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  1. #11
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    Predeterminado Nueva síntesis de la Guerra Civil (2)

    Hay otro elemento moral importante que señala Togores, aunque esta vez con menos eficacia. Dice que el bando republicano tuvo siempre moral de resistencia (Madrid como caso heroico), no de victoria. Aunque según avanzaba la guerra este juicio se hace más justo, lo cierto es que el Ejército Popular tuvo más iniciativas que su enemigo, y más imaginativas. Otra cosa es que no fueran exitosas.

    Es cierto que el Gobierno de Madrid perdió autoridad desde el primer momento y que fue víctima de su propia ideología. Nos dice Togores: "Giral no se dio cuenta de que, con su decisión de entregar las armas [a grupos revolucionarios], disolver las Fuerzas Armadas y anular a la Guardia Civil, estaba renunciando a los mejores instrumentos con que contaba para vencer a los sublevados", y que "los militares rebeldes tuvieron la habilidad de no suprimir los instrumentos administrativos que pervivían de los tiempos de la República". A estos les favoreció su carácter conservador. Resulta paradójico que los nacionales conservaran más el Estado republicano que sus rivales.

    No elude Togores el espinoso asunto de la represión. Asume la distinción clásica de la izquierda entre la represión ejercida por uno y otro bando: organizada y sistemática la nacional, fuera del control gubernamental la republicana. Pero da la vuelta a la acusación. Así, culpa al Gobierno republicano de dejar la represión a cargo de "numerosos grupos de incontrolados y sindicatos, que robaban y asesinaban en nombre de la revolución, disfrutando de absoluta impunidad", mientras que, "entre los rebeldes, el establecimiento de un estado campamental a finales de octubre de 1936, la rígida y relativamente rápida militarización de todas las milicias políticas (...) cortó en buena medida las represalias indiscriminadas".

    El relato es bueno, aunque a veces peca de desorganización (llegaremos al final de la contienda antes de adentrarnos en el relato de la batalla del Jarama). Los juicios sobre estrategia son interesantes y están bien fundamentados. Hay elogios y críticas para ambos bandos. Se explica que Franco, en su marcha hacia Madrid, utilizó el camino de Extremadura, pese a ser más largo que el de Despeñaperros, para no verse expuesto entre dos frentes y obtener la colaboración del Estado Nuevo portugués. No se valora si Franco hizo bien o mal en detenerse a liberar Toledo, aunque se le echa en cara su obsesión por la capital; en cambio se defiende su precaución de no invadir Cataluña cuando dividió de nuevo el territorio republicano en dos: como Ricardo de la Cierva, Togores apunta que Francia estaba dispuesta a entrar en guerra, lo que no convenía al gallego en absoluto, pues tenía la victoria al alcance de la mano. Sobre Vicente Rojo se adelanta una teoría arriesgada pero interesante: ¿por qué decidió lanzar una ofensiva cruzando el Ebro, con el riesgo evidente de quedar embolsado entre las fuerzas rebeldes y el río? "Sabiendo quién era Rojo", Togores sostiene que estaba pensando en acabar la guerra prontamente. Como si fuera un antecesor de Casado.

    Estas páginas, ya digo, merecen la pena. Están bien escritas y documentadas. Son sugerentes y resumen eficazmente el conflicto. Los capítulos vienen precedidos por mapas instructivos. También ha elaborado Togores una cronología, que puede ser útil al estudioso del período, y una bibliografía recomendada que va desde Arrarás a Viñas y que, curiosamente, no recoge todas las obras citadas en el texto.

    Que no se quede el lector con dudas respecto a la ideología de Luis E. Togores. Dice en un pasaje: "En los tiempos que corrían no sólo era necesario adoptar aires totalitarios; también resultaba obligado tomar algunas medidas políticas, sociales y económicas de las que se había erigido en portavoz Yagüe". Independientemente de que el lector comparta o no estas palabras, esta historia debe figurar entre las preferencias de los interesados por la última guerra civil española.

    José Carlos Rodriguez, en LD

    LUIS E. TOGORES: HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. La Esfera (Madrid), 2011, 416 páginas.

  2. #12
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    Predeterminado Tres fechas decisivas

    En estos días se cumplen tres grandes aniversarios casi seguidos: el del asesinato de Calvo Sotelo, el de las Navas de Tolosa y el del alzamiento del 18 de julio del 36 (comenzado el 17).
    Sobre el primero, he recogido algo en el blog anterior. La implicación de Prieto me parece evidentísima y le he dedicado algún o algunos artículos. Es curioso que Prieto haya tenido buena prensa incluso entre los falangistas, cuando fue uno de los políticos más irresponsables de su época, y responsable de los peores desastres.

    En cuanto a las Navas de Tolosa, de haber perdido los españoles habría podido ser una reedición de la batalla de Guadalete, y la historia muy distinta a como realmente ha sido. Lo he tratado en Nueva historia de España

    Sobre el 18 de julio, reitero la crítica a la célebre frase de Madariaga diciendo que la izquierda, con su insurrección del 34, se había privado de autoridad moral para condenar el alzamiento del 36. La insurrección del 34 se hizo contra un gobierno plenamente legítimo, y la del 36 contra un gobierno ilegítimo, salido de unas elecciones fraudulentas y destructor de la legalidad republicana. Al destruirse la legalidad se abren las compuertas a la lucha civil, puesto que la ley es precisamente lo que encauza las tensiones y oposiciones de intereses y aspiraciones entre unos sectores sociales y otros. Y ahí radica todo el secreto de la guerra civil.

    Pío Moa, en su blog de La Gaceta.es

  3. #13
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    Predeterminado La represión en el Frente Popular

    Atrocidades se cometieron indistintamente en los los dos bandos, pero la gran diferencia entre izquierda y derecha, es que la primera obedecía a una genocidio contra la cultura cristiana.

    No menos que la represión de los nacionales ha sido distorsionada la del Frente Popular. Sus panegiristas la han atenuado o justificado: habría sido un terror de respuesta al de sus enemigos y tenido carácter popular y espontáneo, luego encauzado jurídicamente por las autoridades “democráticas”.

    Y habría constituido una especie de justicia histórica, idea que empapa la Ley de Memoria Histórica (LMH9 en la línea expuesta por J. Villarroya y J. M. Solé: "La represión ejercida por jornaleros y campesinos, por trabajadores y obreros y también por la aplicación de la ley entonces vigente, era para defender los avances sociales y políticos de uno de los países con más injusticia social de Europa. Los muchos errores que indudablemente se cometían pretendían defender una nueva sociedad. Más libre y más justa. La represión de los sublevados y sus seguidores era para defender una sociedad de privilegios". De ahí a gritar "¡Bien por el aniquilamiento de los opresores!" no media ni un paso, pues la conclusión viene implícita.

    Pero los revolucionarios no defendían avances sociales y políticos, o una sociedad "más libre y más justa", como prueba una aplastante experiencia histórica. En los países donde triunfaron los correligionarios de las izquierdas españolas, la población perdió la libertad, sometida a una casta burocrática dueña de un Estado policial.

    Es más que discutible que España fuera "uno de los países con más injusticia social de Europa", pero no hay duda de que el remedio propuesto por los revolucionarios empeoraba la enfermedad, si de libertad, justicia y riqueza hablamos.

    Estos autores tienen derecho a preferir tales remedios, pero no a invocar en su beneficio la libertad y la justicia. Y aún menos a identificar al pueblo con la minoría de sádicos y ladrones que al hundirse la ley obró a su antojo. Además, la mitad al menos del pueblo estaba con el bando franquista.

    Más ecuánime, Josep Pla dijo que si se parte un queso por la mitad no es probable que una parte salga camembert y la otra gruyère, indicando que la conducta de los dos bandos fue igual, al ser todos españoles. Sin embargo la frase, aunque ingeniosa, es falsa. Veamos algunas diferencias:

    Primero, como ya indiqué y contra la pretensión citada, las izquierdas iniciaron los atentados, ya desde la “quema de conventos”, así como los asesinatos, 6 en las elecciones de 1933. El terror de respuesta fue el derechista, no el contrario. Es una diferencia moral importante.

    Segundo, el terror rojo no fue “popular y espontáneo”, como también se dice. Fue cultivado con una larga siembra de odio y practicado no por “el pueblo”, sino por miles de individuos fanatizados, organizados en partidos y sindicatos y en la policía.

    Tercero, así como la represión inicial de los nacionales en la guerra tenía como objetivo asegurar una retaguardia débil, la del Frente Popular perseguía una “limpia” definitiva aprovechando una victoria que daban por segura.

    Cuarto, en el bando nacional no se produjo un terror interno, mientras que en el bando contrario sí se dio entre las diversas facciones del Frente Popular, con torturas y crímenes, hasta ocasionar dos pequeñas guerras civiles entre las mismas izquierdas.

    Quinto, el sadismo empleado en la zona roja, hasta quemando vivas a familias con niños, crucificando o toreando a presos, etc. no se alcanzó en el bando nacional, sin que ello suponga que este se mostrase muy humanitario (hoy están definitivamente descartadas leyendas como la de la “matanza de la plaza de toros de Badajoz”).

    Sexto, el terror rojo tuvo carácter técnico de genocidio contra la cultura cristiana, con intento de exterminio del clero, de muchos católicos practicantes, devastación de templos, bibliotecas y hasta de las cruces de los cementerios. Los cargos de “genocidio” u “holocausto” esgrimidos contra el bando nacional no resisten el menor análisis.

    Séptimo, el mayor asesinato masivo de presos fue realizado por el Frente Popular en Paracuellos. Los intentos de buscar algún “paracuellos” cometido por los nacionales, como en el barranco de Órgiva, en Granada, han fracasado.

    Así pues, aunque hay equivalencia aproximada en el número de muertos por la represión en los dos bandos, las diferencias cualitativas son muy pronunciadas. Y no a favor de aquellos en cuyo honor se ha elaborado la LMH

    Guernica, leyenda
    Otra leyenda que las investigaciones han descartado es la del bombardeo “de exterminio” en Guernica, achacándole hasta 3.000 muertos. Murieron un máximo de 127, según ha demostrado Jesús Salas Larrazábal en un minucioso estudio. Por otra parte, Franco prohibió los bombardeos sobre la población civil, mientras que el bando contrario se jactaba en sus partes de los que realizaba en Oviedo, Huesca y otros puntos.


    Pío Moa, en La Gaceta.es

  4. #14
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    Predeterminado Dónde la República expolió el "otro oro de Moscú"

    El ambiente de requisa impune de noviembre de 1936 no respetó templos, ni museos, ni el Monte de Piedad
    Altos funcionarios del Estado requisando piezas clave del patrimonio español durante de la Guerra Civil, pero no con el fin de salvarlas, sino para que dirigentes como Negrín o Indalecio Prieto acabaran fundiéndolas y vendiéndolas con el fin de sufragar los gastos de la élite republicana en el exilio. La magnitud del expolio realizado por el Gobierno de la II República es difícil de imaginar y sus causas no son ni remótamente ideológicas.

    ¿Qué legitimidad tiene un gobierno para decidir, por razones políticas, el destino el patrimonio histórico artístico de toda una nación? A partir de esta pregunta, Francisco Gracia y Gloria Munilla intentan reconstruir en «El tesoro del “Vita”» (Universidad de Barcelona), el inventario del expolio republicano que acabó tal vez fundido en oro en el exilio de México.

    El 4 de septiembre de 1936, señalan, «las piezas más importantes del Tesoro de la Catedral de Toledo fueron trasladadas a Madrid». Aunque algunas acabaron en Ginebra, protegidas por la Junta del Tesoro Artístico, la mayoría fueron al «Vita». Lo mismo ocurrió en la Catedral de Tortosa. Siguiendo las órdenes del ministro de Hacienda, Méndez Aspe, los tesoros se trasladaron al castillo de Figueras el 23 de enero de 1939.

    El contexto de requisas es atroz, el Banco de España y las cajas del Monte de Piedad abiertas con soplete para esquilmar las alianzas empeñadas por gente modesta además de alhajas de ricos; pero también la Casa de la Moneda (un hecho aún por investigar), casi todos los lugares con algo de valor fueron víctimas de aquella requisa salvaje e impune.

    La inminencia de la derrota aconsejó el envío a Francia de los tesoros (no sin antes proceder a la voladura del castillo de Figueras con todos los que no pudieron llevarse, lo que demuestra el desprecio sistemático hacia el Patrimonio de los dirigentes que lo permitieron). Varios de aquellos baúles, con piezas del Papa Luna, cruces, cálices, relicarios acabarían en México… En este caso, objetos de más valor histórico que crematístico. La capilla del Palacio Real de Madrid también padeció un expolio de materiales en su mayoría religiosos.

    Pero la madrugada más trágica para el patrimonio artístico nacional fue el 2 de noviembre de 1936 con el expolio del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, siguiendo órdenes del subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, Wenceslao Roces. Como explican Francisco Gracia y Gloria Munilla en «El tesoro del “Vita”» el acta de la requisa contaba con el tesoro de los Quimbayas más una máscara, un águila y tres piezas de ceremonia de origen peruano de oro, 58 monedas de oro griegas, 830 monedas de oro romanas, 297 monedas bizantinas, 343 monedas árabes, 242 monedas árabes depositadas en cartones, 322 monedas visigóticas, la colección completa del museo; 94 monedas españolas de épocas medieval y moderna, 11 monedas francesas y portuguesas, 432 monedas de diversa procedencia, 67 medallas. En total, más de diecisiete kilos de oro.

    Pérdidas relevantes
    Según se ha dicho, Wenceslao Roces se negó a realizar un inventario completo. Hasta hoy, el episodio ha podido ser conocido por el trabajo de Carmen Alfaro, que a falta de documentos pormenorizados contó con el testimonio de uno de los conservadores del Gabinete Numismático en 1936: Felipe Mateu y Llopis. Gracias a ellos conocemos otras pérdidas de más relevancia artística y arqueológica: un estártero de electrón de Cizico, un «darico» de oro y el triple shekel de electrón de Cartago. De las monedas egipcias, octodramas de oro de Arsinoe, Ptolomeo III, Berenice, Ptolomeo IV y Ptolomeo V. También se perdió casi en su totalidad la colección de moneda hispano-árabe. Del millar de monedas de oro romanas, desapareció el noventa por ciento; entre ellas, quinarios de la época de Augusto y el único áureo del periodo de las guerras civiles, así como los de Julia Titi, Septimio Severo, Caracalla y Geta. Pese a la importancia de la series griega y romanas, «las más importantes serían las monedas visigodas y la casi totalidad de las monedas de oro hispano-árabes colecciones imposibles de reemplazar», añaden Gracia y Munilla.

    Una estimación económica de este patrimonio, según los valores oro de 2006, arroja un montante de más de ocho millones de euros, en función de su cotización en el mercado libre numismático: la cifra aumentaría considerablemente en caso de subasta.

    Ahora, con la aparición del libro de Gracia y Munilla sobre el tesoro del «Vita», España tiene otro elemento para la reflexión de un periodo traumático, basado en hechos y no en opiniones.

    Sergi Doria, en ABC.es

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