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  1. #31
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    Predeterminado

    El programa nuclear

    Si la esperanza diplomática occidental era que un nuevo líder en Teherán, más pragmático y moderado, sería más sensible a la presión internacional y estaría mejor dispuestos a negociar el fin del programa atómico a cambio de contrapartidas, con la consolidación de Ahmadinejad y la facción dura que representa, esa esperanza se ha desvanecido por completo.

    De hecho, puede afirmarse que a pesar de todos los problemas políticos tras las elecciones presidenciales en Irán, no ya el programa, sino su avance, se ha visto inalterado.

    Que Irán sigue persiguiendo activamente una bomba atómica no es ya ningún secreto. Por ejemplo, a pesar de que la inteligencia norteamericana diera su golpe de efecto contra Bush con su célebre Estimate de finales de 2007 en el que se afirmaba que Irán había detenido su programa nuclear militar, el director de inteligencia nombrado por Obama, el almirante Blair, reconocía el pasado febrero en su comparecencia ante el senado americano que Irán había detenido en 2003 el diseño de la cabeza nuclear, pero que seguía bien activa en la porción de obtener material fisible y en el diseño de los vehículos portadores, es decir, los misiles balísticos.

    Otro ejemplo: el siempre moderado director de la Agencia de la energía atómica de Viena, el egipcio Mohamed el Baradei, declaraba en una entrevista este pasado mes de junio que era su creencia que Irán quería la tecnología de enriquecimiento de uranio para ser capaz de tener armas atómicas.

    El último informe de la agencia de Viena al servicio de la ONU, de junio de este año 2009, resulta tan claro como preocupante: De febrero a junio, las autoridades iraníes han aumentado el número de centrifugadoras en su planta de Natanz en un 30%, pasando de 5.400 a algo más de 7.000, de la cuales plenamente operativas 5.000.

    En noviembre de 2008, Irán contaba con un stock declarado de 425 kilogramos de uranio de bajo grado de enriquecimiento. Con las recientes incorporaciones de centrifugadoras y su mayor eficiencia productiva, se calcula que en Natanz se pueden estar produciendo en estos momentos unos 7 kilos del mismo uranio de bajo grado al mes, cifra que seguirá incrementándose a medida que se emplean más centrifugadoras.

    Para fabricar su primera bomba, los ingenieros iraníes necesitan entre 20 y 25 kilos de uranio enriquecido al 90%. Y también sabemos científicamente que para lograr esa cantidad de uranio enriquecido a nivel militar, los iraníes deben producir antes 664 kilogramos de uranio de bajo enriquecimiento que someter a nuevos procesos de centrifugados hasta alcanzar el grado necesario para una bomba. Todos los expertos estiman que esa cantidad la tendrá Irán antes de que acabe este año 2009 o enero de 2010 a más tardar. Desde ese momento, y una vez que se tome la decisión de pasar a la fase de enriquecimiento de grado militar, Natanz tardaría un mínimo de dos meses y un máximo de un año en elevar el uranio de bajo enriquecimiento a de grado militar, dependiendo de cuántas centrifugadoras pusiera para esta tarea. La Universidad de Wisconsin estima que si Irán quisiera, podría lograrlo en tan sólo mes y medio.

    Sólo consideraciones de índole política por parte de los dirigentes iraníes podrían alterar el calendario científico-técnico justamente descrito. Y habida cuenta del endurecimiento de la actual elite en el poder, no parece prudente pensar que vayan a abandonar su ambición atómica voluntariamente. Conviene recordar que el programa atómico iraní, tanto en su vertiente abierta como en la clandestina, ha gozado de un alto grado de consenso y apoyo de todas las facciones del régimen. Por ejemplo, el actual líder moderado Mousavi es el responsable de las adquisiciones ilegales a la red del científico paquistaní A. Q. Khan y aunque el aclamado por Occidente Jatamí intentó ejercer un mayor control sobre el programa nuclear, bajo su mandato no hizo sino acelerar sus aspectos militares. Jamenei está convencido de que la bomba es el mejor instrumento de influencia islámica con el que puede soñar Irán y la gente como Ahmadinejad lo ve como la herramienta necesaria para poder cumplir sus sueños revolucionarios y expansionistas.

    Ahora bien, si la CIA tenía razón y en 2003 Irán detuvo temporalmente su programa nuclear por temor a una intervención armada norteamericana, cuyas tropas estaban entrando en Irak victoriosas, ese miedo a lo que puedan imponer ahora los americanos es mucho más bajo, si no inexistente del todo.

  2. #32
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    Predeterminado

    Obama y el diálogo

    En efecto, los ayatolas iraníes podrían estar perfectamente convencidos de que la administración Obama se ha hecho a la idea y acepta, aunque no lo diga, que la bomba iraní es ya un escenario inevitable. Hasta cierto punto tienen razones para pensar de esa manera.

    Por un lado está la llamativa ausencia de medidas críticas frente a la represión tras el 12 de junio, justificada públicamente por el presidente americano por su deseo de “no causar injerencias” en asuntos internos de Irán. Contrasta tanto con lo que cabía esperar de cualquier inquilino de la Casa Blanca que en Teherán se piensa que los intereses regionales de Estados Unidos en la zona, desde Irak a Afganistán, pasando por el petróleo y la nueva aproximación hacia la cuestión palestina, obliga a América a buscar la colaboración directa o indirecta iraní a fin de no agravar muchos de los problemas a los que se enfrentan los americanos. Al fin y al cabo, los iraníes pueden arruinar los planes de Obama tanto en Irak como en Afganistán con relativa facilidad.

    Pero más allá de cómo interpreten los dirigentes iraníes las necesidades estratégicas y geopolíticas americanas en el Golfo, en Teherán también son conscientes de la nueva actitud de Barack Obama, explicitada ya en diversas ocasiones: saben que el presidente americano quiere iniciar una nueva relación con el mundo musulmán, nada confrontacional, tal y como explicó en su discurso de El Cairo; saben también que su preferencia personal es siempre el diálogo antes que recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza; y saben que ha abandonado la política de confrontación con Irán en la esperanza de llegar a un entendimiento fructífero con ellos. Se acabó el temor a un apoyo al cambio de régimen.

    Y en esto último están en lo cierto: Obama prefiere poder hablar con un opresos como Ahmadinejad antes que perder sus planes de diálogo a causa de una revuelta interna. No otra cosa explica su actitud ante la crisis política post-electoral.

    Donde Obama se equivoca es en la disposición de los ayatolas a negociar sinceramente. Entre otras cosas porque se ha colocado en una situación de desventaja al aceptar un diálogo sin condiciones previas y al asumir que tendrá que hacer ciertas concesiones para que los ayatatolas le sigan el juego diplomático. Por ejemplo, en Washington ya no se habla del abandono del proceso de enriquecimiento como una condición para poder hablar bilateralmente de manera directa, sino de una congelación interina mutua. Esto es, paralización del enriquecimiento a la vez que se levantan las sanciones. Y después de eso, a negociar.

    El problema de fondo es que los ayatolas no quieren negociar lo que de verdad interesa, el abandono total de su programa nuclear de uso militar, incluido el enriquecimiento de uranio. Ahmadinejad se ha hartado de repetirlo antes y después de ser reelegido. Y es un hombre de palabra. Eso hay que reconocérselo.

    Poco puede esperarse de la capacidad de convicción de unos Estados Unidos que parecen entregados al derrotismo en este asunto. Es más, si no se logra ningún acuerdo, siempre queda el consuelo de que el Pentágono podría poner en marcha una estrategia de contención como la que puso en su día en pié contra la URSS durante la Guerra Fría, a pesar de las muchas indicaciones de que no son situaciones ni similares ni traspasables.

  3. #33
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    Predeterminado La baza israelí

    Lo único que en estos momentos pueden temer los dirigentes en Teherán es un ataque sorpresa israelí que destruya parcial o completamente las principales instalaciones de su programa nuclear. Sin contar todavía con los sofisticados sistemas antiaéreos que la Rusia de Putin se ha comprometido a venderles, instalarles y mantenerles, Jamenei, Ahmadinejad y los suyos saben que son vulnerables ante un raid de la aviación de Israel. Como también saben que su capacidad de represalia es bastante menor de lo que suele decirse.

    Sin embargo, los iraníes pueden estar convencidos de que Israel no lanzará su ataque sin contar con el apoyo expreso o tácito del presidente Obama. Y saben que ese apoyo no lo tienen hoy y posiblemente no lleguen a tenerlo nunca. Al menos no antes de que para ellos sea demasiado tarde. Es decir, se declaren potencia nuclear no virtual como en la actualidad, sino real y operativa.

    Mientras los Estados Unidos se crean que poniendo en primer plano el proceso de paz con los palestinos, tendrán más apoyos para parar la bomba iraní, los ayatolas pueden sentirse confiados de que no habrá un ataque. De haberlo, todos los logros diplomáticos americanos en la zona se evaporarían de la noche a la mañana, aunque sólo fuera por una cuestión formal. La calle árabe no aguantaría otra agresión imperialista en la zona y sus dirigentes, más temerosos de Irán que de Israel, pero mucho más de sus ciudadanos, se verían forzados a alinearse con la agredida Irán. Al menos de palabra.

    ¿Están equivocados los dirigentes iraníes en sus cálculos? En Israel hay quien argumenta que lo complicado no es el bombardeo o la acción militar, sino la gestión de sus consecuencias políticas; también hay quien calcula que el efecto que se podría lograr, habida cuenta de las posibles instalaciones secretas que quedarían intactas, no compensan el daño que se puede introducir en la relación con América, que podría dejar a Israel como un auténtico estado paria; por último, hay quien está de verdad convencido de que Israel puede entrar en una relación de disuasión mutua con un Irán nuclear.

    Cierto, también hay un nutrido y significativo grupo que dice que godo eso es impensable y que un Irán atómico representaría tal amenaza existencial que Israel hará cuanto esté en su mano para evitarlo.

    Con todo, las voces que creen ver fisuras insalvables en el régimen iraní llamarían a la espera y a la prudencia. Tal vez el régimen no vaya a dar mucho más de sí. Sería una carrera a contrarreloj: cambio político o bomba atómica. Un finísimo cálculo que de no hacerse correctamente, acabaría en la bomba en manos no sólo de los ayatolas, sino de los guardianes de la revolución más radicales de los 30m años de jomeinismo.

    Sólo el tiempo nos dirá qué es lo que llegará primero. Aunque hoy por hoy todo apunta a que estamos más cerca de la bomba nuclear iraní, que del cambio de régimen. Las fisuras son menores que las fortalezas de quienes quieren la bomba a toda costa. Esa puede ser la mayor consecuencia estratégica de lo que ha estado pasando en Irán tras las elecciones.

    Lo que puedan llegar a hacer con su arsenal atómico será la otra gran revolución estratégica de nuestro mundo tras la desaparición de la URSS en 1991.

    Por Rafael L. Bardají

  4. #34
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    Predeterminado La revolución liberal georgiana

    Glucksmann y la revolución liberal georgiana
    Por Bárbara Ayuso y Raúl Vilas

    El verano pasado, Georgia ocupó las portadas de los diarios de todo el mundo tras la invasión por parte de Rusia de dos de sus regiones: Osetia del Sur y Absajia. Una agresión de Putin que tuvo mucho que ver con la revolución liberal y prooccidental que se vive en el pequeño país del Cáucaso. Raphaël Glucksmann nos habla de ello.

    Su apellido les remitirá a su padre, André –el conocido filósofo francés, ideólogo de Mayo del 68, que en los últimos años se desmarcó de la izquierda y apoyó la candidatura de Sarkozy–, pero Raphaël, periodista de 30 años, también tiene mucho que decir.

    Llegó a Georgia en 2003 para grabar un documental sobre la Revolución de la Rosas y se quedó prendado de ese movimiento juvenil, liberal y prooccidental que derrocó a Shevardnadze. Desde entonces, no ha podido desvincularse de un proyecto que define como "apasionante", hasta el punto de que ha trasladado su residencia a Georgia, donde trabaja como asesor del Gobierno de esta joven república, agredida brutalmente hace tan sólo un año por la Rusia de Putin. "Yo había realizado una película sobre la revoluciones llamadas de color, y desde 2003 tenía mucha amistad con esa nueva generación de jóvenes que hizo la revolución liberal de Georgia. Y durante la guerra del verano pasado, tras la invasión rusa, hubo un incidente en particular que me impulsó a quedarme en Georgia y ayudar al Gobierno, y sobre todo a la sociedad civil georgiana".

    A veces una anécdota puede cambiar el rumbo de la vida; Raphaël puede servirnos de ejemplo: "Estaba en una barricada en el sur de Gori, que estaban atacando los rusos. Estaban completamente borrachos, disparando al aire, robando coches de civiles y llenándolos de neveras, de teléfonos móviles; y en ese ambiente surrealista estaban diciendo que todos los europeos occidentales eran homosexuales y lo mejor que podían hacer era volverse a su país. Esas palabras me impulsaron a quedarme". Glucksmann cree que ese país puede ser "una de las últimas grandes aventuras políticas contemporáneas".

    Para los españoles, Georgia es una gran desconocida. "Es un país muy pequeño en una zona muy estratégica –nos explica Raphaël–, gobernado por un grupo de jóvenes que está intentado crear una democracia en una zona donde nunca las ha habido, y por eso para mí es importante que la comunidad internacional no les abandone".

    La pregunta es obligada. Un año después de la invasión rusa, le pedimos que nos cuente cómo está el país. "Actualmente, el 20 por ciento del territorio está ocupado por Rusia, y, después de las limpiezas étnicas que vivimos en el anterior régimen, ahora hay más de medio millón de refugiados georgianos dentro de la propia Georgia, y todo eso con una población total de 4 millones y medio de habitantes. Los tanques rusos están a 32 kilómetros de la capital. Pero la vida continúa".

    No lo puede disimular. Le apasiona esta aventura, y eso desencadena un intenso e interesante diálogo.

    ¿Cómo se ha valorado en Georgia el papel de la Unión Europea, la OTAN y EEUU en esta crisis provocada por la invasión rusa? ¿No se han sentido un poco desamparados?
    Una cosa está clara: si eres amigo de Putin o de Chávez, Putin o Chávez te van a ayudar hasta el final; de Occidente no puedes decir lo mismo. Aun así, en Georgia son conscientes de que Europa, a veces, es aliada de Putin por motivos económicos, y de que los que son pacifistas son antiamericanos. Se le pueden reprochar algunas cosas a europeos y americanos, pero no un abandono de Georgia, porque la ayuda sigue llegando y el proceso está en marcha.

    ¿Cree que la sociedad internacional ha infravalorado el conflicto de Georgia? ¿Considera que se le ha tratado como un conflicto menor?
    En parte sí, porque los europeos todavía no han entendido el interés estratégico de Georgia. Esto no es sólo una cuestión moral, también una cuestión de intereses europeos. ¿Puede depender Europa de un solo proveedor de energía? Evidentemente, no. La única ruta alternativa a Rusia para el transporte de combustible es Georgia. Las reservas de gas de Kazajstán y Uzbequistán, mayores que las rusas, tienen que pasar por Georgia. Esto es también una baza importante para abrir una puerta de Asia Central, incluso de parte de Oriente Medio, a Europa. Lo más importante es que Georgia puede ser un ejemplo para algunas repúblicas ex soviéticas que quieran adoptar el modelo europeo y librarse de la influencia rusa. Putin lo ha entendido muy bien, por eso ha puesto a Georgia en su punto de mira; los europeos, no. Esto es un caso típico: las democracias europeas tardan mucho más en darse cuenta de lo que está en juego, las dictaduras actúan mucho más rápido. Pero creo que al final acabarán despertando.

  5. #35
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    08 ene, 07
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    Predeterminado sigue la revolución liberal georgiana

    No parece muy optimista acerca de la completa democratización de Rusia. ¿Qué postura debería asumir la UE?
    Europa ha perdido mucho tiempo: hubiera sido muy fácil haber ayudado a Rusia antes del año 2000; ahora no es que la democratización no progrese: es que ha habido un retroceso en materia de libertades. Lo primero que hay que hacer para calmar y contener a Rusia es ayudar a todos los países independientes de su entorno. Igualmente, hay que hacer entender a sus dirigentes que uno no se puede comportar como Stalin en Grozni o en la propia Moscú y luego pretender pasar las vacaciones en Cannes. Los dirigentes rusos no son gente que piense que va a ir al cielo no nada por el estilo, sino que consideran que han de disfrutar de todas las ventajas que les brinde Occidente. Pues bien, hay que decirles que si lo que quieren es interactuar con la sociedad occidental, no se pueden comportar de manera tan represiva con sus minorías. Occidente debe entender de una vez que las fronteras internacionalmente reconocidas de un país independiente como Georgia no pueden ser alteradas por los rusos mediante el uso de la fuerza. Lo peor es que Georgia ha sido sólo el principio; después vendrán Ucrania y otros países vecinos de Rusia.

    ¿Qué opinión te merece lo ocurrido en Kosovo? ¿Es un ejemplo válido para Georgia?
    Veo dos diferencias fundamentales. Se piense lo que se piense acerca de Kosovo, está claro es que se aplicó un castigo por la limpieza étnica provocada por Milosevic. En cambio, en Osetia y Abjasia han sido los rusos, junto a las minorías osetias y abjasias, los que han perpetrado una limpieza étnica contra los georgianos. Por lo tanto, reconocer de facto esa situación es dar validez a esa limpieza étnica. Está claro que el fundamento moral que tiene lo que se ha hecho en Kosovo se pierde en Osetia. La segunda diferencia es la crudeza del proceso: antes de dar la independencia a Kosovo ha habido cinco años de discusiones multilaterales, mientras que en Osetia y Abjasia se ha cumplido la voluntad del Zar, que un día tomó la decisión unilateral de cambiar las fronteras de un país. La autorización a un dictador para cambiar unilateralmente las fronteras de un país da resultados desastrosos: por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial.

    ¿Cómo valora el acercamiento de Osetia del Sur y Abjasia, ansiosas de obtener legitimidad internacional, a líderes populistas como Chávez, Evo Morales y Castro?
    La gran paradoja es que ninguno de los países del entorno de Rusia, incluidos los muy cercanos, como Bielorrusia o Kazajstán, ha reconocido la independencia de Abjasia y Osetia; pero viene un populista latinoamericano y lo hace: un señor que no tiene nada que ver en la región. Georgia, ahora mismo, es la víctima de un eje anti-occidental que ha ocupado Rusia, Irán y Venezuela, países que no tienen en común una religión, una cultura, nada... salvo su oposición al sistema de vida occidental. Según la propaganda rusa, la guerra no era contra los georgianos, porque su país era demasiado pequeño y nada relevante, sino contra la OTAN, los americanos, Israel...

    ¿Cree que la alianza Caracas-Teherán-Moscú es una amenaza para la paz mundial?
    Los enemigos de las sociedades occidentales saben exactamente cuál es su objetivo, y están jugando una partida de ajedrez. Pero del otro lado no hay nadie que les plante cara. Nadie quiere una confrontación militar, pero es fundamental actuar. La creación de un eje prooccidental tiene que ser un objetivo de los próximos diez o quince años.

    Con motivo del 40 aniversario de Mayo del 68, Raphaël y su padre escribieron un libro, Mayo del 68. Por la subversión permanente –que en Francia llevó el título de Mayo del 68 explicado a Sarkozy–, en el que formularon una revisión crítica de aquella revolución, pero no una descalificación completa como la que hizo el presidente francés. Le preguntamos si sabía si Sarkozy había leído el libro. Y nos respondió, entre risas: "Él me ha dicho que sí". Acto seguido se puso a valorar lo que ha supuesto el fenómeno Sarkozy:"Es una ruptura importante en Francia; por un motivo: no sale de una formación ideológica tradicional. No hay que ver a Sarkozy como el líder máximo, pero sí considerar su emergencia como un punto de partida. Lo que hay que esperar ahora es que la clase política se percate de que tiene que evolucionar, tanto la derecha como la izquierda. Hay que abandonar los mitos gaullistas en la derecha y olvidar los mitos socialistas en la izquierda".

    Para cerrar este apartado, vuelve a aquella primavera: "Sin Mayo del 68, Sarkozy –un tipo divorciado y de origen inmigrante– jamás habría podido ser presidente de la República". Y para cerrar la entrevista, al Cáucaso: "Ha sido increíble cómo un grupo de jóvenes de entre 25 y 30 años ha protagonizado ese cambio, una revolución liberal. [En cambio,] en Francia o España nos encontramos que los jóvenes no están politizados y con una generación precedente que bloquea cualquier acceso, cualquier cambio (...) La juventud de Europa Occidental debería adoptar como eslogan el 'Todos somos georgianos'".

  6. #36
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    08 ene, 07
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    Predeterminado En apoyo del vencedor, deseando que lo sea plenamente

    En medio de este pánico universal, con gobiernos que crean, toman prestado y derrochan dinero como marineros ebrios, la Canciller alemana Angela Merkel ha surgido como la conciencia de Occidente. Quizá porque creció en la Alemania Oriental del comunismo, o tal vez porque el recuerdo de los años 20´ y de su atroz secuela política está tan arraigado en la psiquis de sus compatriotas, está aguantando como roca en la tempestad, invocando prudencia.

    De todos los participantes en la reunión del G-20 en Londres, es la única que nos ha recordado el origen del problema actual y por qué la respuesta de la mayoría de los gobiernos es peligrosa. “Esto ocurrió,” dijo recientemente al Financial Times, “porque vivimos más allá de nuestros medios… Tras la crisis asiática y los ataques del 11 de septiembre, los gobiernos alentaron el riesgo para impulsar el crecimiento" inyectando dinero cada vez más barato en el sistema financiero.

    En respuesta a la presión mundial para impulsar el gasto público, la Canciller alemana ofrece esta lógica devastadora: “La crisis no aconteció porque veníamos gastando muy poco sino porque estábamos gastando demasiado para generar un crecimiento que no era sustentable”.

    Podría pensarse que Merkel filosofa desde el confort de un país que no está sufriendo el castigo de estos días. Pero, como el primer país exportador del mundo que es, la economía de Alemania se encogerá este año un 4.5 por ciento. Ninguna economía se verá más afectada que la alemana, en términos absolutos, por la caída del comercio internacional –9 por ciento— pronosticada por el Fondo Monetario Internacional.

    Presionada por los socialdemócratas que integran su Gran Coalición, Merkel ya ha tenido que gastar mucho —alrededor del 4.5 por ciento del PBI del país en dos años— para sostener la demanda. Pero ahora ha dicho ¡basta! Su firmeza impidió que la Unión Europea adoptase un plan de salvataje de 229 mil millones de dólares para Europa del Este. También abortó la propuesta de suavizar las férreas reglas fiscales que gobiernan la zona del Euro. Y ha aguantado la presión para rescatar a Opel, la filial alemana de General Motors, sugiriendo que la quiebra podría ser la mejor opción.

    Su escepticismo está respaldado no sólo por la historia de su país: también por el de otras naciones. Tras el estallido de su burbuja inmobiliaria en los años 90, Japón gastó más de 2 billones de dólares (trillones en inglés) para conjurar la recesión. Pero los precios de los inmuebles y la economía en general no levantaron cabeza hasta la siguiente década. Para entonces, la deuda del Estado representaba el equivalente a dos veces el producto económico japonés.

    No es infrecuente, en tiempos de pánico financiero y económico, que los gobiernos pierdan el temple. Después de todo, están sujetos a la ira de sus pueblos. A nadie le agrada enfrentar escenas tumultuosas como las recientes huelgas en Francia, con trabajadores enardecidos que acusaban al presidente Sarkozy de “no hacer nada”. Y eso que hablamos de un gobierno tan intervencionista y “protector” de su pueblo que ha condicionado la asistencia a las automotrices francesas al compromiso de construir plantas dentro del país en vez de fijarlas en lugares como la República Checa.

    En semejante contexto, la posición de Merkel resulta dos veces corajuda. Es digno de destacar que asuma esta posición a pocos meses de las lecciones generales en Alemania, en las que intentará renovar su mandato. Suerte, amiga.

    Los dirigentes estadounidenses se mofan del socialismo europeo desde hace años. Pero, continuando una tendencia iniciada por George W. Bush, el Presidente Obama está decidido a elevar el gasto federal al 28,5 por ciento del PBI, el nivel más alto de su historia exceptuando un tramo de la Segunda Guerra Mundial. Le toca ahora al país líder de Europa –caprichoso giro de la historia— alertar a los Estados Unidos contra el canto de sirena del socialismo.

    Felizmente, la gente de a pie parece estar en callada sintonía con Angela Merkel a ambos lados del Atlántico. Se acaba de anunciar en Londres que, al igual que en los Estados Unidos, la tasa de ahorro británica se triplicó en el último trimestre. A pesar de los empeños monetarios y fiscales en contrario, la gente se está volviendo a acostumbrar a vivir dentro de sus posibilidades.

    Albert Einstein describía la insania como “hacer la misma cosa una y otra vez esperando resultandos distintos”. La Canciller alemana es la única dirigente occidental en estos días que tiene en mente esta pizca de sabiduría.

    Por Álvaro Vargas Llosa

  7. #37
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    Predeterminado Una vez derrotada completamente la izquierda

    Llegó la hora de la verdad para el centro derecha alemán. El pálpito es bueno pero falta ver como será realmente la labor de gobierno.

  8. #38
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    Predeterminado Rompiendo moldes

    Reza el dicho castellano que no hay mal que por bien no venga, afirmación que la realidad confirma en innumerables ocasiones. El presidente Obama, respaldado por una parte importante de la opinión pública y de los congresistas, ha decidido que Estados Unidos también tiene derecho a comportarse como un Estado europeo más y todo apunta a que ya ha dado los primeros pasos en esa dirección. A pesar de sus promesas electorales no está dispuesto a arrostrar las consecuencias de aplicar una estrategia de victoria y prefiere una rendición elegante, envuelta en frases y argumentos falaces. Como europeo no tengo nada que reprocharle. Si nosotros llevamos medio siglo disfrutando de su protección y actuando como adolescentes irresponsables ¿con qué cara les podría criticar por hacer lo mismo? Eso sí, nuestros actos tienen consecuencias y la derrota de Estados Unidos y de la Alianza Atlántica ante las guerrillas talibán y los chicos de Al Qaeda tendrá gravísimas consecuencias durante mucho tiempo.

    Recuerdo haber oído a Rafael Bardají, en los días en que formaba parte del Gabinete del ministro de Defensa, en los días en que Tony Blair trataba de sacar adelante la política europea de seguridad y defensa, que mientras Europa no se llevara un susto de verdad no habría nada que hacer. Es posible que ese susto se esté produciendo en estos momentos. Ya es público que el presidente Sarkozy ha quedado impresionado por las condiciones de estadista de su homólogo norteamericano y que se ha echado sobre sus hombros la cuestión iraní. No sería de extrañar que tanto en Londres como en Berlín las elites políticas estén valorando la catástrofe que se nos avecina y la necesidad de reaccionar desde una perspectiva continental.

    Decía Brzezinski que Europa vivía bajo un Protectorado americano. Conscientemente jugaba con términos históricos en sentido figurado para subrayar un hecho fundamental: que el Viejo Continente había renunciado a su propia defensa y había entregado esa responsabilidad a Estados Unidos. Ése era el acuerdo esencial sobre el que descansaba la Alianza Atlántica y eso es lo que parece tocar a su fin. Los norteamericanos se han cansado de tratar de resolver los problemas de los demás e intentan disfrutar de las ventajas de ser un país normal. Se engañan. Eso no es posible. No son un país normal. Si no resuelven problemas que finalmente afectan a sus intereses nadie lo va a hacer por ellos y al final tendrán que pagar, a muy alto precio, su insensatez. Pero esa es otra historia.

    Obama nos está haciendo un gran favor al enfrentarnos con la realidad. La huida de Afganistán tendrá serias repercusiones en la estabilidad del área mediterránea y en el comportamiento de las comunidades musulmanas en Europa. Vamos a tener problemas muy graves y si no reaccionamos nos mereceremos lo que nos espera. El primer paso es redefinir la colaboración anglo-francesa, porque sólo estos dos países tienen ejércitos en el pleno sentido del término. El siguiente es más complicado: Alemania tiene que revisar su posición. Ya no es posible seguir con los mismos postulados de la postguerra mundial. Juntos, los tres grandes tienen que dar forma, a partir de las instituciones vigentes, a una estructura realmente operativa que nos permita sortear los grandes retos de seguridad que esta primera mitad del siglo XXI nos depara. Juntos, tienen que promover un debate público que nos ayude a comprender la situación en la que nos encontramos y la necesidad de cambiar de mentalidad. Atrás parece quedar la Pax Americana, ahora nos tocar caminar por nuestros propios medios.

    Por Florentino Portero

  9. #39
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Daherndorf, la brújula y el radar: remar contra corriente

    El último libro de Ralf Dahrendorf publicado en España, La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trota, Madrid 2009), es un ensayo sobre la pasión por la libertad. Aparentemente, por su título, este libro podría tomarse por uno más de la literatura ya amplia, a veces aburrida y, por lo general, bastante estéril sobre sociología de los intelectuales, pero, en realidad, se trata de un libro fundamental y necesario. A diferencia de la literatura hasta ahora publicada sobre el tema, no se ocupa de los intelectuales que Mark Lilla ha denominado “filotiránicos”[i]. Es decir, los que cedieron, en diverso grado, a la fascinación del poder totalitario. Dahrendorf, se interesa por el arquetipo opuesto erasmista, a partir de la vida y obra de tres intelectuales liberales que nacieron al comienzo del siglo XX, entre 1902 y 1909: Karl Popper, Raymon Aron e Isaiah Berlin. Su propósito principal no es tanto averiguar y definir las virtudes de estos hombres como identificar las virtudes de la libertad que inmunizan de las tentaciones subyacentes en las variedades del totalitarismo. ¿Qué tipo de libertad deberíamos cultivar para protegernos de las ideologías tiránicas?, se pregunta Dahrendorf. También intenta explicar en qué consiste el atractivo de la política basada en la falta de libertad, y responder a la pregunta sobre la causa de que los totalitarismos del siglo XX triunfaran durante muchos años, antes de sus cataclísmicas derrotas en 1945 y 1989.

    A pesar de que el fascismo fue vencido en la II Guerra Mundial, y el comunismo colapsó hace veinte años, perviven elementos importantes de estas ideologías totalitarias que marcaron la historia del siglo XX. La historia nunca se repite literalmente, como un estribillo, pero las consecuencias de las guerras que destruyeron Yugoslavia, los conflictos en el Cáucaso, los nuevos populismos iberoamericanos y, sobre todo, la amenaza del yihadismo –que en el fondo no es un conflicto entre religiones sino entre un orden liberal y otro fundamentalmente antiliberal–, marcarán sin duda el rumbo del siglo XXI. Por tanto, no está de más recordar a quienes demostraron en circunstancias adversas que era posible mantener los principios liberales. Los que supieron remar contra la corriente de la servidumbre voluntaria de su época.

    1. EL POLÍTICO Y EL INTELECTUAL

    En Europa, hay una idealización y mitificación de los intelectuales. Tiene sus raíces en la filosofía griega, y en la obsesión de trazar una clara diferencia entre políticos y filósofos para contrarrestar la temeraria propuesta platónica del gobernante ideal –el rey filósofo–, matriz de toda doctrina totalitaria. Fue Max Weber quien, en sus celebres conferencias “Política como profesión” y “Ciencia como profesión”, intentó demostrar que las profesiones del político y del intelectual son irreconciliables. Cuanto más se subrayaba la incompatibilidad entre el político y el intelectual, más se atribuía a este último el papel de conciencia moral. Éste es un fenómeno puramente europeo. Hay un abismo entre la definición del intelectual que solía repetir el presidente estadounidense Eisenhower para divertir a sus electores, como un hombre que necesita más palabras de las necesarias para decir más de lo que sabe, y la definición de Julien Benda, que lo define como aquel cuya función es defender valores eternos como la justicia y la razón. Fue Benda quien, en su célebre ensayo La trahison des clercs[ii], publicado en 1927, acusó a los intelectuales franceses de haber traicionado esa función sagrada, por no haber defendido la justa causa en el caso Dreyfus, y describió varios modelos de autoengaño que les permitieron renegar de la misma en aras de unos ideales supuestamente superiores. Benda introdujo en la vida de los europeos un concepto sin sentido que todavía está de moda: la responsabilidad de los intelectuales. A propósito del caso Dreyfus, Benda formuló expectativas imposibles en relación con los que trabajan con las palabras y las ideas, exigiéndoles una participación y responsabilidad fundamentales en la vida política. La responsabilidad de los intelectuales se planteó con particular acuidad al término de la Segunda Guerra Mundial cuando se cuestionó la actitud pasiva o cómplice de las elites alemanas ante los crímenes del Tercer Reich, y tras la destrucción de Yugoslavia, cuyos intelectuales se esforzaron en poner al día las mitologías nacionalistas.

    Las definiciones de Eisenhower y Benda no sólo reflejan la diferencia entre el político y el intelectual, sino también entre la pragmática actitud norteamericana, que asigna a los intelectuales el espacio académico y confía a los políticos la defensa de los valores de la justicia y la razón, y la europea, para la que los intelectuales, desde el siglo XVII, han ocupado el lugar que los sacerdotes tuvieron en la sociedad tradicional. De hecho, Benda les llamaba “clérigos”, sustantivo que se refiere al que ha recibido las órdenes sagradas y a la vez se refiere a la persona letrada o sabia.

    En la Europa del Este, durante la Guerra Fría los intelectuales ejercieron el poder clerical más que en cualquier otro lugar y momento de la historia. Bajo el comunismo, que aspiraba a suprimir cualquier atisbo de religión o de ética que no afirmase los valores utópicos de la hermandad e igualdad y los principios del materialismo dialéctico, los intelectuales jugaron un papel doble. Por un lado, la gran mayoría de ellos, eufóricos ante la rápida modernización tecnológica de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial en la URSS, dieron la legitimidad a la ideología comunista. No en vano Lenin había afirmado que el comunismo sería socialismo más electricidad. Por otro, los intelectuales fueron también los primeros en decepcionarse con el comunismo y, desde la revolución húngara de 1956, encabezaron las rebeliones contra el poder soviético en los países del Pacto de Varsovia. Fueron ellos quienes más contribuyeron a que se negociase en Helsinki, en 1975 –y en el marco de la Conferencia de Seguridad y Cooperación entre los representantes de la Europa dividida– la definición de los “derechos humanos” (aparte de las cuestiones de seguridad y economía), lo que traducía una exigencia profunda de ampliar la libertad de expresión y la libertad religiosa. Los disidentes como Vaclav Havel se convirtieron en auténticos héroes del ideal de democracia liberal en su versión poscomunista.

    Ningún autor occidental hizo un estudio tan cáustico sobre los intelectuales que vivieron en los regímenes comunistas y se adaptaron a ellos, sacrificando sus capacidades intelectuales de juzgar el régimen en el que vivían, como lo hizo el poeta polaco Czeslaw Milosz (1981a) en su ensayo El pensamiento cautivo, publicado en 1953 en París. La lectura de este libro, publicado por primera vez en serbocroata en 1985, más de treinta años después de su difusión en Occidente –pero, así y todo, antes que en otros países comunistas–, junto con la de la Crítica del Marxismo de Lesek Kolakowski, que apareció un año antes, fue fundamental para mi generación, que llegaba a la Universidad en esos años. El mismo hecho de que se publicara a estos autores –ambos exiliados– anunciaba, a quien lo quisiera ver, el comienzo del derrumbe del comunismo. En realidad, no se necesitaba una especial agudeza para advertir que la ideología comunista había perdido su credibilidad y que sus clérigos ya no ejercían poder intelectual alguno. En los Balcanes, muchos de ellos se convirtieron en los nuevos mesías de otra ideología colectivista, el nacionalismo étnico.

    Dahrendorf no se priva de alimentar expectativas éticas en relación con los pensadores, pero describe a otro tipo de intelectual, no muy abundante, que no está al servicio de una ideología o de algún partido político. Son hombres que funcionan como la brújula, con una capacidad de autodirección basada en sus convicciones éticas y liberales. Se diferencian de otros que, como el radar, simplemente captan señales a su alrededor y reaccionan a ellas. Los que funcionan como la brújula nunca pierden su propio rumbo.

  10. #40
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    A diferencia de Julien Benda o de Paul Johnson[iii], Dahrendorf no expone juicios morales ni expresa indignación al mencionar pensadores que cedieron a la tentación totalitaria como Heidegger o Jean-Paul Sartre, por nombrar algunos. Más bien intenta explicar a qué tipo de ordalías estuvieron sometidos quienes se enfrentaron a la seducción de dos ideologías totalitarias: la fascista en su variante nacionalsocialista, y la comunista en su modalidad soviética, el bolchevismo. No por casualidad elige el concepto de tentación, porque apunta al factor irracional de rendición y entrega y reconoce que la política basada en la falta de libertad resultaba algo seductor y atractivo.

    ¿En qué consiste esta fascinación? Fascinación y fascismo tienen la misma raíz etimológica. En el caso del fascismo, se trataba de una ideología que ofrecía a sus seguidores la posibilidad de sentir una pertenencia solidaria en la lucha por una causa digna de glorificación –la grandeza de la Nación–, bajo el poder carismático del Führer, consagrando el principio de la jefatura suprema de un solo hombre. El fascismo ofrecía la salvación colectiva mediante la regeneración nacional. En este caso, seducción y tentación fueron relativas y efímeras, porque muy pronto se desveló la salvación prometida como pura arbitrariedad criminal y violencia para mantenerla. El comunismo ofrecía una sustitución de la fe en Dios por la fe “científica” en un paraíso utópico en la tierra: la redención de un mundo que se presentaba como una necesidad histórica inevitable. Ambas ideologías eran hijas de la misma historia y del mismo suelo, el de la guerra. Se han alimentado, condicionado y combatido mutuamente. Y durante la Segunda Guerra Mundial demostraron que su auge se había debido solamente al eclipse del liberalismo.

    Había muchos que no abogaban eufóricamente por los valores utópicos, pero esto no significa que fueran defensores de la libertad. Czeslaw Milosz los describió con brillantez clasificándoles en cuatro tipos. En cada caso se centra en un aspecto esencial, revelador y temprano, del carácter y la vida del escritor, algo que haya marcado sus escritos más tardíos y sus cambios en la posición política. Nos encontramos con Alfa, “el moralista”; Beta, “el nihilista”, cuyo nihilismo proviene de una pasión ética, del amor desencantado hacia el mundo; Gama, “el esclavo de la historia”, y Delta, “el trovador”. Estos retratos reflejan uno de los momentos más oscuros de la historia, y la tendencia de los hombres a la adaptación, a la emigración interior, o a la indiferencia contemplativa ante las circunstancias políticas que les ha tocado vivir, aunque el precio de tales actitudes sea la privación de libertad.

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