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  1. #101
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Lutero y la crisis del euro

    ¿Por qué el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos, no construye la basílica de San Pedro con su propio dinero en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes? Esta pregunta no figura en el programa de IU ni en el de los indignados. Es una de las 95 propuestas que Lutero clavó en 1517 en la puerta de la iglesia de Wittenberg.

    Lutero arremete contra las riquezas de la Iglesia, defiende la austeridad como modelo de vida y, sobre todo, cuestiona la infalibilidad del Papa, propugnando la relación directa de cada creyente con Dios. Ello cuestionaba las bases de la fe católica que era no sólo una religión de Estado sino además una ideología que exigía la sumisión de los súbditos al Papado y al Emperador.

    Cuando Lutero proclamó sus tesis, existía en Alemania un fuerte sentimiento de rechazo hacia el imperio de Carlos V, al que veían como un defensor de los intereses de España. Por ello, los príncipes germanos se sumaron con entusiasmo a las tesis de Lutero, que en el fondo suponían también una reivindicación de la autonomía política de sus territorios frente al Emperador.

    Este fue el comienzo de las guerras de religión que provocaron la desintegración del Imperio español. Aunque han pasado cuatro siglos, creo que la diferencia entre la visión católica del mundo y la del luteranismo sigue marcando la historia del continente y, más concretamente, la crisis del euro que amenaza con hacer saltar la UE.

    Lo mismo que Lutero se escandalizaba por la riqueza y la ostentación de la Iglesia, los alemanes tienen dificultades para entender por qué hay que conceder generosas ayudas a países como España e Italia que han vivido en un permanente despilfarro en las últimas décadas. La misma austeridad que Lutero exigía al Papado, al que criticaba por hacer negocios con las indulgencias, es la que pide ahora Merkel, que seguramente no entiende la necesidad de ayudar a un país que tiene 20 veces más coches oficiales que Alemania.
    El imperio de los Austrias quebró por la imposibilidad de integrar al luteranismo que se extendió por el norte de sus dominios. Ahora la UE puede romperse por la diferente concepción entre los países que secundan a Alemania y los del área mediterránea. No estamos viviendo sólo una crisis del euro sino que también estamos sufriendo un choque cultural que puede destruir Europa.

    Pedro G. Cuartango, en El Mundo

  2. #102
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Católicos y protestantes . La economía y la religión

    Coincide que los países en apuros son seguidores de la Iglesia de Roma y los boyantes, de Lutero

    Dudo. Como un compositor que ha descubierto un buen tema que acaso no sepa desarrollar con éxito, así me siento al abordar este artículo. El tema hallado me parece original y no ha sido previamente tratado en los medios (que yo sepa): los países rescatados se corresponden con la Europa católica, mientras que los países censores pertenecen a la Europa protestante. Lo sé, eso es simplificar la cuestión porque Francia pertenece al área católica pero (aún) no está en la cuerda floja y Grecia se halla en la órbita ortodoxa. Pero, en términos generales me parece que la observación se aguanta. Y bien, ¿ahora cómo sigo?

    Detrás del actual impasse Norte-Sur (con Irlanda) hay un trasfondo religioso y cultural que generó naciones y nacionalismos muy diferentes. El protestantismo en sus versiones luterana, anglicana y calvinista, ha producido sociedades más libres, más laboriosas y menos flexibles, es decir, con una moralidad más estricta (véase Emmanuel Kant), quizá más egoístas también. El catolicismo, en cambio, ha construido sociedades más cerradas, menos cultas, más ociosas, y a lo que se va viendo, más ligeras de cascos. A principios del siglo XX el índice de analfabetismo en el Sur era de cinco a diez veces superior al del Norte. Aún hoy suspendemos en inglés. La modernidad nos pilló atrasados y desde tiempo inmemorial andamos persiguiendo, sin alcanzarla, la renta per càpita de los seguidores de Calvino y Lutero. Y es que no solo llevamos mucho tiempo imitando mal al Norte sino que encima pretendemos darle lecciones. Machado dedicó un verso a Castilla que aún hoy -extrapolable a buena parte del Sur católico- resulta iluminador: «Desprecia cuanto ignora». Porque puede uno no saber de algo y aprender, preguntar o estudiar. Lo que no se puede es suplir el desconocimiento con la arrogancia; esa es una combinación letal que explica no poco del derrotero infausto de nuestra modernidad. Nos falta la modestia de quien llega el último a clase.

    No fue casual que Lutero se enfrentara al papa y a sus aliados por causa del boato, la excesiva riqueza y las maneras abusivas de la Iglesia romana. A la austeridad y rigor del Norte, respondimos aquí con fachadas churrigerescas, retablos que marean de tan cargados y autos de fe. La contrarreforma hinchó nuestro ego y todo fue dispendio y autopropaganda. La burbuja inmobiliaria es eco de aquella alegría con la que nos fundimos la riqueza que nos iba llegando de las Américas a base de pagar miles de funcionarios y lanzarnos a la conquista de Gran Bretaña. Fanfarrones. Mucha contrarreforma, pero cuando llegó la secularización: ¡tonto el último! De una moralidad pacata y mojigata hemos pasado en un plis a la familia monoparental, a decenas de miles de abortos y a desvivirnos por Eurovegas. Demasiado atracón de progresismo. Vergüenza de Estado.

    Alegres lo somos un rato, eso sí. Desconocemos el lóbrego luteranismo escandinavo de Bergman o del Festín de Babette. Algo podemos enseñar a los señores de negro. Y de ocio sabemos un rato: deporte, gastronomía, videojuegos y cine son hoy por hoy nuestros puntos fuertes. No entiendo cómo no les sacamos más provecho para nuestras arcas. ¿Por qué no han de pagar los antiguos bárbaros más IVA en nuestros excelentes restaurantes? ¿Por qué no generalizamos las tasas turísticas y sacamos partido de los desembarcos masivos de cruceristas del norte? ¿Ya presta Hacienda la debida atención a los deportistas multimillonarios? ¿No tendremos demasiados jóvenes jugando con las consolas en vez de ir a clase (de inglés)? He ahí unas sensatas propuestas para paliar el déficit.

    Lástima que nuestra alegría se nos evapore entre tanto tic dogmático, tanta corrupción y tanto café para todos. El Estado de las autonomías, ¡vaya invento! Teníamos el federalismo alemán o suizo como quien dice a la puerta de la esquina y fuimos a dar con un bodrio administrativo que hoy no solo nadie se cree sino que resulta a todas luces insostenible: demasiados reyezuelos y demasiados parlamentos de juguete a costa del IRPF de los trabajadores. Y es que lo que nos va en el Sur es enrasar por abajo. Los protestantes inventaron la palabra leader que hemos mimetizado ortografiándola a lo castizo con autorización de la RAE. Pero ortografiar no significa comprender. El Sur sufre un déficit crónico de liderazgo tanto en la esfera de la política como en la profesional o la civil: serrado por arriba por unas élites irresponsables y carcomido por abajo por el consumismo y la incultura.

    Quizá las cosas nos fueron mejor cuando Alemania y España vivieron pujantemente bajo una misma monarquía intentando cuadrar el círculo. Pero, evidentemente, el invento no podía durar y las guerras de religión consagraron la división europea de las que aún hoy escuchamos algún eco en el apretón de manos entre la monarquía anglicana y el IRA católico. Sí, creo que las cosas nos fueron mejor con reyes alemanes así que, por lo que a mi respecta, ningún problema con que en el futuro manden más los protestantes y nos ordenen la banca, el fisco y de paso también la moral. A fin de cuentas todos somos hijos de Dios.

    Antonio Sitges-Serra, Catedrático de Cirugía (UAB). En El Periódico de Catalunya.

  3. #103
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Campofrío--Miré los jamones de la patria mía

    Aunque supongo que está hecho exactamente con la intención contraria, a mí lo que el famoso vídeo de Campofrío me ha causado es un estado de profunda tristeza, una cosa casi nostálgica, un sentimiento de que los buenos tiempos no volverán.

    Como ustedes ya sabrán, la pequeña película nos cuenta que Fofito se pone a escribir un currículum de España, así en general, como método para reforzar esos ánimos que ahora están más bien decaídos.

    Es ahí cuando aparece una colección de personajes conocidos, desde el sin par Chiquito de la Calzada hasta Iñaki Gabilondo, que van dándole al protagonista ideas que incluir en el listado; y es ahí también donde la cosa descarrila: se toman por colectivos los éxitos que son de un individuo o de un pequeño grupo, como los deportivos; se presume de lo que hemos heredado y gestionamos bastante mal, por ejemplo los idiomas o El Quijote; y se exhibe solidaridad en relación a algo que ha sido claramente minoritario y que ha estado dirigido desde los medios, lo de los desahucios.

    El colmo es la satisfacción con la que el vídeo y sus protagonistas hablan de aquello que, entre otras cosas, nos ha llevado precisamente al punto en el que estamos: el AVE, los aeropuertos, o esos jóvenes que son "la generación más preparada de la historia"...

    No, no son motivos para estar orgullosos, es más bien el retrato de una sociedad que se engaña a sí misma, que se cree lo que ya no es, que no se ha dado cuenta de su verdadera situación.

    Porque España, aunque muchos españoles se nieguen a verlo, no está en una crisis pasajera sino en algo mucho peor: deslizándose por una pendiente que nos lleva a la segunda división, de la que saldremos mucho más pobres de lo que entramos, si es que salimos. El camino que podría evitar que profundicemos aún más en nuestra desgracia no pasa por reivindicar lo que hemos sido, que es lo que nos ha traído hasta aquí, sino por pensar en lo que podemos ser.

    De acuerdo, el vídeo no es más que una compaña promocional de una empresa privada, pero no me dirán que no tiene una parte simbólica que no nos deja en muy buen lugar.

    Y encima hemos pasado de los muros de la patria mía a los jamones, el chorizo y el pavo en lonchas. Ya ni poesía, oigan.

    Carmelo Jordá, en LD

  4. #104
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    Predeterminado Irresponsables

    La idea de que las personas son responsables de sus actos es muy anterior al concepto de libertad individual. De hecho, es uno de los fundamentos de las religiones monoteístas y de la cultura clásica. Dostoievski, el autor de Crimen y castigo, ligaba la responsabilidad al raciocinio: «Si podemos formularnos la pregunta ¿soy o no soy responsable de mis actos?, significa que sí lo somos».

    Hoy se acepta que no puede existir libertad sin responsabilidad, y viceversa: el esclavo y el forzado son moralmente irresponsables. Cabría deducir, por un silogismo simple, que en España falta libertad. Somos probablemente muy esclavos de algo (de Alemania, de la herencia recibida, de la mala voluntad ajena, de las circunstancias) porque aquí nadie se declara responsable de nada.

    Los consejeros de las cajas de ahorros quebradas aseguran que no sabían nada ni tenían por qué saber; ellos estaban allí sólo para cobrar. Los directivos de los bancos rescatados carecen de culpa: ¿qué podían hacer ellos? Los gobiernos, el anterior y el actual, se presentan como víctimas: de la crisis internacional, el de Zapatero, y de la realidad, el de Rajoy. Los grandes partidos, que durante años se han financiado ilegalmente y en los que abundan los repartos de comisiones clandestinas, son víctimas de sus necesidades, de la competencia desleal (lo nuestro es leve comparado con lo de nuestros rivales) o de algún señor que se ocupaba de la tesorería y al que nadie llegó realmente a conocer. A veces incluso hay quien considera «ruin» (el ministro Montoro, ayer) que se le pregunte por las tropelías del partido.

    La responsabilidad nunca es de nadie. Hasta en instituciones que cuentan entre sus obligaciones fundamentales la exigencia pública de responsabilidades, como la prensa, se tiende a escabullir el bulto. Un gran diario español publicó ayer en portada una foto que no debía haber publicado y que, encima, resultó falsa. Son cosas que ocurren en las mejores familias y no hay que ensañarse. Su director anunció la retirada de la edición y la cabecera del periódico pidió disculpas a sus lectores. Vale. Pero ni el director ni nadie compareció de inmediato para decir: «La culpa es mía, lo asumo, lo siento».

    Uno acaba sintiendo cierta admiración por la trinidad Carlos Mulas-Irene Zoe Alameda-Amy Martin (ya no sé quién es real y quién es pseudónimo): al menos en esa chapuza alguien dice «he sido yo», aunque acompañe la frase con una farsa estrambótica y la trinidad al completo quede fatal. Este texto, posiblemente tonto y probablemente inútil, lo he escrito yo, el que firma. La culpa es mía. Fácil, ¿no?

    Enric González, en El Mundo

  5. #105
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    Predeterminado El PP pagará la factura del populismo

    La sociedad española no concede tolerar bajo ningún concepto que alguien dedicado a la vida pública, un ministro, un parlamentario, un dirigente de un gran partido nacional, un gestor institucional que administra cientos de millones de euros bajo su personal responsabilidad, cobre mucho más que un vendedor de aspiradoras o un agente de seguros medianamente espabilado. No lo admite. Punto. Todas las lágrimas de cocodrilo, tan hipócritas, tan falsarias, tan impostadas, que está provocando la libretita del quinqui Bárcenas manan de esa patología colectiva primigenia. Aquí, una máxima protosocialista del Medievo, la de que nadie es más que nadie, se sigue anteponiendo a cualquier querencia meritocrática o toda elemental apelación a los precios de mercado.

    Trasplantados a la actividad política, un abogado del Estado, un inspector de finanzas, un directivo de multinacionales, un economista de alto nivel deben aprestarse a aceptar nóminas propias de un administrativo con algún trienio para que no estalle el motín de Esquilache. De esos polvos, estos lodos contables en B. España es un país que ha pasado sin solución de continuidad de la dictadura del general Franco a la no menos opresiva de la opinión pública. Por eso una persona como Miguel Boyer hubo de esperar hasta los setenta y dos años antes de permitirse pronunciar en público la verdad. "Si se siguen bajando los salarios o manteniendo los que hay ahora en la Alta Administración, pronto solo llegarán los analfabetos a la dirección del Gobierno", manifestó no ha mucho con desolada y ya impune lucidez.

    Al respecto, la libretita del quinqui no es más que el precio que ahora deberá pagar el Partido Popular por haber cedido en su día a la tentación populista. Acaso haya llegado la hora no solo de limpiar de extorsionistas y rufianes tanto Génova como Ferraz, sino de enfrentarse al infantilismo igualitarista hoy dominante en el sentir de nuestro país. La selección inversa de las elites, que llegaría al clímax de lo patético en tiempos de Zapatero, la devaluación de la calidad de la clase dirigente hasta extremos impensables hace apenas dos décadas, tiene que ver, y mucho, con esa claudicación, con el no atreverse a contrariar el deseo de la calle. Que ese, y no otro, fue su gran pecado.

    José García Domínguez, en LD

  6. #106
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    Predeterminado Enrojecidos

    Hace unos meses el presidente de la República francesa presentaba en el Elíseo el acuerdo al que habían llegado los periódicos con Google. Un acuerdo de 60 millones de euros, modesto en relación con la solemnidad del marco. Hace dos semanas el presidente de Estados Unidos presentaba en la Casa Blanca el ambicioso e incierto proyecto Brain, que pretende cartografiar el cerebro y que tiene detrás al español Rafael Yuste.

    Las dos imágenes simbolizan el compromiso cultural de los dos presidentes. Inútilmente se buscará en la presidencia de Rajoy alguna de calado similar. Por así decirlo, el presidente solo inauguró este año unas salas del museo de Pontevedra, donde dijo que la cultura es algo propio de las sociedades modernas. También fue al Prado. Llevaba ocho años sin acudir. Con todo el derecho, por supuesto. El mismo derecho que le asiste a haber ido al fútbol durante su presidencia tres veces. Y no solo derecho: a mí, pedantuelo al cabo, me irrita menos el presidente del Marca que la vacua gazmoñería poética de los presidentes Aznar y Zapatero. Pero, por desgracia, no solo es una cuestión de gusto. Y esto lo sabe bien Rajoy que es el presidente que ejerce con menos gusto aparente de todos los que yo haya conocido. El sistema cultural español, libros, periódicos, espectáculos, es una ruina que precisa de una profunda reconversión. Es discutible el papel que el Estado deba jugar en la gestión habitual de este sistema, pero debe participar, sin duda alguna, en la reconversión: el estado de la cultura española es, exactamente, un estado de excepción.

    La ausencia cultural del presidente solo se ha visto interrumpida por la violencia. Quiero decir por la violencia de las relaciones de este gobierno con los agentes culturales. Todos los encuentros de este gobierno con la cultura son conflictivos y desagradables. A eso obliga la tensión entre poder y crítica de la democracia: pero de vez en cuando hay que tomarse un trago juntos y hacer números, aritméticas. Con los poetas como con los fabricantes de pladur. Sin embargo, no hay que engañarse. Rajoy tiene sus propios números hechos. Nadie llega a la presidencia de Francia o de los demócratas americanos desdeñando la cultura. Por el contrario, Rajoy sabe que puede llevar de regalo al Papa una camiseta de la roja en facsímil.

    Arcadi Espada, en El Mundo

  7. #107
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    Predeterminado Carta desde Holanda

    La decadencia de España

    Paseando por la esplándida Ámsterdam, soleada incluso, los dioses no siempre castigan a los hombres, con todas las tiendas abiertas y con toda la gente en la calle, mantuve una bien triste conversación con un amigo holandés acerca de la decadencia de España. Horrorizado estaba por sufrir un nueve por ciento de paro mientras se asustaba ante las cifras españolas de desempleo, un veinticinco por ciento, y casi se desmaya ante las andaluzas, un treinta y cinco por ciento. Mi amigo tiene unos 30 años, una pequeña empresa, cinco empleados, y está dedicado a la caza de profesionales por el mundo entero, vivan donde vivan.

    Le pregunté que cuántos espanoles contrataba y respondió que muy pocos, sobre todo vascos, algún catalan, algún gallego y algún madrileño; más que nada, contrata alemanes, ingleses, suecos, daneses, etc. Apenas españoles. Le resultaba inexplicable la actitud "imperial" de las élites españolas, que han sometido a sus ciudadanos a la ignorancia de los idiomas básicos de negocio y convivencia bajo la excusa de una estúpida superioridad inexistente desde hace siglos. Tampoco hablaba bien de su nivel universitario, ni de sus costumbres. Nada me extrañó ya cuando me dijo que la imagen de Espana estaba por los suelos en el mundo. Además de la corrupción, el problema era otro.

    Se trataba, meditaba, de prestar atención a lo que importa, a lo que nos hace prosperar. Escaso cuidado de la calidad de los productos, de los servicios, de la formación, de la urbanidad; a los contratos y acuerdos, a la seriedad y, sobre todo, al cliente y al mercado. En España todo parece de cartón piedra, se rasca un poco y aparece una verdad poco limpia.


    Mi amigo holandés estudia ahora chino cantonés, su quinto idioma, acaba de sacarse el permiso para instalar una sede de su empresa en Hong Kong y no descarta irse a vivir al extremo sur de Asia, desde Borneo hacia el Lejano Oriente, para seguir avanzando.

    No estoy seguro de que tenga razón en todo, pero me ha invadido la tristeza desde tan sincera y cruda conversación.

    Pedro de Tena, en LD

  8. #108
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Derecho a mentir

    La piedad ha inspirado el derecho a no incriminarse frente a los Tribunales, el poder mentir para atenuar el castigo y recuperar algo de dignidad, al menos, aparente, es decir que es un refugio de las iras justicieras. En realidad no es sino dar categoría de derecho a lo que, de ordinario, sería una conducta tan normal como explicable, por más que pueda ser censurada moralmente.

    La mentira de los políticos es muy otra cosa. Al mentir, no se defienden, sino que buscan, directamente, poner a prueba su poder, mostrar que, ante él, la realidad, sencillamente, deja de existir. Así pues, no mienten por ocultarse, mienten por exhibirse, por vanagloria. Por eso en países con una cultura democrática sólida la mentira del político es considerada como un crimen, algo que no se perdona, como el pecado contra el Espíritu Santo.

    En sociedades como la nuestra en que muchos consideran que la mentira es prueba de habilidad, la mezcla de esta consideración con la tendencia del político a engañar suele ser explosiva, y, en último término, tiene como efecto el que la certeza acerca de la mentira queda siempre en suspenso, se refugia en el arcano. Sabemos que mienten, pero apostamos a que no se puede probar: hemos convertido la presunción de inocencia en un salvoconducto universal, inalienable, perpetuo. Visto lo visto, en realidad, nuestros políticos no mienten tanto.

    Existe todavía otro poderoso aval social de la mentira, el hecho de que el mentiroso sea de los nuestros. En esta perspectiva, el mentiroso se convierte en un artista, en un ser habilidoso, y cuando alguien trata de acorralarle, en un mártir. De esta insólita y sórdida narrativa surge el mito de la resistencia, porque vemos en el resistente una metáfora de nuestro triunfo. Así nos va.

    Cuando la mentira no obtiene un rechazo social instantáneo, radical, absoluto, lo inevitable es que la mentira vaya a más, y con ella, cuantos negocios la requieren, la corrupción, la traición a los principios, el pacto con el demonio: todo vale para el mentiroso cuando sabe que la nariz no le crecerá, o lo hará al tiempo que el entusiasmo popular por los narigones.

    Lo más sorprendente es que junto a esta aceptación social de la mentira se siga considerando un insulto que a alguien se le llame mentiroso, pero tras esto se esconde una notable paradoja, a saber, que el mejor mentiroso es el que más miente negando serlo. El mentiroso de verdad no tiene otro mundo que el propio, y los demás no existen para él, que se ha convertido en el absoluto, en el ser supremo. La verdad no es la verdad ni lo que diga Agamenón, es, simplemente, lo que el mentiroso quiere que sea, y ni siquiera es necesario haber leído a Goebbels para llegar a esto, basta con la práctica.

    José Luis González Quirós, en Intereconomía.com

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