Hay otro elemento moral importante que señala Togores, aunque esta vez con menos eficacia. Dice que el bando republicano tuvo siempre moral de resistencia (Madrid como caso heroico), no de victoria. Aunque según avanzaba la guerra este juicio se hace más justo, lo cierto es que el Ejército Popular tuvo más iniciativas que su enemigo, y más imaginativas. Otra cosa es que no fueran exitosas.
Es cierto que el Gobierno de Madrid perdió autoridad desde el primer momento y que fue víctima de su propia ideología. Nos dice Togores: "Giral no se dio cuenta de que, con su decisión de entregar las armas [a grupos revolucionarios], disolver las Fuerzas Armadas y anular a la Guardia Civil, estaba renunciando a los mejores instrumentos con que contaba para vencer a los sublevados", y que "los militares rebeldes tuvieron la habilidad de no suprimir los instrumentos administrativos que pervivían de los tiempos de la República". A estos les favoreció su carácter conservador. Resulta paradójico que los nacionales conservaran más el Estado republicano que sus rivales.
No elude Togores el espinoso asunto de la represión. Asume la distinción clásica de la izquierda entre la represión ejercida por uno y otro bando: organizada y sistemática la nacional, fuera del control gubernamental la republicana. Pero da la vuelta a la acusación. Así, culpa al Gobierno republicano de dejar la represión a cargo de "numerosos grupos de incontrolados y sindicatos, que robaban y asesinaban en nombre de la revolución, disfrutando de absoluta impunidad", mientras que, "entre los rebeldes, el establecimiento de un estado campamental a finales de octubre de 1936, la rígida y relativamente rápida militarización de todas las milicias políticas (...) cortó en buena medida las represalias indiscriminadas".
El relato es bueno, aunque a veces peca de desorganización (llegaremos al final de la contienda antes de adentrarnos en el relato de la batalla del Jarama). Los juicios sobre estrategia son interesantes y están bien fundamentados. Hay elogios y críticas para ambos bandos. Se explica que Franco, en su marcha hacia Madrid, utilizó el camino de Extremadura, pese a ser más largo que el de Despeñaperros, para no verse expuesto entre dos frentes y obtener la colaboración del Estado Nuevo portugués. No se valora si Franco hizo bien o mal en detenerse a liberar Toledo, aunque se le echa en cara su obsesión por la capital; en cambio se defiende su precaución de no invadir Cataluña cuando dividió de nuevo el territorio republicano en dos: como Ricardo de la Cierva, Togores apunta que Francia estaba dispuesta a entrar en guerra, lo que no convenía al gallego en absoluto, pues tenía la victoria al alcance de la mano. Sobre Vicente Rojo se adelanta una teoría arriesgada pero interesante: ¿por qué decidió lanzar una ofensiva cruzando el Ebro, con el riesgo evidente de quedar embolsado entre las fuerzas rebeldes y el río? "Sabiendo quién era Rojo", Togores sostiene que estaba pensando en acabar la guerra prontamente. Como si fuera un antecesor de Casado.
Estas páginas, ya digo, merecen la pena. Están bien escritas y documentadas. Son sugerentes y resumen eficazmente el conflicto. Los capítulos vienen precedidos por mapas instructivos. También ha elaborado Togores una cronología, que puede ser útil al estudioso del período, y una bibliografía recomendada que va desde Arrarás a Viñas y que, curiosamente, no recoge todas las obras citadas en el texto.
Que no se quede el lector con dudas respecto a la ideología de Luis E. Togores. Dice en un pasaje: "En los tiempos que corrían no sólo era necesario adoptar aires totalitarios; también resultaba obligado tomar algunas medidas políticas, sociales y económicas de las que se había erigido en portavoz Yagüe". Independientemente de que el lector comparta o no estas palabras, esta historia debe figurar entre las preferencias de los interesados por la última guerra civil española.
José Carlos Rodriguez, en LD
LUIS E. TOGORES: HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. La Esfera (Madrid), 2011, 416 páginas.




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