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Tema: Nacionalismo

  1. #51
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Copa del Rey

    El populacho necesita goles, y cuando digo populacho no me refiero a la clase baja; muchos financieros, jueces, empresarios y diputados son más populacho, más chusma y turba que la masa. Miren los diputados del PNV gateando por uno de los leones de Ponzano (no sé si por el que pesa 3.474 kilos o por el que pesa 3.666). Han puesto la bandera del Athletic en el pórtico del Congreso. Podrían haber dado un paso más y haber colocado el careto de Sabino Arana en los leones fundidos con los cañones tomados al enemigo en la guerra de África.

    Los diputados del PNV echan banderas y pólvora dialéctica a los fuegos artificiales de esta noche en el Manzanares para convertir la final en un acto de reivindicación nacionalista. Ya saben: España es el país de los separatistas, que dan la vara pero no se van y han hecho de la hostilidad a la nación una ideología. Aprovechan el fútbol, la confusión de masas, para transformar el juego en creencia. Animan a los gamberros y matoncitos para que abucheen y griten contra la bandera, el himno y los Príncipes de Asturias.

    A mí me divierte que silben a los que mandan, sobre todo cuando los que mandan han consentido que se llegara a esta ruina y corrupción, pero me ofende que sigan abusando de nuestra paciencia los que durante tiempo han hecho una bandera del fanatismo, esa enfermedad del espíritu que se adquiere como el tifus. También resulta ofensivo y grotesco que un Estado, por muy menguado y arruinado que se encuentre, se estremezca porque unos miles de vandalitos vengan con banderitas y cohetes. Otras veces vinieron con coches bomba y no nos aplastaron. ¿Por qué reducen el himno a 27 segundos en vez de ponerlo más alto y más ruidoso? ¿Acaso vamos a restaurar por cuatro gamberros el delito de lesa majestad? ¿Madrid no vale una bronca?

    Hubo un tiempo, cuando dábamos patadas a la pelota en los descampados, que nos sabíamos de memoria la alineación del Athletic de Bilbao que terminaba en Zarra-Gainza; adorábamos a los futbolistas como a santos milagrosos. Estamos bien acostumbrados a los ejercicios de la irrealidad y de los mitos, pero a estas alturas del partido aquellas simpatías y admiraciones se han convertido en recelo.

    Claro que hay malos recuerdos de la Monarquía. En ese barrio, entre Toledo, Humilladero y la Arganzuela, está La Fuentecilla, un monumento dedicado al felón Fernando VII que no sé por qué el pueblo de Madrid nunca ha derribado. Claro que la Monarquía tuvo rasgos comunes con el despotismo asiático, pero hoy es parlamentaria. Además, éstos que vienen no son republicanos sino separatistas. Los Príncipes tienen que dar la cara. Ya les abuchearon en Alcalá cuando la entrega del Premio Cervantes y no pasó nada; si quieren ser reyes les quedan unas cuantas broncas.

    Raúl del Pozo, en El Mundo

  2. #52
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Modelo escocés

    Los nuevos batasunos han descubierto otro modelo en el que inspirarse: la autodeterminación que van a ejercer los escoceses en otoño de 2014 después de la Ryder Cup de Golf. Nada hay que guste tanto a un abertzale como imitar a la madrastra de Blancanieves en su juego, especular y preguntar si el del cristal es tan autodeterminista como él mismo.

    Ahora toca Escocia. En la edad de bronce, cuando Txema Montero era aún batasuno, tenía un modelo doble: «Albania por su conciencia nacional, y la RDA por su alto grado de desarrollo». Su colega Esnaola no lo veía así: «No aspiramos a una Albania del Cantábrico. Nuestras miras se dirigen más bien al modelo sueco».

    Al hoy dirigente bildutarraJoseba Azkarraga le gustaban más las islas Åland, un archipiélago del Báltico, que tiene «sellos y correo postal». También tuvo su tirón la ex república soviética de Georgia: los georgianos eran los vascos de la URSS, el euskara y el georgiano tienen raíces semejantes, y habían hermanado a tres ciudades (Tiflis, Batumi y Kutaisi) con las tres capitales vascas: Bilbao, San Sebastián y Vitoria.
    También nos hemos fijado en Irlanda, Quebec, Bosnia, Nueva Caledonia, Chequia y Eslovaquia, palestinos, tamiles, irlandeses o alemanes del Este. Allá donde se haya pronunciado alguna vez la palabra autodeterminación se ha ejercido el sortilegio. No importa que el resultado de Quebec haya terminado con las fantasías secesionistas por muchos años, ni que el referéndum alemán fuera para unir, no para separar. Mientras, en la lejana Sudáfrica, patria de Currin, el Partido Inthaka reclamaba para sus zulúes un estatuto de autonomía como el vasco.

    También tuvo su momento Puerto Rico en la extravagante propuesta de Ibarretxe hace 10 años: un estado libre asociado. Aquel mismo año, el lehendakari hizo traer a un prestigioso catedrático de Historiade la Universidad de San Juan de Puerto Rico para deleitarse en los parecidos con Euskal Herria. Fue un fiasco. El historiador le dijo que aquel estatus había sido una buena salida para Puerto Rico, pero que no tenía conocimiento de que nunca, en ninguna parte del mundo, la ruptura de un estado unitario diera lugar a dos estados asociados.
    Los nacionalistas escoceses andan pisando huevos para no molestar. No aspiran a emanciparse de la reina ni de la libra y no les va a venir bien la simpatía abertzale, tan aparatosa. Por otra parte, es posición que los comisarios europeos expresan cuando se les pregunta por ello, que si en Escocia ganara la independencia, quedaría fuera de la Unión Europea, debería solicitar el reingreso y todos los países miembros tendrían derecho a veto. España ya ha anunciado que lo ejercería.

    Yo no sé si a los nuevos batasunos, nuestros nuevos caledonios, les irá este plan o les convendría ligarse a la autodeterminación de las Malvinas, que se producirá en 2013. Podrían ser un estado libre asociado a la Argentina de Kirchner. Después de lo de YPF, sería un modelo alternativo para joder a los españoles.

    Santiago González, en El Mundo

  3. #53
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    18 jun, 12
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  4. #54
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Nacionalismo en quiebra

    Los nacionalistas prometen a la gente todo tipo de venturas si la que consideran auténtica identidad cultural es homogénea en el territorio que seleccionan como su matriz y receptáculo, territorio destinado según ellos por ley natural a disponer de un Estado propio. Este paraíso al que conduce la independencia debe ser conseguido a cualquier precio, incluso el de la fragmentación de unidades políticas consagradas por siglos de historia en las que sus ciudadanos gozan de la panoplia completa de derechos y libertades que caracteriza a las sociedades abiertas. Por supuesto, una vez consumada la secesión, los nacionales de la nueva nación disfrutarán de prosperidad, justicia y libertad hasta extremos antes desconocidos.

    Esta es la fantasía sobre la que trabajan los partidos separatistas de corte identitario, creando continuas tensiones centrífugas en Estados democráticos, exacerbando las diferencias, buscando el enfrentamiento con enemigos imaginarios y reinventando el pasado. Mediante semejante esquema de trabajo, los nacionalistas catalanes llevan más de cien años fastidiando a sus conciudadanos, atropellando derechos individuales, burlando a los tribunales y sometiendo a un pueblo muy creativo de vocación cosmopolita a un estéril aldeanismo que lo empobrece material y espiritualmente.

    Pues bien, después de tres décadas de gobiernos de esta ideología regresiva y absurda, la Generalidad se ha declarado en quiebra y ha solicitado ser rescatada por el Tesoro estatal. La pregunta que sería oportuno que los habitantes del Principado se formulasen en esta hora triste de su trayectoria colectiva es la siguiente: ¿Cuáles son las ventajas de una doctrina que nos ha precipitado a la ruina, nos ha castigado con un nivel galopante de corrupción y nos ha aislado del resto de nuestros compatriotas españoles sin ofrecernos ningún beneficio tangible o intangible? El nacionalismo catalán es hoy el ejemplo patético del fracaso de una idea de Cataluña basada en el tribalismo, la introversión y la obsesión neurótica por el uniformismo totalitario. Si tras el derrumbe estrepitoso de un montaje artificial construido sobre una inmensa mentira y una descarada manipulación, los catalanes no reaccionan enviando a paseo a la caterva venal y fanática que les ha envenenado el alma y les ha vaciado los bolsillos, entonces quedará claro que se merecen lo que les ha pasado y que suerte tienen de formar parte de España para llegar a fin de mes.

    Aleix Vida-Quadras Roca, en La Gaceta.es

  5. #55
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Cuando va mal, va mal

    Ahora imagine el agostado lector que una vez solicitado el préstamo y concedido España le dijera a Europa que acepta su dinero, pero no sus condiciones. ¡Gallarda España! Exactamente eso es lo que pretende decirle ahora la región catalana al Estado: págame las deudas y dame plena libertad para seguir contrayéndolas. Se trata, obviamente, del último capítulo de la alienación nacionalista, de ese vivir fuera del mundo, maceradamente ensimismado, que ha caracterizado su práctica política. Y define su fracaso fundamental: durante más de treinta años Cataluña se ha obsesionado en llegar a ser algo distinto a España. Pero por desgracia para sus intereses Cataluña es hoy mucho menos distinta de España de lo que lo fue en el alba nacionalista decimonónica. Ni en sus virtudes ni en sus calamidades. El hecho diferencial catalán no va más allá de la expansión vigorosamente subvencionada de una de las dos lenguas de sus ciudadanos, y de los domingos libres de los tenderos. Esto ha sido todo. Ni en la educación ni en la salud ni en su cohesión social ni en el sometimiento de su economía al sector público; ni en sus aeropuertos y estaciones desoladas ni en la corrupción de sus políticos ni en la protección del medio ni en sus cajas caciquiles, Cataluña es distinta. Hoy comparte con el resto de España graves problemas económicos. Y para desesperación del nacionalismo delirante (cada vez más un pleonasmo) la venerable sentencia sigue más activa y verificable que nunca: «Cuando España va bien Cataluña va bien», con todos sus viceversas.

    El nacionalismo catalán se enfrenta a una evidencia desalentadora. Ha acumulado deudas que solo puede pagar Europa. Pero Europa no la reconoce ni siquiera como deudor. Los préstamos europeos irán al Estado español y él decidirá. Los ilusionados días de la Europa de las regiones, de la voz catalana en Europa, acabaron sin empezar apenas. Las cosas se han puesto definitivamente serias. Se comprende que en esta circunstancia el nacionalismo catalán acentúe su gesticulación, sus pactos fiscales, sus patéticas amenazas de reescribir la Historia, mientras niega dinero a sus viejos y a sus minusválidos. Una gesticulación, por supuesto, con una sola mano, como es ley en el autoerotismo, máxime si la otra es la mano de pedir.
    Se trata de un momento decisivo para los nacionalistas catalanes. Amenazados por la ruina y la irrelevancia tienen que mantener prietas las filas y tratar de convencer a sus fieles de que el nacionalismo es algo más que un capricho burgués en tiempos de derroche.

    Arcadi Espada, en El Mundo

  6. #56
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    Predeterminado Los otros secesionistas

    Como para desmentir que los nacionalismos son propios de países que aún no tomaron el tren de la modernidad, heridos por tensiones seculares, paralizados por deficientes sistemas políticos, tenemos el caso de Quebec. Acaba de regresar a la actualidad por un atentado contra el Partido Quebequés, partidario de la secesión, que ha causado un muerto y un herido. Los datos de urgencia apuntan a que fue un solo individuo el que disparó contra los seguidores de Pauline Marois, la líder del PQ, cuando celebraban su victoria en los comicios. Se trataría, de confirmarse, del primer caso de terrorismo anglófono en la provincia canadiense. Del otro terror, el francófono y secesionista, hubo en los años sesenta y setenta. Su desaparición no condujo, sin embargo, a la decadencia del separatismo en Quebec. La mística nacionalista y sus fantasías comunitarias son plantas persistentes.

    Canadá, una democracia asentada, un país rico y tranquilo, distante años luz de un escenario como el balcánico, se despertó, sorprendido, a la violencia nacionalista en 1963, cuando estalló una bomba en un barrio inglés de Montreal. Michael Ignatieff, intelectual y político canadiense, ha escrito que aquella explosión supuso "el principio del fin de una cierta idea de Canadá". Desarboló la feliz idea de que era una comunidad política que había conseguido elevarse por encima de los tribalismos y que representaba un ejemplo de convivencia. Los años posteriores vieron algo que en España conocemos bien: la imposibilidad de contentar a los que no quieren contentarse. Los esfuerzos para que Quebec se sintiera a gusto en Canadá no redujeron las ansias secesionistas. Ni las aplacaría el hecho, que nos resulta familiar, de que el Estado canadiense fuera el más descentralizado del mundo. Qué puede la racionalidad contra el sentimiento.

    De Quebec se han ocupado, y mucho, nuestros nacionalistas, siempre en busca de modelos a imitar. Por ejemplo, el lingüístico. También allí hay policía que persigue y multa a los tenderos. Sí, en el avanzado Canadá se permite tal abuso. A los que no participamos de esa religión secular que es el nacionalismo, el arraigo del secesionismo quebequés viene a echarnos un jarro de agua fría. Estábamos equivocados al pensar que el cosmopolitismo, la democracia o la prosperidad eran antídotos eficaces contra el hechizo del imaginario nacionalista. Y erramos igualmente cuando, ofuscados por "el espejismo de la isla", por citar de nuevo a Julián Marías, creemos que la persistencia del secesionismo en España es una lacra exclusiva, sólo atribuible a nuestros muy singulares defectos.

    Cristina Losada, en LibertadDigital

  7. #57
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    08 ene, 07
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    Predeterminado Lo peor que tienen

    Querido J:

    Entre las reacciones que ha provocado la turbia maniobra electoral del presidente Mas están las de aquellos que, aun rechazándola, se aprestan a decir que debe encontrarse un arreglo para la incomodidad catalana. Y que luego suelen pronunciar la palabra federalismo como la pócima que lubricará todos los encajes. Bien: se les debería advertir de que los primeros enemigos del federalismo han sido siempre los partidos nacionalistas. De ahí que los socialistas catalanes, los mayores especialistas mundiales en el uso del oxímoron, patrocinaran la expresión federalismo asimétrico. No sólo conocen el paño sino que muchos de ellos son del mismo paño. El desdén nacionalista por el federalismo tiene una explicación sencilla, que es el desdén por la igualdad. A los nacionalistas catalanes, germinados en la dialéctica del hecho diferencial, les importa menos la fisonomía propia que la de los otros.

    De ahí parten, por ejemplo, los problemas que les han enfrentado sordamente con el nacionalismo vasco: durante mucho tiempo el nacionalismo catalán silabeó que el suyo era un nacionalismo civilizado. De ahí, también, que ahora no soporten el paisaje que se ofrece a sus ojos: una Cataluña al mismo nivel de ruina que el resto de España, con unos déficits parecidos, incluidos los morales. Y lo que ya resulta insoportable: el tener que acudir como un español cualquiera al fondo de rescate del Gobierno central.

    Debe reconocerse, sin embargo, que su fracaso en el dominio de los hechos no se corresponde con su triunfo, prácticamente absoluto, en el manejo de las palabras. Ha sido mediante el uso obstinado de algunas palabras como sentimiento o hecho diferencial como muchos catalanes han logrado convencerse a sí mismos y convencer, incluso, a una parte del conjunto de los españoles de la legitimidad ética que ampara su punto de vista. Una legitimidad que se tambalearía si a todas esas cursiladas semánticas se le aplicara el nombre veraz que merecen, que es el de xenofobia. El motor de la llamada cuestión catalana (otro dulce eufemismo) es sencillo. Una parte, minoritaria pero poderosa, de los ciudadanos catalanes no quiere vivir con el resto de españoles, a los que considera extranjeros en su país, para darle la vuelta al título de aquel libro seminal con que el ex diputado y escritor Antonio Robles levantó la mano en Cataluña, hace ya bastantes años.

    Se exhibe a veces, con equidistancia superficial, una supuesta analogía entre el nacionalismo catalán y el español. Bien. Admito que es posible que ambos nacionalismos existan. Pero si el nacionalismo español existe hay que reconocer que su resultado de hoy es la Constitución de 1978 (que ha dado a los catalanes la época más fértil y más libre de su historia) y que se trata de un nacionalismo que no le grita a nadie que no puede vivir con él. La xenofobia catalana ha disimulado su condición gracias a la interesante evidencia de que los catalanes no son distintos en nada aparente del resto de los españoles. En realidad, los catalanes son una suerte de españoles estándar: es llamativo que en Cataluña se escriba, por ejemplo, el castellano más gris y más de mi gusto que se escribe en España, libre de anfractuosidades y de los redondeles que deja el café con leche. Ni el corte racial, ni el religioso, ni el sociológico, ni siquiera el idioma (un castellano con virguerías y su poco de acento) subrayan ninguna diferencia sensacional con el resto de españoles. Pero esa homogeneidad no les ha desanimado jamás. Los nacionalistas catalanes ven a los españoles como el antisemita a los judíos: «¡Lo peor que tienen es que en apariencia son iguales a nosotros!».

    Durante 30 años, la xenofobia nacionalista catalana ha sido tratada en España con gran delicadeza. Hasta el punto de llegar a ponerse como ejemplo de no sé exactamente qué virtudes. Es probable que las personas tengan incluso derecho a trabajar por sus odios. Pero es justo que se los nombre como tales. La emotiva carga de sentimentalidad que exhibe el nacionalista y para la que exige, cuando no implora (metido a víctima), comprensión sólo es la cara respetable del rechazo al otro. Naturalmente, y para los que manejan, la xenofobia no puede nunca presentarse a hez abierta. Siempre hacen faltan unos buenos protocolos. El de esta época es el expolio. Expolio es una palabra dura y terminante. Significa que el resto de los españoles son unos ladrones. Tiene también un adecuado pedigrí: el franquismo la utilizó con obstinada violencia para el oro de Moscú y las obras de arte que presuntamente se llevaron los republicanos. El odio xenófobo, en realidad, concierne sólo, en cualquier lugar y tiempo, a una minoría enferma. Para afianzarse y extenderse, el odio siempre necesita un vector. El dinero es un clásico. Cuando no hay olor ni color ni sabor, el dinero (non olet!) es el virus más eficaz. Al pueblo llano y sano le importa mucho el virus. El virus pantalla. Si luego sale mal, siempre puede decir que fue secuestrado por una banda de psicópatas, y a mí plim muellespuma.

    Observa, amigo mío, que en sus simulacros sobre la Pregunta, y en sus proyecciones ensoñadas, el nacionalismo pone mucho cuidado en apoderarse del sí. Tipo ¿quiere usted que Cataluña sea un nuevo Estado? y en modo alguno ¿quiere usted que Cataluña siga siendo parte del Estado? Es natural. El nacionalismo siempre trata de presentarse en el modo afirmativo. Cuando su proyecto pertenece al más hosco, fúnebre y estéril de los noes.
    Sigue con salud

    A.

    Arcadi Espada, en El Mundo

  8. #58
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    08 ene, 07
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    Predeterminado ¿Independencia? ¿para qué?

    No lo entiendo. ¿Qué motivos llevan a pensar a algunos de mis conciudadanos que la independencia de Catalunya va a solucionar la crisis de nuestro Estado del bienestar? ¿Qué pistas siguen que indiquen que un Estado propio solucionaría nuestra insuficiencia política crónica? ¿Cómo es posible confiar ciegamente en una clase política que nos ha endeudado más allá de cualquier límite razonable? ¿Para ella todo el mando? De ninguna manera.


    No comprendo nada. ¿Dónde están los indignados que zarandeaban a nuestros parlamentarios por haber tolerado el progresivo deterioro de nuestras instituciones? ¿Cómo es posible que aún haya quien crea que nuestros políticos son capaces de articular un proyecto de país con éxito cuando su solvencia y su credibilidad están por los suelos? ¿Cómo es posible pensar en la independencia sin un proceso de regeneración política e institucional previo?

    Dos años después del inicio de la recesión, Catalunya ha sido incapaz de reestructurarse para afrontar las vacas flacas. Recortes y más recortes. Eso es todo. Ningún atisbo de cambio, de reforma. Ninguna propuesta de nuevos modelos universitarios, sanitarios, medioambientales, industriales. Nada. ¿Independencia? Cortina de humo. De nuevo, la culpa recae sobre Madrid y el expolio. La culpa es del centro y del sur. Como si Cristóbal Montoro, Luis de Guindos o Mariano Rajoy fuesen nuestro principal problema.

    No lo entiendo. Dos años de crisis y solo oímos hablar del pacto fiscal y de los millones de euros que Catalunya ganaría con una hacienda propia. ¿Y qué? ¿Es que realmente hay quien piensa que Catalunya y su bienestar se salvarán por los dineros? ¿Es que hay aún quien cree que nuestro problema nuclear es la economía? Ni hablar. Nuestro problema esencial es la falta de liderazgo y competencia ante una situación adversa. Tanto Gobierno de los mejores para entonar de nuevo una vieja cantinela: la culpa es de los otros (en este caso el tripartito) y del Gobierno central. Para ese viaje no hacían falta alforjas.

    Pero, ¿no os dais cuenta, lectores, de que nuestros impuestos se han ido a los aeropuertos sin aviones, a títulos universitarios sin estudiantes, a hospitales medio cerrados, a comisionistas desaprensivos, a miles de vacunas innecesarias, a embajadas de juguete y a no sé cuántos fuegos artificiales más, disipados en otras tantas ferias de vanidades? ¿No os dais cuenta de que nuestro tejido industrial ha sido destruido por la codicia y la deslocalización? Desengañaos: estas y no otras son las credenciales que aportan los que ahora reclaman para sí el control absoluto de nuestro país. Nada indica que detrás de tanta agitación y propaganda exista un proyecto creíble. Solo hemos oído hablar de Eurovegas como posible horizonte de salvación. ¡Vergüenza!

    ¿Qué puede hacernos pensar que la independencia supondrá el enderezamiento de tantos desaciertos? ¿De qué indicios disponemos para pensar que las profundas reformas –no por demoradas menos imprescindibles– de las instituciones políticas, sanitarias o universitarias, se llevarán a cabo en un marco de independencia? Más bien puede suceder lo contrario. Más cerrazón, más endogamia y más ombliguismo, cánceres crónicos de los nacionalismos cerriles. Lo que sí implicaría la independencia es más poder para los de siempre y, encima, más cercano. Mal. Cuanto más decidan los que han decidido hasta ahora, peor.

    No entiendo ni la candidez ni la pusilanimidad de los abanderados de estelades: adolescentes veinteañeros enganchados a las Playstation y a Facebook –a los que es fácil venderles humo–, estetas de nuevo cuño y nostálgicos de la renaixença. Y, por supuesto, el Estado propio se ha convertido en un elegante tema de conversación para aquellos a quienes apenas ha rozado la crisis mientras degustan un gintónic en su segunda residencia.

    Seamos serios: ¿quién puede a estas alturas enarbolar banderas identitarias sin sonrojarse? Cuando todo parecía indicar que por fin nos liberábamos de símbolos excluyentes y guerreros, aparecen nuevos adalides de una causa ochocentista enarbolando por enésima vez el orgullo patriótico. ¡Vivir para ver! ¿Qué quieren? ¿Balcanizarnos? Los independentistas son los que viven mejor y los que menos interés muestran por reconstruir Catalunya. Son los que han comprado bonos patrióticos garantizados por la Generalitat tripartita o convergente y esperan que el rescate solicitado a Madrid les devuelva su dinero con un nada despreciable interés del 5%. ¡Santa hipocresía! Endeudarnos con Madrid para devolver el préstamo con sus intereses a los patriotas y pagar las comisiones a los bancos emisores a expensas de recortar salarios y servicios sociales. Pan para hoy, hambre para mañana.

    Seguro que la independencia no les quita el sueño a los parados, a los pacientes que están en las listas de espera, a los sometidos a un ERE o a los licenciados sin expectativas de trabajo; lo tienen claro: el remedio para tanta incertidumbre no llegará de la plaza de Sant Jaume. Hay que levantarse pronto, pero muy pronto, hacer ejercicio de autocrítica y... vista a Europa.


    Antonio Sitges-Serra, en El Periódico de Catalunya

  9. #59
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El incesto de Mas

    El desplante populista de Artur Mas ha servido de pretexto para evocar el concepto de democracia aclamativa que concibió Carl Schmitt en el embrión del nazismo. No vamos a incurrir estúpidamente en la ley de Godwin ni a mencionar a Hitler en vano, sino a recordar que el pensador germano tanto defendía la inercia plebiscitaria de un sentimiento como inculcaba en su manual político la estrategia del antagonismo.

    Mas ha convertido a España en el enemigo necesario, de forma que la neoidentidad catalana no proviene tanto de la definición propia como de la resistencia a un Estado opresor y vampírico que sojuzga la libertad de decisión de un pueblo mejor o diferente.
    Carl Schmitt propone utilizar sin restricciones los recursos de la polémica y de la propaganda. Incluso menciona que el éxito de un proyecto político inspirado en la dialéctica amigo-enemigo requiere el horizonte verosímil de un conflicto bélico.

    Así se explica que ERC se haya apresurado a mencionar el peligro de los tanques hispánicos, del mismo modo que otros francotiradores nacionalistas han interpretado que el vuelo rasante de unos cazas respondía a una maniobra de intimidación militar.

    Semejantes extremos redundan en la irracionalidad y la superstición de los fenómenos nacionalistas, pero al mismo tiempo retratan la angustiosa impotencia de la cordura y de la información.

    No pueden conciliarse posturas entre Madrid y Barcelona porque el debate acontece en planos distintos. Artur Mas maneja como un chamán las ilusiones, la sugestión y la tierra prometida del Llobregat, mientras que Rajoy se explaya en la ortodoxia constitucional y en las repercusiones económicas, acaso con el ventilador de Aznar aireando la bandera española y retroalimentado el cainismo de Goya en la Riña a garrotazos.

    Las recentísimas guerras balcánicas tendrían que haber sido un escarmiento definitivo al delirio identitario. La prueba está en que Europa apuesta por la cesión de soberanía de los estados y por la cuarentena al antagonismo de Schmitt, aunque Artur Mas acuadilla con impostura cosmopolita la política del instinto y de la magia, ignorando, como decía Erich Fromm, que el nacionalismo es la metáfora del incesto.

    Rubén Amón, en El Mundo

  10. #60
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    08 ene, 07
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    Predeterminado El nacionalismo ya no es romántico

    Llevo tiempo advirtiendo mi agotamiento al respecto de lo que en mi tierra sucede. Pero vuelvo a caer. Una y otra vez. En mayor o menor medida. Con mayor o menor pasión. Pero ahí estoy. Sin aliento apenas, pero asomando la cabecilla a ver qué pasa.

    Escribo estas líneas en pleno fragor de la batalla de la convocatoria de la Huelga General más irresponsable e insensata de nuestra corta historia democrática contemporánea. Así me lo confirmaba, además, un taxista que solicité para acudir a una temprana cita. Y cuánta sensatez desprendía aquel buen hombre.

    Pero no quiero apartarme de lo que quiero contarles. Y lo quiero hacer al hilo de la figura heroica que se ha creado en Cataluña a raíz de la historia de un chaval –al que ya han bautizado como Braveheart– que en su día se dio a conocer por tener un blog desde el que instaba a los comercios a rotular en catalán.

    Como lo de atacar a la libertad individual y a la libre elección parece ser de tendencia en los últimos tiempos, ya tenemos a Joel Joan, el actor, ahora director, más soberanista del panorama cinematográfico catalán, con un proyecto entre manos teniendo como protagonista a un mini William Wallace. Los Wallace de turno empiezan a proliferar.

    Tan sólo que ni la historia, ni los motivos, ni el coraje, ni el trasfondo de la historia tienen nada que ver con el argumento de la película inspirada en el personaje heroico escocés.

    No es ninguna novedad que los nacionalismos decimonónicos, al hilo, sobre todo, de las unificaciones alemana e italiana, significaron un movimiento romántico de primera magnitud. Se retornó a la novela histórica, se enarbolaban banderas ondeadas por pasiones difíciles de contener, se buscaban personajes a los que convertir en héroes y mitos de las Naciones-Estado que surgían en Europa como empresas poderosas.

    Los del siglo XX, sin embargo, se caracterizaron por ser nacionalismos disgregadores y los motivos y objetivos de unos y otros eran de lo más variado.


    Pero lo que une a todo nacionalismo, eso sí, es la dificultad de combatirlo de manera racional, dado el componente altísimo de pasión y emotividad. Ante una bandera, señores, o se siente algo o no. Y cada uno, como en el Amor, lo siente y vive a su manera. Ni mejor ni peor. Simplemente diferente.

    Pero lo que realmente escapa a ello es la manipulación del sentimiento. El packaging por el que consigues, gracias a atractivos diseños, que el comprador fije la mirada en el maravilloso envoltorio y no se fije en el coste real de su contenido. Y si merece o no la pena.

    Porque en épocas de crisis, amigos míos, no es complicado buscar nuevas ilusiones, estimulantes proyectos en los que creer y sobre todo, levantar muros falsos donde lanzar las piedras y así, mientras sueltas adrenalina, aparcar el problema real.

    Aunque empiezo a tener serias dudas de que quienes al frente del proyecto se encuentran, estén teniendo en cuenta que todo William Wallace tiene delante a un Robert Bruce. Y no sé si están contemplando que, como en la película de Mel Gibson, habrá algún noble que pactará a sus espaldas.

    Les diré, si me permiten, que se me ocurren ya varios candidatos. Y sepan que lo harán por mucho menos que unas tierras escocesas. Aunque no sean precisamente nobles quienes lleven a cabo la operación. Operación que mi olfato me va indicando que ya se ha puesto en marcha.

    Y sí. Veo a más de uno mirándose al espejo con la cara cuatribarrada, con la pintura a medio desdibujar por el sudor de la batalla y lamentándose.

    Ya ven. Así lo veo. Qué cosas.

    Eva Miquel Subías, en LD

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