Y en esos estamos un siglo después.

    Un país sometido a élites políticas y económicas que han llevado a España a la ruina en defensa de sus propios intereses. Sin duda porque las instituciones no han funcionado. Sin duda por un déficit democrático que convierte al aparato del Estado en una simple pantomima al servicio de los poderosos. Sin duda por una endogamia que lastra el crecimiento y que ha dejado al país sin modelo productivo.

    *Por qué fracasan los países. Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ediciones Deusto 2012


    Carlos Sánchez, en El Confidencial.com

  4. #4
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    Predeterminado El muy público Madrid Arena

    ¿Qué hace un ayuntamiento metido a empresario de la noche? ¿Qué hace de promotor de borracheras? ¿Qué hace de juez y parte de éste como de tantos otros sectores? ¿Qué hace lo público desde su eterna supremacía intelectual afirmando que nos salva de nosotros mismos cada minuto, para descubrir de inmediato que cada actividad que invade acaba en el fango?

    Primero fue la creación de servicios públicos. Y todos consentimos en la entrada de lo público ante la aparente lógica de la afirmación. Luego fueron los sectores estratégicos. Y vimos como, desde la energía, hasta el transporte, los puertos, aeropuertos o incluso agencias de viaje eran toqueteados por las largas manos de la Administración. Luego fue la información. Y nos llenaron de radios, televisiones y agencias de noticias públicas. Y hasta nos intentaron convencer de que la exigencia de licencia a los operadores privados respondía al noble fin de repartir el espacio radioeléctrico y no al ruin instinto de mangonear quién usa las ondas. Más tarde sembraron nuestra economía de ruinosas cajas de ahorros dispuestas a dar créditos a diestro y siniestro con tal de convencer a un buen puñado de votantes de que ya eran tan ricos como los alemanes. Y ahora acabamos descubriendo que ni el negocio del cubata está libre de los sabios de lo público.

    Ni un solo sector de los enumerados está hoy libre de números rojos. Ni uno. En un momento en el que las familias y empresas españolas han sido capaces de masticar la crisis, pagar las subidas de impuestos y, encima, reducir su deuda a ritmos del 4% anual. Pero, lo que es peor, ninguno de los usuarios de esos sectores manoseados por lo público puede hoy estar seguro de que sus respectivas regulaciones no han sido descuidadas o retocadas desde la imparcialidad. Porque quien los debía regular resulta que es, a la vez, legislador y operador del sector.

    ¿Por qué no se desveló el agujero de las cajas de ahorros? ¿Por qué no se frenó a tiempo la deuda de 32.000 millones de Aena, Adif, Feve y Renfe? Quien legisla y controla no puede ser operador. No por ideología. Sino por pura lógica.

    Carlos Cuesta, en El Mundo

  5. #5
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    Predeterminado ¿Lógica política o económica?

    El sector eléctrico es uno de los grandes ejemplos de lo que pasa cuando la política expulsa a la economía de un sector. Un aluvión de medidas intervencionistas desde los años 80 nos han llevado a crear un mercado disfuncional. No gozamos de ninguna ventaja de la economía libre, pero sí de todos sus defectos.

    Una rápida descripción indica que somos uno de los tres países europeos con la electricidad más cara, con un incremento del recibo de la luz de más del 69,9% en los últimos seis años, según Eurostat. Sin embargo, ahora mismo hay exceso de capacidad porque tenemos 102.524 megavatios instalados y sólo utilizamos el 42,4% en un día punta. Cuando algo sobra, su precio tiende a bajar. Pero éste no es el caso en España.

    Tenemos, además, un mix energético descompensado, muy dependiente del petróleo, donde se ha hecho una costosísima apuesta por las renovables (cuyo desarrollo no debería ser víctima de la ley del péndulo), pero donde se castiga a los ciclos combinados y se desprecia la energía nuclear. El resultado es que hoy estamos importando carbón, por su bajísimo precio, mientras la Comisión Nacional de la Energía propone «hibernar» las plantas de ciclo combinado. Por no hablar de la tarifa, ese engendro intelectual donde se incluyen caprichos políticos como la insularidad o la moratoria nuclear.

    Lo cierto es que las empresas que operan en el sector tienen que armarse de abogados y funcionarios en excedencia porque en realidad su principal actividad -aparte de la generación eléctrica-, es defenderse de la actividad regulatoria del Estado que siempre está recelando de los cuantiosos beneficios que se generan en el entorno limpio y seco que el mismo les ha definido. Por eso no es raro que Iberdrola considere que entre la «experiencia destacable para el desarrollo de sus cargos» de Ángel Acebes figure «su amplia carrera política [que] le reporta un conocimiento extenso en el ámbito regulatorio, así como sobre el funcionamiento de las instituciones públicas». Acebes ya fue consejero de BFA, la matriz de Bankia, por lo cual resultó imputado en el proceso iniciado por UPyD. Pero Acebes no es el único político que cobra de las empresas del sector energético. También lo hacen Felipe González, José María Aznar, Pedro Solbes y Elena Salgado, por citar a los más conocidos.

    El asunto excede la polémica de si los consejeros están muy bien pagados o no. La cuestión es si una empresa que debe su funcionamiento a la acción política, debe contar con ellos en sus consejos. Parece lógico que las empresas se sientan incentivadas a buscar «seguridad jurídica» con estos fichajes. Pero el riesgo real para la seguridad jurídica es un modelo insostenible y eso sólo se arregla con más lógica económica y no con más política.

    john.muller@elmundo.es

  6. #6
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado ¿Por qué se inventó el Ebitda?

    Una vez que el Gobierno abordó en 2012 y 2013 los problemas de flujo de crédito que había río arriba -es decir, los causados por las dudas sobre la solvencia bancaria-, se ha vuelto a mirar río abajo y ha decidido que si la falta de una demanda solvente empresarial está frenando la corriente, la solución es cambiar las reglas del juego. Por eso, un anónimo legislador poeta escribe en el decreto sobre refinanciación y reestructuración de la deuda empresarial aprobado el viernes, lo siguiente: «Sólo mediante el alivio de la deuda insostenible será posible lograr que vuelva a fluir el crédito, concebido no tanto como palanca, sino como verdadera savia de la economía».

    Siempre que se alzaban voces contra la falta de crédito, los más viejos del lugar repetían que éste no volvería hasta que no hubiera demanda solvente. Se podía contemplar que el Gobierno hiciera algo para echar una mano a empresas viables, pero no que se liara a martillazos reformando seis leyes distintas para volver solvente lo que quizás no lo es.

    Hay disposiciones en este decreto que son nuevos arañazos en la carrocería del Estado que es la seguridad jurídica y otras son un paso atrás. No concuerda con la primera un cambio tan amplio y profundo de las reglas del juego establecidas en una Ley Concursal que se dictó casi nueva en 2011, entró en vigor en 2012 y que ya fue enmendada en 2013. Un paso atrás, por ejemplo, es la eliminación de algunas garantías con que esta normativa protegía los intereses de los acreedores o accionistas minoritarios. Ahora, si son disidentes, lo tendrán difícil con las mayorías o con las decisiones de los expertos independientes que avale un juez.

    Y lo que resulta inquietante es que lo temporal se vuelva más estable que lo permanente. Así, se prorrogan las medidas excepcionales de 2008 sobre el cómputo de las pérdidas por distintas partidas -deterioro del inmovilizado, inversiones inmobiliarias, existencias o clientes- a los efectos de que la sociedad deba reducir capital o ser disuelta. La medida incluye ahora la declaración de insolvencia y los préstamos y partidas a cobrar. (Un viejo chiste dice: ¿Por qué la contabilidad inventó el Ebitda? Respuesta: Para que algunas compañías pudieran dar beneficio alguna vez en su vida).

    ¿Por qué ha de considerarse viable una empresa que se endeudó más allá de sus posibilidades? Cada vez que el Estado se inmiscuye en la economía y cambia las reglas provoca enormes transferencias de riqueza de un sitio a otro. Se dice que la banca es la gran beneficiada con este decreto. A lo mejor, pero a los bancos les interesa dar crédito y ganar dinero con él, no convertirse en accionistas forzados de compañías de las que no tienen ni idea -más aún si vemos los créditos que les han dado-.

    Lo que sí puede suceder es que se favorezca la consolidación de una nueva clase de inversores rampantes, bien conectados con el Estado y con la banca, que vean aquí una oportunidad. En Pescanova ya se están aplicando a ello.


    John Müller, en El Mundo

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