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  1. #41
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Lo mejor sería liberalizar más, no gubernamentalizar más aún el asunto

    Como estadounidense, me avergüenza que la Cámara de Representantes de los Estados Unidos tenga 220 miembros que están realmente seguros de que el Estado puede planificar centralmente y con éxito las industrias de la sanidad y los seguros. Me avergüenza que mis representantes crean que el Estado puede subsidiar el consumo de los servicios sanitarios sin incrementar el déficit presupuestario ni interferir en la libertad de elección. Ello supone un triunfo de la ensoñación insensata sobre la lógica y la experiencia.

    El proyecto de ley de 1.990 páginas te deja sin habla ante la audacia de su estupidez. La noción de que un reducido grupo de políticos puede saber lo suficiente como para diseñar algo tan complejo y personal es sorprendente. Que estuvieran asesorados por "expertos" no significa nada puesto que nadie es lo bastante experto para hacer eso.

    El Estado no sabe hacer con eficacia cosas sencillas. Los burócratas tienen auténticos problemas para contar votos correctamente. Conceden préstamos subsidiados a "titulares de casas" que resultan tener cuatro años de edad. Pero aún así los congresistas quieren que el Gobierno administre nuestro sector médico y el de los seguros. La competencia es "un proceso de descubrimiento", enseñaba el economista Nobel F. A. Hayek. A través del proceso de la competencia en el mercado, productores y consumidores aprenden cosas de manera constante que obligan a ajustar su comportamiento si quieren tener éxito. Los planificadores centrales fracasan por dos motivos:

    En primer lugar, el conocimiento de la oferta, la demanda, los gustos individuales y la abundancia de recursos es escaso en toda la sociedad. No está concentrado en una base de datos a la que puedan acceder un grupo de planificadores.

    En segundo lugar, estos "datos" son dinámicos: cambian sin previo aviso. Con independencia de lo honradas que puedan ser las intenciones de los planificadores centrales, fracasarán porque no pueden conocer las necesidades y los gustos de 300 millones de personas diferentes. Y si de alguna forma conocieran sus necesidades, no las iban a adivinar de la noche a la mañana.

    Los partidarios de la mal llamada reforma sanitaria –realmente no es una reforma a menos que mejore las cosas– han evitado las críticas a su propuesta de manera vergonzosa. Con frecuencia simplemente desprecian a sus detractores como apologistas avarientos del mundo corporativo o fanáticos paranoicos de la extrema derecha. Es más fácil que responder a preguntas como estas:

    1.¿Cómo puede el Gobierno subsidiar la contratación de servicios médicos sin disparar los precios? La teoría económica más básica enseña –de manera incontestable– que en cuanto la demanda se eleva, si el resto de factores permanecen constantes, el precio sube. Los políticos también quieren su trozo del pastel.
    2.¿Cómo puede prometer el Gobierno un menor gasto médico sin restringir las opciones? Medicare ya provoca eso. Una vez que el seguro obligatorio impuesto por los planificadores eleve los precios a nuevas cotas, tienen que imponer límites aún más estrictos a lo que podemos contratar... o bien su presupuesto se desequilibrará más de lo que ya lo está. Como señala el economista Thomas Sowell, el Gobierno no puede reducir realmente el gasto. Todo lo que puede hacer es disfrazarlo y desplazar el coste (a través de la legislación fiscal) o negarse a pagar por ciertos servicios (racionamiento).
    3.¿Cómo puede "crear alternativas" el Gobierno a base de imponer uniformidad a las aseguradoras? La uniformidad limita las opciones. Bajo el proyecto de la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi y en las versiones del Senado, el Gobierno dicta a todas las aseguradoras lo que tienen que incluir en su póliza de cobertura "mínima". Las pólizas verdaderamente básicas con deducciones fiscales y bajo coste ajustadas a las necesidades individuales estarán prohibidas.
    4.¿Cómo "crea alternativas" obligando a las aseguradoras a competir con un programa público privilegiado? La denominada opción pública, llamémosla Fannie Med, contará con el respaldo implícito del Gobierno y por tanto con escasa disciplina de mercado. El clima de conformidad resultante y el poder del Gobierno no es lo que se entiende por libertad de elección y competencia. El representante Barney Frank por lo menos es lo bastante honesto como para reconocer que la opción pública traerá el monopolio gubernamental.
    Los defensores del control público le quieren hacer creer que las carencias serias de nuestros sistemas de salud y seguros son fallos del libre mercado. Pero eso es imposible dado que nuestro mercado no es libre. Cada estado administra un cártel de seguros y un cómodo sistema médico que restringe la competencia a través del proceso de licencia y mantiene los precios por encima de los que se darían en un mercado genuinamente libre. Pero los partidarios de la planificación central no van a hablarle de eso. Después de todo, si el Gobierno es el problema desde el principio, ¿cómo pueden justificar la toma de un mayor control por parte del Gobierno?

    Mucha gente se queda fuera de los mercados sanitario y de seguros por un motivo: la negativa de los políticos a ceder poder. Permitirles controlar otro 16% de la economía no va a solucionar nuestros problemas. La libertad, sí.

    Por Jhon Stossel

  2. #42
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El presidente transparente

    En varias ocasiones Barack Obama aseguró que su administración iba a ser la más transparente de la historia de Estados Unidos. Prometió televisar a nivel nacional los debates sobre la "reforma" sanitaria, al igual que hacer públicos por internet todos los proyectos de ley discutidos en el Congreso. Todavía estamos aguardando que así sea.

    Ha pasado ya casi un año y el presidente transparente no da explicaciones reales de casi nada, como prueban los recientes e insólitos casos de intrusos en la Casa Blanca y aun los extraños visitantes que de turistas pasan de repente a ser invitados presidenciales para la sorpresa de todos.

    Ocurre en estos días que andan las agencias de noticias babeando con la historia de cómo una pareja de jubilados se presentó equivocadamente un día antes para una visita turística a la Casa Blanca. Y nos cuentan cómo recibieron inesperadamente una invitación para desayunar con el presidente Obama y su esposa Michelle.

    Por arte de birlibirloque, de las agencias a los noticieros y de la prensa a las revistas del corazón, se nos presenta todo esto como el bonito gesto de hospitalidad de los Obama. Claro está que faltaría añadir detalles como el de que el tal Harvey y su esposa Paula Darden no eran precisamente meros turistas, sino fieles partidarios de Obama y cuya visita les había arreglado de antemano su congresista de Georgia.

    Hoy sabemos ya que esa visita tuvo lugar dos semanas antes del incidente del otro célebre caso de Tareq y Michaele Salahi, de Virginia, de quienes –dando otra vuelta de tuerca– las agencias nos dijeron que sí se colaron en la cena oficial ofrecida por Obama al primer ministro de la India.

    Para disimular, la Casa Blanca cuenta que los dos hechos no tienen nada que ver. A los Darden se les invitó tras comprobar que reunían los requisitos y tras pasar los controles de seguridad. A los Salahi, insisten, nunca se les invitó, ni se les sometió a una prueba de antecedentes penales. O sea, que los invitados no lo eran, pero los no invitados sí. Un lío.

    Pero más grave que todo este desconcierto de invitados que pulula por la Casa Blanca resulta el escaso tratamiento general, cuando no el silencio, de las mismas agencias y medios informativos sobre los verdaderos visitantes políticos y económicos del presidente. Y es ahí donde entra lo del presidente transparente.

    Porque con estos líos de visitadores y con un juicio previo pendiente, la administración Obama se ha visto recientemente obligada a hacer pública la lista oficial de visitantes a la Casa Blanca entre el 20 de enero y el 31 de julio de este año. El transparente Obama sólo ha dado una lista de 481 entradas, aunque haya habido muchas más visitas.

    Entre el extenso listado de nombres aparecen los de "Michael Moore", "William Ayers" y "Jeremiah Wright". Pero, según el consejero del presidente –Norm Eisen–, esos nombres son mera coincidencia con los famosos homónimos respectivos del popular cineasta, del terrorista dinamitero y del reverendo racista. O sea, que esos visitantes no eran los que imaginamos sino otras personas con mera coincidencia de nombres y apellidos.

    En el malabarismo de la transparencia, la lista resulta interesante porque muestra también cómo mientras Obama no tenía tiempo de reunirse con su general Stanley McChrystal para concretar el asunto de Afganistán, sí en cambio lo tenía para recibir a la turba de poderosos que apoyaron su candidatura y lo elevaron a la presidencia.

    Ahí está Andy Stern, presidente del sindicato SEIU, ligado a la escandalosa organización ACORN, que pasó hasta veintidós veces por la Casa Blanca en apenas seis meses. Los 60 millones de dólares para la campaña presidencial y los 100.000 voluntarios para apoyar a Obama no merecían menor trato hacia el sindicalista.

    La familia Podesta, ex clintonistas y cabilderos principales, realizaron hasta veinticinco visitas, con John Podesta a la cabeza como jefe del progresista Center for American Progress, y con Tony Podesta, presidente del Podesta Group, cuyo volumen de negocios se ha visto duplicado tras la llegada de Obama al poder.

    En la lista de visitantes no podía faltar tampoco George Soros, el multimillonario anticapitalista que financia docenas de organizaciones izquierdistas en Estados Unidos como MoveOn.org, ACT, CAP y que comparte (mera coincidencia...) un especial interés con Obama respecto al petróleo brasileño de Petrobras.

    Desde Illinois aparece el visitante nostálgico de Obama: el capo y alcalde de Chicago –Richard Daley– con quien intentó cocinar el fiasco de Chicago 2016. Aparece asimismo Kim Gandy, presidenta de NOW –organización de feministas radicales– con quince visitas. Con ocho está Nancy Keenan, presidenta de "NARAL-Pro Choice America", la mayor red pro-abortista de Estados Unidos.

    El transparente Obama también hizo campaña prometiendo acabar con los lobbys, esos que calificó de inmorales cabilderos con intereses especiales y personales. Sin embargo, su lista está plagada de un peregrinaje de dichos seres: Ed Yingling de la Asociación de Bancos Americanos; Camden Fine, de la Comunidad Independiente de Banqueros; Steve Elmendorf, Linda Lipsen, Daniel Mica, Robert Nichols, Timothy Ryan y una larga lista.

    En cuanto a esos ricos empresarios de los que Obama se quejaba porque cobraban demasiado, también aparecen varios en la lista. Por ejemplo Jeffrey Inmelt, el presidente de General Electric, que controla también la cadena más sectariamente obamita, la MSNBC. Entre la gente del mundo del petróleo (esos que Obama mismo descalificó por ser socios de Bush-Cheney) aparecen también varios fieles visitantes de Obama: Rex Tillerson de Exxon Mobil o David O´Reilly de Chevron.

    Saltan también muchos nombres de avariciosos de Wall Street a los que Obama prometió poner a raya pero que acabaron también invitados a la Casa Blanca: Lloyd Blankfein y Gary Cohn de Goldman Sachs; Vikram Pandit de Citigroup; Jamie Dimon de JPMorgan Chase; John Mack de Morgan Stanley, y hasta Maurice Greenberg, ex presidente de AIG.

    Estos son los verdaderos visitantes que le importan a Obama y que prefería silenciar. Son precisamente los que la mayoría de las agencias de noticias han dejado en segundo plano prefiriendo narrarnos anécdotas idiotas como las de los Darden y su inesperado desayuno. Y todo para servir al presidente transparente.

    Por Alberto Acereda, en LD

  3. #43
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    08 ene, 07
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    Predeterminado No podrán decir que no lo sabían

    Massachusetts, el fracasado modelo sanitario que intenta imitar Obama

    El estado de Massachusetts (EEUU) aprobó una reforma sanitaria en 2006 similar a la diseñada por Obama. Un nuevo estudio concluye que no ha alcanzado los objetivos propuestos y ha sido contraproducente: la cobertura es inferior a lo anunciado y ha encarecido las pólizas para la mayoría de usuarios.

    Resto aquí:http://www.libertaddigital.com/econo...ma-1276382728/

  4. #44
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    Predeterminado Recorte fundamental. Victoria antiestatista

    Obama anuncia una nueva propuesta sin "opción pública" para acordar la reforma sanitaria

    Washington. (EFE).- La Casa Blanca anunció una nueva propuesta del presidente de EEUU, Barack Obama, sin "opción pública" para superar el punto muerto en el que se encuentra la reforma sanitaria y sacar adelante la que es su principal prioridad legislativa.

    En una teleconferencia, funcionarios de la Casa Blanca informaron de que la medida pretende reducir el coste de las pólizas sanitarias para las familias y las pequeñas empresas, lo que facilitará la cobertura médica a 31 millones de estadounidenses que carecen de ella.

    En la actualidad, la reforma sanitaria está paralizada en el Congreso, pues para sacarla adelante tanto el Senado como la Cámara de Representantes deben fusionar sus respectivos proyectos de ley, un proceso que se encuentra estancado desde que los demócratas perdieron la mayoría absoluta en la cámara alta el mes pasado.

    La propuesta de Obama, que el presidente tiene previsto explicar hoy a los gobernadores de EEUU en una reunión en la Casa Blanca, intenta aunar ambos proyectos de ley, si bien utiliza como base la versión del Senado.

    La iniciativa establece una nueva normativa de seguros médicos que permitirá hacer más accesible, según la Casa Blanca, el acceso a pólizas de calidad y aumenta la regulación de las subidas por parte de las aseguradoras del coste de sus servicios.

    Como incluyen las propuestas del Senado y la Cámara de Representantes, la iniciativa de Obama prohíbe que las empresas aseguradoras puedan denegar cobertura a nadie porque enfermara antes de contratar la póliza.

    La propuesta de Obama no incluye, como sí hacía el proyecto de ley de la Cámara de Representantes, una "opción pública" -seguro médico ofrecido por el Gobierno y que competiría con las aseguradoras privadas-.

    Según la Casa Blanca, la medida permitirá reducir el déficit presupuestario en 100.000 millones de dólares en diez años, y en casi un billón de dólares en su segunda década, al recortar el gasto del Gobierno en salud y controlar los abusos y el fraude.

    Obama celebrará el jueves una "cumbre sanitaria" en la Casa Blanca a la que ha invitado a los líderes de la oposición republicana para que le planteen sus propuestas sobre cómo sacar adelante una reforma sanitaria. Hasta ahora, los republicanos no han dejado claro formalmente si tienen previsto asistir a la cita, aunque el líder de este partido en el Senado, Mitch McConnell, dijo el domingo que "mi intención es estar allí".

    Hoy, en La Vanguardia

  5. #45
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Nerviosismo, corrupción y mentiras

    Que Estados Unidos no necesita una reforma sanitaria como la que insisten en aprobar Obama y los líderes demócratas resulta cada día más evidente. Que el pueblo no la desea, también. Hay al menos ciento cincuenta y nueve razones para no apoyar esa ley: una por cada agencia, oficina, programa y burocracia gubernamental que se halla en el proyecto de ley aprobado por el Senado. La única reforma urgente en este país es la de la propia credibilidad de los políticos demócratas ante el pueblo norteamericano. En lugar de llevar adelante puntuales reformas a través de los estados, centros que los padres fundadores de esta nación vieron como pequeños laboratorios de la democracia, Obama y el Gran Gobierno al que aspira su partido llevan más de un año intentando apoderarse de una sexta parte de la economía a través del control de la sanidad. Tras casi cuarenta discursos del presidente y con mayorías absolutas en las dos cámaras, la mal llamada "reforma" sanitaria sigue ahí enquistada y sin aprobarse todavía.

    Lo que estos políticos a la violeta, soñadores del Estado Niñera, necesitan no es una reforma sanitaria como la que proponen, sino un buen psiquiatra que les ayude a lidiar con sus propias patologías, entre ellas la de mentir y creer que los norteamericanos somos idiotas. El lector puede mirar cualquier encuesta fiable sobre el asunto y observará, por ejemplo en Rasmussen Reports, que el 76% de los estadounidenses están satisfechos o muy satisfechos con su seguro médico; que el 57% de los votantes afirma que este proyecto de ley sanitaria dañará seriamente la economía norteamericana; que el 66% de los encuestados, o sea 2 de cada 3 votantes, cree que la nueva ley aumentará todavía más el déficit; y que sólo el 20% de los estadounidenses apoya de manera inequívoca y total este proyecto sanitario.

    Por los pelos se aprobó en diciembre un primer texto de ley en la Cámara de Representantes que, al llegar al Senado, sufrió cambios y que sólo pudo aprobarse muy ajustadamente en la Nochebuena y gracias a varios tratos especiales a modo de compra de votos de senadores concretos (los llamados "Louisiana Purchase" y "Cornhusker Kickback") que indignaron a la ciudadanía. Con un coste de 875.000 millones de dólares, el timo de ley incluye diez años de gastos e impuestos al ciudadano pero sólo seis de beneficio médico. Al haberse realizado cambios sobre el primer texto legal, las casi tres mil páginas del proyecto de ley del Senado requieren ahora de otra nueva aprobación por la Cámara de Representantes. En ese juego andamos ahora, entre rumores de trucos y andanzas protocolarias. El teatrillo organizado por Obama con la cumbre "bipartita" hace unos días sobre la sanidad buscaba dejar mal a republicanos y conservadores pero estos salieron airosos y ofreciendo propuestas reales y serias, como hizo Paul Ryan.

    Como Obama sale de viaje oficial el 18 de marzo, el presidente aprieta para que aprueben algo cuanto antes mientras su popularidad y la del Congreso están cada vez más bajas. La confusión entre los votantes y aun entre los legisladores es tal que nadie sabe ya lo que puede ocurrir. La presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, llegó a afirmar esta semana que había que aprobar una ley sin verla: "Tenemos que aprobar la ley para poder saber que hay en ella, lejos de la neblina de la controversia". Como a los demócratas no les salen las cuentas, se trata de echar a patadas a los que se apartan de la disciplina del partido. Así Pelosi y el apparatchik socialdemócrata se encargaron de sacar los trapos sucios del congresista de su propio partido, Eric Massa, de Nueva York, quien había votado en contra de la ley. Massa dimitió pero se encargó de confirmar las sucias razones políticas de su salida y de ventilar algunas cosas que han salpicado al asesor de Obama, Rahm Emanuel, y que dejan en mal lugar al Partido Demócrata.

    Como siguen faltando votos, la también congresista demócrata Louise Slaughter está buscando una táctica para no tener que votar buscando vericuetos legislativos para aprobar la ley. La cosa es grotesca pues los demócratas aparecen así aprobando leyes sin leerlas o intentando aprobarlas sin votar. La irritada escena de esta misma semana del también demócrata Patrick Kennedy en el Congreso atacando lo de Afganistán ejemplifica la situación de caos y empanada mental que circula por los pasillos demócratas de Washington. Y todo eso tras la obligada dimisión del corrupto Charles Rangel y el escándalo de John Conyers y su esposa, por no hablar ya del juicio a John Edwards, el que iba a ser vicepresidente en 2004 de la mano de John Kerry. Ante tanto caos y nerviosismo, los medios obamitas echan mano de lo de siempre: atacar al movimiento de las Tea Party y colgarles algún sambenito para distraer la atención.

    Así se explica que todavía circulen los ecos de la noticia de hace unos días referida a un hombre armado que intentó atacar el Pentágono e hirió con una pistola a dos policías en un tiroteo en una estación de metro en Washington. El atacante, de nombre John Patrick Bedell, resultó herido y murió después en el hospital. Los medios obamitas –y sus filiales internacionales– no perdieron un minuto en catalogar al atacante como anti-gobierno y ubicarlo en las filas de grupos de "extrema derecha" como las Tea Parties. En otra bofetada al sectarismo mediático obamita, hoy sabemos ya, pese al silencio de casi todos los medios, que el tal asesino Bedell odiaba a Bush y era votante afiliado al Partido Demócrata. No extraña pues que el gallinero demócrata quiera aprobar urgentemente una ley de sanidad. Requieren atención médica.

    Están de psiquiatra, por Alberto Acereda, en LD.

  6. #46
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    08 ene, 07
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    Predeterminado ¿Reducirá Obama los costes de la sanidad?

    Una vez aprobada la reforma sanitaria de Obama, quiero realizar una mirada crítica a la afirmación del presidente (de la que se hacen eco y defienden economistas como Paul Krugman) de que la nueva ley reducirá los costes.

    Según la Oficina Presupuestaria del Congreso (Congressional Budget Office, CBO), el plan de Obama producirá “ahorros” en los procedimientos médicos. No sorprende que buena parte de los medios de comunicación (y especialmente el New York Times) hayan estado repitiendo la misma copla.

    Sin embargo, yo pienso que esta afirmación cae completamente en la categoría de “¡No tan rápido!” -título de la columna regular que el autor escribe para The Freeman Online-. Desde mi punto de vista, no hay ninguna posibilidad de que el plan del Presidente vaya a recortar ni remotamente los costes reales. El verdadero legado de este proyecto de ley consistirá en añadir costes en formas que difícilmente podemos imaginar.

    Dado que esta medida impone nuevos mandatos y requerimientos, va a aumentar los subsidios de los servicios médicos, y ordena a las compañías de seguros a cubrir a los solicitantes independientemente de su estado de salud, a uno se le hace difícil encontrar los “ahorros en costes”.

    El programa gubernamental Medicare -destinado a personas mayores de 65 años- supuestamente costará medio billón de dólares menos, pero simplemente porque el Gobierno dice que eso será así, no porque los costes se vayan a reducir realmente. El “despilfarro, fraude, y abuso” que todas las administraciones precedentes prometieron erradicar encontrará su “media naranja” en la Administración Obama.

    Dado que el plan no recortará realmente los costes, podrían avecinarse controles de precios médicos. Sin entrar en la cuestión de las distintas distorsiones económicas que generan los controles de precios, permítanme tratar un asunto incluso más fundamental: la naturaleza de los costes. Es revelador que los economistas que defienden el proyecto de ley debido a sus supuestos “ahorros de costes”, están exponiendo su propia ignorancia acerca de los costes.

    Para ellos, un “coste” no es nada más que un gasto monetario que se paga por un determinado bien o servicio. Si el gobierno ordena que los precios pagados en esas transacciones sean menores, entonces -¡voilá!- los costes son menores.

    Los costes de oportunidad

    Como mínimo, esta es una perspectiva infantil de los costes, y ciertamente no es un punto de vista que ningún economista serio mantenga. Los costes, según la teoría económica básica, son costes de oportunidad, o lo que es lo mismo, el valor que para un individuo tiene la actividad a la que ha renunciado para poder llevar a cabo la acción elegida. Imponiendo precios menores, el gobierno estaría aumentando los costes de oportunidad para los individuos que participan en el intercambio. Lejos de reducir los costes, las medidas propuestas conducirían en última instancia a unos costes reales mayores.

    Por ejemplo, si el gobierno reduce coactivamente el precio de un procedimiento médico por debajo del nivel al que todos los proveedores del servicio pueden ser adecuadamente compensados, entonces el procedimiento no se llevará a cabo en absoluto.

    Mientras que eso significaría eliminar gastos monetarios, reduciendo “oficialmente” los costes, la persona a la que se niega el procedimiento soportaría un coste real por tener que sufrir la enfermedad que le condujo al médico en primer lugar.

    Los defensores del ObamaCare afirman que Canadá y Gran Bretaña tienen unos costes médicos menores que Estados Unidos con sus sistemas sanitarios gestionados por el gobierno. Sin embargo, muchos de esos “ahorros” en costes tienen lugar debido a que a algunas personas se les niega la atención, o tienen que conformarse con alternativas más baratas pero de inferior calidad.

    En otras palabras, los “ahorros se producen a expensas de los individuos que desean recibir la asistencia. Podría ser posible, mediante trucos contables, mostrar que el nuevo “sistema” médico ha rebajado el déficit federal, pero no puede y no reducirá los costes reales que los individuos pagaremos.

    Por William Anderson, en LD

  7. #47
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Se socializó la medicina, empezaron los dolores: el fondo del asunto

    La medicina es la ciencia que más ha evolucionado, gracias en gran parte al ingenio de los investigadores y médicos de Estados Unidos, quienes hasta hoy brindaban la mejor asistencia del planeta. En Europa también hay brillantes especialistas y excelentes medios, pero la calidad de sus servicios no es comparable a la de los hospitales norteamericanos.

    La razón de la superioridad norteamericana en este rubro es clara. En un ambiente de máxima libertad política y económica, fomento de la excelencia e individualismo, se desarrolla mejor el genio creativo.

    La creatividad es siempre individual. Ya podemos pedir cuantas veces sea a 100.000 personas normales y corrientes que inventen algo, que nunca lo lograrán. La genialidad no es atributo de las masas.

    Ninguna ciencia trajo tanto bienestar a la humanidad como la medicina. Es inimaginable pensar lo que padecía hace 200 años una persona con apendicitis o dolor de muelas y debía ser operada sin anestesia. Miles de enfermedades mortales son hoy curables gracias a los antibióticos. Millones le deben una vida normal, sin molestias, a una simple aspirina.

    ¿Es necesaria una reforma en el sistema de salud norteamericano? Sí, incuestionablemente. Hay importantes puntos que deben ser reconsiderados, como el rechazo de las aseguradoras a hacerse cargo de quienes sufren de alguna enfermedad previa y los elevados costos de los seguros. Pero la reforma aprobada es confusa y fue votada partidistamente y contra la voluntad de la mayoría.

    Esa ley es el comienzo del fin del mejor servicio médico que haya conocido la humanidad. Se impuso el obtuso pensamiento socialista frente al sentido común.

    Si 10 por ciento de la población no goza de seguro médico, ¿por qué el gobierno quiere perjudicar al 90 por ciento restante que está satisfecho con la oferta existente? Es más lógico y menos costoso encontrar una solución para la minoría que sentenciar a todos a un auxilio medianejo.

    El dilema norteamericano comenzó porque hay 32 millones de personas sin seguro. Si todas ellas van a entrar en el sistema, habrá escasez de personal y de dependencias para atenderlas.

    Casi la mitad de los doctores (44%) advirtieron de que si se aprobaba esta ley considerarían dejar la profesión. Si eso sucede, serán más de 100 millones de ciudadanos los que no podrán tener servicio médico adecuado. Los galenos amenazan con renunciar por muchas razones, pero la más común es la misma que hace que la medicina socializada sea mediocre en todas partes. Si todos los médicos van a recibir honorarios similares por sus servicios, sin importar su conocimiento y capacidad, ¿por qué deberían esforzarse en ser mejores?

    El premio al mejor abogado, ingeniero, sastre, actor o cocinero es la remuneración superior. Si ese aliciente es eliminado, no dan ganas de buscar la excelencia. Ese es el cáncer del socialismo: estimula la mediocridad.

    Se ha comprobado que cuando a las personas se les da vivienda, salud, transporte, cualquier servicio gratuitamente, automáticamente pierden el interés por su mantenimiento y tienden a descuidarlo y destruirlo. Este hecho se percibe patéticamente en la educación: en las escuelas y universidades donde la enseñanza es gratuita hay tendencia al vandalismo y la violencia; además, hay desinterés por el estudio y bajo rendimiento intelectual.

    Los demócratas jugaron su primera carta suicida. Perderán en las elecciones legislativas de noviembre y Obama enfrentará una oposición demoledora, a menos que logre narcotizar a los votantes para que olviden este amargo momento. Aunque para entonces ya no habrá drogas con que doparlos.

    José Brechner, en LD

  8. #48
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    08 ene, 07
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    Predeterminado La larga sombra del Obamacare

    Pasado el fragor de la batalla de la reforma sanitaria impulsada por Obama, aunque sus ecos aún resuenen y su sombra vaya a seguir marcando la agenda política estadounidense durante meses, ha llegado el momento de hacer un primer balance.

    Aunque muchos aún crean que en Estados Unidos no había cobertura médica para los pobres, lo cierto es que los programas Medicare, para mayores de 65 años, y Medicaid, para gente sin recursos, ya daban cobertura a 42 y 37 millones de personas, respectivamente (otras 3,5 millones de personas tenían derecho a estos programas, pero, por el motivo que sea, no se habían registrado como beneficiarias). Aunque hay diversas estimaciones, de los 308 millones de estadounidenses, alrededor de 45 millones no tienen cobertura sanitaria a día de hoy. Con la reforma aprobada ahora, y que entrará en vigor a partir de 2014, se calcula que alrededor de 30 millones más de estadounidenses tendrán contratado un seguro de cobertura médica.

    Estas son las principales características del Obamacare, tal y como ha sido finalmente aprobado:
    – Se amplían el Medicare y el Medicaid. Medicare cubrirá más gastos en medicamentos, y Medicaid cubrirá a quienes ganen menos de 16.500 dólares, así como a las familias de cuatro miembros con ingresos inferiores a 39.000 dólares.

    – Se obliga a los ciudadanos –autónomos incluidos– sin cobertura de empresa y a las empresas con más de 50 empleados a contratar un seguro sanitario privado. La pretensión de crear una seguridad social estatal a la europea se ha quedado por el camino.

    – Se destina un fondo de 600.000 millones de dólares a hacer frente a la obligación mencionada en el punto anterior.

    – Los hijos quedan cubiertos por los seguros de sus padres hasta que cumplan 26 años.

    – Se crea un nuevo órgano regulador de las compañías aseguradoras, con capacidad para vetar las subidas de precios.

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  9. #49
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    08 ene, 07
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    Predeterminado La ley sanitaria de Obama

    La ley que el presidente Obama firmó el 23 de marzo se encuentra entre las más radicales de la historia de EEUU. Para el año 2014 habrá inscrito a toda la población en un esquema de seguro sanitario obligatorio.

    Si la ley merece o no ser vista como una reforma es algo que depende de la perspectiva que se maneje. Para la izquierda, se trata de una reforma tímida. No llega a establecer un sistema de salud con un solo pagador, como el que rige en Canadá o Inglaterra, y tampoco logra establecer una opción pública robusta que compita con las aseguradoras privadas. El Obamacare también enfurece a la derecha, que lo ve como un gran salto al socialismo: de hecho, consideraron muy pertinentes las palabras del camarada Fidel, que dijo que la nueva norma era "un milagro". Los partidarios de la misma seguro que prefieren quedarse con las palabras del presidente francés, Nicolás Sarkozy: "Bienvenidos al club de países que no echan a la calle a sus enfermos".

    En fin, al grano. Prácticamente todo aquel que resida legalmente en EEUU deberá contratar un seguro de salud de aquí a 2014, so pena de sanciones que pueden llegar incluso al encarcelamiento. Las aseguradoras privadas podrán variar sus primas en función de datos como la edad del cliente, o si éste es o no fumador, pero no podrán negar la cobertura a un enfermo ni cobrarle una prima más alta que al resto. La cobertura de aquellos a quienes el gobierno considere incapaces de costeársela correrá por cuenta del estado, bien directamente, bien a través de un seguro privado subsidiado. Así que sí, al final aparece –aunque sea sobre el papel– la idea de que EEUU no le negará la atención médica a las personas enfermas.

    Pero, claro, entre el dicho y el hecho hay un largo trecho. En cualquier sitio, a los gobiernos se les da mucho mejor proponer garantías que cumplirlas. Durante décadas, el gobierno de EEUU ha garantizado la atención médica a los niños de familias con ingresos bajos a través del programa Medicaid. Esa garantía, sin embargo, no evitó la muerte, en Maryland, del chaval de 12 años Deamonte Driver. En 2007, Deamonte fue víctima de una infección originada en un diente en mal estado. Parece increíble que muriera por eso, pues el remedio era la mera extracción del diente; pero la madre de Deamonte no pudo encontrar un dentista dispuesto a aceptar los míseros pagos de Medicaid. Aproximadamente la mitad de los 32 millones de norteamericanos que no están asegurados pero que sí quedarán cubiertos por la nueva ley pueden esperar la misma garantía que no le alcanzó a Deamonte.

    Por cierto, todos y cada uno de los miembros del "club" de Sarkozy tienen en su historial historias de enfermos "echados a la calle" de una manera u otra, a pesar de que la ley garantice en todos ellos que jamás sucederá algo así. En 2005, la Corte Suprema de Canadá escribió acerca del Medicare local: "El acceso a una lista de espera no equivale al acceso a la atención médica. (...) hay evidencia contundente de que, en casos graves, los pacientes mueren [en] las listas de espera para recibir atención médica".

    El bagaje de las garantías gubernamentales es la razón por la cual muchos estadounidenses –una mayoría, de hecho– se oponen a la nueva ley, que consideran moverá a EEUU hacia el mundo ideal de Sarkozy.

    Piense, por ejemplo, en la imposición de que las aseguradoras cobren la misma prima a los individuos de una misma edad, con independencia de cuál sea el estado de salud de cada quien. Si asegurar a una persona sana cuesta 5.000 dólares y hacer lo propio con un enfermo, 25.000, obligar a una compañía a fijar la prima en, pongamos, 10.000 dólares va a generar un sinfín de problemas. Para empezar, las aseguradoras que prestan atención de calidad a individuos enfermos quebrarán rápidamente, como de hecho alertan las investigaciones requeridas por uno de los consejeros económicos del propio Obama. Si las aseguradoras privadas quieren sobrevivir, harán lo que sea para no trabajar con enfermos: esto es lo que incentiva el programa de controles de precios del señor Obama.

    Sigamos con los controles de precios, que pueden llevar a provocar el colapso de los mercados privados. Mi colega Victoria Payne y yo hemos calculado que, con la ley de Obama, las personas sanas pueden ahorrarse hasta 3.000 dólares al año –y las familias, hasta 8.000– dándose de baja en su compañía, pagando la preceptiva multa y volviendo a contratar un seguro... cuando se pongan enfermas. Recordemos que las aseguradoras estarán obligadas a pedirles una prima igual a la que pedirían a alguien sano.

    Afortunadamente, sin importar cuáles sean los defectos del sector sanitario (y son muchos), EEUU se ha demostrado a sí mismo numerosas veces cómo su sistema conduce a la innovación médica, tanto en el ámbito técnico como en el administrativo.

    Un reciente estudio del Cato Institute descubrió que en EEUU se han realizado gran parte de los más destacados avances médicos de los últimos 40 años. En algunas áreas, la contribución norteamericana es más importante que la del resto del mundo combinado. Pues bien: son precisamente esas innovaciones las que evitan que los enfermos sean "echados a la calle" en todo el mundo.

    Cuando el gobierno estadounidense ha permitido al mercado respirar, los empresarios han ideado maneras innovadoras de procurar atención médica. Planes de salud integrados como Kaiser Permanente, que se viene desempeñando muy bien (si se lo compara con el Servicio Nacional de Salud), reducen el costo de la atención y hacen avanzar la medicina.

    Además, la innovación ha hecho de los seguros de salud un producto cada vez más fiable. Hace décadas, los mercados privados ponían el foco en que un paciente de 5.000 dólares no se convirtiera en uno de 25.000 garantizando que su prima no subiría más rápido que la del resto, con independencia de cuánto o cuántas veces enfermara. Pues bien, ahora están a punto de ofrecer el no va más: coberturas que protegen contra las primas más altas y hacen que las aseguradoras, en lugar de huir de los enfermos, compitan por ellos.

    Los controles de precios que la ley de Obama impone a las farmacéuticas y las aseguradoras no permitirán que el mercado exprese su demanda de más innovaciones. Massachusetts promulgó una ley casi idéntica en 2006; ley que ya está amenazando con extinguir la innovación en los sistemas de pago y provisión de atención médica en dicho estado...

    Obama podría haber abogado por una legislación que mejorase y abaratase la atención médica a través del proceso descentralizado de la innovación. En cambio, ha extendido un sistema onerosísimo a 32 millones de personas. Como consecuencia de ello, puede que los hospitales norteamericanos echen a la calle a más gente que antes.

    Por todo ello, el Obamacare es digno de una muy merecida... derogación.


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    Por MICHAEL CANNON, director de Estudios de Políticas de Salud del Cato Institute.

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    Predeterminado Obamacare ¿La tumba de Obama?

    El pasado miércoles 19 de enero se produjo una votación en el Cámara de Representantes de los EEUU que promete ser el principio del fin de la mayor injerencia política que se produce en la salud de los norteamericanos a lo largo del último medio siglo. Los congresistas estadounidenses aprobaron revocar la reforma sanitaria de Obama, conocida como Obamacare, que fue aprobada hace diez meses después de una polémica tramitación.

    Los demócratas la llaman "ley para una sanidad barata" en un intento de asociar la ley con las promesas que hizo el presidente cuando desarrolló la campaña para su aprobación. Da igual que en realidad abarate la sanidad o no, lo importante es que la ciudadanía haga la asociación. El truco se parece al de los planes de gasto público masivo que los idólatras del estatismo llaman planes o paquetes "de estímulo", tratando de crear una asociación directa en el ideario popular entre gasto del Estado y la recuperación económica. Pero ni la economía se levanta por el simple hecho de que el Gobierno decida gastar más a través del aparato estatal ni el coste de la sanidad baja por el mero hecho de que el gobernante de turno la organice a su antojo y asegure que con su reestructuración forzosa bajará el coste del servicio.

    Por más que Obama haya repetido hasta la saciedad que su objetivo principal es reducir el coste de la sanidad privada, lo cierto es que en los diez meses de vida de la reforma, las compañías de seguro han empezado a elevar las primas por los costes adicionales que suponen las partes de la ley que ya han entrado en vigor. Y no es de extrañar. ¿Qué otro resultado podía tener obligar a las aseguradoras a aceptar a todos los ciudadanos sin tener en cuenta los posibles problemas de salud preexistentes? Como consecuencia de la experiencia de estos meses, la ciudadanía empieza a asociar la Obamacare con una sanidad más cara y con el deterioro de la calidad del servicio. A los demócratas les ha salido el tiro por la culata. Lo de "ley para una sanidad barata" empieza a sonar a recochineo.

    La revocación posiblemente no tenga éxito a corto plazo. Obama ya ha anunciado que si es necesario vetará la iniciativa republicana. Pero el tiempo parece jugar en favor de los detractores de la ley. Por un lado, ya hay un fallo judicial de un juez federal de Virginia que declara inconstitucional uno de los puntos claves de la reforma: la obligatoriedad de comprar un seguro de salud. Por otro, la ciudadanía norteamericana rechaza actualmente la reforma de manera clara. La encuesta realizada por la CNN este mes muestra una distancia de 8 puntos en favor de quienes están en contra (50% en contra frente a 42% a favor) y el propio Partido Demócrata ha encargado encuestas en las que la diferencia en contra del Obamacare es aún mayor. Ante esta situación, los demócratas han empezado a contratar anuncios tratando de ganar algo de apoyo en la opinión pública. Pero la reforma parece estar en estado de coma.

    Los médicos, los principales profesionales encargados de aplicar la cirugía social de Obama, también se muestran contrarios a la reforma. Tan sólo el 18% cree que la calidad de la sanidad mejorará en los próximos años mientras que una aplastante mayoría de más del 60% cree que empeorará, según una reciente encuesta de HCPlexus y Thomson Reuters. Algunas organizaciones médicas como es el caso de la Asociación de Médicos y Cirujanos Americanos (AAPS) van más allá. Según esta organización la mitad de los médicos estadounidenses planea reducir o incluso cerrar sus consultas debido a la reforma sanitaria como consecuencia de la nueva regulación y la elevación de los costes que está provocando. En el Reino Unido, recuerdan desde la AAPS, el ejercicio libre de la medicina se hundió tras la reforma que creó el actual Servicio Nacional de Salud. Cuando el 5 de julio de 1948 Sir William Beveridge anunció la creación la creación del sistema de sanidad pública que haría al Reino Unido "la envidia del mundo", pocos imaginaban que en dos décadas el número de médicos que ejercían la profesión iba a reducirse de 44.000 hasta 17.000. Hoy las listas de espera y la pobre calidad del servicio son las señas de identidad de aquella reforma radical de la sanidad que en España se tomó como modelo para la creación de la Seguridad Social.

    Los ciudadanos norteamericanos parecen ser alérgicos a la terapia de shock que Obama ha aplicado a la sanidad de su país. Tanto es así que la reforma sanitaria jugó un importante papel en la paliza que los republicanos dieron al presidente en los midterms y en el imparable crecimiento del Tea Party. De seguir este rumbo, no sería de extrañar que la Obamacare se convierta en la tumba política de Obama.

    Por Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana, en LD

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