Realmente fue la ocasión más alta que vieron los siglos, como escribió Cervantes en el Quijote. Lo que pasó en Lepanto fue que Europa detuvo la expansión musulmana, turca, hacia occidente, y en esa tarea a España le cupo un papel protagonista. Los turcos, que habían llegado a construir una potencia formidable, estaban en Grecia y en los Balcanes y se proyectaban hacia Austria; controlaban prácticamente toda la cuenca sur del Mediterráneo -generalmente en connivencia con las flotillas piratas berberiscas- y se habían convertido en un auténtico azote para las rutas comerciales y las ciudades costeras de la cristiandad. A la altura de 1571 estaban en condiciones de poner el pie en la península itálica.
Como Italia no era propiamente un país, sino un mosaico de reinos frecuentemente enfrentados entre sí, las posibilidades de que una invasión turca prosperara eran altísimas. Los turcos tampoco eran unos bárbaros descerebrados: sabían explotar los intereses políticos de Francia, que saldría beneficiada por una merma del poder español y austriaco en el continente, y los intereses económicos de Venecia, siempre dispuesta a poner el dinero por encima de cualquier otra cosa. Por eso el Papa temió una inminente invasión turca de Italia, algo que sin duda habría asestado un golpe mortal a la cristiandad, porque la propia Roma estaba en juego.
El Papa llamó en su socorro a las potencias cristianas. No todos escucharon la llamada. España, sí, porque el proyecto imperial español -heredado por Felipe II- era inconcebible sin la hegemonía de la cristiandad. Las ciudades italianas, a pesar de mil conflictos y desaires, también estuvieron allí, y en particular los barcos de Venecia y del propio papa. Un español excepcional, don Juan de Austria, hijo bastardo del emperador Carlos, fue puesto al frente de la operación.
Junto a él, dos tipos enormes como Álvaro de Bazán y el catalán Requesens. La flota cristiana fue a buscar a la turca. La deshizo. El imperio otomano siguió siendo una potencia temible, pero nunca más volvió a amenazar seriamente a la Europa occidental. Después pasaron muchas cosas, y no pocos comentaristas han subrayado que Felipe II no explotó aquella victoria como hubiera debido, pero es demasiado fácil torear cuando al toro ya se lo han llevado las mulillas. Lo importante es que en Lepanto, aquel mes de octubre de 1571, España paró al islam. Una vez más. Y gracias a eso, los europeos somos europeos, y no otra cosa.
Por José Javier Esparza, en La Gaceta




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