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Vista Híbrida

  1. #1
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Significado de la Guerra Civil

    Stanley Payne dedica en su libro una atención especial a la guerra civil española, lo que es bastante lógico por la atención internacional que ha recibido a lo largo de los años. Una atención curiosa en cierto modo porque, como observa el autor, sus repercusiones internacionales directas fueron escasas, quedando el conflicto limitado a España, por lo menos en el terreno político y militar. Esa atención se basa en un enorme equívoco, que presentaba esa guerra como un choque entre la democracia o "el pueblo" y el fascismo o "la reacción".

    ¿Qué se jugaba realmente en nuestra guerra? Por mucho que asombre a estas alturas y con tanta bibliografía, es una cuestión nunca aclarada a fondo. Creo que Payne ve bien muchos de sus principales rasgos, pero no extrae todas las conclusiones. Así, deja en claro, como hemos hecho muy pocos más, que la historia de la república fue la del dinamitado de un inicio de democracia liberal, y que los dinamiteros fueron, precisamente las izquierdas frente a unas derechas mayormente inofensivas y dispuestas, aunque con mil recelos, a acatar una legalidad democrática siempre que no degenerase en arbitrariedad.

    Al final, la democracia no desempeñó ningún papel en nuestra guerra, lo que ha llevado a Payne a decir alguna vez que no fue una lucha de buenos y malos, sino de malos contra malos. Me parece que el aserto no refleja bien la realidad.

    Ante todo, ¿qué eran las izquierdas y qué pretendían? Creo que en Payne no queda del todo precisada su combinación de mesianismos e indigencia intelectual. Todas ellas, sin excepción, creían tener la panacea para transformar la sociedad a su gusto, consideraban que la democracia consistía en que mandasen ellas (cada una de ellas), y despreciaban la idea nacional, como recordaría Azaña amargamente. En otras palabras, eran unas izquierdas utópicas y básicamente anticristianas y antiespañolas. Su anticristianismo, único aspecto en que estaban de acuerdo todos los partidos izquierdistas, suele presentarse como "anticlericalismo" u oposición a la influencia política del clero, pero iba mucho más allá: pretendía extirpar la cultura cristiana de España como medio para implantar su utopía. Empezó con la primera quema de templos, bibliotecas y centros de enseñanza, para alcanzar su paroxismo, realmente genocida, en plena guerra civil: se trataba de erradicar, orwellianamente, la cruz de la vida pública y privada española, lo que pusieron en práctica en medida asombrosa en la zona del Frente Popular. No es que hubiera un plan explícito, al menos yo no lo conozco, pero el genocidio fue efecto lógico de unos utopismos de ínfima calidad intelectual. Casi nunca se insiste, y creo que Payne tampoco, en este dato crucial, del que solo fue un disfraz o un aperitivo el llamado anticlericalismo.

    Tampoco se ha prestado suficiente atención al carácter antiespañol del Frente Popular. La hispanofobia fue clara y sin tapujos en los nacionalismos vasco y catalán, y afectaba indirectamente, aunque con plena fuerza, a los restantes grupos. Para los poderosos partidos y sindicatos obreristas, la idea de España era reaccionaria o sin importancia, disuelta en todo caso en su internacionalismo "proletario"; para el PCE, en concreto, se supeditaba absolutamente a los intereses del estalinismo. Todos ellos, incluido Azaña, tenían de la historia de España la visión forjada por la Leyenda Negra, asimilada sin crítica y hasta con regodeo (tendencia que revive hoy con fuerza). No es que Azaña se proclamase explícitamente antiespañol o indiferente a España, ni mucho menos. Pero, como otros, aspiraba a una España "nueva", cortadas sus raíces de un pasado que creían repugnante, para ponerla a la altura unos ideales esquemáticos y simples.

    Cuando se combinaron estas tendencias con la destrucción de la legalidad, los sectores, muy vastos, que se sentían patrióticos y cristianos se vieron en la disyuntiva de dejarse destruir "pacíficamente" o rebelarse. Se rebelaron bajo la invocación "por Dios y por España", es decir, por la cultura cristiana y por la nación. Y contra la o las revoluciones anticristianas y antiespañolas de la izquierda y los separatismos, cuyo abocamiento solo podía ser totalitario.

    Este fue, a mi juicio, el carácter de la guerra. Y hoy, por supuesto, no puedo menos de identificarme, como Marañón y tantos otros liberales, con quienes salvaron esos principios y valores fundamentales, sin los cuales la democracia liberal se queda en poco más que palabras y buenas intenciones en el vacío.

    Y sin embargo la democracia liberal estuvo presente en todo este proceso de un modo peculiar, que veremos luego.

    Pío Moa, en LD

  2. #2
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    Predeterminado La democracia liberal en la guerra de España

    A la hora de repartir responsabilidades por la guerra civil, y después de señalar las decisivas de las izquierdas, Payne se refiere a las de la derecha por "su incapacidad para encontrar formas de hacer frente o aprovechar estas diferencias (entre las propias izquierdas) sin llegar a enfrentarse a ellas en un conflicto mortal".

    Claro está que la responsabilidad fundamental, como indica el autor, fue, con mucho, de la izquierda, cuyas concepciones y actitudes básicas la empujaban a la imposición violenta, a la agresión y la guerra civil, ya desde la inauguración de la república... a menos que las derechas se dejaran aplastar mansamente, cosa que le siguen exigiendo, en nombre de la "democracia", muchos críticos (no Payne). En cuanto a la habilidad política de las derechas, no fue sobresaliente, pero creo que tampoco puede culpárseles por eso, al menos en el plano moral.

    A mi juicio, el problema clave de la guerra es que la idea de una democracia liberal, que podría haber evitado el choque, quedó descartada por la desastrosa experiencia republicana, en un tiempo en que dicha idea estaba en crisis en toda Europa, debido a la depresión económica mundial y al auge de nuevas ideologías que aspiraban a superar el demoliberalismo. En realidad, la democracia solo volvió a ser posible, y solo en bastante menos de la mitad de Europa, por la intervención bélica useña.

    El problema, en España, puede resumirse así: al llegar la república, solo la derecha republicana (Lerroux-Maura-Alcalá Zamora, divididos entre sí) podía considerarse adepta a la democracia liberal. La izquierda, incluso la menos extremista, entendía la democracia como su propia dominación para realizar, en palabras del mismo Azaña, "un programa de demoliciones". Los objetivos a demoler eran la herencia cristiana y la de la España histórica, como recordé en el artículo anterior. Para mayor ceguera, Azaña pretendía realizarlo mediante una alianza con los sindicatos y partidos más mesiánicos y totalitarios. Y el resto de la derecha simplemente tenía pavor a una democracia que identificaba, como la propia izquierda, como la mayor amenaza para la nación española y la cultura católica.

    La (débil) responsabilidad de la derecha viene, en ese sentido, de muy atrás. La mayor parte de ella era tradicionalmente liberal, aunque permaneciera un sector integrista no desdeñable. Había sido esa derecha la promotora del régimen liberal de la Restauración, que por su propia dinámica tendía a la democracia. Y sin duda habría llegado a ella sin el doble fenómeno de lo que José María Marco ha llamado traición de los intelectuales a la libertad, y sobre todo sin el carácter mesiánico y muy agresivo de las corrientes de izquierda y separatistas reforzadas al calor del Desastre del 98. Sin ningún fundamento, al contrario, izquierdas y separatismo se atribuían la causa de la democracia, y una derecha privada de fuerza intelectual, lo aceptó: la democracia consistía en acabar con la tradición cristiana y con la misma unidad nacional.

    En los años 30, el temor de la derecha aumentó, tanto por la extrema agresividad de las izquierdas como por el influjo de las corrientes autoritarias y fascistas del exterior. De todas formas, el grueso de la derecha aceptó las reglas del juego iniciales de la república y trató de desenvolverse dentro de ellas, obteniendo un gran triunfo electoral en 1933. Ello abría el paso a una democracia normal en España, posibilidad que quedó destruida por la violencia conscientemente guerracivilista de la izquierda, primero, y por la destrucción de la misma legalidad republicana por el Frente Popular algo después. La derecha, privada de su propia concepción liberal de la democracia, perdió la iniciativa ideológica y solo pudo aferrarse –lo que no es poco, es esencial– a la defensa "de Dios y de España".

    La democracia, así, no desempeñó un papel en la guerra, debido a su destrucción en los cinco años previos de república.

    Pío Moa, en LD

  3. #3
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    Predeterminado El patriotismo de Negrín

    Mi aserto de que los nacionales eran los patriotas, es decir, los que defendían la nación española, podría quedar contradicho por la evidencia de que el Frente Popular desató en la guerra una masiva propaganda patriótica, llamando a luchar contra la "invasión" de alemanes, italianos y moros. Como ya expliqué, las ideas y tendencias izquierdistas-separatistas eran realmente antiespañolas, y el grito "¡Viva España!" llegó a ser subversivo. Pero todos, y más que nadie los comunistas, entendieron pronto que el patriotismo era una fuerza movilizadora muy potente y quisieron arrebatársela al bando de Franco. Los comunistas, por cierto, eran agentes directos y orgullosos de la Unión Soviética, a cuyos intereses posponían los españoles sin la menor vacilación.

    En esa línea, me parece que Payne cae en un error extendido al describir así a Negrín: "A diferencia de gran parte de la izquierda, no solo era un patriota, sino incluso una especie de nacionalista español". Quizá él se sintiese así personalmente, pero lo que cuenta, a mi juicio, son los actos reales, y no encuentro mucho patriotismo en la entrega de Negrín a los comunistas, en la imposición al país de unos sacrificios inútiles cuando la guerra estaba perdida, ni en su empeño por lograr la intervención militar francesa y la extensión del conflicto, que acarrearía muchas más víctimas y daños. También puede describirse como patriota a Azaña en cuanto a sus sentimientos íntimos, siempre que se añada que él pensaba en una España renovada según ideas rudimentarias y simples, y sin raíces en una historia que él caricaturizaba y detestaba según las líneas de la Leyenda Negra. Y lo mismo ocurría con Negrín.

    Sobre la polémica en torno a su relación con la URSS y el PCE, Stanley Payne señala que "los comunistas (...) no le consideraban ni un agente ni un criptocomunista, sino más bien un socialista prosoviético que conservaba su propia identidad". Esto es probablemente cierto, y por mi parte nunca creí que Negrín se entregase subjetivamente a los estalinistas. Pero en el plano práctico lo hizo, aun con pequeños desacuerdos ocasionales. No puede olvidarse que Negrín fue el principal fautor de la entrega del oro a Stalin, una decisión que no derivaba de "la imposibilidad de hacer otra cosa", como ha querido justificarse. Derivaba de la estrechísima afinidad, en aquel tiempo, entre la URSS y el partido del Lenin español, aspirante a la dictadura del proletariado, un dato que suelen obviar los apologistas de Negrín; y no incluyo entre estos a Payne, aunque me parece que está algo influido por ellos. El envío del oro a Moscú tuvo una consecuencia política crucial muy rara vez mencionada: redujo al Frente Popular a una dependencia de Moscú, ya que la recuperación del oro era impensable y los suministros bélicos a España dependían de él. Esta cuestión es distinta, y mucho más relevante, de la de si Stalin robó más o menos de aquel oro, asunto a mi entender muy secundario pero que ha recibido atención desmesurada. Dudo que robara porque no le convenía. Lo decisivo fue que, en adelante, el Kremlin controlaba los suministros, es decir, el destino del Frente Popular. Lo cual, junto al hecho de disponer en España del partido más fuerte, organizado y disciplinado, como llegó a ser el PCE (partido agente de Stalin, repito), da idea del grado de supeditación a la URSS que Negrín impuso a la parte del país donde dominó. Que lo hiciese con una u otra intención o ilusión es lo de menos.

    Tampoco puedo coincidir con Payne en que Negrín "había llegado a la conclusión de que la guerra debía prolongarse, principalmente para poder negociar una rendición en condiciones más aceptables" y "lograr cierta protección para los muchos izquierdistas que quedarían en el régimen de Franco". Las propias explicaciones de Negrín indican más bien que desde pronto pensó que solo podría ganar la guerra internacionalizándola. Esta fue su estrategia esencial y la base de sus maniobras dilatorias como los "puntos" de los que se burlaba Azaña. Quería, en definitiva, prolongar la guerra civil hasta enlazarla con una guerra general europea, y así lo dijo explícitamente. Y en ningún momento tomó medidas para salvar a los izquierdistas –miles de ellos complicados en crímenes atroces–. Lo que no significa que no fuese un hombre previsor: desde el mismo momento en que envió el oro a Moscú, ya en el primer año de la guerra, organizó concienzudamente el saqueo de bienes públicos y privados con vistas a asegurarse una vida cómoda y una influencia política en el eventual exilio.

    Payne señala muy justamente que Negrín no era un demócrata. A mi juicio tampoco era un patriota, más bien lo contrario. Además de extremadamente corrupto. Por algo el actual PSOE lo ha reivindicado.

    Pío Moa, en LD

  4. #4
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    Predeterminado Trascendencia de la Guerra Civil

    Sobre las guerras civiles se han dicho muchas cosas vacuas que pasan por humanistas (son "estériles", "no se curan en generaciones", etcétera). Como pasa con todas las guerras, y aun siendo deplorables por su violencia intrínseca, las hay efectivamente estériles e inconcluyentes, que solo preparan el terreno para otra próxima, y las hay fundacionales en el sentido de que rompen con un mal período anterior y abren paso a otro considerado superior y más fructífero.

    La Guerra de Independencia useña, guerra civil en buena medida, fundó un estado de nuevo tipo muy estable, cuya crisis en la Guerra de Secesión, de carácter refundacional, fue satisfactoriamente superada. Por el contrario, las guerras de independencia de Hispanoamérica, también civiles en alto grado, no alumbraron sistemas estables y progresivos, sino una inestabilidad esencial en la mayoría de los casos, algunas de cuyas causas he mencionado en Nueva historia de España. Viniendo a Europa, la Guerra de los Treinta Años, una auténtica guerra civil alemana (con intervención de otras naciones), dejó el país en ruinas, sin más. La Revolución Francesa, que cabe describir como una guerra civil contra gran parte de la población desarmada, es considerada el parto sangriento de las posteriores repúblicas francesas, incluso de otras muchas europeas. Etcétera.

    ¿Cuál fue el carácter de la guerra española de 1934 a 1939 (con el intervalo de los meses entre noviembre del 34 y julio del 36)? Ciertamente, no alumbró un período de inestabilidad ni de nuevas contiendas previsibles a día de hoy, sino la paz más prolongada que haya disfrutado España en varios siglos, con una evolución interna igualmente pacífica, en lo esencial, a la democracia. Por tanto, debe catalogarse entre las guerras fundacionales y no estériles. En realidad, es el hecho histórico español más trascendental desde la invasión napoleónica, cuyo ciclo histórico vino a cerrar.

    La invasión napoleónica no solo quebró la evolución por así decir natural de España, sino que causó enorme mortandad y tremendos destrozos (también por parte de los no muy deseables aliados ingleses), que hicieron retroceder drásticamente la riqueza nacional e incluso la civilización; y dejó el legado de las dos Españas, que iban a enfrentarse en guerras y golpes internos hasta la Restauración. De ahí –como en los nuevos países hispanoamericanos– una sociedad convulsiva, hasta llegar al borde del naufragio nacional con la I República, un régimen que desató todos los demonios familiares, incluido el de la botaratería política, cuya historia solo podría narrarse en tono bufo si no fuera por sus efectos, afortunadamente cortados a tiempo.

    La Restauración abrió una época de recuperación económica y política, y mantuvo una estabilidad esencial durante medio siglo, lo que permitió la superación parcial de aquello de las dos Españas de la Guerra de independencia; no obstante, le aquejaba una debilidad política heredada y una mediocridad que le impidió hacer frente a nuevos desafíos derivados de la Revolución Francesa y la invasión napoleónica. Desafíos como los representados por el socialismo y el anarquismo, esencialmente mesiánicos y totalitarios, cuya lógica y dinámica los políticos de la Restauración no entendieron; tampoco entendieron los separatismos vasco y catalán, nacidos al principio de la España tradicionalista con mezcla absurda de las ideologías racistas por entonces en boga en Europa. En cuanto al republicanismo, nunca abandonó del todo el tinte alucinado de la I República.

  5. #5
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    Predeterminado Trascendencia de la Guerra Civil

    Fue la conjunción de las ideologías totalitarias y separatistas, cuyo reto no supieron afrontar los politicastros, lo que terminó dando al traste con la Restauración. Con el resultado final de una II República que, como la primera, concitó a todas las tendencias disgregadoras de la sociedad y creó una dinámica cada vez más convulsa y tiránica hacia un régimen de estilo soviético. Romper aquella deriva exigió una cruenta guerra de casi tres años. La relativa dictadura resultante demostró ser un régimen firme que, tras superar las tensiones internas, afrontó con éxito las presiones y amenazas internacionales, estabilizó España y creó las condiciones para una democracia estable y no convulsa como la república anterior.

    Una serie de errores políticos cuya raíz última se encuentra en la ignorancia o distorsión de nuestra propia historia hicieron una transición mucho más floja y confusa de lo que debiera haber sido. Resucitó, apoyado desde el poder, el conglomerado socialista-separatista que, con pretensiones de ruptura –es decir, de romper el carácter fundacional de la Guerra Civil–, no ha dejado desde entonces de amenazar la estabilidad democrática del país. De ahí la muy grave involución política de los últimos siete años – plasmada doctrinalmente en la infame y falsaria Ley de Memoria Histórica–, que ha dado lugar, 35 años después, a la pugna renovada entre la constructiva evolución de la ley a la ley y la destructiva ruptura.

    Ahora, con la derrota electoral de los mayores causantes de violencia y convulsiones del siglo XX, en una situación de crisis económica profunda, se abre la posibilidad de reanudar la dinámica evolutiva abierta por el triunfo de los nacionales en la Guerra Civil. Y también la contraria, si se ahonda en la involución experimentada en los últimos siete años. La responsabilidad de los nuevos gobernantes es inmensa, y no parece que la perciban con claridad.

    Pío Moa, en LD

  6. #6
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    Predeterminado Trascendencia internacional de la Guerra Civil

    Es sabido que nuestra guerra civil levantó pasiones en medio mundo, desde Filipinas a Usa, Europa occidental y la URSS, movilizó a innumerables intelectuales, sindicatos y partidos, suscitó campañas emocionales y de solidaridad, sobre todo con el Frente Popular, orquestadas por los comunistas y la socialdemocracia. Y dio lugar a abundantes mitos, fundados o falsos.

    Uno de esos mitos consistió en definirla como el prólogo, ensayo o equivalente de la Guerra Mundial, a menor escala. El mito fue elaborado, años después, por la propaganda soviética y aceptado por las izquierdas y algunas derechas; pero queda descartado con solo observar más de cerca ambos conflictos.

    En el nuestro, Alemania y la URSS estaban radicalmente enfrentadas, y Francia e Inglaterra se mantuvieron más o menos al margen, mientras que la guerra mundial comenzó con un acuerdo de Hitler y Stalin para repartirse Polonia y con la declaración de guerra de Francia e Inglaterra a Alemania precisamente a causa de Polonia. La evolución de la SGM unió a las democracias y al totalitarismo soviético, que en España permanecieron completamente separados. Además, así como el Frente Popular se identificó y aceptó una dirección básica de Stalin, el bando nacional nunca se identificó de lleno ni se supeditó a Hitler ni a Mussolini, y declaró, ya en 1938, que permanecería neutral en caso de choque europeo. Así pues, nada de prólogo ni ensayo ni equivalente en ningún sentido. Ni siquiera episodios como el bombardeo de Guernica fueron ensayos de ataque masivo a la población, según ha pretendido la propaganda años y años, como he expuesto en Los mitos de la guerra civil a partir del exhaustivo estudio de J. Salas Larrazábal.

    Se ha insistido también en que las pasiones levantadas por nuestra contienda se debieron a que aquí se reflejaban las tensiones, los partidos y las ideas extendidos por el mundo en aquella época, pero ni siquiera eso es muy cierto. En España tuvieron gran peso movimientos como el anarquismo, el carlismo o el monarquismo, insignificantes o inexistentes fuera de España, y la Falange solo podía considerarse fascista a medias. Incluso el extremista PSOE era más bien una excepción dentro de la socialdemocracia europea. Sobre todo, el ideal democrático no tuvo, salvo en la propaganda, ningún papel en nuestra guerra, cuyo carácter fue el de una pugna entre un movimiento revolucionario y disgregador de España y un movimiento conservador de la nación y de la cultura cristiana. Y tal enfrentamiento bélico nació, precisamente, del tremendo fracaso de la democracia durante la república, causado por los mismos que se decían demócratas. Por todo ello, los intereses en juego diferían profundamente de los que corrían por el resto de Europa, aunque no faltaran ciertas similitudes. Fue, por tanto, producto de nuestra propia evolución y nuestras características culturales, un conflicto original y distinto de los que, con consecuencias mucho más devastadoras, se cernían al mismo tiempo sobre el continente.

    Pío Moa, en LD

  7. #7
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    Predeterminado Trascendencia internacional de la Guerra Civil (2)

    Lo cual no significa que la guerra no tuviera la máxima relevancia internacional, pues confluyeron en ella los intereses e intervenciones de las grandes potencias que pronto iban a pelear a muerte entre sí. Cabría resumir de este modo el juego de intereses: la URSS, preocupada por el auge de la Alemania nacionalsocialista y convencida de la proximidad de una guerra "imperialista", quería ante todo alejar esta de sus fronteras, y el conflicto español le proporcionó la mejor oportunidad. Con sus alternativas y vacilaciones, la política de Stalin buscó prolongar la guerra española de tal modo que terminase en choque militar entre Alemania y a las democracias; simultáneamente trató de reforzar su influencia en España mediante un partido comunista hegemónico. Alemania deseaba tanto evitar el choque con las democracias, para el que no se sentía aún preparada, como prolongar nuestra guerra, a fin de concentrar en ella la atención internacional, distrayéndola de su rearme y sus maniobras agresivas en Centroeuropa. Francia y, sobre todo, Inglaterra querían ante todo mantener el statu quo continental, evitando que el conflicto español se generalizase, pues tampoco se consideraban preparadas para sostener un choque bélico europeo.

    Cada una de las partes tuvo éxito parcial en sus intentos. La URSS fracasó en sus maniobras en pro de la intervención franco-inglesa, pero consiguió prolongar durante dos años y medio una guerra que pudo haberse zanjado en cinco meses, y asegurar una fuerte hegemonía comunista en el Frente Popular. Alemania logró su doble objetivo en gran medida, aunque sin ganar en Franco un aliado incondicional ni orientar la política española. Y Francia e Inglaterra alcanzaron a evitar que el horno español incendiase el continente, si bien a cambio corrieron el serio riesgo de una España sovietizada a sus espaldas y facilitaron en alguna medida los designios de Hitler.

    Por tanto, y salvo en el terreno emocional e ideológico, la guerra de España solo en pequeña medida abrió camino a la SGM, y tuvo limitada repercusión política o bélica exterior. La tendría, en cambio, y muy considerable en algunos momentos, sobre el curso de la contienda mundial, debido, precisamente a la victoria de los nacionales. De haber perdido Franco, se habría instalado en España un régimen similar a las futuras democracias populares creadas por Stalin, el país habría sido arrastrado a la vorágine e Inglaterra se habría visto en una posición mucho más complicada frente a Alemania, tal vez incluso abocada a la derrota.

    Naturalmente, esto son especulaciones, aunque creo que razonables. No es especulativo, en cambio, el hecho de que España permaneció neutral gracias a Franco, lo cual supuso un inestimable beneficio estratégico (muy mal pagado) para Inglaterra y Usa, a cambio de solo algunas ventajas tácticas para Alemania.

    Pío Moa, en LD

  8. #8
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    Predeterminado Nueva síntesis de la Guerra Civil (1)

    Cuando se cumplieron 70 años del estallido de la Guerra Civil hubo multitud de novedades editoriales que volvían a relatar aquellos años decisivos, sus antecedentes y consecuencias. El 75 aniversario, pese a ser más redondo, no ha sido tan espléndido. Pero sí nos ha dado una gran síntesis firmada por Luis E. Togores.

    El autor es de sobra conocido. Tiene tres grandes biografías de sendos militares del bando nacional (José Millán Astray –fundador de la Legión–, Agustín Muñoz Grandes y el general Juan Yagüe. Por cierto, que debiera animarse con Francisco Franco) y dos grandes libros de ilustraciones: La División Azul y Falangistas. Asimismo, ha firmado junto con Alfonso Bullón de Mendoza El Alcázar de Toledo. El final de una polémica, y dirigió la colección La Otra Memoria, de ensayos relacionados igualmente con la Guerra Civil. Ha demostrado de sobra conocer el período, y además es experto en un aspecto que no suele abordarse con la requerida profundidad en otras historias del conflicto: el de las relaciones internacionales.

    Escribir tres biografías de generales le ha exigido conocer los rudimentos de la estrategia y la táctica militares, así como la historia militar. De modo que si un autor estaba preparado para escribir una historia más sobre nuestra última guerra intestina era él.

    Son 416 páginas, que pueden parecer pocas para referir un fenómeno tan complejo. Pero también representan una ventaja. El libro es atractivo como introducción a la historia política y militar de ese período. Es ya una exigencia que la historia de la Guerra Civil arranque el 14 de abril de 1931, porque el Alzamiento tiene que situarse en el contexto político y social de la II República. De otro modo, la conjura y el golpe de una parte del Ejército y de las fuerzas sociales quedarían sin explicar, o como una revuelta arbitraria.

    Togores dedica el primer capítulo a cubrir esos cinco años, y lo que vemos es esa República desmitificada por una creciente bibliografía. Una República con pocos republicanos y menos demócratas, sumida en el conflicto y lastrada por la intolerancia y la violencia. "Todos los partidos políticos españoles se habían convertido en totalitarios, ya que aspiraban a autoadjudicarse [sic] la representación de la totalidad de la nación. Todos habían excluido de su forma de ver y hacer política el respeto y la tolerancia de otros". Aunque su retrato de la II República es esencialmente correcto, creo que aquí se equivoca y es parcialmente injusto con alguna formación política, y en particular con el Partido Radical.

    Nunca basta con relatar los hechos. Las acciones humanas tienen un propósito, están movidas por anhelos, sentimientos y objetivos, y es labor del historiador comprenderlos para explicarse la huella del hombre. Por eso, al relatar la Guerra Civil es necesario responder a preguntas como ésta: ¿por qué ganaron los nacionales, pese a partir en franca desventaja?

    Togores no traza una teoría nueva. Aunque, como ha demostrado Stanley Payne, son varias las razones de la derrota republicana, nuestro autor se aferra sobre todo a una, a la que es difícil no atribuir la condición de fundamental. Hablamos, en cierto sentido, de lo que Ricardo de la Cierva (que tiene la mejor obra en un solo volumen sobre la Guerra Civil) llama el elemento moral. Togores incide en varias ocasiones en que la moral del bando rebelde fue generalmente muy alta, mientras que el bando republicano anduvo desunido desde el principio.

    Esta diferencia podría entroncar bien con la idea, repetida desde siempre por los partidarios del Gobierno de Madrid, de que los nacionales luchaban por el fascismo y los de Azaña por la democracia pluralista. De un modo muy tosco, algo de eso hay. Pero lo que explica profundamente las diferencias, aunque Togores no llega a tales profundidades, es que los partidarios del bando nacional sabían qué defendían. Podía ser más o menos mejorable, pero era la civilización tal como la habían heredado, con una base social estable y la propiedad, la familia y la religión como ejes. En el bando republicano convivieron concepciones distintas sobre cómo se debía subvertir esa sociedad para instaurar otra sobre nuevas bases, más justas. Qué bases serían esas, con qué se quería sustituir lo existente, provocará siempre fricciones en dicho bando. También el cómo, por supuesto. Los anarquistas abogaron por la revolución inmediata, mientras que los comunistas optaron por infiltrarse en el aparato gubernamental y ganar la guerra para luego lanzar la revolución. ¿Cómo iban a elegir un camino distinto, con el antecedente de Lenin? A esas divisiones hay que añadir las que experimentó en su seno el PSOE, y las que separaban a partidos de ámbito nacional como el anterior con los particularismos localistas, grandilocuentemente llamados nacionalismos. Togores recoge esas diferencias y, plano en mano, explica cómo resultaron letales para el Ejército republicano en la estrategia de la guerra y en el mismo campo de batalla. La caída de Málaga es un ejemplo conspicuo.

    José Carlos Rodríguez, en LD

  9. #9
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    Predeterminado Nueva síntesis de la Guerra Civil (2)

    Hay otro elemento moral importante que señala Togores, aunque esta vez con menos eficacia. Dice que el bando republicano tuvo siempre moral de resistencia (Madrid como caso heroico), no de victoria. Aunque según avanzaba la guerra este juicio se hace más justo, lo cierto es que el Ejército Popular tuvo más iniciativas que su enemigo, y más imaginativas. Otra cosa es que no fueran exitosas.

    Es cierto que el Gobierno de Madrid perdió autoridad desde el primer momento y que fue víctima de su propia ideología. Nos dice Togores: "Giral no se dio cuenta de que, con su decisión de entregar las armas [a grupos revolucionarios], disolver las Fuerzas Armadas y anular a la Guardia Civil, estaba renunciando a los mejores instrumentos con que contaba para vencer a los sublevados", y que "los militares rebeldes tuvieron la habilidad de no suprimir los instrumentos administrativos que pervivían de los tiempos de la República". A estos les favoreció su carácter conservador. Resulta paradójico que los nacionales conservaran más el Estado republicano que sus rivales.

    No elude Togores el espinoso asunto de la represión. Asume la distinción clásica de la izquierda entre la represión ejercida por uno y otro bando: organizada y sistemática la nacional, fuera del control gubernamental la republicana. Pero da la vuelta a la acusación. Así, culpa al Gobierno republicano de dejar la represión a cargo de "numerosos grupos de incontrolados y sindicatos, que robaban y asesinaban en nombre de la revolución, disfrutando de absoluta impunidad", mientras que, "entre los rebeldes, el establecimiento de un estado campamental a finales de octubre de 1936, la rígida y relativamente rápida militarización de todas las milicias políticas (...) cortó en buena medida las represalias indiscriminadas".

    El relato es bueno, aunque a veces peca de desorganización (llegaremos al final de la contienda antes de adentrarnos en el relato de la batalla del Jarama). Los juicios sobre estrategia son interesantes y están bien fundamentados. Hay elogios y críticas para ambos bandos. Se explica que Franco, en su marcha hacia Madrid, utilizó el camino de Extremadura, pese a ser más largo que el de Despeñaperros, para no verse expuesto entre dos frentes y obtener la colaboración del Estado Nuevo portugués. No se valora si Franco hizo bien o mal en detenerse a liberar Toledo, aunque se le echa en cara su obsesión por la capital; en cambio se defiende su precaución de no invadir Cataluña cuando dividió de nuevo el territorio republicano en dos: como Ricardo de la Cierva, Togores apunta que Francia estaba dispuesta a entrar en guerra, lo que no convenía al gallego en absoluto, pues tenía la victoria al alcance de la mano. Sobre Vicente Rojo se adelanta una teoría arriesgada pero interesante: ¿por qué decidió lanzar una ofensiva cruzando el Ebro, con el riesgo evidente de quedar embolsado entre las fuerzas rebeldes y el río? "Sabiendo quién era Rojo", Togores sostiene que estaba pensando en acabar la guerra prontamente. Como si fuera un antecesor de Casado.

    Estas páginas, ya digo, merecen la pena. Están bien escritas y documentadas. Son sugerentes y resumen eficazmente el conflicto. Los capítulos vienen precedidos por mapas instructivos. También ha elaborado Togores una cronología, que puede ser útil al estudioso del período, y una bibliografía recomendada que va desde Arrarás a Viñas y que, curiosamente, no recoge todas las obras citadas en el texto.

    Que no se quede el lector con dudas respecto a la ideología de Luis E. Togores. Dice en un pasaje: "En los tiempos que corrían no sólo era necesario adoptar aires totalitarios; también resultaba obligado tomar algunas medidas políticas, sociales y económicas de las que se había erigido en portavoz Yagüe". Independientemente de que el lector comparta o no estas palabras, esta historia debe figurar entre las preferencias de los interesados por la última guerra civil española.

    José Carlos Rodriguez, en LD

    LUIS E. TOGORES: HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. La Esfera (Madrid), 2011, 416 páginas.

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    Predeterminado RepÚblica y guerra civil

    Decía en otra ocasión que la cuestión de la república y la guerra civil está hoy perfectamente aclarada en lo esencial, aunque siempre queden mil detalles o aspectos secundarios. Solo falta que esa aclaración trascienda debidamente a la universidad y, sobre todo, a la sociedad, puesto que la falsificación de la historia se ha convertido desde hace bastantes años en un negocio muy bien subvencionado, incluso en tiempos del PP. Pero todo se andará.

    Una manifestación de la derrota intelectual de la izquierda es la falta de resuello de sus historiadores, hasta hace poco tan sobrados y despectivos (mi admirado Reig Tapia lleva tiempo extrañamente callado). La casi totalidad de ellos renunciaron desde el primer momento a sostener un debate, sustituyéndolo por poses despectivas, censura y argumentos de ese estilo. Pero queda el pintoresco e incombustible Ángel Viñas, que vuelve una y otra vez a la carga, movido por un fervor ideológico inasequible a los hechos y sustentado en cinco tesis fantásticas: a) que el Frente Popular era la continuación de la república del 14 de abril, b) que el Frente Popular era democrático, c) que la lucha de Franco contra el comunismo (la cruzada) es una falsedad, d) que el PCE durante la guerra estuvo subordinado a Negrín y e) que la democracia actual enlaza con el Frente Popular.

    Como hoy únicamente los muy indocumentados o fanáticos ignoran que el Frente Popular no solo no continuó la república, sino que destruyó sistemáticamente su legalidad, y que ni uno solo de los partidos que lo componían era democrático, trataré aquí brevemente las tres últimas fantasías de Viñas.

    De siempre la propaganda izquierdista, especialmente la comunista, que ha sido la más efectiva (no hay sino pensar en la escuela del stalinista Tuñón de Lara), ha sacado mucho partido de la insistencia del franquismo en el carácter anticomunista de su lucha: ¿cómo podría ser ello posible, si en julio de 1936 los comunistas formaban un partido pequeño, secundario dentro del Frente Popular? Muy bien, pero entonces había otros partidos comunistas: el PSOE y la CNT-FAI (esta, comunista libertaria). Y quienes habían llevado la república a su peor crisis habían sido, precisamente, los socialistas (dejando a Besteiro al margen). El PSOE fue el principal organizador de la insurrección del 34, y la base real del Frente Popular hasta la reanudación de la guerra, en el 36. Era ese partido más radical e inmediatista que el PCE, pues este pensaba en una revolución un poco más aplazada. El PSOE fue el que llevó a cabo la mayor parte del terrorismo de la época, las invasiones de fincas, las huelgas salvajes (en esto le superó la CNT), el asesinato de Calvo Sotelo, y participó como el primero en los incendios de iglesias, de registros, de centros políticos y periodísticos de la derecha, etc. Todo lo cual realizó bajo la cobertura de los gobiernos de Azaña y Casares.

    Para el PSOE, la URSS de Stalin era el modelo que imitar, seguía una política típicamente marxista revolucionaria, y su agitación contribuyó poderosamente a que poco antes de julio del 36 miles de empresas quebraran y fuesen al paro cientos de miles de trabajadores, un modo excelente de favorecer a estos. Fue el PSOE, y no el PCE, el que arrojó luego al régimen en brazos de Stalin, al entregarle en condiciones inauditas el grueso de las reservas de oro del país. Y fue tan entusiasta promotor de chekas como podrían haberlo sido los propios chekistas soviéticos. Comprendo que estos hechos no preocupen a Viñas, pero él debe comprender que otros los consideremos definitorios.

    Cinco fantasías de Ángel Viñas, Pío Moa en LD

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