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  1. #1
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    12 ene, 07
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    Predeterminado Master Oficial en Economía de la Escuela Austriaca

    Hola a todos, ¿alguien sabe qué profesores darán clase este año en el Master Oficial en Economía de la Escuela Austriaca?

    Huerta de Soto sin duda dará clase, ¿alguien sabe de algún otro?


    Gracias

  2. #2
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    08 ene, 07
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    Predeterminado

    Durante las últimas semanas, la Escuela Austriaca de Economía ha cobrado algo de notoriedad en los medios de comunicación internacionales. Algo, no mucho, muy poquito; pero como lo normal es que no le concedan ninguna, casi toca celebrarlo.

    Hace unos días fue Gregory Mankiw, uno de los economistas y tomboleros más conocidos del mundo, quien se planteaba que quizá –penurias que ha de sufrir uno– no fuera tan buena idea aquello de dejar que los bancos se endeuden a corto plazo y presten a largo. Ahora, el autor de uno de los libros de macroeconomía más vendidos y estudiados en las facultades parece darse cuenta de que esa estrategia financiera, tan desestabilizadora, tan peligrosa y tan ruinosa puede que no depare demasiados beneficios. Oh, de golpe, comprendemos que ese método tan científico, exacto y respetable que emplean los economistas ortodoxos ha engañado a varias generaciones de universitarios y profesionales; lo que parecían conclusiones asentadísimas dejan de serlo de la noche a la mañana.

    Bien está que Mankiw recapacite, aunque mejor hubiera estado que no ignorase La acción humana, de Ludwig von Mises, por el mero hecho de que fue publicada en 1949. Así, quizá se hubiese ahorrado –y hubiese ahorrado a tantos– años y más años de confusión, pues ya en esas páginas Mises analizaba y criticaba el descalce de plazos por el que hoy, 61 años después, Mankiw comienza a preocuparse.

    Si la ciencia económica realmente existente, según dicen, es una disciplina nada sectaria, nada ideologizada y nada influida por intereses políticos y empresariales, habrá que asumir que todos los artículos académicos que se publican llevan en sí, implícita o explícitamente, lo mejor de las generaciones anteriores. Así que habrá que asumir que todo lo aprovechable de La acción humana está adecuadamente filtrado, aislado e incorporado en la corriente económica mayoritaria.

    Ja.

    El otro que hace unos días reivindicó algunas ideas típicamente austriacas fue el ex presidente de la Fed, Alan Greenspan. En un largo artículo con el que pretende sacudirse su más que evidente responsabilidad en la gestación del boom artificial del crédito, Greenspan concluye que los problemas de un sistema financiero aparecen cuando éste se endeuda a corto plazo e invierte a largo. Quizá a muchos les sorprenda. A mí, no tanto. Cualquiera que haya leído qué pensaba Greenspan en 1966 sobre el patrón oro podrá darse cuenta de que la teoría austriaca jamás lo abandonó: para lo bueno y para lo malo. Pues sin tales conocimientos probablemente no hubiese logrado sostener ese castillo de naipes financiero durante tanto tiempo, y la crisis actual hubiese sido mucho más liviana.

    Mas no quería hablarles ni de Mankiw ni de Greenspan, sino de otros dos economistas de renombre, Martin Wolf y Paul Krugman, que también han mentado a la Escuela Austriaca en fechas recientes.

    Wolf, jefe de Opinión de Financial Times, ha escrito un artículo en que pide opiniones sobre la Escuela Austriaca. En principio, él ve con agrado algunas de sus teorías; por ejemplo, la que dice que la reserva fraccionaria tiende a generar booms crediticios que cristalizan en malas inversiones generalizadas. La exposición de Wolf es simple y muy poco matizada, pero cumple su función de transmitir la esencia sin errores. No podemos decir lo mismo cuando pasa a reflexionar sobre la parte de la teoría austriaca que no le agrada: por ejemplo, la idea de que los problemas de la crisis se solucionan dejando que todo quiebre.

    Es cierto que algunos austriacos (sobre todo, en el Mises Institute) son partidarios de que, si es necesario, caiga el sistema. Por no es una postura unánime. Así, Hayek era consciente de los riesgos de la "contracción secundaria", y otros austriacos han alertado sobre los peligros de que la necesaria liquidación se transforme en una sobreliquidación. Yo mismo he sugerido alternativas al rescate público de la banca que no pasan por su quiebra.

    Es una pena que Wolf no conozca demasiado bien toda esta rica tradición austriaca, aunque en su descargo reconoceré que los austriacos tampoco han hecho demasiado por darla a conocer.

    Muy otro es el caso de Krugman. En el Nobel de 2008 se juntan en distintas dosis la ignorancia y la mala fe. Es difícil saber cuál de ellas prevalece, dados sus antecedentes. Pero afirmar que la teoría austriaca del ciclo económico es incapaz de explicar por qué surge desempleo durante la fase recesiva denota una nula comprensión de la misma. La heterogeneidad y la poca convertibilidad de los bienes de capital, unidas a la falta de ajuste en los precios relativos (salarios incluidos), explican la persistencia del desempleo durante una crisis. En caso contrario no sólo no habría desempleo, sino que no habría crisis. Parece mentira que haya que volver a explicar esto.

    Otros economistas de media fila, como Brad Delong, ese que manipula los textos de Hoover para tergiversar a un Hayek al que, por otro lado, él mismo confiesa que no entiende, también han participado en el debate; pero sus opiniones son sólo un refrito de las de Krugman con un poco de jerga monetarista, así que tampoco merece la pena prestarle demasiada atención.

    En fin, a lo que iba: periodistas y economistas, sabiéndolo o no, manipulando sus tesis o no, están empezando a conceder a la Escuela Austriaca la relevancia que merece. Probablemente no sea mérito de quienes nos consideramos austriacos –en general, somos divulgadores muy perfectibles–, sino más bien fruto de la propia tozudez de los hechos.

    Y es que cuando los bancos centrales expanden el crédito a gran escala, provocan crisis descomunales, rebajan los tipos de interés sin conseguir reinflar las burbujas causantes de todos los males, y los planes de estímulo keynesianos sólo sirven para lastrar el crecimiento presente y futuro, una de dos: o empiezas a aceptar el peso de las teorías austriacas, o dejas que la ideología te ciegue. Esperemos que la gente honrada y equivocada tenga más peso que la gente deshonesta y politizada.

    Por Juan Ramón Rallo Julián, en LD

    © El Cato

  3. #3
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Hijo de alemanes, padre de austriacos

    Durante décadas, la opinión casi unánime de los arqueólogos del pensamiento económico era que la Escuela Austriaca había nacido ex nihilo por obra y gracia de Carl Menger, un economista no sólo desgajado del contexto intelectual de su época, sino incluso enfrentado a la corriente mayoritaria del momento, representada por la Escuela Histórica Alemana de Gustav Schmoller.

    Sin duda, no faltaban razones de peso para llegar a esta conclusión. El que probablemente sea el mejor historiador del pensamiento económico que haya existido jamás, Joseph Schumpeter, escribió en 1915, con motivo del 75 cumpleaños de Menger: "Como si hubiesen venido de otro mundo –sin explicación y sin causa– Menger, Böhm-Bawerk y Wieser aparecieron en la escena económica de aquella época". Schumpeter conocía en ese momento el terreno de primera mano, porque pocos años antes había sido discípulo de Eugen Böhm Bawerk, a su vez discípulo de Menger. El paso de los años tampoco hizo cambiar a Schumpeter de opinión, pues a lo largo de su vida reiteró este juicio en diversas ocasiones; por ejemplo en su libro de biografías de economistas, datado en 1952, puede leerse que "con autonomía y grandeza científica, el trabajo intelectual de Menger se presenta con un marcado contraste frente a su entorno. Sin estimulación externa y desde luego sin ninguna ayuda, atacó el edificio en ruinas de la teoría económica".

    Más llamativo aún es el caso del gran Ludwig von Mises, quien en su historia de la Escuela Austriaca señala textualmente que "sin duda, ninguno de sus profesores, amigos o colegas se interesó por los problemas que emocionaban a Menger. Cuando, poco antes de estallar la Primera Guerra Mundial, le pregunté sobre las reuniones informales en las que participaban los jóvenes economistas de Viena para discutir problemas de teoría económica, me comentó: ‘Cuando tenía tu edad, nadie en Viena se preocupaba por estas cosas’. Hasta finales de los años 70 del s. XIX no había ninguna Escuela Austriaca. Sólo estaba Carl Menger".

    El problema –y lo siento mucho por el gran Schumpeter y todavía más por el aún mayor Mises– es que este relato histórico es más falso que un duro sevillano. Desconozco las razones que llevaron a estos, por otro lado, honestos y ejemplares economistas a tergiversar de manera tan artera la historia del pensamiento económico –aunque la hipótesis más probable es la marcada germanofobia de ambos– pero después del devastador artículo de Erich Streissler sobre las influencias intelectuales de Carl Menger, resulta simplemente imposible seguir sosteniendo que el austriaco era algo así como un outsider en su época. Menger, por el contrario, fue la culminación histórica de toda una tradición económica que hoy sabemos que abarcaba a la Escuela del Valor de Uso alemana (Gebrauchtwertschule) e incluso, tras los impagables descubrimientos de Gabriel Calzada, a toda una corriente de pensamiento que llega hasta nuestra Escuela de Salamanca (pasando por Francia, Escocia, Holanda e Italia).

    Casi ninguno de los grandes hallazgos que se le atribuyen a Menger –la subjetividad del valor, la relación real entre precios y costes, el origen evolutivo del dinero e incluso la utilidad marginal decreciente– es original suyo, sino que ya eran sobradamente conocidos en Alemania desde comienzos del s. XIX.

    Tengamos en cuenta que la magnum opus de Menger en 1871, los Principios de Economía, fue desde un comienzo muy bien recibida en Alemania por cuanto encajaba a la perfección con todo lo que se venía publicando y enseñando en sus universidades desde hacía 70 años. Es más, Menger en ningún momento trata de ocultar esa deuda intelectual con sus precedesores alemanes, pues dedica sus Principios a Wilhelm Röscher, el economista alemán más importante de la época; cita positivamente y con profusión a otros economistas alemanes como Hermann, Schäffle, Knies o Rau; y, de hecho, reconoce explícitamente en el prólogo que "el campo de estudio aquí tratado ha sido, en su mayor parte, patrimonio común de los recientes avances de la economía política alemana".

    Menger no llegó a lo más alto de nuestra ciencia rebotando contra el vacío, sino alzándose sobre hombros de gigantes; más bien, de otros gigantes como él. Porque si algo no me gustaría es que esta contextualización de la obra del austriaco desmereciera un ápice su monumental contribución a la ciencia económica. Menger fue un genio como pocos habrá tenido nuestra disciplina. Antal Fekete –probablemente el continuador más fiel del pensamiento mengeriano– ha llegado a afirmar que el austriaco se sitúa a la altura intelectual de Aristóteles dentro de la historia del pensamiento. Y, exagerado o no, lo cierto es que sus Principios de Economía siguen siendo, en palabras de otro enorme economista como Charles Rist, "la mejor introducción que se le puede dar a un joven economista para que aprenda las nociones básicas de la economía política".

    El libro sistematiza, clarifica y engarza lo mejor de todos sus predecesores en un corpus que servirá de base para el ulterior desarrollo de la ciencia económica. A través del individualismo metodológico, es decir, tomando como punto de partido el individuo que actúa y toma decisiones, Menger va explicando cómo los bienes económicos lo son en tanto instrumentos para satisfacer necesidades humanas; que la importancia de esas necesidades será la que determinará su valor y su precio (y no el trabajo incorporado, como creyeron, entre muchos otros, David Ricardo y Karl Marx); que la importancia de las necesidades será progresivamente decreciente conforme aumente la cantidad de un bien (resolviendo la paradoja de por qué los diamantes eran más caros que el agua siendo menos útiles); que los intercambios se realizarán a un precio que sea mutuamente beneficioso para las partes en función de la importancia subjetiva que le asignen al bien intercambiado; que la producción de cada bien se estructura en una serie de etapas temporales –distinguiendo entre bienes finales o de consumo y bienes de orden superior– y en un ambiente de incertidumbre inerradicable en torno al resultado final donde, por tanto, el individuo puede equivocarse; que el valor y el precio (o coste) de los bienes económicos de orden superior dependerá del valor y del precio del bien de consumo que contribuyan a producir (aun hoy se sigue creyendo ingenuamente que los precios dependen de los costes cuando es al revés); que no todos los bienes económicos serán igualmente vendibles en grandes cantidades (presentarán diversos grados de lo que más tarde llamará "liquidez"); y que mediante la búsqueda empresarial de medios que faciliten y aceleren los intercambios, el dinero evolucionará de forma espontánea en sociedad –sin necesidad de que lo imponga el Estado– a partir de los bienes más líquidos (los que son más fácilmente vendibles), siendo el caso paradigmático el del oro.

    Aunque, como digo, muchas de estas ideas no eran nuevas, su unidad sí lo fue. Y por ello logró un reconocimiento y una influencia generalizada que sólo cabe lamentar que no fuera mucho mayor.

  4. #4
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    Predeterminado Hijo de alemanes, padre de austriacos (2)

    Pero sería injusto reducir los logros de Menger a sus formidables Principios de Economía. Tras la publicación del libro, el economista austriaco se convirtió, primero, en el tutor personal del príncipe Rudolf, el sucesor al trono del Imperio austrohúngaro y, posteriormente, en uno de los dos púgiles de la célebre Methodenstreit o polémica sobre el método en economía.

    De las lecciones a Rudolf nos ha quedado una recopilación de las transcripciones escritas que hizo el propio Rudolf y donde encontramos el lado más político del pensamiento de su tutor. Menger educó al príncipe en los principios del liberalismo, pero no de un liberalismo cualquiera, sino, en palabras de Streissler, a la sazón editor de la recopilación de las lecciones, "un liberalismo clásico de la más pura cepa que asignaba un papel al Estado incluso más reducido que el de Adam Smith". Lástima que Rudolf no gozara de la fortaleza psicológica suficiente como para hacer buen uso de la magnífica formación recibida.

    De la polémica sobre el método que libró con éxito contra el historicista alemán Gustav Schmoller hemos recibido la otra gran obra de Menger: La investigación sobre el método de las ciencias sociales, donde se analizan los distintos métodos y enfoques que pueden dársele a la ciencia económica en sus tres vertientes (teoría económica, historia económica y economía aplicada). Menger considera que el método ideal –siempre que pueda utilizarse– es el deductivo, por ser mucho más preciso, completo, riguroso y exacto que el inductivo. Esta valiosa semilla metodológica fue la que germinó en todo su esplendor en la praxeología de Mises, una ciencia a priori de la acción humana y de la economía.

    Concluida la Methodenstreit, Menger continuó preparando hasta su muerte una segunda edición de sus Principios de Economía bastante más ambiciosa y omnicomprensiva que la primera y donde se integraran algunas de las investigaciones sobre el dinero, el capital o el interés que seguía desarrollando. Parte de su proyecto teórico quedó inconcluso y sólo pudo ser completado por economistas posteriores (especialmente por su discípulo Böhm-Bawerk). Pero otra parte muy importante fructificó en ricos hallazgos que se fueron publicando en artículos sueltos –como una caracterización más precisa de la liquidez de los bienes según la variación de sus spreads de precios o su definición empresarial del capital– y que nunca fueron hilvanados coherentemente con el resto de su teoría en esa tan esperada segunda edición de los Principios. Este fue motivo por el cual, y para desgracia de nuestra ciencia, esas nuevas aportaciones de Menger han caído en el olvido a la espera de que alguien las rescate.

    Es curioso, pues, que más de un siglo después de que Menger revolucionara la ciencia económica, los economistas todavía no le hayamos sacado todo el jugo posible a su obra. Pero precisamente por ello –porque no lo desarrolló todo y no todo lo que desarrolló fue perfecto–, generaciones sucesivas de economistas se han ido acercando a sus libros para ir enriqueciendo nuestra ciencia alrededor del corazón teórico mengeriano. La obra de Menger no sólo alcanzó fama universal, sino que, sobre todo, dio origen a la línea de pensamiento y al programa de investigación económico más realista y profundo de cuantos se hayan abierto hasta el momento: la Escuela Austriaca de Economía.

    Juan Ramón Rallo

  5. #5
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El tiempo es oro (1)

    Decía Hayek que había dos tipos de mentes: las mentes rompecabezas y las mentes maestras. Las primeras, de las que el propio Hayek se consideraba un caso extremo, sufrían de una inherente incapacidad para memorizar un gran número de teorías y de datos, pero a cambio tenían la habilidad de establecer de manera intuitiva conexiones entre multitud de disciplinas que nadie más podía ver (podríamos llamarlas para mayor simplicidad mentes creativas).

    Las segundas podían memorizar al detalle todas las teorías y los hechos que giraban alrededor de un asunto concreto y gracias a ello formulaban, tras un dilatado proceso de reflexión y maduración, una síntesis que hacía progresar su estrecho campo de conocimiento.

    Hayek creía que Eugen von Böhm Bawerk, el discípulo más conocido y exitoso de Carl Menger, era un caso extremo de mente maestra. Y no le faltaban desde razones para pensarlo: la empresa intelectual de Böhm Bawerk fue de tal profundidad que se le puede considerar en justicia como el padre de la teoría moderna del capital y del interés. No en vano, el gran economista sueco Knut Wicksell calificó su obra de "uno de los mayores logros de la teoría económica".

    Carl Menger había revolucionado nuestra ciencia al unificar y perfeccionar las aportaciones que diversos economistas alemanes habían venido realizando en la primera mitad del s. XIX. Sin embargo, la formidable teoría económica mengeriana, que si por algo podía vanagloriarse era por haber dejado claro que los bienes económicos lo eran en tanto instrumentos empleados a lo largo del tiempo para satisfacer fines individuales, adolecía de una llamativa carencia: no tenía una teoría sobre cómo se valoraban esos bienes en distintos momentos del tiempo. Es decir, ¿acaso los individuos valorarán igual el disfrute de, por ejemplo, una vivienda hoy que el disfrute de una vivienda dentro de 10 años? Este fue el punto de partida que adoptó Böhm Bawerk.

    A buen seguro su interés en la cuestión no se había desarrollado de manera casual. En los años en los que Böhm se formó como economista (60-70 del s. XIX), demagogos socialistas como Lassalle, Rodbertus o Marx estaban espoleando contra el sistema capitalista a esos ejércitos de proletarios que, como ya apuntara Hayek, habían sobrevivido y crecido gracias a la prosperidad creada por el propio capitalismo.

    A comienzos de los 70, la publicación al alemán del Manifiesto Comunista y la Comuna de París terminaron por preocupar al acomodado funcionariado germano, que reaccionó de inmediato tratando de contentar a las masas obreras ofreciéndoles un embrionario estado de bienestar. Diversos economistas alemanes favorables al intervencionismo gubernamental –el llamado "socialismo de cátedra", que agrupaba a gente tan variopinta como Knies, Hildebrand, Roscher, Schmoller o Brentano– buscaron resolver la llamada "cuestión social" instaurando un "Estado social" a favor de los proletarios y en perjuicio de los capitalistas. De hecho, en 1872 se creó la Verein Für Sozialpolitik, un grupo de presión intervencionista que agrupaba a los socialistas de cátedra y a otros intelectuales y cuyas propuestas cristalizarían en 1881 en la Sozialpolitik de Bismark, deriva catastrófica que perdió a Alemania para más de medio siglo.

    Böhm-Bawerk creció en este clima cada vez menos favorable al liberalismo. No es que Böhm fuera, ni mucho menos, un liberal clásico como probablemente lo fue Menger y desde luego Mises, ya que entre sus deméritos se encontraban el haber defendido las obras públicas contracíclicas, el proteccionismo estratégico o la redistribución de la renta (si bien dentro de un marco de equilibrio presupuestario y patrón oro), pero aún así, desde su mentalidad conservadora-funcionarial con algún elemento liberal, se dio cuenta de que la demagogia socialista no podía ser combatida con medidas políticas (o al menos no sólo con medidas políticas, pues Böhm formó parte de la Verein) y que hacía falta una refutación intelectual solvente que desmontara la milonga de que los capitalistas explotan a los proletarios (Böhm fue de los pocos en detectar la amenaza para la sensatez y la prosperidad que suponían las teorías económicas de Marx y, años más tarde, sería el primero en ofrecer una refutación sistemática del marxismo, metiendo el dedo en la llaga de su "gran contradicción").

    La cuestión que debía resolver Böhm no era ya la de si el trabajo era fuente de valor y por tanto si el capitalista se apropiaba del producto de los trabajadores (al fin y al cabo la teoría del valor-trabajo carecía de predicamento en los ambientes académicos alemanes y austriacos, incluso antes de la llegada de Menger), sino qué explicación y justificación tenía, aun admitiendo la subjetividad del valor, que los capitalistas percibieran una rentabilidad dentro del proceso productivo sin estar haciendo aparentemente nada.

    La respuesta que ofreció Böhm-Bawerk partiendo de las intuiciones de Turgot y de Menger le sirvió para articular toda la producción teórica de su vida: el pago de salarios por parte del capitalista constituye un intercambio entre producción presente (los salarios) y producción futura (las ventas de la mercancía que fabrican los trabajadores) y, como es razonable suponer que los bienes presentes son más valiosos que los bienes futuros, por necesidad los salarios pagados hoy habrán de ser menores que las ventas recibidas mañana.

    Böhm simplemente reflejaba que los capitalistas, al pagar los salarios, adelantaban a los trabajadores la renta para adquirir bienes de consumo antes de haber vendido y producido sus mercancías; a efectos prácticos, era como si los capitalistas les concedieran un préstamo a los trabajadores.

    En otras palabras, Böhm-Bawerk trató de extender la teoría subjetivista de Menger al campo de los intercambios intertemporales: si los bienes futuros eran menos valiosos que los bienes presentes, entonces por necesidad una unidad de cualquier bien presente se intercambiaría por más de una unidad de bienes futuros, y esa diferencia constituiría el "interés" o el "rendimiento" propio de los capitalistas.

    Esta fue la tesis que Böhm fue desarrollando a lo largo de su gran obra: Capital e Interés. El primer libro de esta antología, publicado en 1884 mientras era profesor en la Universidad de Innsbruck, llevaba por título Historia y Crítica de las Teorías del Interés y su objeto era el de refutar una a una las grandes explicaciones que hasta el momento se habían ofrecido sobre el interés. Es algo así como, en palabras de Edgeworth, una "teoría negativa del interés", una explicación detallada de qué no es el interés. Bajo su pluma, van cayendo una a una todas las teorías que justificaban el interés en motivos como la productividad física de los bienes de capital, la abstinencia del consumo, la renta de la tierra o la explotación del trabajo. Böhm es implacable y no deja títere con cabeza, pues su intención no era la de hacer una historia del pensamiento en torno al interés, sino utilizar a egregios economistas como representantes de teorías erradas que convenía descartar.

  6. #6
    Fecha de Ingreso
    08 ene, 07
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    Predeterminado El tiempo es oro (2)

    Cinco años después de esta teoría negativa del interés, vino por fin su auténtica contribución económica, el segundo libro titulado La teoría positiva del interés. Böhm-Bawerk tuvo que publicarlo en 1889, probablemente sin todas las revisiones necesarias, porque ese mismo año abandonó Innsbruck para iniciar su andadura política como director del departamento de la imposición directa (años más tarde sería nombrado ministro de Hacienda en tres ocasiones).

    Böhm comienza este segundo libro recordando la teoría del intercambio atemporal de Menger, clarificando y elaborando algunos de sus aspectos, como el proceso exacto por el cual los costes empresariales dependen de las utilidades marginales de los consumidores. Una vez hecho esto, el austriaco pasa a centrarse por fin en explicar la existencia del interés como la subestimación de los fines futuros frente a los presentes.

    Böhm daba tres razones esenciales por los que era razonable suponer que los bienes futuros resultaban menos valiosos que los presentes (sus famosas Drei Gründe); las dos primeras afectaban a los consumidores y la tercera al productor.

    La primera es que la mayoría de personas disponen de mayor renta en el futuro que en el presente, de modo que valorarán más la renta escasa presente que la renta abundante futura (en realidad, simplemente se trata de una aplicación del principio de la utilidad marginal decreciente a la renta). Böhm admitía la posibilidad de que hubiera sujetos cuya renta futura fuera menor que la presente, pero aún así, decía, el valor futuro será como mucho igual al presente, pues todos los agentes tienen la opción de atesorar dinero si es quieren trasladar poder adquisitivo al futuro (hoy esta posibilidad se ve muy limitada por la inflación inherente al dinero fiduciario). La segunda razón se basa en una subestimación de las necesidades futuras frente a las presentes, ya sea por imprevisión, codicia o incertidumbre en tono a la fugacidad de la vida.

    La tercera causa fue la más polémica pero a la vez la más fructífera. Böhm-Bawerk partió de que en las economías capitalistas modernas los bienes de consumo no se producen directamente, sino de manera indirecta: con la tierra y el trabajo producimos bienes de capital, que a su vez, en conjunción con otra tierra y trabajo, producen otros bienes de capital que, tras otras etapas del mismo estilo, terminan madurando en bienes de consumo. Böhm asumió que cuanto más largo fuera este proceso indirecto de producción, más eficiente y productivo sería, de modo que los capitalistas sólo estarían dispuestos a renunciar a sus muy productivos bienes de capital presentes a cambio de sumas mayores de bienes de consumo futuros (y de ahí el interés).

    Esta intuición le sirvió de base para construir toda una rica teoría del capital que aún hoy es el armazón básico de la teoría austriaca del ciclo económico: las reducciones de los tipos de interés irán de la mano de una ampliación del período productivo de la economía, es decir, del tiempo que media entre el momento en que empezamos a producir bienes de capital y el momento en que obtenemos los bienes de consumo. A su vez, dentro de la teoría de Böhm, los precios y los salarios quedaban determinados en función del período de producción óptimo, lo que le permitía alcanzar lo que los neoclásicos llamarían hoy un "equilibrio general" del sistema económico.

    Pero, como decía, la tercera razón justificativa del interés fue la que más críticas recibió; en ocasiones merecidamente, pero en otras por simple incomprensión. Por un lado, algunos economistas como Fisher la tildaron de redundante con respecto a las dos primeras razones, pues, a su juicio, si los productores valoraban menos los bienes futuros que los presentes era sólo porque así lo hacía los consumidores (en este caso la crítica es errónea, porque durante cortos períodos de tiempo la tercera razón forzaría que el tipo de interés fuera positivo aun cuando no concurrieran las dos primeras). Por otro, muchos atacaron los simples cálculos, medidas y supuestos que había adoptado Böhm para justificar la mayor productividad de los métodos indirectos de producción (en este caso, algunas críticas están justificadas, pues Böhm-Bawerk buscaba demostrar la existencia de una mayor productividad en términos físicos, y no monetarios, lo que si bien podía parecer la única alternativa en un patrón monetario fijo, emponzoñaba gran parte de su análisis).

    Por consiguiente, la obra de Böhm no está exenta de errores teóricos y formales. Algunos economistas austriacos más recientes, como Ludwig Lachmann, incluso han llegado a defender –de manera bastante exagerada, a mi entender– que Böhm no debería ser considerado un miembro de la Escuela Austriaca, pues sus libros tienen más que ver con el estudio ricardiano de la distribución de las rentas que con el análisis del proceso empresarial de mercado característico de los austriacos.

    Además, Böhm-Bawerk, si bien era un pensador sistemático, no podía considerarse ni mucho menos un escritor brillante y claro (el idioma alemán en este caso no ayudó; su facilidad sintáctica para encadenar subordinadas permitió a Böhm a escribir frases superiores a una página); de hecho, para mayor desgracia de sus lectores, su estilo fue volviéndose más farragoso conforme fue ampliando sus libros a partir de su abandono de la política activa en 1904. Su fuerte sentido del deber le movía a responder a todas las críticas que recibía para no convertirse, según sus propias palabras, en un "camorrista literario".

    Sin embargo, lo cierto es que ninguna obra económica es perfecta, tampoco la de la "mente maestra" de Böhm-Bawerk. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco supone ningún drama cuando se cuenta con una cantera de excelentes discípulos. En este caso, sus errores e imprecisiones fueron más tarde enmendados y corregidos por economistas de la talla de Mises, Hayek, Wicksell, Fisher o el propio Lachmann, dando como resultado una riquísima y solidísima teoría del interés y del capital.

    Pero nada de lo anterior habría sido posible sin Böhm. A él le corresponde casi en exclusiva el mérito de haber dado el gigantesco paso adelante que supuso ampliar el esquema teórico mengeriano a los intercambios de bienes en el tiempo. De esa simple intuición vino el resto: definir el interés como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros y relacionarlo con la dimensión temporal del capital, dos rasgos que desde entonces han constituido parte esencial del núcleo teórico de la Escuela Austriaca y de que cualquier teoría económica que no esté podrida de base.

    Juan Ramón Rallo Julián

  7. #7
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Hayek y el surgimiento del orden libre

    Friedrich Hayek es probablemente el autor más conocido de la Escuela Austriaca, en buena medida por haber recibido el Premio Nobel de Economía en 1974. Sin embargo, y pese a ser el único austriaco con tal distinción en su palmarés, Hayek fue mucho más que un economista; de hecho, él mismo se encargaba de advertir que "un economista que sea sólo economista no puede ser un buen economista".

    Con el paso de los años, sus intereses y estudios fueron abarcando campos tan aparentemente diversos e inconexos como el derecho, la psicología, la filosofía política, la teoría de la información, la sociología, la antropología o la metodología de la ciencia.

    Uno podría temer que, ante tal variedad de objetos de estudio, Hayek fuera más bien una mente dispersa, caótica y poco sistemática a la que le fue imposible profundizar lo suficiente en alguna de estas disciplinas. Sin embargo, y por mucho que haya algo de cierto en semejante diagnóstico, la gran preocupación intelectual de su vida no fue tanto lograr un conocimiento completo en cada una de estas materias, cuanto utilizarlas para explicar un aspecto muy concreto de nuestro mundo: cómo emerge el orden (o, más bien, los órdenes).

    La de Hayek fue una travesía intelectual que comenzó en Viena. Después de pasar por los cursos del discípulo menos mengeriano de Carl Menger, Friedrich Wieser, empezó a trabajar en una agencia estatal dedicada a saldar las deudas privadas tras la Primera Guerra Mundial. Fue allí donde conoció a quien entonces era su director, la persona que se convertiría en su gran maestro y la que de una manera más crucial determinó su carrera como economista: Ludwig von Mises.

    Era la década de los 20, Mises ya había publicado sus dos grandes aportaciones a la ciencia económica: su Teoría del dinero y de los medios fiduciarios y Socialismo. Hayek, tras una corta estancia en EEUU, supo sacar un enorme provecho a la relación personal e intelectual con Mises, sobre todo gracias a sus participaciones en el seminario privado que impartía éste y al que también acudían otros egregios economistas como Machlup, Haberler, Morgenstern o Schutz. No es casualidad que toda la producción intelectual de Hayek durante casi dos décadas no fuera más que un intento de perfeccionar las dos áreas en las que había centrado su atención Mises: la teoría de los ciclos económicos y el teorema de la imposibilidad del socialismo.

    Pese a que Mises pensaba que Hayek era la persona que más fiel se había matenido a sus ideas, éste no estaba plenamente satisfecho con el tratamiento que su maestro les había dado en sus libros. No tanto porque considerara incorrectas las conclusiones a las que había llegado, sino por los argumentos que ofrecía para respaldarlas.

    Por un lado, Hayek deseaba ampliar la explicación de los ciclos económicos para compatibilizarla con el cada vez más empleado concepto de "equilibrio económico" y también para vincular la causa de las crisis no tanto a los bancos centrales cuanto a la propia existencia de un sistema crediticio gestionado por bancos. Por otro, el austriaco temía que el argumento de Mises contra el socialismo pecaba de excesivamente racionalista –apelaba a la razón y a la racionalidad de los individuos para comprender por qué el socialismo no podía funcionar– y trató de reconducirlo a un problema más general de falta de información por parte de los planificadores centrales.

    Esta no siempre acertada reformulación hayekiana de la obra de Mises alcanzó mucha mayor difusión que la propia obra de Mises, especialmente en el mundo anglosajón. La razón es sencilla de comprender: a comienzos de la década de los 30, el director del Departamento de Economía de la London School of Economics (LSE), Lionel Robbins, buscaba a un profesor que cumpliera tres características: ser extranjero para así enriquecer una plantilla predominantemente inglesa; estar volcado en trabajos teóricos para poder contrarrestar la producción mayoritariamente empírica de los fabianos que poblaban la LSE; y ser capaz de combatir a la cada vez más influyente figura de John Maynard Keynes. Desde luego, era un puesto hecho a la medida de Hayek: un austriaco centrado en la teoría económica que además acababa de publicar una extensa crítica contra las falacias subconsumistas de dos demagogos estadounidenses hoy ya caídos en el olvido –William Foster y Waddill Catching– que resultaban enormemente parecidas a las soflamas keynesianas.

    De ahí que, tras ser invitado a dar cuatro clases sobre las crisis económicas –de cuya recopilación salió una de sus obras más conocidas, Precios y Producción–, Hayek obtuviera una plaza fija en la LSE desde la que pudo combatir con más notoriedad tanto las reiteradas falacias de Keynes como la propaganda de los economistas socialistas que trataban de justificar a la desesperada que el cálculo económico sí era posible bajo el comunismo.

    La batalla intelectual que libró contra el intervencionismo durante la década de los 30 le resultó ciertamente frustrante y agotadora. No ya porque quiso luchar con elegancia y rigor lo que en muchos casos sólo era un alud de propaganda económica dedicada a justificar el creciente rol dirigista del Estado durante la Gran Depresión –la crítica que escribió contra el Tratado del Dinero de Keynes fue tan devastadora que el de Cambridge dejó de responderle antes de que se publicara la segunda parte de su reseña aduciendo que estaba buscando otras bases para respaldar sus conclusiones–, sino porque se dio cuenta de que si la ciencia económica resultaba de alguna forma compatible con tantas falacias era porque se encontraba viciada de raíz.

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    Predeterminado La gran transformación

    Dos fueron las críticas que le hicieron replantearse el status científico de la economía. Una, procedente de su colega Morgenstern, sostenía que el concepto de equilibrio que Hayek se había empeñado en inocular a la teoría miseana del ciclo económico estaba incorrectamente definido: Hayek, siguiendo la corriente mayoritaria de su tiempo, afirmaba que para alcanzar el equilibrio era necesario que los agentes fueran capaces de prever perfectamente el futuro, pero Morgenstern demostró –con su famoso caso de Holmes contra Moriarty– que el supuesto de previsión perfecta implicaba una parálisis de toda acción y, por ello, resultaba incompatible con cualquier definición de equilibrio. La otra réplica provino de un socialista inglés, H. D. Dickinson, para quien los sistemas comunistas podían ser viables si la posición deseada de equilibrio económico se representaba a través de un sistema de ecuaciones matemáticas de cuya resolución pudieran extraerse los precios con los que realizar el cálculo económico.

    Pese a que ninguna de las dos críticas desvirtuaba en lo más mínimo el edificio intelectual de Mises, Hayek sí se vio forzado a replantearse el concepto de "equilibrio económico" y es muy probable que, al hacerlo, emprendiera lo que Bruce Caldwell ha llamado su "gran transformación" intelectual.

    Así, en 1937, el austriaco publicó el artículo al que él mismo atribuye su giro intelectual, Economía y Conocimiento, donde redefinió "equilibrio" como aquella situación en la que los planes de los individuos se vuelven compatibles entre sí gracias a que todos tienen una previsión correcta (que no perfecta) de lo que van a hacer el resto. Pero esta nueva definición, que superaba las objeciones planteadas por Morgernstern, sólo sirvió para que Hayek se planteara una nueva pregunta a la cual dedicó el resto de su vida: bajo qué condiciones resulta realista suponer que los individuos van a compatibilizar sus planes al ser capaces de anticipar con razonable seguridad qué piensan hacer el resto de individuos.

    Es decir, la cuestión central en el pensamiento hayekiano que se plantea por primera vez en este seminal artículo es cómo resulta posible que cada individuo se coordine de manera exitosa con el resto de la sociedad sin que nadie esté "al mando" para organizarlos a modo de piezas de un engranaje superior: cómo emergen los órdenes de manera espontánea y no planificada.

    Hayek no responde en el artículo a esta importante pregunta, a la que eleva a la tarea central de la investigación económica, pero sí lo hará durante los siguientes 50 años: entre muchas otras obras, en 1948 publica Individualismo y orden económico; en 1952 El orden sensorial; y en 1973 Normas y orden (el primer volumen de su trilogía Derecho, legislación y libertad). Fijémonos cómo la palabra "orden" aparece en el título de los tres libros, lo que nos indica que Hayek concibió la existencia de al menos tres órdenes crecientes en complejidad: el orden psicológico, el orden individual y el orden grupal.

    Los tres órdenes

    El primero, el sensorial o psicológico, permite a cada individuo alcanzar percepciones coherentes y consistentes a partir del maremágnum de datos y estímulos externos que recurrentemente experimenta. Para Hayek, la mente actúa como un "clasificador" de nuestras sensaciones, lo que permite dar significados distintos a hechos externos aparentemente iguales (no obtenemos la misma sensación ante el color naranja de una fruta que ante el color naranja de un automóvil). Lo característico de la mente es que las categorías que clasifican los datos externos no están dadas, sino que van ampliándose, reformulándose, recombinándose y evolucionando a través de nuestra experiencia (si bien Hayek admite, en línea con la moderna psicología evolucionista, que una cierta estructura de la mente está dada genéticamente y no puede modificarse).

    Este orden sensorial, sin embargo, no es suficiente para que los individuos logren coordinarse y entenderse entre sí. Aunque una cierta empatía será posible –sobre todo cuando las personas se ven sometidas a experiencias parecidas–, la base genética y el conocimiento y las sensaciones que adquiere cada individuo son propios, por lo que en la mayoría de los casos nos será imposible predecir cuál será la respuesta que darán otras personas ante un determinado estímulo externo.

    Para conseguir una mayor coordinación entre individuos, es necesario estudiar cómo se conforma el orden individual y aquí la respuesta que ofrece Hayek es múltiple. Por un lado, el orden dentro de una economía se logra mediante la información que "transportan" un conjunto de precios surgidos de la rivalidad y competencia entre los agentes; a través del cálculo económico que permiten esos precios, cada individuo puede conocer dónde resultan más valiosos sus esfuerzos para otros individuos y, por tanto, coordinarse con ellos. Por otro, el orden dentro de una sociedad se alcanza a través de instituciones espontáneas como el lenguaje, el derecho, el dinero, la moral o la religión que favorecen que los individuos se sometan a pautas de comportamiento comunes que vuelven sus decisiones más previsibles y comprensibles para el resto, favoreciendo así su coordinación y cooperación.

    A través de las instituciones (en el fondo, el mercado libre es también una institución), los individuos pueden interactuar en sociedad y a través de esta interacción, modifican y perfeccionan el contenido de esas instituciones (se van volviendo cada vez más útiles para coordinar a los individuos). Por ello, para el austriaco, ni el derecho, ni el lenguaje, ni el dinero son resultado de la construcción de nadie (de ahí que, por ejemplo, defendiera la desnacionalización del dinero), sino fruto de las consecuencias no intencionadas de las acciones de todo el grupo social (un argumento que procede de la ilustración escocesa y, sobre todo, de Carl Menger).

    Pero Hayek no se queda en el análisis de cómo los individuos alcanzan el orden dentro del grupo, sino que también concibe la existencia de un orden de cada grupo con respecto a otros grupos. En ocasiones, la supervivencia de una sociedad dependerá de la adopción de normas que si bien no son necesariamente beneficiosas para ningún sujeto dentro del grupo, sí lo son para que el grupo permanezca unido y pueda coordinarse con otros grupos (dentro de esta categoría se incluirían, por ejemplo, la provisión de bienes públicos, las redes de solidaridad o incluso la propia configuración de la organización política estatal). Hayek cree que este orden grupal se irá generando por simple evolución y supervivencia de los órdenes institucionales más eficientes: los peores conjuntos de instituciones tenderán a ser barridos por los mejores.

  9. #9
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    Predeterminado Socialismo, metodología y filosofía política

    En la complejidad de estos tres órdenes se encuentra el germen de la crítica de Hayek al socialismo: dado que es imposible para un planificador o grupo de planificadores aprehender y procesar toda la información dispersa que es privativa de cada individuo, el comunismo no será capaz de crear deliberadamente una "organización" que pueda coordinar de manera satisfactoria y mutuamente beneficiosa a todas las personas a lo largo del tiempo. El socialismo es un simple ejercicio de fatal arrogancia que desconoce los límites de la razón y de la planificación del ser humano.

    También aquí podemos ubicar la posición metodológica de Hayek: si bien rechaza el apriorismo extremo de Mises –en ocasiones de manera un tanto apresurada y equivocada–, el austriaco sí reconoce la existencia de dos grandes grupos de ciencias, las que estudian fenómenos simples (como la física) y las que estudian fenómenos complejos (como la economía o la sociología). No es tanto que la economía sea menos ciencia que la física (hoy se la llama soft science), sino que su objeto de estudio son fenómenos mucho más complejos. Por ese motivo, constituye un gran error aplicar los métodos reduccionistamente experimentales de las ciencias simples a las ciencias complejas (Hayek llamó a este vicio el cientismo y a su crítica dedicó todo el libro de La contrarrevolución de la ciencia) e incluso –y aquí se distanciaba de su amigo Karl Popperhabrá que reconocer las crecientes limitaciones con la que se encontrará la falsación de los resultados según aumente la complejidad de una ciencia: a mayor complejidad, predicciones menos exactas (más genéricas), por lo que habrá que ser cuidadoso con descartar cualquier conclusión que aparentemente no tenga una traslación cuantificable y medible en el mundo real (sobre este tema fundamental, de hecho, reflexionó en su discurso de recepción del Nobel: La pretensión del conocimiento).

    Y, por último, también en este contexto resulta más comprensible la filosofía política de Hayek, especialmente contenida en Los fundamentos de la libertad y en su libro más conocido Camino de Servidumbre. Parece claro que para alcanzar estos tres órdenes evolutivos resulta esencial la libertad del ser humano; libertad para probar, equivocarse, rectificar y así influir en el desarrollo de las instituciones. Hayek, pues, se plantea de qué modo puede minimizarse la coacción de nuestra libertad y llega a la conclusión de que la mejor forma es crear un aparato político que combata y reprima la coacción que unos individuos ejercen sobre otros. El nuevo problema es entonces cómo evitar que ese monopolio de la violencia –el Estado– se convierta en el principal represor de la libertad y para el austriaco la solución pasa por desterrar el poder arbitrario de los políticos sometiéndolos al rule of law: un conjunto de normas impersonales, evolutivas, universales, conocidas y ciertas para todos. Sólo en ese marco, cada individuo podrá conocer cuáles serán las consecuencias de sus decisiones y escapar a una represión directa por parte de los poderes públicos.

    El intervencionismo económico, sin embargo, socava este orden jurídico impersonal, pues cada individuo debe ajustarse al plan dictado por un comité de planificación que tenderá a ir fagocitando las instituciones políticas ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre cuáles son los objetivos del plan (¿qué debemos producir?) y sobre cómo implementarlo (¿quién y de qué modo debemos producirlo?). Del dirigismo económico pasaremos a los mandatos políticos y, por tanto, al control total de los planificadores sobre las vidas de las personas.

    Muchos han considerado que esta última reflexión que Hayek expuso en Camino de servidumbre demuestra el fracaso de toda su filosofía política, pues el intervencionismo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial no condujo a la liquidación de las democracias occidentales. No obstante, esta crítica simplista a Hayek pasa por alto el verdadero objetivo del libro, que no era tanto efectuar un pronóstico historicista –un pronóstico que el propio Hayek consideraba imposible de realizar en una ciencia compleja como la economía y la política– cuanto lanzar una advertencia del posible proceso de podredumbre que sufrirían las democracias si seguían escalando en su intervencionismo en un contexto de desencanto hacia los logros y los méritos de los órdenes espontáneos del capitalismo.

    Sin duda, no se trata de que Hayek no se equivocara en nada; de hecho, su teoría económica o su filosofía política contienen numerosos errores y contradicciones (como su crítica a la "justicia social" y su defensa del Estado de bienestar; o la aceptación acrítica del monopolio de la violencia como camino óptimo para minimizar la violencia; o sus más que discutibles reproches al patrón oro) provocados en buena medida por la propia evolución que sufrieron sus ideas y sus intereses a lo largo de sus 93 años de vida. Pero, desde luego, habría que huir de las críticas más aparentemente facilonas contra su pensamiento, sobre todo cuando proceden de quienes desconocen toda la unidad del rompecabezas hayekiano.

    Si Mises creó un sistema de pensamiento económico claro, sólido y focalizado en el individualismo metodológico, Hayek nos legó un conjunto de ideas originales pero dispersas que sólo tras un cuidadoso estudio aparecen como un intento bastante exitoso, aunque no libre de errores, de promover la libertad en todas sus manifestaciones: política, social, cultural y económica. Siendo el economista menos concentrado en la economía de la Escuela Austriaca, pasará a la historia vulgarizada como su economista más representativo. Los austriacos, sin embargo, no deberíamos quedarnos en la superficie: más allá de sus casi siempre profundas teorías económicas, existe toda una potentísima narrativa que, ampliada y mejorada, constituye una de nuestras principales líneas de defensa de la libertad: cómo los órdenes privados, voluntarios, naturales y espontáneos logran superar los límites de nuestra razón y de nuestro conocimiento ante los que siempre sucumbirá cualquier planificador central.

    Por Juan Ramón Rallo Julián, en LD

  10. #10
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    Predeterminado ¿Podemos acabar con los ciclos económicos?

    Para acabar con los ciclos hay que poner en marcha un lote de reformas que incluyan la eliminación de la reserva fraccionaria, y la liberalización del sistema monetario, todavía en manos de órganos de planificación centralizada, los bancos centrales.

    Siempre que llega una crisis económica los políticos se lanzan a reformar la regulación financiera para garantizarnos que ésta no vuelva a repetirse. Cuanto más profunda es la recesión, cuanto más violento el seísmo financiero, más severas tienden a ser las nuevas regulaciones. Pero todas ellas tienen algo en común: que nunca funcionan. Jamás evitan la siguiente crisis. Tan sólo atacan, y en general con escaso impacto, los síntomas de las crisis. Nunca las causas.

    Mientras en los últimos días todos los medios de comunicación, incluidos
    los diarios financieros más rigurosos, andan entretenidos debatiendo las
    reformas financieras diseñadas por el Comité de Supervisión Bancaria de
    Basilea, *Libertad Digital *publicó una noticia
    <http://www.libertaddigital.com/economia/reino-unido-debate-restaurar-la-reserva-100-en-los-depositos-bancarios-1276401996/> de la que nadie se ha hecho eco, y que abre la puerta a la posibilidad de atacar a la raíz de las crisis económicas. El Parlamento británico ha accedido a debatir una propuesta de dos diputados /tories/, Steve Baker y Douglas Carswell, para restaurar la reserva del 100% para las cuentas corrientes, terminando con el actual sistema de reserva fraccionaria.

    Esta propuesta, defendida por la Escuela Austriaca de Economía, representada en España por el Instituto Juan de Mariana, y algunos miembros de *Libertad Digital* como Juan Ramón Rallo, está basada en el análisis expuesto por el profesor español Jesús Huerta de Soto en su libro "Dinero, crédito bancario y ciclos económicos". En él indica que la raíz de los ciclos económicos reside en el privilegio otorgado a las entidades financieras para crear dinero mediante la concesión de créditos sin respaldo de ahorro, desdoblando el dinero depositado por los clientes en sus cuentas corrientes, y creando burbujas especulativas en tiempos de crecimiento que después deben reajustarse. Como explica <http://www.libertaddigital.com/opinion/juan-ramon-rallo/una-pequena-reforma-con-enormes-repercusiones-56261/>
    Juan Ramón Rallo, "el proceso de creación artificial de crédito provoca distorsiones que se van acumulando en una economía hasta que colapsan en
    forma de crisis".

    Casi todos los políticos y economistas actuales ven los ciclos económicos como un fenómeno inevitable, y aunque nos venden que con sus reformas acabarán con las recesiones, lo cierto es que sólo tratan de combatir sus síntomas. Keynes decía, como último recurso, que las recesiones no eran otra cosa que la depresión sincronizada de todos los empresarios, inversores y consumidores, que generaban una caída de la demanda sin más motivo que el psicológico. La Escuela Austriaca, basada en los trabajos de Ludwig von Mises y el Nobel de Economía Friedrich A. Hayek, afirma que el ciclo económico es un fenómeno evitable, pues son capaces de explicar sus causas.

    Huerta de Soto apuntaba en una entrevista <http://fonoteca.esradio.fm/2010-09-18/entrevista-a-jesus-huerta-de-soto-16362.html> en esRadio que para acabar con los ciclos hay que poner en marcha un lote de reformas que incluyan la eliminación de la reserva fraccionaria, y la liberalización del sistema monetario, todavía en manos de órganos de planificación centralizada, los bancos centrales. Éstos, creados para tratar de evitar la insolvencia del sistema de reserva fraccionaria, imponen los precios más importantes de la economía, los tipos de interés, y asignan la oferta monetaria, permitiendo y reforzando las burbujas artificiales del crédito y las consecuentes recesiones económicas. Para el profesor Huerta de Soto, el actual sistema monetario está condenado a los ciclos económicos mientras no se aborde esa revolucionaria reforma. Pero con el simple hecho de sacar adelante la propuesta que se va a debatir en el Reino Unido habremos recorrido más de la mitad del camino. Estaremos más cerca de acabar con los ciclos económicos.

    Por Ignacio Moncada, ingeniero industrial por ICAI. Trabaja en la gestión de proyectos energéticos internacionales.

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