El populacho necesita goles, y cuando digo populacho no me refiero a la clase baja; muchos financieros, jueces, empresarios y diputados son más populacho, más chusma y turba que la masa. Miren los diputados del PNV gateando por uno de los leones de Ponzano (no sé si por el que pesa 3.474 kilos o por el que pesa 3.666). Han puesto la bandera del Athletic en el pórtico del Congreso. Podrían haber dado un paso más y haber colocado el careto de Sabino Arana en los leones fundidos con los cañones tomados al enemigo en la guerra de África.
Los diputados del PNV echan banderas y pólvora dialéctica a los fuegos artificiales de esta noche en el Manzanares para convertir la final en un acto de reivindicación nacionalista. Ya saben: España es el país de los separatistas, que dan la vara pero no se van y han hecho de la hostilidad a la nación una ideología. Aprovechan el fútbol, la confusión de masas, para transformar el juego en creencia. Animan a los gamberros y matoncitos para que abucheen y griten contra la bandera, el himno y los Príncipes de Asturias.
A mí me divierte que silben a los que mandan, sobre todo cuando los que mandan han consentido que se llegara a esta ruina y corrupción, pero me ofende que sigan abusando de nuestra paciencia los que durante tiempo han hecho una bandera del fanatismo, esa enfermedad del espíritu que se adquiere como el tifus. También resulta ofensivo y grotesco que un Estado, por muy menguado y arruinado que se encuentre, se estremezca porque unos miles de vandalitos vengan con banderitas y cohetes. Otras veces vinieron con coches bomba y no nos aplastaron. ¿Por qué reducen el himno a 27 segundos en vez de ponerlo más alto y más ruidoso? ¿Acaso vamos a restaurar por cuatro gamberros el delito de lesa majestad? ¿Madrid no vale una bronca?
Hubo un tiempo, cuando dábamos patadas a la pelota en los descampados, que nos sabíamos de memoria la alineación del Athletic de Bilbao que terminaba en Zarra-Gainza; adorábamos a los futbolistas como a santos milagrosos. Estamos bien acostumbrados a los ejercicios de la irrealidad y de los mitos, pero a estas alturas del partido aquellas simpatías y admiraciones se han convertido en recelo.
Claro que hay malos recuerdos de la Monarquía. En ese barrio, entre Toledo, Humilladero y la Arganzuela, está La Fuentecilla, un monumento dedicado al felón Fernando VII que no sé por qué el pueblo de Madrid nunca ha derribado. Claro que la Monarquía tuvo rasgos comunes con el despotismo asiático, pero hoy es parlamentaria. Además, éstos que vienen no son republicanos sino separatistas. Los Príncipes tienen que dar la cara. Ya les abuchearon en Alcalá cuando la entrega del Premio Cervantes y no pasó nada; si quieren ser reyes les quedan unas cuantas broncas.
Raúl del Pozo, en El Mundo




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