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  1. #41
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    Predeterminado Educación e investigación

    Como señalé hace ya algunas semanas, una de las peores consecuencias de abrazar el campo de la Contrarreforma fue que naciones como España, Portugal o Italia se quedaron descolgadas de una revolución científica que nació – como supieron ver Kuhn o Whitehead – precisamente de la Reforma protestante del s. XVI. No se ha avanzado mucho desde entonces.

    Desde que España decidió aplastar en su territorio la Reforma a sangre y fuego se descolgó tanto de la revolución científica como del extraordinario impulso educativo nacido de aquella. Ha pasado casi medio milenio y en esas andamos y poco consuela decir que a portugueses o italianos les pasó lo mismo. Recuerde el que piense que exagero que, a día de hoy, no hay ni una sola universidad española entre las ciento cincuenta primeras del mundo o que nuestra educación no deja de obtener pésimas calificaciones en sucesivos informes PISA.

    El aborrecimiento hacia la ciencia llegaría a tanto en nuestra nación, que la frase "que inventen ellos" se convertiría incluso en lema de movimientos intelectuales y corrientes de opinión. La verdad es que ponerse manos a la obra en el terreno de la investigación fue causa no sólo de llorar sino de morir en la Historia de España iniciada con la Contrarreforma. El método científico lo habían inventado herejes protestantes como Bacon; sobre los universitarios españoles recayó la prohibición de estudiar en el extranjero porque así lo dispuso ese gran destructor de la grandeza de España que fue Felipe II y la Inquisición se ocupó del resto con verdadera pasión. El éxito de semejantes medidas fue, por desgracia, espectacular. El mismo año en que el protestante John Locke se dirigía hacia Inglaterra para contribuir a la Gloriosa Revolución y asentar los principios del liberalismo en la isla; en España, reinaba un tarado que no recibió atención médica porque se consideró más apropiado tratarlo con exorcismos y reliquias. Con paralelos así no deberíamos sorprendernos de nada.

    No es que los españoles fueran racialmente negados o torpes o incluso desinteresados. No. Ése no era el problema. La desgracia –verdadera maldición histórica– que pesaba sobre ellos era el control ejercido por la Inquisición no sólo en cuestiones doctrinales sino en las áreas más diversas de la vida incluidas la educación y la investigación científica. En pleno siglo XVIII, ya no quedaban en España protestantes porque la Inquisición los había exterminado en la hoguera o había provocado su exilio para huir de las llamas. Tampoco podía perseguir a unos judíos expulsados en 1492 y que se habían asimilado al catolicismo por convicción o pánico hacía siglos. Sin embargo, las acciones de la Inquisición no brillaron por su ausencia ni tampoco las de un gobierno que consideraba la represión pro-católica timbre de honor. En España, la Inquisición tenía su Índice de libros prohibidos propio y, por añadidura, los confesores estaban sometidos a la obligación de preguntar sobre la posesión o el conocimiento de la posesión de tan peligroso material a los que se acercaban al sacramento de la penitencia quedando claro que la absolución del pecado quedaba reservada al Santo Oficio. La edición del Índice de la Inquisición española de 1790 contaba con 305 páginas, en folio, con columnas dobles y caracteres de imprenta de tamaño muy reducido. Prohibidos no estaban sólo Wycliff, Lutero, Calvino, Erasmo o Voltaire, sino también, en mayor o menor medida, Dante, Petrarca, Maquiavelo, Boccaccio e incluso Cervantes. El Robinson Crusoe –lectura infantil en la actualidad– fue incluido en el Índice en 1756. Al parecer, que un protestante se las arreglara para sobrevivir en una isla casi treinta años y además pretendiera enseñar el Evangelio a un caníbal resultaba insoportable para los inquisidores y debía mantenerse lo más lejos posible de las frágiles mentes hispanas. El espíritu de las leyes de Montesquieu – autor tan odiado por la Inquisición como, al parecer, por el PSOE – también fue prohibido en ese año. Tycho Brahe y Johannes Kepler - ¡dos astrónomos! – también estaban prohibidos y lo mismo sucedía con autores que tan sólo pretendían desarrollar una visión jurídica que no encajaba en el absolutismo regio que tanto complacía a la Santa Sede –Hugo Grocio, J. J. Burlamaqui, Samuel Pufendorf– o que eran contrarios a la tortura que practicaba la Inquisición como era el caso de Cesare Beccaria. Por supuesto, a todos ellos había que añadir los filósofos franceses como Rousseau y no pocos clásicos españoles que habían escrito páginas poco edificantes o en las que se deslizaban críticas relacionadas con la iglesia católica. El gobierno de Carlos III determinó en 1768 que si la Inquisición deseaba prohibir un libro y el autor era católico y español debía escucharlo previamente. Ni que decir tiene que semejante medida no evitó las condenas. El padre Isla –una de las mentes más preclaras de la Ilustración española– sufrió la prohibición de su Fray Gerundio de Campazas.

    Pero la acción represiva del clero no se limitaba a la literatura y la ciencia, sino que servía para quitar de en medio a cualquiera so pretexto de heterodoxia. A Pablo Olavide, uno de los ilustrados, lo miraban mal los medios más diversos, pero el golpe de gracia se lo dio un capuchino alemán que no veía bien que sus ovejas germánicas se mezclaran, como pretendía Olavide, con las españolas. Como Uriarte o Setién, debía pensar el clérigo que el catolicismo no necesariamente implicaba creer en la igualdad de razas y denunció a Olavide. Así comenzó en España uno de los juicios inquisitoriales más famosos del siglo XVIII que concluyó, tras años de mazmorras, con la huida del ilustrado español a la protestante Ginebra.

  2. #42
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    Predeterminado El franquismo no fue nada ejemplar

    Olavide no fue una excepción. Bernardo y Tomás Iriarte también fueron objeto del ataque de la Inquisición –los dos pensaban con bastante sensatez que el Santo Oficio era el culpable de la ignorancia de la nación española– y lo fue el matemático Benito Bails porque quien tanto tiempo dedicaba a las ciencias exactas sólo podía ser ateo; y lo fue Luis Cañuelo, editor de El Censor; y lo fue Macanaz y lo fueron tantos otros.

    Hubiérase esperado que semejante despropósito que seguía manteniendo a España situada en la cola científica de Europa desapareciera en algún momento, pero no fue así. Durante el siglo XIX, los intentos liberales por crear un sistema educativo verdaderamente sólido y que alcanzara a toda la población como, por ejemplo, sucedía desde inicios del s. XVI en la Suiza protestante, se vieron frustrados una y otra vez por una iglesia católica que no deseaba verse privada del monopolio educativo. Los relatos decimonónicos de aquellos maestros que sabían que podían encontrar en el párroco a un enemigo acérrimo se correspondieron, por desgracia, en no pocos casos con la realidad. A fin de cuentas, el último ajusticiado de la Inquisición, Cayetano Ripoll, era, además de protestante, maestro.

    Partiendo de esas bases, no puede sorprender que las instituciones educativas que fueron surgiendo a lo largo del s. XIX lo mismo si estaban incluidas en los ateneos libertarios que en la Institución libre de enseñanza nacieran con una carga ideológica asfixiante. La izquierda española – no nos cansaremos de repetirlo – creció modelada a la imagen y semejanza de la iglesia católica y entendía no que la educación pudiera ser algo neutro y carente de sectarismo sino que se trataba –como lo había sido durante siglos– de un instrumento de control social y político de primer orden. Hasta ZP ha mantenido, por desgracia, ese punto de vista.

    Pero –quizá se pregunte alguno– ¿no fue la educación ejemplar durante el régimen de Franco? ¿No se vivió durante la dictadura una especie de oasis educativo? Sinceramente, creo que hay que desconocer mucho el tema para pensar cosa parecida. De entrada, la educación no estaba al alcance de un porcentaje muy elevado de la población. También es cierto que, mediante el expediente de entrar en un seminario, hubo niños y niñas que pudieron acceder a ella. Recuerdo a la perfección como, a finales de los sesenta, un vecino expresaba su sorpresa porque, por primera vez, algunos de esos estudiantes abandonaban el seminario concluidos sus estudios y no se mantenían en la senda de la clerecía. No faltarán los que culpen de esas decisiones al concilio Vaticano II, pero yo creo que, simplemente, comenzaban a aparecer almas cansadas de tanto abuso. De manera semejante, no faltarán los que recuerden criaturas de pocos años que trabajaban en condiciones durísimas –mi memoria llega hasta los sesenta y los setenta y no creo que la situación en los cuarenta y cincuenta fuera mejor– porque no habían podido estudiar. En cuanto al acceso a la enseñanza, aquella época no fue –ni de lejos– mejor que ésta.

    A la falta de acceso a la enseñanza, se sumaba su carácter ideologizado y limitado. No cabe duda de que la ortografía se enseñaba muy bien gracias a los dictados, pero todavía en la adolescencia di yo en la biblioteca de mi colegio con un Índice de libros prohibidos que, hasta el Vaticano II, había mostrado lo pernicioso que era leer a Baroja, Blasco Ibáñez o Unamuno. No se trataba sólo de establecimientos educativos regentados por órdenes religiosas. Mi profesor de filosofía de Sexto, don Manuel Márquez, me contó cómo cursando la licenciatura, para leer a Sartre tuvo que solicitar licencia al obispo.

    Es verdad que no puede dudarse de que mucha gente sabía quién era don Pelayo, pero no nos ufanemos en exceso. Al mismo tiempo, se les enseñaba lo benéfica que había sido la Expulsión de los judíos o lo agradecidos que debíamos estar a la Santa Inquisición –puedo dar testimonio personal de ambos extremos– a la vez que se le hurtaban de la Historia de España personajes de primer orden, pero “heterodoxos”. Que algunos lograran ya en las postrimerías del franquismo leer sin censura el Decamerón o incluso a Marx no cambia ese panorama.

  3. #43
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    Predeterminado Ni siquiera "compromiso histórico"

    Por supuesto, con la llegada de la izquierda al poder, los pecados seculares se repitieron aunque ahora orientados hacia la otra dirección. También la izquierda intentó reescribir la Historia de España; también la izquierda se esforzó por controlar la educación; también la izquierda hizo lo posible y lo imposible por imprimir el mayor sectarismo a los contenidos y también la izquierda intentó copar las cátedras. Si algunos de los catedráticos ahora eméritos pueden citar cátedras concedidas por la presión de distintas órdenes religiosas, los pobres alumnos actuales saben que hay titulares cuya única característica notable es su carnet o –en el caso de algunas privadas– su piedad católica supuesta o real.

    De creer a Ricardo de la Cierva –y tengo razones para pensar que el dato es cierto– sólo el Opus se planteó en los años sesenta y ante la perspectiva de cambio de régimen, el reparto de cátedras con el adversario, en ese caso, el PCE. Sabido es que, al fin y a la postre, en España no se implantó el sistema italiano de "compromiso histórico" y el PSOE se quedó con el santo y la limosna.

    Naturalmente, con esos mimbres no se puede esperar que los cestos nacionales de educación y ciencia salgan bien y nunca saldrán mientras el sectarismo prime sobre la investigación científica, mientras la ideología prevalezca sobre el estudio, mientras el control de cátedra se imponga sobre el trabajo y mientras la identidad de carnet resulte más relevante que el mérito.

    Permítaseme referir una historia personal relacionada con ese cainitismo que persigue a cualquier coste que sólo se escuche su voz y que pretende por sistema acabar con el disidente. En 1994, Mario Muchnik publicó mi libro La revisión del Holocausto en el que desmontaba las tesis de los autores negacionistas que sostenían –como ahora Ahmadineyah– que nunca hubo un Holocausto. El libro fue objeto de ataques en librerías de Zaragoza, Madrid y Barcelona por parte de grupos neo-nazis que arreciaron en sus agresiones cuando, al año siguiente, Alianza editorial publicó El Holocausto, la primera historia de la Shoah escrita en español por un autor español. Dirá algún lector que es lo que cabe esperar de los nazis. Seguramente, pero unos años después, en un conocido diario, un ceporro que enseña en una universidad de provincias solicitó que se me prohibiera escribir y hablar. Sucedía muy poco antes de que en un programa de televisión en la nacionalista Cataluña y con fondos públicos se procediera a ahogar mi Camino hacia la cultura, imagino que por eso de que el nacionalismo catalán tiene sus manías y una de ellas es que se le discuta su especial visión cultural. “Los nacionalistas, ya se sabe…”, dirá alguno. “Los nacionalistas”, diría yo, “han tenido y tienen ayuda directa de obispos como Setién y Uriarte y cardenales como Sistach”. Pero prosigamos con la breve historia. No mucho después, Cristina Almeida, hija de franquista y pasajera por el PCE y el PSOE siempre con cargos, señalaba en público que cuando veía mis libros le daba gana de quemarlos. La afirmación – sincera sin ningún género de duda – fue objeto de algún comentario irónico por mi parte y de un artículo en La Razón donde recordaba yo los antecedentes familiares de la curvilínea abogada. “Ya se sabe como es de sectaria la izquierda española…”, podrá decir alguno. Sí, seguramente, pero hace apenas unos días y gracias a esta serie que están ustedes leyendo, una página web católica ha decretado el boicot contra mis libros. Al igual que los nacionalistas catalanes, que los socialistas, que los comunistas o que los nazis, los talibán de la citada página –que no empezaron mal, pero que están terminando por convertirse en un Santo Oficio de tercera regional y que, dada la vida personal de quien escribe algunos de sus artículos harían mejor en callar– han terminado por lanzar su fatwa especial contra las opiniones que no gustan. Con la excepción de los nazis que, gracias a Dios, nunca terminaron de arraigar en España, todos los personajes en cuestión pertenecen a grupos que, en mayor o menor medida, han ido dejando a lo largo de la Historia de España muestras no escasas de intolerancia causando un daño de dimensiones difíciles de cuantificar, pero, sin duda, inmensas. Gracias a Dios que, al menos de momento, tanto la Inquisición como las checas han dejado de funcionar, pero la pregunta sigue resultando obligada:

    ¿Y existe salida?

    Sí. Habrá salida el día que la educación no dependa de comisarios políticos sino de criterios simplemente científicos; que cualquier niño español pueda estudiar en español en cualquier rincón de España a pesar de que se hable de líneas rojas y de que haya cardenales que las bendigan; que se elimine totalmente la endogamia en las universidades que no sea más importante el conocimiento de lenguas escandalosamente minoritarias que el dominio de una especialidad que se prime a los que han ampliado sus estudios en universidades extranjeras de primer orden sobre los que permanecieron en España haciéndose con un carnet o adulando al jefe del departamento; que desaparezcan las inquisiciones que, en no pocas ocasiones, sólo tienen como finalidad el mantener el cortijo en manos de unos y evitar que pase a las de otros; que en lugar de adoctrinadores políticos, las universidades dispongan de docentes que sepan lo que es una empresa y encaminen a los estudiantes en esa dirección en lugar de hacia el paro;
    que los planes de estudio sean serios y no vías para que los liberados sindicales o los profesores cobren sobresueldos; que el acceso al profesorado no dependa de la ortodoxia religiosa o política sino del conocimiento y del mérito y que, por lo tanto, los mejores no tengan que exiliarse al extranjero en busca de las oportunidades que España les brinda como tuvieron que hacer los reformadores españoles que en el s. XVI acabaron como catedráticos en Cambridge o Ginebra, que los ilustrados que terminaron en mazmorras o que los eruditos liquidados por cualquiera de las dos Españas intolerantes durante la guerra civil.

    El día que así suceda habrá salida en el terreno educativo y científico para nuestra sociedad. Mientras tanto, sólo seguiremos arrastrando los males que recayeron sobre nosotros cuando España decidió abrazar la causa de la Contrarreforma.

    César Vidal, en LD

  4. #44
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    Predeterminado Ricos y pobres (1)

    Otra de las consecuencias de que España se quedara en el campo de la Contrarreforma fue que, al igual que naciones como España, Portugal o Italia, adoptó una visión absolutamente dislocada sobre la riqueza y la pobreza. Se trata de una visión nefasta que persiste hasta el día de hoy.

    Lo comentaba la semana pasada Pedro de Tena en Es la noche de César. Los siglos de catolicismo habían creado en la sociedad andaluza un sentimiento indudable de aversión a los ricos que, por añadidura, veía con favor a los que decían defender a lo pobres. Como tantas características de la mentalidad católica en España, al final, quien se había aprovechado de ella era el PSOE. Según Pedro de Tena –y no puedo más que darle la razón–, ese pauperismo había creado un caldo de cultivo que favorecía a los socialistas ya que, en teoría, era a los pobres a quienes ellos defendían. Coincido con el análisis de Pedro de Tena en cuanto a las raíces de tan funesta visión, pero, a la vez, me permitiría añadir otras dos nefastas consecuencias de ese pauperismo: la hipocresía y la envidia.

    Teóricamente, ser pobre era algo espiritualmente magnífico –continua siendo uno de los tres votos de la vida religiosa y uno de los supuestos consejos de perfección– pero, anunciado por la institución que tenía la mayor acumulación de riquezas de la época (muchas veces por encima de reyes y emperadores) y que, además, disfrutaba de privilegios fiscales sin comparación, no dejaba de resultar, se mire como se mire, un tanto cínico. A decir verdad, como señalaba Zefirelli en el final de su Hermano sol, hermana luna, al final resultaba que la existencia de algunos pobres espirituales constituía la pantalla perfecta para acumular riquezas y, a la vez, evitar que los pobres se marcharan en busca de terrenos espirituales más sustanciosos. Se trataba de una conducta hipócrita también claramente visible en la izquierda cuando clama por los descamisados mientras se llena los bolsillos con el dinero que sale de nuestros impuestos y así verifica que es, en no pocos aspectos, un retrato en negativo de la iglesia católica. Pero la maldición no concluye ahí. Hasta el más tonto de los miserables era consciente de que había gente que vivía en la abundancia y que no parecía sentirse mal y ahí surgió la envidia, una envidia que, supuestamente, tenía legitimación teológica y que llega hasta la actualidad. En no escasa medida, sectores nada pequeños de nuestra sociedad se desgarran mental y espiritualmente entre los gritos de que los pobres son la sal de la tierra, la codicia que sienten - y que desearían satisfacer – y la envidia hacia aquellos que tienen un buen pasar y que, solo por eso, tienen que ser malos.

    Vaya por delante, que semejante visión nada tiene que ver con la Biblia y no pasa de ser una lectura perversa de los textos sagrados más influida por cínicos como Diógenes que por los profetas de Israel o Jesús. Es cierto que la Biblia previene contra el amor al dinero y que señala que no se puede servir a las riquezas como si fueran Dios porque esa conducta es equivalente a la idolatría. Igualmente, la codicia aparece condenada en el Decálogo y se enseña que hay que utilizar los bienes propios para socorrer a los necesitados. Con todo, hasta ahí llegan sus advertencias. Ir más allá es corromper su mensaje y abocar a una sociedad al punto donde, por desgracia, nos encontramos. Cualquiera que haya leído la Biblia, sabe que ésta enseña que Abraham, el "amigo de Dios" era "riquísimo en ganado, plata y oro" (Génesis 13: 2). Esa riqueza no era una desgracia que pusiera en peligro su relación con el Altísimo porque Abimelec pudo afirmar aquello "y YHVH ha bendecido mucho a mi señor, y él se ha engrandecido; y le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos" (Génesis 24: 35).

    Lo sucedido con Abraham no constituía una excepción. A decir verdad, la prosperidad económica era una de las bendiciones prometidas por Dios al pueblo de Israel en el caso de que fuera fiel a la Torah. De hecho, ésta afirma: "Te acordarás de YHVH tu Dios; porque Él te da la fuerza para ganar riquezas a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día" (Deut 8: 18).

    Son sólo botones de muestra dentro de un grupo innumerable de ejemplos. ¿Acaso no dice I Reyes 10: 23 que el rey Salomón "sobrepasaba a todos los reyes de la tierra tanto en riquezas como en sabiduría"? ¿No señala cómo Dios recompensó a Job por su fidelidad en medio de las más terribles pruebas multiplicando sus riquezas (Job 42: 10-17)? ¿No afirma tajantemente el libro bíblico de los Proverbios que "riquezas y honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de YHVH" (Proverbios 22. 4)?

    César Vidal, en LD

  5. #45
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Ricos y pobres (2)

    Precisamente por eso, las naciones que abrazaron la Reforma experimentaron un cambio radical a la hora de contemplar la riqueza y la pobreza. Por supuesto, asumieron todas las enseñanzas en contra de la codicia y a favor de ayudar al prójimo, pero rechazaron de plano el pauperismo, la alabanza de la pobreza o el resentimiento hacia los que habían triunfado en la vida. No se me ocurriría cuestionar que la envidia o el rencor puedan existir en naciones como Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda, pero la mentalidad general es muy diferente, entre otras razones, porque no tuvieron una iglesia única y oficial que podía, a la vez, acumular riquezas extraordinarias, por un lado, y acuñar insensateces como la denominada "opción preferencial por los pobres", por otro. Tampoco consideraron que la pobreza fuera una bendición que acercaba más al Altísimo – si es así, desde luego, habría que preguntarse porque hay que abandonarla - sino más bien una situación de la que había que salir cuanto antes. No deja de ser significativo que mientras la Europa de la Contrarreforma mantenía la sopa de los conventos con una visión asistencial, la Europa de la Reforma comenzó a crear talleres para que trabajaran los pobres porque recordaba la enseñanza paulina de que "el que no quiera trabajar que tampoco coma" (II Tesalonicenses 3: 10). Quizá por eso, a sus legisladores siempre les ha preocupado más que la gente pudiera encontrar trabajo que el que tuvieran cobertura de desempleo…

    En esas naciones reformadas –cuya manifestación más cuajada son los Estados Unidos-, el hecho de ansiar salir de la pobreza, de saber abrirse camino en la vida, de trabajar con empeño, de crear una empresa, de ganar dinero con ella –incluso mucho dinero– se ha visto durante siglos como una trayectoria digna y admirable. Es más, resulta incomprensible que alguien piense en tomarse un descanso laboral aprovechando que cobra el seguro de desempleo o que no esté buscando trabajo inmediatamente en lugar de las posibles ayudas sociales. España, por el contrario, se ha ido configurando, siglo a siglo, como una sociedad herida por la envidia, en la que todavía hacer demagogia con la pobreza rinde réditos electorales y donde los que han tenido o tienen grandes riquezas -tanto los progres como la iglesia católica– no pocas veces predican la solidaridad con el prójimo a la vez que protegen sus patrimonios nada desdeñables en SICAVs, algo, dicho sea de paso, bastante lógico tal y como está el panorama fiscal. Y seamos ecuánimes, tanto los unos como la otra han intentado e intentan también remediar pesares del prójimo aunque para ello recurran al dinero de los contribuyentes o al de sus fieles.

    Si España –y no sólo España– desea cambiar, debe cambiar también esa mentalidad pauperista que, al fin y a la postre, sólo genera codicia, hipocresía y envidia porque la inmensa mayoría de los que la propugnan no se caracterizan precisamente por abandonar todo sino más bien por lo contrario. Sin embargo, para que se produzca ese necesario – verdaderamente indispensable - cambio de mentalidad también deben operarse otros a los que seguiré refiriéndome en próximos capítulos.

    César Vidal, en LD

  6. #46
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Trabajar no es pecado (1)

    Otra de las consecuencias de que España se quedara en el campo de la Contrarreforma fue que, al igual que naciones como España, Portugal o Italia, adoptó una visión no precisamente positiva sobre el trabajo. Se trata de una visión que persiste hasta el día de hoy y que, como nación, nos ha causado no poco daño.

    Me lo comentaba la semana pasada una alta autoridad académica de una importante universidad privada. "En España", me dijo, "realizamos una Transición formal, pero, por desgracia, la mentalidad de los españoles quedó sin tocar y contra ello seguimos chocando a día de hoy". No puedo estar más de acuerdo. La monarquía española decidió abrazar con entusiasmo la Contrarreforma y, al hacerlo, no sólo libró a la nación de los valores bíblicos que encarnaban judíos y protestantes sino que además forjó una mentalidad que, en términos sociales, ha constituido una verdadera plaga bíblica. Contra esa mentalidad, forjada en monopolio por la iglesia católica y continuada por el envés por la izquierda, se han estrellado no pocos intentos de modernización nacional y así ha sido porque los cambios de estructuras quedan muy relativizados en sus consecuencias cuando la mentalidad sigue siendo la misma. Sin duda, uno de los aspectos en que más urge cambiar esa mentalidad es el de la visión del trabajo.

    Dos de los aspectos en los que más incidieron los reformadores desde el principio fue en la dignidad del trabajo, cualquiera, siempre que fuera honrado. Les bastó abrir las páginas de la Biblia para encontrar que "Entonces YHVH tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara. Y ordenó YHVH al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer" (Génesis 2: 15-16). La secuencia –que los judíos habían captado hacia siglos– era obvia. Antes de la Caída, Dios había ordenado al hombre que trabajara en el huerto del Edén y después de trabajarlo, tendría derecho a comer. Las consecuencias de ese regreso a la Biblia fueron fulminantes. El trabajo no es un castigo, fruto de la Caída; cualquier trabajo que no sea delictivo ni inmoral es digno; y es obligado trabajar para vivir a la vez que no está nada bien vivir de los demás. De manera nada sorprendente, las naciones que aceptaron esa visión reformada derivada de la Biblia experimentaron un cambio radical hasta el punto de que incluso sus clases privilegiadas decidieron trabajar porque estaba pésimamente considerada la holganza y fueron abriendo camino a un desarrollo económico impensable en las naciones de la Contrarreforma como España, Portugal, Italia o las de Hispanoamérica donde todavía se habla de un “concepto calvinista del trabajo” con evidente desprecio y no menor inexactitud. Ciertamente, Calvino era un extraordinario trabajador y de ello dan fe sus obras completas redactadas en tiempos nada fáciles, pero es que su punto de vista sobre el trabajo fue antecedido por otros reformadores – y, por supuesto, por los judíos – por la sencilla razón de que procedía directamente de la Biblia.

    César Vidal, en LD

  7. #47
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Trabajar no es pecado (2)

    En la Europa de la Contrarreforma –que en eso como en otras cosas le debe más al pensamiento pagano que a la Biblia– siguió insistiéndose en que el trabajo era un castigo como pensaban los griegos y los romanos esclavistas y se mantuvo una visión de los trabajos que eran dignos y los que no resultaban adecuados que llega, lamentablemente, hasta la actualidad. Semejante visión además llegó a filtrarse en las diversas concepciones teológicas hasta el punto de que sigue existiendo una "vida contemplativa" supuestamente superior a la de otros fieles. Quizá sea así, pero, desde luego, no fue la que Dios le entregó a Adán en el huerto del Edén.

    Semejante mentalidad persiste a día de hoy y constituye una verdadera maldición –ésa sí– para España y otras naciones de rumbo histórico semejante. El tema es de enorme actualidad y lo hemos visto en los últimos días con ocasión de la reforma laboral. Como era de esperar y no sorprenderá a los que siguen esta serie desde hace meses, la posición de la izquierda, de los sindicatos y de los partidarios de la doctrina social de la iglesia católica ha sido la misma, verificación enésima de que la izquierda española no es sino un retrato en negativo del catolicismo patrio. Para los sindicatos y la izquierda, la reforma es mala fundamentalmente por tres razones. Primero, porque les priva de un control en monopolio de la situación; segundo, porque pretende dar a la gente una libertad que no sabrá administrar sin que se la gestionen otros (ellos, claro está) y tercero, porque da cancha a los miserables capitalistas frente a unos trabajadores que con todo el derecho del mundo desean trabajar lo menos posible, contar con las mayores indemnizaciones del globo y seguir practicando conductas tan ejemplares como el absentismo o el vivalavirgencismo.

    Las razones de los partidarios de la doctrina social de la Iglesia católica son muy semejantes. De hecho, uno de sus portavoces habituales que hace unas semanas citaba al papa para atacar la libertad de horarios comerciales en la Comunidad de Madrid –sí, ya sé que es delirante, pero también es cierto- hace unos días, se valía de Chesterton para embestir contra la reforma laboral. Chesterton fue, sin duda, un novelista notable así como el autor de algunas hagiografías de deliciosa lectura, pero sería interesante que los católicos reflexionaran en que los libros de reflexión teológica que le dieron cierta fama y que citan ocasionalmente fueron escritos antes de su conversión al catolicismo. Dicho lo cual, Chesterton -como Tolkien o como Donoso Cortés o como el general Mola– sentía bastante resquemor hacia el progreso y creía en la articulación de la sociedad en una comarca autárquica y agraria. No digo yo que para ese pueblo de pies peludos que son los hobbits la solución esté mal, pero en la época de Internet equivale a renunciar al ordenador y regresar a la pluma de ganso. Las razones, por otro lado, de esa visión son, en el fondo, las mismas que las de la izquierda. Una visión liberal, primero, entrega a la gente a la inicua manía de pensar y priva del monopolio del pensamiento a la iglesia católica, monopolio que perdió hace tiempo, pero que algunos siguen añorando como si se tratara de una Arcadia feliz donde nunca se encendió una hoguera inquisitorial ni se expulsó a un judío. En segundo lugar, el ejercicio de la libertad puede acabar demostrando que la libertad puede ser gestionada por los individuos, lo que choca frontalmente con un sistema de sumisión jerárquica. Finalmente, demuestra que los capitalistas no son siempre unos opresores con chistera y puro y que las medidas paternalistas, lejos de favorecer a los trabajadores, los sumen en la cifra de desempleo que padece actualmente España.

  8. #48
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Trabajar no es pecado (3)

    Con semejante mentalidad, poco puede extrañarnos que los sindicatos – tanto los franquistas como los izquierdistas de hoy en día – sean estructuras rezumantes de privilegiados que buscan trabajar lo menos posible y vivir a costa de los demás. El ugetista José Ricardo Martínez es solo un ejemplo. Ni el único ni el más escandaloso.

    Para aquellos que lo piensen, debo insistir en que la culpa de nuestra pésima situación no está en un defecto racial o en la latitud geográfica. A decir verdad, basta que los españoles salgan de España y de su lamentable mentalidad sobre el trabajo para que den mejores resultados que la mayoría. Recuerdo al respecto la historia de un emigrante de hace décadas que fue a parar a un andamio alemán. Era muy fumador y, apenas había colocado, unos ladrillos hizo una pausa en el trabajo para echar un pitillo. El capataz germánico se apresuró a decirle que se pusiera a trabajar y dejara la contaminación de los bronquios para su tiempo libre. Acuciado por el vicio, el español fingió al cabo de unos minutos que tenía que ir al cuarto de baño con la intención de fumar. La reacción del capataz fue indicarle de manera cortés, pero firme, que no le pagaban por ir al servicio y que ya podría miccionar cuando sonara la hora. Mientras continuaba trabajando, el español reflexionó que, trabajando de esa manera, para prosperar no le hacía falta marcharse a Alemania y que podía regresar a su amado país. Lo hizo y comenzó a trabajar "como un calvinista", que dirían algunos. Acabó su vida teniendo una cadena hotelera.

    No, la culpa no es de los españoles. Nuestra nación está donde está por culpa de esa mezcla de doctrina social de la Iglesia católica, de socialismo –entonces de camisa azul, ahora del puño y la rosa– de paternalismo y de aversión al liberalismo que ve con malos ojos al emprendedor y considera que hay trabajos indignos de determinadas clases sociales sin dejar de lado que el trabajo, por definición, es un castigo divino. Esa combinación con tantos puntos en común entre sus diferentes elementos nos ha llevado a la pésima situación en la que estamos y ninguno de sus componentes nos sacará de ella. Por el contrario, tendremos salida si aceptamos algunas conclusiones que hace medio milenio asumieron las naciones donde triunfó la Reforma:

    El trabajo no es malo sino, intrínsecamente, bueno. Nos permite, de entrada, mantenernos a nosotros mismos y a nuestras familias. Puede que incluso nos permita disfrutar, pero, sobre todo, es una obligación social.

    El trabajo, si no es inmoral o ilegal, es igualmente digno. A ningún estudiante se le van a caer los anillos por repartir pizzas, trabajar en una cafetería o despachar en un comercio. Lo mismo puede decirse de otras ocupaciones. Lo vergonzoso no es trabajar sino no hacerlo porque no agrada un puesto de trabajo y, sin embargo, aceptar que otros nos mantengan.

    La meta de esta vida no es la jubilación anticipada. Es cierto que millones de españoles lo piensan, pero, al igual que el absentismo, es una nuestra muestra de que nuestra cultura del trabajo no es precisamente la mejor. Por el contrario, deberíamos aspirar a ser los mejores en el trabajo que llevamos a cabo y

    El trabajo debe hacerse como si lo hiciéramos para Dios. En otras palabras y para ponerlo accesible para aquellas personas que no creen, el trabajo debe estar hecho de la mejor manera posible. Con esmero, con responsabilidad, con seriedad.

    Si España logra arrojar de si esa mentalidad nefasta sobre el trabajo que ha tenido durante los últimos siglos, podemos tener una razonable esperanza de salir de la situación en que nos encontramos. Si, por el contrario, se empeña en transitar los aciagos caminos de antaño y en preferir la protección de la Santa Madre Iglesia o de Papá Estado a la libertad de las personas maduras… ay, si es así, no podremos salir nunca.

    César Vidal, en LD

  9. #49
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    Predeterminado Civil Servant

    Otra de las consecuencias de que España se quedara en el campo de la Contrarreforma fue que, al igual que naciones como España, Portugal o Italia, ha tenido enormes dificultades para adoptar una visión del servicio civil que sea verdaderamente nacional. A decir verdad, han prevalecido otros espíritus por encima del dedicado a servir a la nación lo que se ha traducido en no poco daño para España.

    España es una de las naciones más antiguas de Europa, pero, a diferencia de otras, ha tenido notables dificultades para desarrollarse nacionalmente de manera normal y armónica. Los Reyes Católicos, por ejemplo, convirtieron en base de la unidad nacional la religión procediendo a la Expulsión de los judíos en 1492. Esa acción y la imposición de la Inquisición invalidaron de manera práctica no pocos logros de un reinado que tuvo muchos aspectos ejemplares y destacados. Al cabo de un par de siglos, buena parte de sus aciertos se habían eclipsado mientras que las malas consecuencias de esos dos actos permanecen a día de hoy. Una de ellas es que, durante los siglos siguientes, los españoles, en realidad, no han servido a España sino a la "única Iglesia verdadera", al Rey o a su patria chica. "Por Dios, por la patria y el rey" está muy bien como lema del carlismo, pero no se ha correspondido con la realidad histórica porque Dios era identificado automáticamente con la iglesia católica y tanto ésta como el rey han tenido agendas propias que han pagado no pocas veces los españoles. Al respecto, los intentos por revertir esa conducta como, por ejemplo, los protagonizados por el conde-duque de Olivares o los liberales de inicios del s. XIX, chocaron con barreras mentales que los llevaron a fracasar lamentablemente. Los intereses de la iglesia católica estaban, en la práctica, antes que los de España y de esa manera no sólo quedó aniquilado el imperio al servicio de causas que no eran nacionales durante los siglos XVI y XVII sino que además, durante el s. XIX, la nación se vio desgarrada en cruentas guerras civiles motivadas por el choque entre los que deseaban construir un estado moderno español y los que, al servicio de los intereses de la iglesia católica y de cierta visión de la corona, se alzaron en armas contra tal posibilidad porque un estado moderno, más tarde o más temprano, tendría que acabar con semejantes privilegios.

    Sí, la Iglesia católica estaba antes que los intereses nacionales y los que se opusieron a esa situación – como Alfonso y Juan de Valdés, como Blanco White… – fueron pocos y heterodoxos. Y semejante visión no ha desaparecido a día de hoy. Recuerdo todavía cómo la directora de un importante programa de COPE dijo públicamente desde sus micrófonos que si los obispos anunciaban que el País Vasco tenía que ser independiente ella lo aceptaría sin rechistar como lo mejor para España. Una afirmación de ese tipo, en pleno siglo XXI, causa como mínimo desasosiego siquiera porque implica otorgar a los obispos una autoridad que es más que dudoso que tengan aunque no cabe duda de que la han ejercido en el pasado con notable profusión. Sin duda, es comprensible e incluso encomiable que una persona, por imperativos de conciencia, pueda optar ocasionalmente por la objeción o incluso desobediencia civil, pero no parece de recibo que semejante conducta le sea dictada por una jerarquía que está sometida a un estado extranjero que tiene sus propios intereses políticos que, por añadidura, no siempre han coincidido con los de España.

    Ese fenómeno también se ha dado –y se da– en la Historia de España en relación con la Corona. De manera deplorable, los españoles que derrocharon heroísmo desde 1808 no lo hicieron, salvo contadas excepciones, en pro de la libertad sino para defender al que demostraría ser un rey felón que, entre sus primeros pasos, tuvo el de derogar la Constitución liberal de 1812. El siglo XIX español fue también el de españoles enfrentados por diferentes legitimidades monárquicas –curioso término el de legitimidad teniendo en cuenta cómo los distintos reyes cedían pedazos de la nación tan sólo para satisfacer a infantas o mantenerse en el trono– y a finales del siglo XX, ya en democracia, hemos podido ver cómo determinadas instituciones como el Ejército o los servicios de inteligencia han estado más al servicio del Rey que de la nación. Al respecto, el 23-F es sólo un ejemplo, aunque, seguramente, no el único.

    César Vidal, en LD

  10. #50
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    Predeterminado Servicio Civil (2)

    Poco puede sorprender que, partiendo de esa base tanto la masonería como la izquierda española, verdadero retrato en negativo de la iglesia católica, adoptaran el mismo patrón de conducta. Aunque, formalmente, haya llevado el nombre de española y haya dicho servir a España, en no pocos casos los intereses que han servido han sido los de cada logia, partido, sindicato o clan.

    La masonería pretendía –en directa competencia con la iglesia católica– iluminar a los españoles aunque, por supuesto, sin dejar que ellos decidieran. El sindicato representaba a los trabajadores –aunque no llegaran al diez por ciento– y, por supuesto, los sustituía. El partido era la encarnación de los verdaderos intereses de la mayoría que contaba. Se produjo así una sucesión de hiperlegitimidades que han resultado muy dañinas para la Historia de España.

    Dada la hiperlegitimidad de pertenecer al servicio de la única iglesia verdadera, ¿cómo podía extrañar la impunidad de sus acciones y de sus jerarcas incluso cuando se han dedicado a socavar el orden público o a pactar con separatistas y terroristas?

    Dada la hiperlegitimidad de la Corona, ¿cómo podía extrañar que el rey no respondiera de sus actos, no pocas veces de extrema gravedad e incluso entrando en el delito, aunque tengan que hacerlo los ministros que los refrendan?

    Dada la hiperlegitimidad de los sindicatos, ¿cómo podría extrañar que, a día de hoy, no rindan cuentas a nadie del dinero que les entregamos?

    Dada la hiperlegitimidad de los partidos, ¿cómo podría extrañar que no se fiscalicen sus acciones y no se pidan cuentas de sus exacciones incluido el saqueo de cajas de ahorros cuyos agujeros seguimos llenando con nuestros impuestos?

    Aún más, dado que no pocos de los funcionarios deben su puestos a cualquiera de esas instancias, ¿cómo podemos cuestionar su perpetuidad y su impunidad?

    En todos y cada uno de los casos, la instancia pertinente ha dicho servir a la nación cuando más bien se ha servido de ella y, para remate, ha reaccionado airada cuando se cuestionaba su conducta. A diferencia de aquellas naciones en las que tuvo lugar la Reforma, de manera muy especial en el norte de Europa y en los países anglosajones, en España no existe una cultura de "civil servant", es decir, del que sirve civilmente a su nación porque la nación está por encima de todo tipo de consideraciones. Por el contrario, en esas naciones tocadas por la Reforma se ha sabido conjugar la idea de la desconfianza frente al estado e incluso de la resistencia civil con la del servicio a la nación por encima de banderías, religiones o ideologías.

    Eso explica que, a diferencia de lo sucedido en España, Italia o Portugal, una persona acaudalada decida abandonar por un tiempo su actividad civil para entregarse a la política a sabiendas de que pierde dinero, pero sirve a su nación. En España, hasta donde yo recuerdo, se ha dado sólo el caso de Manuel Pizarro y fue una excepción que ni siquiera llegó a ser apreciada por todo el PP.

    Eso explica que, a diferencia de lo sucedido en España, Italia o Portugal, la gente abandone los consejos de administración para ser ministros en lugar de, tras ser ministros, convertirse en consejeros – y conseguidotes – de empresas de relevancia.

    Eso explica que, a diferencia de lo sucedido en España, Italia o Portugal, el funcionariado sea, por encima de todo, nacional y no se sienta vinculado a un grupo o partido sino al servicio de la nación.

    Eso explica que, a diferencia de lo sucedido en España, Italia o Portugal, la lealtad a la nación esté por encima de otro tipo de lealtades.

    Resulta imperativo que adquiramos esa visión nacional que está por encima de las jerarquías religiosas, de la afiliación partidista o sindical y de las fidelidades a sociedades secretas y que comprendamos que los políticos y los funcionarios no son sino civil servants – un término, hasta donde yo sé, sólo utilizado por Esperanza Aguirre - al servicio de los ciudadanos. Para eso, claro está, también necesitamos una visión diferente del estado, pero de eso hablaremos la semana que viene.

    César Vidal, en LD

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