Con su constante perversión del lenguaje (esa “irritante mentira” de que hablaba Marañón) la siempre proterrorista y corrupta izquierda española ha conseguido imponer la idea de que el franquismo cometió muchos crímenes de un modo especial e incluso comparable al de los nazis (nunca hablan de los soviéticos, claro), de un “holocausto”, etc. Lo afirma ahora el prevaricador juez Garzón. Y actúan de forma mafiosa para dirigir la justicia convirtiendo la prevaricación en una virtud si va a favor de sus desmanes.
Garzón no ha investigado ni puede investigar judicialmente los “crímenes del franquismo” no solo porque no le corresponde jurídicamente, porque contraviene amnistías y superación de responsabilidades ya decretadas durante el propio régimen anterior, y porque sus presuntos autores están muertos (en cambio se niega a investigar a uno que sí está vivo, Carrillo, pero ese pertenece al bando de los “justos” según su perversa y desvergonzada noción de la justicia)… También le es imposible por la inexistencia de tales crímenes.
Por supuesto, hubo crímenes, pero no son “del franquismo” sino de tales o cuales personas concretas en una situación determinada. De todos los regímenes europeos comprometidos en una guerra en los años 30 y 40, el franquismo es probablemente el que aplicó una represión menor y cometió menos acciones de guerra o posguerra tipificables como crímenes. Dejando a un lado a Stalin y Hitler, los crímenes de guerra achacables a Churchill, a Roosevelt o a Truman rebasan de modo gigantesco los atribuibles –a menudo falsamente—a Franco. Y de la represión de posguerra, para qué hablar. Hace poco ha salido en España el estudio de Gilles Macdonnough sobre lo que pasó en Alemania después de la II Guerra Mundial: como mínimo tres millones de muertos (más de diez veces los de nuestra guerra civil), catorce millones de desplazados, millones de violaciones y robos sin tasa y no solo, ni mucho menos, a cargo de los soviéticos. También podría hablarse aquí de un “holocausto” aunque quisiera justificarse con el previo de los nazis. Nada ni remotísimamente parecido ocurrió en España al terminar la guerra civil.
Siempre se menciona la dura represión de posguerra en España, olvidando tres puntos básicos: a) que se ejerció de forma predominante sobre las decenas de miles de sicarios, chekistas y cómplices del terror izquierdista, abandonados por sus jefes que huyeron llevándose enormes tesoros robados al pueblo español; b) que fue realizada fundamentalmente mediante juicios, mucho menos arbitrarios de lo que pretenden ahora las izquierdas, y al revés que en Francia o en Italia, por ejemplo, donde la represión de posguerra se hizo muy mayoritariamente mediante asesinatos sin más; c) que, aunque evidentemente fueron fusilados algunos o bastantes inocentes, no se los puede equiparar a los asesinos y ladrones de las checas como hace la izquierda o Garzón cuando hablan indiscriminadamente de “víctimas”. Al obrar así, estas gentes se identifican evidentísimamente con los asesinos, a quienes ensalzan al nivel de los inocentes, mientras rebajan miserablemente a estos últimos al nivel de los criminales. Dan así la muestra de su nivel moral y jurídico. Muestra de lo que cabría esperar de los suyos si hubieran ganado la guerra: no han aprendido nada.
El crimen por excelencia achacado al franquismo, que justifica todas las demás acusaciones, es el de haber derrotado la democracia y a un gobierno legal en España. Ya he explicado y documentado muchas veces como todo ello es una falsedad grotesca. Franco venció sobre un proceso revolucionario amparado por un gobierno salido de unas elecciones violentas y no democráticas, que destrozó por completo la legalidad republicana de 1931 y puso la justicia al servicio de una izquierda compuesta de stalinistas, marxistas radicales, golpistas, anarquistas y racistas del PNV; todos bajo la protección de Stalin. Franco los derrotó, mantuvo la unidad nacional y la cultura cristiana, y dejó un país próspero y reconciliado que permitió el paso a una democracia… lastrada gravemente por los antifranquistas. Ese fue, en resumen, su “crimen”.
Pío Moa, en La Gaceta




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