Intervenir en un país ajeno rompiendo el status quo, exige restituirlo por algo mejor. EE UU lo sabe bien, tras las experiencias iraquí y afgana. Y ahora lo sabe Europa. Libia es su guerra: la de Francia, principalmente. Pero también la de los pocos países que le siguieron con entusiasmo: la España de Zapatero, entre otros, después de haber compartido jaima en el desierto con el sátrapa.
Con la caída del coronel Muamar el Gadafi, desaparece el único tirano de su generación que continuaba en activo, junto con el convaleciente Castro, y terminan cuatro décadas en las que Libia fue primero santuario del terrorismo internacional y después, tras el escarmiento que le propinó Reagan, un manso corderito. Ahora, y a rebufo de la primavera árabe –sobre todo de la presión de Francia para hacerse con el negocio del petróleo y el gas–, tocaba ponerle el sambenito de sanguinario dictador y derrocarle.
Pero la caída de Gadafi no es el fin de los problemas. La primera cuestión es si, inmersa en una guerra civil entre tribus de la Cirenaica y de la Transcirenaica, Libia se mantendrá unida. Los rebeldes no parecen estar dispuestos a ceder el botín del Oeste, que les es hostil, y mantener unido el país puede exigir un despotismo no más suave que el gadafista. El problema es que, más allá de un mediático puñado, no sabemos quiénes son los rebeldes. En el heterogéneo grupo hay liberales sinceros, pero también feroces señores tribales y hasta islamistas, armados hasta los dientes. Como en Egipto antes, los que han vencido a Gadafi no tienen por qué ser mejores que él. También es posible que los rebeldes del Consejo, que se han mostrado militarmente ineptos en estos meses, sean incapaces de controlar el país en su totalidad, y el poder real pase a cada tribu. Entraríamos en una “somalización” de Libia –que a diferencia del milenario Egipto es un país artificial levantado sobre la arena de los beduinos por la Italia de Mussolini–. Tan quebradiza amalgama, prolongada con la dictadura de Gadafi, no es probable que resista bajo un poder estatal limitado sólo a algunas ciudades. La situación desestabilizaría el Magreb, el Sahel y el Mediterráneo.
Además, un último y siniestro escenario se abre a partir de ahora: el peligro de “libanización”. Sabemos que el islamismo ha logrado poder, militar y territorial, en la zona rebelde. Si la falta de control de quienes sustituyan a Gadafi, o la connivencia forzada o voluntaria, dan alas al islamismo, el país norteafricano será un problema para sus vecinos, que se encuentran en una delicada situación: ni Egipto ni Argelia soportarían incursiones islamistas desde Libia.
No nos engañemos. La derrota del coronel puede abrir una nueva brecha de inestabilidad en el convulso mundo del siglo XXI. Lo terrible es que una parte de responsabilidad la tiene un Occidente hipócrita que ha instrumentalizado a Gadafi como antes instrumentalizó a Sadam Hussein. Es a los países que empezaron la guerra a los que corresponde arreglar el país para que la cosa haya merecido la pena. Y aquí es donde la posición de Jiménez, Chacón y Zapatero nos ha puesto en peligroso brete: no sabemos quién saldrá ganando, pero sí quiénes deben pagar la factura: los que han roto la baraja libia. Y entre ellos está España. La posguerra en Libia puede ser la última y envenenada herencia que deja Zapatero.
En La Gaceta




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