PP y PSOE están atrapados y con ellos está atrapada la política española, que no tiene ninguna credibilidad.
Todo parece indicar que Rajoy ha conocido y permitido las peores prácticas dentro de su partido. No sirve como presidente porque está secuestrado por sus sombras y su autoridad moral ha muerto ahogada en el chantaje de Luis Bárcenas. Su liderazgo es imposible y no tiene fuerza política ni moral para tomar las arriesgadas e imaginativas medidas que España tanto precisa.
Lo de Rubalcaba es tan monstruoso que no merece la pena ni comentarlo.
Convergència i Unió va de escándalo en escándalo y cuando el juez dicte sentencia sobre el caso Palau, conoceremos el escándalo final, aunque por el camino quedarán sin concretar espeluznantes despilfarros de dinero público para comprar a periodistas y a medios de comunicación.
Si a Rubalcaba, Rajoy y Mas les quedara algo de decencia, y de generosidad, darían un paso al frente reconociendo que sus partidos se han financiado ilegalmente con su conocimiento y permiso. Desmantelarían sus respectivas tramas, pactarían una ley de financiación de partidos razonable y realista, y se comprometerían a dejar la política cuando acabaran su mandato (para no crear ahora todavía más inestabilidad con unas elecciones anticipadas), y a llevarse con ellos a sus compinches y cómplices necesarios. Sería su último, y tal vez primer acto, de auténtico servicio.
Sólo así la política recuperaría su crédito y los ciudadanos volverían a confiar en ella.
Pero mientras los que pretenden hacernos cumplir la ley sean aquéllos que más sospechas generan lo único que crearán es desconfianza y rabia, y les será imposible unir al país y conjurarle para afrontar sus vertiginosos retos.
Muy probablemente bajo su conocimiento y seguro que bajo su mando, la política española se ha podrido y se ha vuelto cínica. Sólo pueden salvar su dignidad pidiendo perdón, limpiando lo que han contribuido a ensuciar, revelando los métodos delictivos, denunciando a sus encubridores y protegidos, y dejando paso a personas que estén más pendientes de gobernar para los vivos que de tratar de disimular la legión de cadáveres que tienen en el armario.
Salvador Sostres, en El Mundo




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