Veo dar cuenta y razón al ministro Guindos de su entrevista con Artur Mas. Observo los protocolos habituales. Las sonrisas, los saludos, el aire convencional de cortesía, negociación y acuerdo. En torno a la reunión se informa que próximamente el Tesoro Público de España emitirá los hispanobonos con los que se pretende aliviar la deuda de las autonomías. Entre todas, la de Cataluña es la más alta. Es obvio que más allá de sus detalles técnicos, los citados bonos son una forma de solidaridad interregional, un rasgo más de la unidad moral (y de mercado) española. La reunión tiene lugar en el Palacio de la Generalitat. O sea, ha sido el ministro el que se ha desplazado a Barcelona. Desconozco por qué. No me quiero encelar ahí. Pero lo cierto es que el que ha hecho el viaje es el ministro.
Ha hecho el viaje apenas dos días después de que Oriol Pujol, hijo de su padre y secretario general de Convergència asimilase España a un lugar de «aguas podridas». La frase era una especie de autocita familiar: de las «aguas podridas» había hablado (escrito) su propio padre muchos años antes en un libro parabólico: el mismo donde calificaba al andaluz de un hombre poco hecho, tipo entrecôte. No oigo de Guindos lo que espero. Por ejemplo: «Antes de empezar la reunión, el presidente Mas se ha disculpado por las palabras ofensivas que un significativo miembro de su partido ha dirigido contra el resto de españoles. Y yo he aceptado las disculpas. Incidente cerrado». No. No le oigo.
¿Alguien imagina que la ascética Cospedal se hubiera referido a Cataluña en estos términos? ¿Alguien imagina que Cospedal hubiera dicho lo que yo ahora digo, que España es un lugar podrido, y que cuánto, realmente, debemos agradecer a Cataluña su importantísima colaboración? O para ponernos en la situación precisa, ampliando el ángulo moral. ¿Alguien imagina que el ministro alemán de Finanzas se hubiera entrevistado con Rajoy para explicarle los detalles de la próxima emisión de eurobonos, sin más, 48 horas después de que la circunspecta Cospedal se hubiera referido a la necesidad de protegernos de «las aguas podridas que por funesta tradición bajan de Alemania»?
Veo a Guindos salir de la Generalitat. Ahí va un ministro de España. «Siga usted faisandé, don Luis», le despide el presidente. Esta tranquila naturalidad («hemos hablado de los hispabonos») es la que, en el fondo, acaba legitimando siempre el lapo nacionalista.
Arcadi Espada, en El Mundo




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