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Tema: Libia S.A.

  1. #11
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El que lo rompe se lo queda

    Intervenir en un país ajeno rompiendo el status quo, exige restituirlo por algo mejor. EE UU lo sabe bien, tras las experiencias iraquí y afgana. Y ahora lo sabe Europa. Libia es su guerra: la de Francia, principalmente. Pero también la de los pocos países que le siguieron con entusiasmo: la España de Zapatero, entre otros, después de haber compartido jaima en el desierto con el sátrapa.

    Con la caída del coronel Muamar el Gadafi, desaparece el único tirano de su generación que continuaba en activo, junto con el convaleciente Castro, y terminan cuatro décadas en las que Libia fue primero santuario del terrorismo internacional y después, tras el escarmiento que le propinó Reagan, un manso corderito. Ahora, y a rebufo de la primavera árabe –sobre todo de la presión de Francia para hacerse con el negocio del petróleo y el gas–, tocaba ponerle el sambenito de sanguinario dictador y derrocarle.

    Pero la caída de Gadafi no es el fin de los problemas. La primera cuestión es si, inmersa en una guerra civil entre tribus de la Cirenaica y de la Transcirenaica, Libia se mantendrá unida. Los rebeldes no parecen estar dispuestos a ceder el botín del Oeste, que les es hostil, y mantener unido el país puede exigir un despotismo no más suave que el gadafista. El problema es que, más allá de un mediático puñado, no sabemos quiénes son los rebeldes. En el heterogéneo grupo hay liberales sinceros, pero también feroces señores tribales y hasta islamistas, armados hasta los dientes. Como en Egipto antes, los que han vencido a Gadafi no tienen por qué ser mejores que él. También es posible que los rebeldes del Consejo, que se han mostrado militarmente ineptos en estos meses, sean incapaces de controlar el país en su totalidad, y el poder real pase a cada tribu. Entraríamos en una “somalización” de Libia –que a diferencia del milenario Egipto es un país artificial levantado sobre la arena de los beduinos por la Italia de Mussolini–. Tan quebradiza amalgama, prolongada con la dictadura de Gadafi, no es probable que resista bajo un poder estatal limitado sólo a algunas ciudades. La situación desestabilizaría el Magreb, el Sahel y el Mediterráneo.

    Además, un último y siniestro escenario se abre a partir de ahora: el peligro de “libanización”. Sabemos que el islamismo ha logrado poder, militar y territorial, en la zona rebelde. Si la falta de control de quienes sustituyan a Gadafi, o la connivencia forzada o voluntaria, dan alas al islamismo, el país norteafricano será un problema para sus vecinos, que se encuentran en una delicada situación: ni Egipto ni Argelia soportarían incursiones islamistas desde Libia.

    No nos engañemos. La derrota del coronel puede abrir una nueva brecha de inestabilidad en el convulso mundo del siglo XXI. Lo terrible es que una parte de responsabilidad la tiene un Occidente hipócrita que ha instrumentalizado a Gadafi como antes instrumentalizó a Sadam Hussein. Es a los países que empezaron la guerra a los que corresponde arreglar el país para que la cosa haya merecido la pena. Y aquí es donde la posición de Jiménez, Chacón y Zapatero nos ha puesto en peligroso brete: no sabemos quién saldrá ganando, pero sí quiénes deben pagar la factura: los que han roto la baraja libia. Y entre ellos está España. La posguerra en Libia puede ser la última y envenenada herencia que deja Zapatero.

    En La Gaceta

  2. #12
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Gadafi: esto no acaba aquí

    Después de seis meses de una guerra que, según Obama y los líderes europeos, duraría “días, no semanas”, parece que finalmente los rebeldes están a punto de ver culminado su sueño y poner fin a 42 años de dictadura de Muamar el Gadafi. Puede que la victoria sobre el tirano esté cerca (aunque en las guerras las sorpresas están a la orden del día), pero el futuro de Libia está aún lejos de poder conocerse.

    El Consejo Nacional de Transición, el órgano de gobierno con base en Bengasi que ha dirigido como ha podido a los rebeldes, no es un auténtico Ejecutivo, sino un organismo que cobija, a modo de paraguas, a diversas facciones y grupos de procedencia e intereses muy variados. De hecho, podría decirse que sólo comparten dos cosas: el gusto por autodenominarse “rebeldes” y el odio al dictador. Más allá de eso, pocas certezas tenemos.

    sabemos que Libia cuenta con una histórica rivalidad entre el Oeste (la Tripolitania) y el Este (la Cirenaica), que se complica cuando entran en juego las tribus del Sur, del desierto. Y también debiéramos haber aprendido ya algunas lecciones de nuestra experiencia reciente, tanto en Irak como en Afganistán. Por ejemplo, si los rebeldes promueven un ajuste de cuentas familiares con los seguidores del régimen de Gadafi, no sólo habrá un baño de sangre, sino que los nuevos dirigentes no resultarán creíbles en tanto que forjadores de un nuevo consenso. La exclusión política de los suníes iraquíes fue el fermento de la insurgencia.

    Igualmente, también sabemos por Irak que un pequeño número de terroristas puede sembrar todo un país de pavor, destrucción y caos. Y desgraciadamente, en Libia ya han empezado a actuar los islamistas radicales, asesinando hace unas semanas, por ejemplo, al general Younes, el líder militar de los rebeldes. Es más, Al Qaeda en el Magreb, con fuertes tentáculos en las vecinas Mauritania y Argelia, hará cuanto pueda por aprovecharse de la incertidumbre y la inestabilidad tras la caída de Gadafi. Si el nuevo Gobierno no se aplica desde ya a combatir a estos elementos, la seguridad en el país quedará seriamente comprometida. Y la capacidad de recuperación económica. Atacar gasoductos es bien sencillo.

    La ventaja de Libia, no obstante, es precisamente que se trata de un país con grandes recursos naturales y con sectores de actividad económica a desarrollar y explotar, como el turismo (ojo, que nos sale otro competidor en el Mediterráneo). Cuenta con una población escasa y, si la élite política se pusiera de acuerdo, llevaría adelante a un gran país. Pero si sus líderes son tan negados en lo político como lo han sido en lo militar, cabe imaginar lo peor.

    Con todo, los libios tienen algo a su favor: a diferencia de Irak y Afganistán, no hay terceros países intentando influir en su destino. No hay un Irán ni un Pakistán. Su futuro está en sus manos. En contra, que la llamada comunidad internacional, esencialmente americanos y europeos, no pasa por su mejor momento económico, psicológico y político como para dedicar grandes sumas de dinero a la reconstrucción o, algo que sería muy positivo, poner en el país un auténtico ejército de funcionarios civiles, desde jueces y policías a ingenieros, que ayudara en la creación y consolidación de instituciones transparentes y democráticas.

    En cualquier caso, sea cual sea el escenario, el de la transición hacia un régimen de pluralidad y tolerancia, el del sectarismo y las matanzas, o el de la guerra civil y la fragmentación del país, las implicaciones de la caída de Gadafi no se limitan solamente a Libia. A corto plazo, quienes deben estar más que preocupados son los seguidores de Bashar el Asad en Siria. Pueden pensar que, liberada la OTAN de la intervención contra Gadafi, los siguientes son ellos. En su lógica, querrán poner fin a las revueltas de manera aún más expedita, para silenciar a la oposición antes de que los occidentales decidan qué hacer con Damasco. O sea, más baño de sangre y más necesidad, aunque nadie lo quiera, de otra intervención humanitaria.

    La segunda gran consecuencia regional será un nuevo soplo de aliento a la llamada primavera árabe, estancada últimamente por la falta de una salida en Libia y por la incapacidad de los nuevos Gobiernos de ofrecer alternativas de mejora de vida a sus ciudadanos, como en Egipto. Ahora bien, lo que puede ocurrir es que esa nueva ola que emane del júbilo libio encuentre el eco en países donde el descontento ha estado hasta ahora bajo control, como ha ocurrido en Argelia y Marruecos. Ambos países tienen las mismas cartas que Túnez, Libia o Egipto para que sus ciudadanos demanden más cambios y si no lo han hecho hasta ahora, es porque sus dirigentes han intentado comprar más tiempo recurriendo a diversos métodos. En Argelia, a la subida de sueldos gracias a los beneficios de su energía; en Marruecos, con tibias reformas constitucionales. Ahora les va a llegar la hora de la verdad. Es cuestión de tiempo.

    Zapatero y Chacón, que nos metieron en la guerra de Libia de cabeza, estarán muy contentos de que se vaya a acabar pronto. Pero porque no ven más allá de su nariz. Lo mejor está por venir, pero lo peor también. Y si la zona estalla, estaremos en primera línea sin saber qué hacer.

    Rafael Bardají, director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES). En La Gaceta

  3. #13
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El acuerdo secreto entre los rebeldes libios y Francia

    El diario Liberation ha tenido acceso a una carta que viene a confirmar lo que hasta ahora se sospechaba.

    LIBERTAD DIGITAL

    Desde el principio, la implicación de Francia en la guerra de Libia ha sido mayúscula. Sus diplomáticos y ministros han tenido reuniones secretas con las diversas facciones desde los inicios del conflicto, y además tomaron la delantera militar en los primeros pasos de la misión de la OTAN en el espacio aéreo libio. En cierto modo, Francia ha estado 'moldeando' el conflicto desde el principio.

    Ahora, cuando la batalla parece estar llegando a su punto final, Liberation ha desvelado –o confirmado- cuál era el objetivo final de Francia en las negociaciones. El Consejo Nacional de Transición ha prometido al país galo que le entregará el 35% de los nuevos contratos petroleros que se firmen tras la caída de Gadafi. El diario ha tenido acceso a una misiva del ministro de asuntos Exteriores francés, Alain Juppé, que confirma esta información. La misiva data del 3 de abril de este mismo año, sólo 17 días después de la resolución de la ONU sobre la ayuda a los rebeldes libios.

    A cambio, ellos conseguirán de Francia "apoyo total y permanente" a la CNT. Si finalmente este acuerdo se lleva a término, como todo parece indicar, Italia quedará desplazada como primer comprador del ‘oro negro’ libio.

    Juppé ha tratado de dotar al acuerdo de un halo de "informalidad", afirmando que no estaba del todo cerrado, y que era lógico que la CNT quisiera que "en la reconstrucción de Libia participen principalmente quienes apoyaron la revuelta. A mí me parece bastante lógico y justo", aseguró el responsable de exteriores galo. El número uno del Consejo Nacional de Transición, Moustapha Abdeljalil informó que "los Estados se verían recompensados según fuera el apoyo que han dado a los insurgentes".

  4. #14
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    Predeterminado Desestabilización creciente

    De Libia se habla poco, incluso ahora que su petróleo es más necesario que nunca ante el reforzamiento del embargo a Irán que incluirá, por fin, lo que verdaderamente puede ejercer presión en el régimen de los ayatolás: el comercio, es decir, los hidrocarburos. Enfrentamientos recientes y una aguda crítica de la Alta Comisionada de los Derechos Humanos de la ONU, Navi Pillay, ante el Consejo de Seguridad de la Organización este mes, trae de nuevo a los titulares al tradicionalmente desconocido país magrebí*.

    Miles de rebeldes siguen aún armados y, tan peligroso como lo anterior, desocupados por las ciudades libias. Y ello más de tres meses después de que con el linchamiento de Muammar El Gadafi se diera por terminada la guerra y se diera comienzo formalmente a la transición. Se habla de más de 50.000 individuos a reubicar en los aparatos de seguridad de un Estado que está por edificarse desde el erial que dejaron atrás los 42 años de régimen de Gadafi y los ocho meses de cruenta guerra civil. De hecho, algunos consideran que la guerra civil no terminó del todo o, mejor, que se le puso fin en falso La compleja sociedad tribal que Gadafi manejaba hábilmente con una mezcla de "palo y zanahoria" ha visto agudizadas sus contradicciones al desaparecer el coronel. El 3 de enero rebeldes de Trípoli y de Misrata intercambiaban fuego en la capital, y el 24 se producían duros enfrentamientos en Beni Walid, uno de los últimos bastiones de Gadafi.

    Pero la creciente insatisfacción entre los libios quedó de manifiesto en la ciudad oriental de Bengasi, donde comenzaron las revueltas el 15 de febrero. Una reunión de miembros del Consejo Nacional de Transición (CNT) con autoridades locales, dirigida nada menos que por el presidente Mustafá Abdeljalil, era atacada con granadas y cócteles Molotov el pasado 21 de enero. A la parálisis de la Administración –la enseñanza, la salud o la justicia son servicios que siguen estando bloqueados o funcionando con enorme lentitud– se une el grave problema de la inseguridad, con miles de presos comunes y polí*ticos (islamistas radicales) liberados durante las revueltas y la consiguiente guerra civil, y con campos de prisioneros gadafistas controlados por las milicias y no por un Estado que aún no tiene la visibilidad necesaria. Las armas diseminadas durante la guerra han circulado y circulan por doquier, con el peligro de que puedan caer o hayan caído ya en manos de terroristas o de bandidos –el jefe local de Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) en una zona del Sahel, Mokhtar Benmokhtar, presumía de ello en noviembre–, aparte de llenar los arsenales de múltiples grupos de rebeldes. Además, observadores internacionales han certificado la existencia de armas prohibidas en los arsenales del Gadafi, en concreto de gas mostaza que o se había ocultado o no había dado aún tiempo de destruirlo en el marco de los compromisos suscritos por el régimen anterior en 2003.


    Por GEES, en LD

  5. #15
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Torturas postgadafistas

    Lo que empezó como algo puntual y en los últimos días de guerra y primeros de postguerra se ha convertido en algo habitual en Libia. Médicos sin Fronteras anunciaba a finales del pasado mes de enero que dejaba de trabajar en diversos centros de detención ante la evidencia de que le llegaban, una y otra vez, pacientes torturados en las prisiones de la nueva Libia: de hecho, en Misrata pasaban de la sala de torturas al hospital, y de éste a la sala de torturas, una y otra vez. Posteriormente, era Amnistía Internacional -que se caracteriza precisamente por su actitud condescendiente hacia determinados regímenes no occidentales- la que informaba de las torturas cometidas por el nuevo régimen contra los perdedores de la guerra civil y aquellos sospechosos de haber apoyado a Gadafi.

    Lo cierto es que, en la Libia, actual las torturas y la vulneración de los derechos humanos se repiten contra miembros del anterior gobierno gadafista, soldados, policías y sospechosos de haber colaborado con el dictador. Difícilmente se pueden explicar cómo los habituales ajustes de cuentas tras la caída de un régimen y la llegada de otro: han pasado cuatro meses de la muerte de Gadafi y el fin de una guerra civil apoyada por Francia, Gran Bretaña, Estados y Unidos y un pequeño puñado de países -España entre ellos- en nombre de la democracia, los derechos humanos y la libertad. Hoy la tortura parece ser tan habitual en la nueva Libia como en la antigua.

    Los que torturan ahora en Libia lo hacen como los que torturaban antes, y no son menos crueles que los que lo hacían para Gadafi. Pero con un agravante: fueron las armas de la OTAN las que dieron el poder a los nuevos gobernantes libios, precisamente para acabar con esas prácticas. Si el éxito de la intervención en Libia se mide por el respeto a los derechos humanos, el fracaso es sonoro. Y parte de la responsabilidad en este asunto corresponde a occidente.

    ¿Se podía haber evitado? En su día, se decidió que llevar la democracia a Libia debía hacerse sin botas sobre el terreno, pues se consideraba que así se evitaría la imagen de ocupación de Irak y Afganistán. Había que involucrarse lo justo para acabar con Gadafi, y dejar manos libres a los rebeldes y al CTN libio sin intromisión occidental. Sin dinero, y para no molestar a unos dirigentes árabes por otro lado insensibles a las torturas, se pensó que la democracia se podría construir sin marines sobre el terreno, sin tropas occidentales que controlasen qué se hacía y qué no en el nuevo régimen.

    Dejados a su libre albedrío, los gobernantes libios no pueden o no quieren acabar con la execrable práctica. El resultado es un país en el que nadie habla de ocupación extranjera, pero en el que se tortura como se torturaba antes. ¿Puede considerarse esto una victoria occidental?

    Por GEES, Grupo de Estudios Estratégicos, en LD

  6. #16
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Mali, el nuevo Afganistán

    Sorprende la sorpresa de las cancillerías europeas ante la configuración de un peligrosísimo feudo terrorista imbricado en la insurrección tuareg y que hoy señorea un territorio tan grande como España: el gran norte de Mali. Y sorprende que desde hace un año habían sido informados de la peligrosísima deriva estratégica que significaba la rebelión contra la dictadura gadafista en Libia.

    El entonces presidente Zapatero fue debidamente informado de qué, cómo y por dónde se producía un intenso tráfico de armas estratégicas (misiles antiaéreos) que en convoyes partían desde el sur de Libia con destino a las guerrillas tuareg maliense y nigerina. Que este aprovisionamiento daría lugar a un cambio decisivo en la capacidad estratégica de lo que hasta ese momento era solamente activismo terrorista. Ignoro qué destino se dio a esta información y si quienes tenían capacidad operativa para frenarlo (Francia y Estados Unidos) lo conocieron. Lo que sí afirmo es que no se hizo absolutamente nada: los pasos de obligado tránsito no fueron ni vigilados ni bloqueados y en el desmoronamiento final del régimen gadafista los tuareg, que habían sido parte nuclear de las tropas gadafistas, se replegaron con armas, arsenales e ingentes cantidades de dinero a sus territorios de origen.

    Hoy nos despertamos con un nuevo Afganistán en el vientre bajo de Europa: en el Sahel. Y los dedos se nos hacen huéspedes. Y nuestra diplomacia se despliega inútilmente en los despachos cuando debería haberlo hecho sobre el terreno: en las arenas saharianas.

    Porque bien está definir, analizar y planificar. Pero cuando el huracán amenaza no puede encerrarse el capitán en su cabina para estudiar doctos tratados del arte de navegar. Debe coger el timón y hacer frente al oleaje. Algo que Europa hace ya tiempo ha olvidado.

    Javier Nart, en La Gaceta.es

  7. #17
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    Predeterminado Libia se desmorona

    Milicias, tribus, terroristas y delincuentes campan a sus anchas por suelo libio, y esto es particularmente preocupante para España. Han secuestrado durante algunas horas al primer ministro, Alí Zidán, el pasado día 10, cuando acababa de regresar de un viaje oficial a Marruecos; han asesinado a dieciséis soldados en Trípoli, días antes, y colocado explosivos en delegaciones diplomáticas de Suecia, Finlandia y Rusia en las últimas semanas...

    Que los islamistas estuvieron desde el principio protagonizando la revuelta libia es hoy harto sabido y nadie lo discute, pero muchos nos lo discutían a quienes lo denunciábamos hace ya tres casi tres años, cuando aún las revueltas no habían comenzado pero el régimen de Gadafi dialogaba peligrosamente con los yihadistas, creyendo que así iba a domesticarlos. Es ilustrativo que hoy, para poder liberar al primer ministro de sus secuestradores islamistas, la figura clave haya sido el viceministro de Defensa, veterano de Afganistán y líder del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), la franquicia de Al Qaeda en el país, detenido por los EEUU tras el 11-S.

    La captura de un importante terrorista de Al Qaeda, Abu Anas al Libi, realizada en Trípoli el pasado día 5 por un comando estadounidense, ha contribuido como era previsible a agitar las aguas, pues esos encarnizados opositores islamistas al Gobierno de Zidán acusan a éste de connivencia con la operación. En EEUU se espera a Al Libi para que sea juzgado en Nueva York por cargos de terrorismo, pues se le vincula con la organización de los atentados de Al Qaeda contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania (1998). Mientras tanto, en Libia los islamistas más radicalizados ya están pidiendo la cabeza de Zidán por su connivencia con Washington, y el peligro crece.
    Es por ello que los EEUU comienzan a mover a parte del medio millar de marines acuartelado en la base española de Morón de la Frontera. Según algunas fuentes, 200 de ellos han sido desplazados a base italiana de Sigonella, más cerca de Libia, por si se hiciera necesaria su intervención para proteger intereses estadounidenses.

    En momentos en los que compañías energéticas occidentales como Shell o Exxon han retirado o reducido su personal, las milicias asesinan y secuestran, trafican con armas y drogas y amenazan vengar la captura de Al Libi. El sur de Libia es un erial donde reina la inseguridad. Cuando un Gobierno trufado de islamistas más o menos radicalizados como es el libio zozobra, es más oportuno que nunca acordarse de cuán irresponsable fue propiciar una primavera árabe en el país magrebí, pues no ha hecho sino generar caos, muerte y destrucción.

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