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  1. #21
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    Predeterminado El Vaticano e Israel

    La idea de un Estado judío desafió al Vaticano política, psicológica y teológicamente. Durante la primera mitad del siglo pasado, la noción de que el pueblo judío tenía derecho a la autodeterminación era todavía inconcebible para el entendimiento católico, y aceptar algo así demandaba un ajuste emocional exigente.

    La respuesta vaticana al establecimiento de Israel quedó inicialmente contenida en un artículo de L'Osservatore Romano publicado el día en que el Estado judío proclamó su independencia. "El sionismo moderno no es el verdadero heredero del Israel bíblico", decía el órgano vaticano; y añadía: el cristianismo es "el verdadero Israel".

    La restauración de la soberanía judía sobre la Tierra de Israel hizo inseparables las nociones de Estado judío y nación judía. Pero la Iglesia Católica veía con hostilidad la conexión hebrea con el lugar. Pío X conformó en 1904 una teología antisionista que perduraría durante buena parte del siglo XX. A partir del nacimiento del Estado de Israel, el Vaticano hizo un esfuerzo por caracterizar al Estado judío como un fenómeno meramente político, desprovisto de connotación religiosa alguna. Ello le permitió, al final del camino, reconocerlo diplomáticamente sin tener que lidiar con el desafío teológico a él asociado. No obstante, no dejaba de ser un rechazo de las bases espirituales del sionismo y una ofensa al modo en que los judíos se veían a sí mismos y se vinculaban con Israel.

    La cuestión del reconocimiento o no reconocimiento del nuevo Estado se convirtió en un asunto de suma importancia para el Vaticano; un asunto que venía a incorporarse a la carpeta de cuestiones calientes, como el destino de Jerusalem y los lugares santos, el devenir del conflicto entre árabes y judíos y la situación de las comunidades cristianas en el Medio Oriente.

    Tal como señaló en su día el vaticanista católico Henry Bocala, la Santa Sede veía la cuestión de Jerusalem como un asunto religioso (protección de los lugares santos) que además tenía una dimensión política (el estatus jurídico para la ciudad). Roma se consideraba parte implicada, y en consecuencia no sólo pidió por una resolución del asunto, sino que indicó cómo debía ser dicha resolución. En un primer momento abogó por la internacionalización de la ciudad y de los lugares santos, pero su posición varió a raíz de la Guerra de los Seis Días (1967): entonces defendió la elaboración de un estatuto especial internacionalmente garantizado.

    Por lo que hace al conflicto árabe-israelí, lo consideraba un problema político (un choque entre dos nacionalismos) que además tenía una dimensión religiosa (la disminuida presencia cristiana en Tierra Santa). En este asunto el Vaticano se veía en el papel del conciliador, y apoyó una resolución del conflicto... pero sin entrar en demasiados detalles. Ahora bien, no apostó por la imparcialidad, sino que adoptó una posición pro-palestina; un ejemplo palmario lo encontramos en monseñor John Nolan, director de la Misión Pontificia en Jordania, que en 1983 dijo que la Iglesia sería la voz de los que, al parecer, no la tenían, los palestinos.

    Roma no prestó a las aspiraciones nacionales judías el mismo apoyo que prestó a las aspiraciones nacionales de los palestinos, y cuando se constituyó Israel demoró lo máximo que pudo el establecimiento de relaciones diplomáticas. Con el correr de los años, esta renuencia fue dejando a la Santa Sede en compañía de los países más intransigentes. A pesar de su prédica a favor de la reconciliación entre las naciones, el Vaticano negaba la caridad al Estado judío.

    Sólo después de que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) consintiera en reconocer formalmente a Israel, la Santa Sede hizo lo propio. Para entonces, el Estado judío tenía ya cuarenta y cinco años de vida soberana. El Acuerdo Fundamental se suscribió en diciembre de 1993, y el intercambio de embajadores no se produjo hasta junio de 1994. Fue un hito histórico. Desde entonces, ha habido sus más y sus menos, pero en lo esencial la relación entre Roma y Jerusalem ha quedado normalizada.



    JULIÁN SCHVINDLERMAN, autor de ROMA Y JERUSALEM. LA POLÍTICA VATICANA HACIA EL ESTADO JUDÍO.

  2. #22
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    Predeterminado ¿Sabía el Vaticano que se estaba exterminando a los judíos?

    Pío XII jamás condenó de manera pública, explícita y directa la guerra de agresión de los nazis, ni sus inconcebibles actos de barbarie. Permaneció en silencio aun cuando recibió incesantes pedidos por parte de otros católicos, de gobiernos aliados y de las propias víctimas. El Papa calló a pesar de tener pleno conocimiento de lo que estaba sucediendo.

    Su silencio no puede ser atribuido a la ignorancia. Según el especialista David Álvarez, no cabe la menor duda de que el Vaticano tenía información de inteligencia sobre la Solución Final. Varios historiadores respetados se han expresado en el mismo sentido: así, Michael Marrus afirma que, cuando dieron inicio las matanzas masivas, la Santa Sede estaba "extremadamente bien informada", mientras que Walter Laqueur (citado por Álvarez) sostiene que aquélla estaba "mejor informada que cualquier otro [Estado] en Europa" y Michael Phayer, que el Papa fue de los primeros en tener conocimiento del Holocausto.

    Las opiniones recogidas en el párrafo anterior coinciden con lo que pensaban actores políticos del momento. Gerhart Riegner, pieza clave del sistema de información de la resistencia judía en Europa, dijo: "Probablemente, el Vaticano estaba mejor informado que nosotros". En cuanto al entonces embajador estadounidense en Berlín, Hugh Wilson –a quien cita Álvarez–, aseguró que la Santa Sede contaba con "el mejor servicio de información de Europa".

    Al inicio de la guerra, treinta y siete estados tenían representación diplomática en el Vaticano, y éste, a su vez, un nuncio destacado en cada uno de ellos. En otras veintidós naciones el Papa contaba con delegados apostólicos. Entre los países que contaban con nunciatura figuraban Francia, Alemania, Hungría, Italia, Portugal, Rumania, España y Suiza; delegados había en Turquía, Grecia, Estados Unidos e Inglaterra, y representantes de otro tipo en Croacia y Eslovaquia. La representación en Londres era especialmente importante, dado que la capital británica albergaba los gobiernos en el exilio de países como Polonia, Bélgica y Holanda.

    En 1940, luego de que Italia entrara en guerra, los diplomáticos de los países aliados abandonaron Roma y se trasladaron a Ciudad del Vaticano, desde donde seguían en contacto con los diplomáticos de los países neutrales que operaban en la capital italiana. Cuando los Aliados liberaron Roma, en junio de 1944, las cosas dieron un giro completo y fueron los funcionarios del Eje los que se mudaron al Estado vaticano.

    El servicio diplomático vaticano tenía una carencia importante de personal. En ningún momento de la contienda llegó a disponer de más de cien hombres. La Secretaría de Estado vaticana tenía solamente treinta y un empleados en el primer año de la guerra. Las nunciaturas también andaban cortas de personal. Esta limitación quedaba compensada por un activo valiosísimo: los numerosos sacerdotes y monjas dispuestos a ayudar en lo que fuera menester. Tal como declaró un diplomático estadounidense citado por Álvarez, gracias a esos religiosos la Iglesia tenía acceso a lo que se pensaba tanto en las principales cancillerías de Europa como en "las más remotas aldeas de cada país".

    Ciertamente, la circunstancia bélica afectaba a la viabilidad de las comunicaciones, pero lo cierto es que el Vaticano disponía de servicios de emergencia que le ayudaron a sortear los obstáculos, como las valijas diplomáticas y los telegramas.

    Antes de la guerra, el Vaticano confiaba su correo al Estado italiano. Luego de la implicación italiana en la contienda, la Santa Sede confío ese servicio a la gentileza de la neutral Suiza; posteriormente dejó el asunto en manos de potencias aliadas como Estados Unidos e Inglaterra. No fue hasta la liberación de Roma que la Secretaría de Estado vaticana estableció su propio servicio postal. Por lo que hace a los telegramas, el encriptado vaticano era de primerísimo nivel, como queda de manifiesto en el hecho de que la inteligencia fascista consiguiera descifrar sólo 400, y sólo 60 de forma íntegra, de los casi 8.000 cables enviados por el Estado católico.

    Por lo demás, la Santa Sede poseía un muy sofisticado servicio secreto –la Santa Alianza–, fundado en 1566, y un notable servicio de contraespionaje –el Sodalitium Pianum–, establecido en 1909. El Vaticano sabía de los proyectos nazis de purificación racial y eutanasia desde 1937, por lo que no tardó en denunciarlos ante las autoridades alemanas. Y a principios de 1939 agentes vaticanos detectaron un plan alemán para sobornar a miembros del cónclave que debía elegir al nuevo Papa. El Führer quería favorecer la elección de Eugenio Pacelli, que desconocía las maquinaciones alemanas. El elegido fue, finalmente, el propio Pacelli, pero no porque los nazis hubieran conseguido su objetivo de corromper a los electores.

    Más pruebas de la brillantez de la inteligencia vaticana. La Santa Sede supo de la invasión nazi de Holanda y Bélgica diez días antes de que se produjera. El oficial alemán Josef Müller, católico, alertó a Pío XII de lo que se preparaba el 1 de mayo de 1940. El Vaticano avisó a los gobiernos de ambos países, pero desoyeron las advertencias. También supo de la invasión nazi de Rusia (Operación Barbarroja) con antelación: en concreto, lo supo dos meses antes. La nunciatura suiza reportó sobre ello en abril de 1941, así como poco antes del ataque; el 16 de junio, el embajador norteamericano en Italia informó a Washington de cuál era el análisis vaticano de la situación. Sólo seis días después comenzó el ataque nazi.

    El Vaticano fue alertado con antelación del plan de deportar a los judíos eslovacos. El Vaticano fue alertado con cinco días de antelación de una gran redada antijudía que iba a tener lugar en Roma. El Vaticano fue alertado con antelación (19 días, esta vez) de las deportaciones de hebreos que iban a producirse en Francia.

    Tal era la reputación de la Santa Sede como depositario de información confiable, que –informa Álvarez– nada menos que cinco agencias diferentes de la inteligencia alemana operaban contra ella.

    Evidentemente, la prensa internacional era otra fuente de información para el Papado. A partir de mediados de 1940, el Papa y su secretario de Estado recibían diariamente sinopsis de los reportes de la BBC, que les eran suministradas personalmente por el embajador británico, Francis d'Arcy Osborne. Por supuesto, entre la prensa monitorizada por el Vaticano se contaba la alemana; a este respecto, Carlo Falconi ha escrito:

    En cuanto al futuro que esperaba a los judíos, ciertamente no había misterio alguno [tras leer] los feroces editoriales de Das Reich, dictados por el Dr. Goebbels y de los que se hacían eco los demás diarios alemanes.

    El Vaticano recibió numerosos informes sobre el genocidio en curso. Informes procedentes de diplomáticos, de organizaciones judías, de exiliados, de disidentes alemanes... En marzo de 1942 Gerhart Riegner, representante del Congreso Judío Mundial en Ginebra, envió un memorando a la nunciatura en Berna en el que se daba cuenta de la existencia de varias fuentes que confirmaban el exterminio de los judíos. En septiembre de ese mismo año los embajadores polaco (Kazimierz Papée) y norteamericano (Myron Taylor) remitieron al secretario de Estado vaticano, Luigi Maglione, reportes relacionados con la liquidación del gueto de Varsovia, las deportaciones masivas y las ejecuciones colectivas de que estaban siendo víctimas los judíos. En octubre el embajador polaco confirmó al Vaticano que los judíos de su país estaban siendo enviados a los campos de la muerte. En noviembre Harold Tittman, consejero de la embajada estadounidense en Roma, presentó un informe sobre el exterminio –mediante fusilamientos masivos y el uso de cámaras de gas– de los judíos de la Polonia ocupada por los nazis. En diciembre, el representante británico D'Arcy Osborne entregó personalmente a Pío XII un informe realizado por los gobiernos de Londres, Washington y Moscú que documentaba el asesinato masivo de judíos. En algún momento de la segunda mitad de 1942, la Santa Sede recibió el denominado Informe Gerstein, basado en el relato de un testigo presencial de lo que ocurría en el campo de exterminio de Belzec.

  3. #23
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    Predeterminado ¿Sabía el Vaticano que se estaba exterminando a los judíos?

    El Vaticano trató con cautela el torrente de información que recibía de los aliados y de las propias víctimas por temor a que contuviera exageraciones de grueso calibre, de que fuera un arma propagandística en la guerra psicológica contra la Alemania nazi. No obstante, esas precauciones no habrían de regir para la suministrada por sus propias fuentes. Ya en enero de 1940, es decir, antes de que comenzaran las deportaciones y las matanzas en masa, la radio vaticana y L'Osservatore Romano informaron acerca de las "crueldades espantosas" que estaba perpetrando la "incivilizada tiranía" nazi en Polonia, como ha recordado David Dalin. Al año siguiente la Santa Sede recibió datos recopilados por sus propias fuentes relacionados con la destrucción de las comunidades judías de lugares como Zagreb, París, Berlín, Riga y Varsovia. En 1942 el abad Ramiro Marcone escribió a Maglione que los judíos croatas iban a ser deportados en un breve plazo de tiempo, y que el número de hebreos asesinados superaba ya los dos millones. En diciembre, el arzobispo Anthony Springovics notificó a Pío XII que la mayoría de los judíos de Riga había sido liquidada. En julio de 1943 el sacerdote Marie-Benoit Peteul, de Marsella, se reunió con Pío XII para pedirle ayuda a fin de rescatar a los judíos de la Francia ocupada. Un mes antes, el propio Maglione admitía que se estaba perpetrando un genocidio contra el pueblo judío:

    Judíos. Situación horrible. 4,5 millones de judíos en Polonia antes de la guerra (...) No puede haber duda de que la mayoría ya ha sido liquidada. Campos de la muerte especiales en Lublin (Treblinka) y cerca de Brest Litovsk. Transportados allí en vagones de ganado, herméticamente cerrados.

    (V. John Conway, "Catholicism and the Jews during the Nazi period and after", en Otto Kulka & Paul Mendes-Flohr, Judaism and Christianity Under the Impact of National Socialism, The Historical Society of Israel and the Zalman Shazar Center of Jewish History, Jerusalem, 1987, p. 445).

    En octubre fueron los propios judíos de Roma los deportados.

    El debate acerca de lo que el Papa hizo o dejó de hacer por los judíos durante la Segunda Guerra Mundial sigue abierto. Sea como fuere, lo cierto es que el silencio de Pío XII no tuvo por causa la ausencia de información.

    Por JULIÁN SCHVINDLERMAN, autor de ROMA Y JERUSALEM. LA POLÍTICA VATICANA HACIA EL ESTADO JUDÍO. En LD

  4. #24
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    Predeterminado El sucedáneo de la religión y sus mandamientos ¿democráticos?

    El cristianismo está pasado de moda. La Verdad promulgada por Cristo no cabe en una sociedad con mecanismos democráticos. La única instancia de autoridad moral es la legislación promulgada por un parlamento. La Iglesia debe renunciar a sus intentos de adoctrinamiento social y recluirse en las sacristías. Por extensión, el cristiano que en el siglo XXI siga empeñado en confesar su fe no debería manifestarla más allá del zaguán de su casa.

    Ejercer un cargo político y ser al mismo tiempo coherente con un credo son realidades incompatibles. No se debe contradecir al poder: la única religión posible es la obediencia al omnipotente Estado. Todo aquel que piense por libre, que busque seguir la luz de su conciencia, debe ser condenado al desprecio, por apestado social e intolerante. Esta lista de tópicos que encadenan el juicio crítico de nuestra sociedad podría enriquecerse con más matices, pero sirve como diagnóstico del panorama intelectual en el que vivimos.

    ¿Puede el hombre moderno recuperar su derecho a pensar y su deber de hacerlo? ¿De dónde arranca la uniformidad cultural en la que la libertad de usar la razón es considerada disidencia social? ¿Puede volver a articularse una sana convivencia entre las revelaciones divinas y la capacidad de juicio de los hombres? ¿Existe una carta de ciudadanía para los hombres de bien que siguen siendo fieles a su fe en Dios? ¿Cómo debe reaccionar la Iglesia multisecular ante estos grandes retos actuales? Estos interrogantes y otras cuestiones de hondo calado son abordadas en el último libro de Alfonso García Nuño, Religión en una democracia frustrada. El autor, jurista y teólogo, ha hecho una cuidada recopilación de artículos que previamente había publicado en el desaparecido suplemento "Iglesia" de esta casa.

    García Nuño califica como "pensamiento incidental" su propia producción. Quizás ese sea uno de los grandes logros de la hondura razonadora que alcanza: el haber sabido partir de los incidentes de la vida diaria para después iluminarlos con una luz que rebasa lo inmediato y hunde sus raíces en una rica tradición filosófica y teológica.

    En el momento histórico en el que gozamos de un mayor acceso a cualquier tipo de información, se ha hecho tarea indispensable recuperar la capacidad de juicio. Cada vez más se extiende, como una inmensa mancha de aceite, un pensamiento único hijo de la moda reinante o fruto de elaborados planes ideológicos al servicio de intereses políticos o económicos. Necesitamos volver a degustar nuestra capacidad de análisis, nuestra posibilidad de diseccionar la realidad que nos rodea y de decidir qué destino queremos seguir en nuestra vida. Pero esta tarea no en sencilla, en un ambiente cultural en el que impera el relativismo y, con él, la consideración de que cualquier idea tiene el mismo valor, independientemente de su contenido. ¿Cómo invertir esa tendencia a narcotizar el pensamiento libre? ¿Cómo no desistir del derecho a ser librepensadores?

    Este libro va poniendo el dedo en la llaga de las grandes cuestiones irresueltas de nuestra sociedad. Consideremos, por ejemplo, una realidad con la que convivimos habitualmente: la filosofía moderna, que promulgó la muerte de Dios y con él de cualquier absoluto, pensó que el hombre quedaría así completamente liberado. Las consecuencias, sin embargo, han sido otras: proliferan los absolutos que van esclavizándonos con o sin nuestro consentimiento. Quizás el máximo exponente de esta situación sea la consolidación irremediable de un Estado omnipresente y omnipotente, que rige la vida de los individuos hasta invadir el fuero más íntimo de su conciencia. La paternidad de un Dios creador ha sido sustituida por un papá Estado que sabe lo que conviene y lo impone, con todo el peso de la ley. En ese sentido, no cabría en el marco democrático una religión que aspire a conocer y a promulgar la Verdad. Porque si la Verdad ha muerto, si no existe, sólo quedan las opiniones individuales y, como consecuencia, vencerá quien logre imponer su opinión a los demás. La atomización social que se deriva de estos planteamientos es evidente: cuando no se reconoce la posibilidad de unos derechos naturales al hombre, es imposible una búsqueda conjunta del bien común y reinan las filias y las fobias de cada individuo.

    Probablemente uno de los puntos neurálgicos que da unidad a este mosaico de artículos es una idea lúcida: la premisa de que el cristianismo no está desgajado de lo humano, es decir, la posibilidad de que Dios no sea enemigo del hombre sino luz para su humanidad. La recuperación de un sentido trascendente obliga al ser humano a salir de sus pequeñas mezquindades y a construir su vida y la historia con la mirada puesta en lo mejor. De hecho, el motor del conocimiento (ya lo descubrió la sabiduría griega) es el diálogo: pero éste sólo es posible cuando uno está dispuesto a renunciar a sus planteamientos, honradamente, si descubre otras ideas mejores, más acordes con la condición del hombre o con el bien de la sociedad en la que vive. En este libro queda patente que el primer diálogo necesario es el de uno consigo mismo: el autor nos va mostrando su propio itinerario intelectual, en el que se aprecia un contraste continuo de opiniones y de interpretación de datos, así como un fecundo coloquio con la preciosa tradición de nuestro pensamiento cultural. Tal ejercicio nos provoca irremediablemente a recuperar el mítico deseo: sapere aude!

    Frente al pensamiento mascado, García Nuño nos lanza el desafío a la razón y toma como maestro de lujo a Pero Grullo. Resulta extremadamente atinado este primer escalón: la reivindicación indispensable del sentido común, para vadear las bagatelas ideológicas y enfrentarse sin tantos tópicos a nuestra realidad personal y social. A este logro se une una fina ironía, tan necesaria para un distanciamiento prudente de la actualidad más inmediata. Así mismo, late un denodado esfuerzo por desenmascarar el carnaval de palabras en el que vive nuestra sociedad. De hecho, la manipulación lingüística puede considerarse uno de los instrumentos más eficaces de confusión intelectual, para un hombre masa que, como denuncia el autor, "ha delegado el ejercicio de su conciencia". Por último, García Nuño ha acertado a brindar multitud de ejemplos de vidas concretas: algunas de relevancia pública pero también de personas anónimas. La mayor sacudida para sacarnos de la mediocridad reinante es, posiblemente, el ansia de imitar vidas heroicas y de evitar biografías estériles.



    ALFONSO GARCÍA NUÑO: RELIGIÓN EN UNA DEMOCRACIA FRUSTRADA. Voz de Papel (Madrid), 2010, 222 páginas.

    Por TERESA GUTIÉRREZ DE CABIEDES, periodista, doctora en Comunicación Pública y escritora.

  5. #25
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    Predeterminado Hallados casi un millón de euros en el monasterio de la tercera autoridad budista

    EFE / Nueva Delhi

    Los monjes no han justificado la procedencia del dinero aunque una parte iba destinada a comprar tierras

    La Policía india está investigando la procedencia de 1,3 millones de dólares (unos 950.000 euros) -en distintas divisas- hallados en billetes durante un registro del monasterio del karmapa, la tercera mayor autoridad budista, en el norte indio.

    El registro del monasterio del karmapa tuvo lugar este jueves en la ciudad norteña india de Dharamsala, en la que viven miles de refugiados tibetanos con el propio Dalái Lama, el líder espiritual del budismo, a la cabeza, de acuerdo con fuentes policiales.

    En declaraciones citadas por la agencia india IANS, el director de Policía D. S. Minhas afirmó que la operación comenzó el miércoles, después de que sus agentes hallaran unos 200.000 dólares al contado en manos de dos personas relacionadas con el monasterio. De acuerdo con sus investigaciones, el dinero iba a ser supuestamente usado para pagar unos terrenos en nombre de los funcionarios del monasterio en el que reside Ugyen Trinley Dorjee, que es el 17º karmapa.

    Ya en el monasterio, la Policía halló sumas al contado en 25 divisas, así como documentos de propiedad y cheques de viajes, afirmó Minhas, que reveló que uno de los ayudantes del líder tibetano ha sido detenido.

    Huidos del Tibet

    Según la agencia india PTI, las autoridades indias están ahora investigando si el karmapa mantenía contactos con China para ayudar a Pekín a controlar los monasterios budistas del norte de la India.

    El actual karmapa, líder espiritual de la escuela karma kagyu, una de las cuatro sectas del budismo, huyó de Tíbet (China) en enero del 2000, y se instaló en el monasterio Gyuto Tantric, situado en las cercanías de Dharamsala.

    En El Periódico de Catalunya

  6. #26
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    Predeterminado Benedicto XVI dice que Jesús separó para siempre la religión de la política

    EFE / Roma / El Periódico de Catalunya

    Benedicto XVI afirma que la Resurrección de Jesús es un hecho históricamente creíble y que los judíos no fueron los culpables de su condena a muerte, en la segunda parte de su libro Jesús de Nazaret que ha salido hoy a la venta.

    El Papa manifiesta Jesús, con su anuncio del Reino de Dios, "creó una separación definitiva entre la dimensión religiosa y la política, una separación que ha cambiado el mundo". Recuerda que hasta entonces esas dos dimensiones eran inseparables y que en su condena pesó no solo la preocupación política, sino "el desmedido afán egoísta de poder del grupo dominante". Señala que Jesús no fue un "revolucionario político" y que su mensaje y su comportamiento no constituyeron un peligro para el dominio romano.

    Resurrección universal
    El papa teólogo asegura que Jesús resucitado no es alguien que haya regresado a la vida biológica normal y después, según las leyes de la biología, deba morir de nuevo. Si la resurrección no hubiera sido mas "que el milagro de un muerto redivivo no tendría para nosotros en ultima instancia interés alguno, no tendría mas importancia que la reanimación por la pericia de los médicos de alguien clínicamente muerto".

    "La resurrección de Cristo es un acontecimiento universal", dice el papa que añade que si hubiese sido inventada se hubiera insistido "en la plena corporeidad, en la posibilidad de reconocerlo inmediatamente", cuando Jesús "no ha retornado a la existencia empírica, sometida a la ley de la muerte".

    En el libro, de 396 paginas y editado en siete idiomas, Benedicto XVI narra la semana de pasión de Cristo y va desde la entrada en Jerusalen hasta la resurrección. Exonera a los judíos de ser los culpables de que Jesús fuera condenado a muerte y señala que, cuando en el Evangelio de Mateo se habla de que "todo el pueblo" pidió la crucifixión de Cristo, "no se expresa un hecho histórico". "¿Cómo habría podido todo el pueblo (judío) estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?", se pregunta el papa, quien reconoce que esa errónea interpretación ha tenido "fatales" consecuencias, en referencia a las continuas acusaciones de deicidio a los judíos durante siglos, que propició su persecución.

    Nueva interpretación
    El papa precisa que la "realidad" histórica aparece más correcta en los evangelios de Juan y Marcos. "Según Juan, fueron simplemente los judíos, pero esa expresión no indica para nada que se tratase del pueblo de Israel como tal y menos que tuviera un carácter racista", escribe."Juan era israelita, como Jesús y todos los suyos. En Juan esa expresión tiene un significado preciso y rigurosamente limitado, se refiere a la aristocracia del templo (de Jerusalén)", explica el papa Ratzinger.

    Sobre la Última Cena, Benedicto XVI afirma que no fue una cena pascual según el ritual judío y que Cristo fue crucificado no el día de la fiesta judía, sino en la vigilia.

    Arrepentimiento de Judas
    Respecto a la figura de Judas, Benedicto XVI escribe que Satanás entró en él y no logró liberarse y explica que, además de la traición, su segunda tragedia fue no lograr creer en el perdón. "Su arrepentimiento se vuelve desesperación. Solo se ve a sí mismo y sus tinieblas, no ve más la luz de Jesús. Su arrepentimiento es destructivo, no verdadero", afirma el papa.

    En el libro también se refiere al Reino de Dios y asegura que solo la verdad puede llevar a la liberación del ser humano y que las grandes dictaduras únicamente viven gracias a la mentira ideológica.

  7. #27
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    Predeterminado Preguntas

    Hubo un tiempo en que preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos era algo que importaba a todo el mundo. Eran las preguntas que hacían avanzar el pensamiento y que impulsaban la civilización. Ahora ya no parecen importarle a nadie.

    A lo largo de los siglos algunas de estas preguntas dieron un sentido trascendente a la existencia de hombres y mujeres que luchaban por superar su ignorancia y descubrían con avidez el mundo del conocimiento. Algunos buscaron todas las respuestas en Dios; otros empezaron a creer en las posibilidades ilimitadas del hombre y de la ciencia; otros se esforzaron en hacerlos compatibles. Pero parece bastante evidente que ni unos ni otros comenzaron a hallar respuestas hasta que se plantearon las preguntas.

    Hoy, en cambio, preguntarse sobre el sentido último de las cosas es objeto de burla y de desprecio. Todo lo que afecta al espíritu, lo que no da un rendimiento material, está pasado de moda. sobre todo en Catalunya, que en los últimos años se ha convertido en la comunidad europea menos interesada en la espiritualidad. Aunque tal vez la ha sustituido por una visión más light o emocional.

    Este desinterés ha aumentado de forma paralela al desinterés por la religión y constituye el signo distintivo de la sociedad catalana nacida de la llamada tercera oleada de secularización. Cuando la generación de la transición, protagonista de la anterior oleada, se desentendió de la religión, se apartó de algo conocido. La actual oleada no rompe con la religión, simplemente la ignora y seguramente no tiene ni interés ni capacidad, ni tan siquiera el lenguaje básico para plantearse ninguna pregunta.

    Lo confirman los últimos estudios sobre la práctica religiosa, como la completísima Encuesta Europea de Valores, cuyos datos referidos a Catalunya han sido interpretados por Javier Elzo y Ángel Castiñeira en Valors tous en temps durs: sólo un tercio de los catalanes son creyentes institucionales (practicantes) y la cifra se reduciría drásticamente si elimináramos del estudio a los mayores de 65 años, a los nacidos fuera de Catalunya y a quienes sólo tienen estudios primarios. Todavía son más radicales las conclusiones del sondeo del Instituto de la Juventud, presentado la semana pasada, según el cual sólo un diez por ciento de los jóvenes españoles de 15 a 29 años son católicos practicantes; Catalunya lidera con Madrid y Euskadi esta desafección religiosa.

    Si preguntarse por el sentido de las cosas fue el preámbulo del desarrollo humanístico de nuestra civilización, olvidarse de estos razonamientos está en el origen de la crisis del humanismo y de los valores. Muchos profesores explican las enormes dificultades a las que se enfrentan para explicar a los jóvenes algunos conceptos no materiales. Las dificultades para teorizar y reflexionar sobre lo espiritual, lo filosófico, lo abstracto, acaban haciendo imposible el debate sobre valores tradicionalmente asociados a las enseñanzas de la religión. Hasta la distinción entre el bien y el mal encuentra serias dificultades en algunos segmentos de población poco entrenados en la abstracción filosófica.

    Algunos sostienen que mientras se mantengan los principios básicos de comportamiento que antiguamente se vinculaban con la ley natural es suficiente. Durante un tiempo parecían tener razón. Pero me temo que hoy esos principios también han dejado de ser referentes morales y están tan en desuso como los de la religión.

    No me sorprenden los datos de las encuestas, pero no comparto las interpretaciones casi triunfalistas que algunos analistas hacen de “la privatización de la religión”. Quizás ha sido confinada a la esfera de lo privado por pereza y ha sido desprovista de influencia en el comportamiento público para eludir ciertos compromisos morales. Defiendo que el Estado se quede al margen en cuestiones religiosas. Pero a los ciudadanos los prefiero con convicciones. Y si esas convicciones están basadas en las enseñanzas del Evangelio, no tan sólo no me parece mal, sino que me quedo bastante más tranquilo.

    No soy ni ateo, ni agnóstico, ni católico practicante. Supongo que en realidad no soy ni creyente, al menos no en un sentido ortodoxo. Tengo muchas dudas y me sigo haciendo muchas preguntas.

    Creo que pertenezco a los llamados católicos culturales, es decir, los que creímos que podíamos quedarnos con los principios y desechar la práctica religiosa. Tal vez somos responsables del panorama actual porque combatimos la jerarquía y los dogmas sin pensar en modelos alternativos y sin tener en cuenta que muchas personas quieren que alguien dicte las pautas morales.

    No sé si estoy legitimado para lamentar la situación. A veces me gustaría vivir mis dudas en un mundo en el que todos los demás tuvieran fuertes convicciones religiosas, aunque eso, claro, es un deseo poco coherente.

    Pero reivindico la vertiente espiritual de nuestra existencia. Y proclamo también la necesidad de seguir haciéndome preguntas. Las que en muchas partes del planeta han dejado de hacerse por un creciente fanatismo. Las mismas que en Catalunya parecen prohibidas por una gran soberbia intelectual.O por una tremenda incultura.

    Rafael Nadal, en La Vanguardia.

  8. #28
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    Predeterminado Un gran artículo de Vargas Llosa coronó la visita del Papa

    Santo Padre...

    Una parte del Gobierno español se portó bien. Otra parte hizo todo lo posible para que jóvenes católicos y laicos se enzarzaran en una pelea violenta en la Puerta del Sol, tal vez con sangre derramada, lo que hubiera comprometido el éxito de la JMJ. No se alcanzó el tórpido propósito porque los jóvenes católicos -ellos y ellas- ante las agresiones verbales y físicas se arrodillaron y se pusieron a rezar. Aguantaron las chicas los insultos soeces, la lluvia de los improperios, la tormenta de los condones arrojados sobre sus rostros. Después se retiraron de la Puerta del Sol en orden y silencio, mientras algunos energúmenos laicos, no todos, claro, chasqueados en sus propósitos, se enfrentaban con la policía.

    Sin embargo, algo consiguieron los provocadores y el sector del Gobierno que los amparó. Las 140 organizaciones que convocaron la manifestación apenas reunieron a 3.000 personas. Más de 1.500.000 acompañaron a Vuestra Santidad. Pero en la inmensa mayoría de los programas de televisión y de radio se equipararon ambas manifestaciones. En las tertulias y debates posteriores se enfrentó a un manifestante católico con un manifestante laico, cuando la proporción real debió ser de quinientos a uno.

    En todo caso, Vuestra Santidad puede sentirse satisfecho del éxito de las jornadas de Madrid, organizadas de forma admirable por el cardenal Rouco Varela, que cuenta hoy con el respaldo de la inmensa mayoría de los fieles españoles, por su humildad, su rigor intelectual, su atención permanente a los más desfavorecidos. Es lástima que nadie recuerde a los «indignados» la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II. En esa erizada encíclica, vuestro antecesor denunciaba, con anterioridad a la crisis, el capitalismo salvaje, es decir, «el capitalismo sin límites ni regulación, que desboca los egoísmos privados con grave perjuicio para el ciudadano medio», como ha subrayado algún intelectual con las antenas en su sitio. La sociedad de libre mercado, en efecto, crea riqueza y prosperidad si se controla convenientemente porque ni la fabricación de medicamentos ni la de automóviles ni la alimentación ni los Bancos en que se depositan los ahorros pueden quedar sin regulación y al arbitrio de los egoísmos empresariales. Ciertamente, el Estado debe regular la sociedad de libre mercado, lo menos posible, pero sí lo necesario.

    Mario Vargas Llosa, Santidad, cree que no se puede demostrar la existencia de Dios. Cree también que no se puede demostrar que Dios no exista. Por eso es agnóstico, no ateo. Pues desde su agnosticismo ha publicado el más certero, el más bello, el más influyente artículo de cuantos ha suscitado la visita de Vuestra Santidad a España. «Creyentes y no creyentes -ha escrito- debemos alegrarnos del éxito de la visita del Papa a Madrid. Mientras no tome el poder político, la religión no solo es lícita sino indispensable en una sociedad democrática».

    Luís María Ansón, en El Mundo

  9. #29
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    Predeterminado Ovación para Malick y su árbol

    Los políticos deberían conocer bien la Historia, pero no para repetir sus errores. Hoy, por ejemplo, nuestros líderes deberían conocer El pensamiento europeo en el siglo XVIII, célebre ensayo donde Paul Hazard afirma que los ilustrados fueron críticos hasta la extenuación, y que el centro de su crítica tenía un nombre propio: Jesucristo. Hazard explica a continuación que el siglo XVIII no se contentó con la Reforma de Lutero: “Lo que quiso fue abolir la Cruz, borrar la idea de una comunicación de Dios con el hombre, de una Revelación. Quiso destruir una concepción religiosa de la vida”.

    Sin embargo, al no poder negar la enorme evidencia de la cultura cristiana, la obsesión ilustrada centró su crítica en identificar cristianismo e intolerancia. Así, Voltaire, a pesar de ser un historiador agudo, a la hora de explicar guerras, persecuciones y conflictos sociales tomó el rábano por las hojas y magnificó unos motivos religiosos que, en realidad, encubrían lo de siempre: maniobras del poder político. Dos siglos más tarde, también en París, el periodista André Frossard, hijo del primer secretario del Partido Comunista francés, educado en el más estricto ateísmo, descubrirá que la Iglesia está en las antípodas del cliché volteriano. Le cedo la palabra en este párrafo antológico, tomado de su libro Dios existe, yo me lo encontré: “¿Cómo hubiera podido yo aprender algo útil y verdadero sobre la Iglesia? Voltaire y Rousseau no la habían elogiado, y yo solo leía a Voltaire y a Rousseau desde los doce años. Mis libros solamente me habían hablado de ella en términos difamatorios: mientras se agarraban a sus pequeñeces y acentuaban sus faltas, olvidaban sus buenas obras e ignoraban sus grandezas. Mis libros no me habían dicho que, si la Iglesia no siempre había arrostrado en este mundo el buen combate, por lo menos había guardado la fe, y que únicamente la fe nos había hecho amistosa esta tierra. No me habían dicho que la Iglesia nos había dado un rostro a quienes no sabemos con exactitud si somos dioses o gusanos cenagosos, si somos el adorno supremo del Universo o un débil retorcimiento de moléculas, en una parcela de fango perdida en un océano de silencio. La Iglesia sabía –y constatamos que era la única en saberlo en este siglo de terror– lo que son la deportación y la muerte; sabía que el hombre es un ser que no cuenta finalmente más que para Dios”.


    Creo que la recuperación de la verdad histórica también debe mostrar –como lo plantea Chesterton– el desafío de la fe cristiana a las leyes de la supervivencia histórica. Todos los argumentos de Historia comparada, analogía y probabilidad nos dicen que la civilización occidental tendría que haber desaparecido con el hundimiento de Roma. Sin embargo, en el preciso momento en que el Imperio Romano iba a morir –como murieron Egipto y Persia, Asiria y Babilonia–, algo penetró en su cuerpo y transformó el barco hundido en un submarino. Bajo las aguas, el submarino capeó el temporal y volvió a la superficie siglos más tarde, recién pintado y deslumbrante, de nuevo con la cruz en lo alto.

    Si la fe cristiana hubiera sido un producto del decadente Imperio, se habría desvanecido con él. Muy al contrario, la Iglesia congregó a los pueblos que ignoraban cómo se levantan los arcos, y les enseñó el románico y el gótico. Por eso, lo más ridículo que puede decirse de una Iglesia que nos libró de tiempos muy negros, es que ella fue oscura y quiere hacernos retroceder al oscurantismo. Sin embargo, a eso se dedican, desde hace décadas, innumerables novelistas, guionistas y directores de cine.

    Terrence Malick, por fortuna, juega limpio y se atreve a filmar justamente lo contrario. El árbol de la vida es, de entrada, una extraordinaria reflexión sobre el sufrimiento humano, sobre la tragedia insoportable que te obliga a preguntar “por qué” durante el resto de tus días. Pero es –también y sobre todo– la delicadísima oración de una madre con el corazón en carne viva. Sólo la he visto una vez, y juraría que su asombroso guión está inspirado en Platón, San Agustín, Pascal… El Platón que reduce todo el quehacer filosófico a una meditación sobre la muerte. El Agustín del fecisti nos ad Te, Domine… El Pascal abrumado por la inmensidad del Universo, agazapado en un rincón del Cosmos, que solo reconoce dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen.


    Lejos de Stephen Hawking y a años luz del radical Richard Dawkins, Malick no presenta a los seres humanos como primates que han evolucionado al azar, en un mundo donde sólo les espera la muerte. Ha logrado, por el contrario, una película de factura perfecta y belleza apabullante, imposible de apreciar en pantalla pequeña. Una sinfonía de imágenes armada sobre el guión de un doctor en Filosofía por Harvard, capaz de enfrentar con solvencia las inmensas y eternas preguntas de todo ser humano.

    José Ramón Ayllón, filósofo y escritor. En La Gaceta

  10. #30
    Fecha de Ingreso
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    la hermosa caracas
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    Predeterminado Se apoyan mutuamente

    Bueno por mi parte, pienso que el estado y la religión en ves d separas están unidas ya que una le conviene la otra y viceversa o sea uno depende del otro, aunque ambos son política los dos dirigen grandes masas o bueno la misma masa jejeje bueno como decía la política satisface deseos de la religión económicamente y la religión aunque no lo crean muchas veces apoya a dirigentes y gobernantes por su propio bn económico y lo polito gracias a la ayuda de los padres y personas importantes del clero tienen mas influencia.

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