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Ver la Versión Completa : Efectos de la crisis



econobolsa
06/01/2009, 14:39
Con un crecimiento económico estimado en el 1,9% por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), este año se presenta difícil para la región.

A finales del año pasado, el director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, señaló su preocupación por los impactos del huracán financiero en economías como la latinoamericana. "Los países de economía emergente no solo deben enfrentarse a la baja de sus exportaciones y a un retroceso de la confianza, sino que también son las últimas víctimas de la crisis financiera", señaló.

La mayoría de las economías regionales encuentran un alto sustento en sus ventas externas, que en su mayoría corresponden a materias primas (commodities). Y ese es uno de los obstáculos que América Latina deberá enfrentar, ya que los precios de las commodities han experimentado fuertes bajas durante los últimos meses.

Otro de los problemas que puede afectar al continente es la incapacidad de buscar mecanismos de crédito. Una reciente publicación del Banco de España señalaba que "la crisis financiera internacional ha llegado con intensidad y de lleno a los mercados latinoamericanos, los que experimentarán un punto de inflexión que obligará a cambiar las previsiones sobre el crecimiento económico en la región"

agente t
02/02/2012, 17:50
F. González: "Poner más dinero público en las cajas intervenidas es perder el tiempo"

El presidente del BBVA asegura que su banco podrá cumplir con todos los requisitos impuestos tanto por el Gobierno como por la UE.

D. SORIANO-LD 2012-02-02

La reforma del sistema financiero que este jueves por la tarde Luis de Guindos presentará en el Ministerio de Economía ha monopolizado la rueda de prensa de Francisco González. El presidente del BBVA, aunque ha asegurado que no tiene "ni idea" de lo que propondrá el Gobierno, sí ha lanzado varios mensajes sobre por dónde cree él que irá el futuro del sector y de su entidad tras este nuevo cambio regulatorio: "Van a quedar 6-7 grandes entidades", "sería un error poner dinero bueno sobre dinero malo" o "el BBVA podrá cumplir con las nuevas exigencias sin vender ningún activo estratégico".

Las líneas generales trazadas por González podrían resumirse en: sí a las ayudas para las entidades solventes y para otorgarle solidez al sector, pero nada de seguir poniendo dinero a fondo perdido para los que sean manifiestamente insolventes. De esta manera, el presidente del BBVA ha asegurado que no le importaría "destinar dinero público para que una entidad viable sea más fuerte, pero lo que no se puede hacer es poner dinero en una entidad no viable y esto ya se ha hecho. Es un error que no se debe repetir".

Por eso, alerta de que seguir metiendo fondos del Estado en cajas intervenidas "es perder el tiempo" y asegura que en el caso de que estas entidades no puedan alcanzar los nuevos requisitos de solvencia requeridos por el Gobierno y las autoridades comunitarias, "deberán ser subastadas".

González ha asegurado que prefiere "competir con entidades más fuertes, con una dirección con grandes profesionales" (un dardo que parecía ir directamente a la línea de flotación de las cajas de ahorros, que han mantenido su estructura a lo largo de toda la crisis): "Queremos tener un sistema financiero eficiente lo más pronto posible". ¿Cuándo? "Cuánto más rápido mejor. Un plazo de un año yo creo que es razonable".

Fusiones: Evidentemente, a lo largo de toda la conversación con la prensa acerca del plan de reestructuración del Gobierno, planeaba la posibilidad de alguna fusión. González ha ofrecido su pronóstico, apostando por un futuro a medio plazo con "seis o siete entidades fuertes" compitiendo en España, sin descartar algunas otras de menor tamaño. En este sentido, ha pedido que los nuevos bancos que surjan de este proceso sean "sólidos y solventes, pero no sistémicos".

Precisamente, ésta última cuestión es la que le ha llevado a rechazar la posibilidad de una fusión con Bankia, la pieza más codiciada del mercado. "Es muy difícil", ha dicho de esta operación, aunque no ha cerrado la puerta a otras opciones: "Vamos a analizar cada posibilidad y lo haremos si hay una oportunidad que cree valor para el accionista". En este sentido, ha apuntado a que hay zonas de España en las que su banco tiene más presencia que en otras y que sería en estas últimas donde, por lógica, más opciones habría a una posible compra (esto podría apuntar hacia alguna operación en Levante o Cataluña).

Activos inmobiliarios: la parte más delicada de las cuentas bancarias españolas es la que hace referencia a los activos inmobiliarios. González ha abogado porque este tipo de activos se saquen a la luz y se pongan "a precios de mercado". Es una decisión "importante" ("hay que hacerlo bien", ha dicho"), pero que en su opinión generaría un aumento de la confianza en el sistema financiero en su conjunto. Además, ayudara a sacar al mercado muchos de esos pisos que ahora no se ponen a la venta para no reconocer las pérdidas en los balances. En su caso, ha asegurado que podrán sacar sin problemas las provisiones necesarias, "sean cuales sean" las condiciones que imponga el Gobierno respecto de estos activos.

Grupo BBVA: sin duda, la parte más contundente de su intervención ha sido la dedicada a defender las cuentas de su entidad. "Estamos en el mejor momento de nuestra historia desde que yo soy presidente, hace 16 años", ha asegurado González, que no ha dudado en señalar que salen "fortalecidos de la crisis". Por eso, ha repetido en varias ocasiones que no van a vender "ningún activo estratégico", para captar capital, tanto para cumplir con lo que este jueves pida el Gobierno como para llegar a los requerimientos de capital que la UE ha exigido para el verano. El nivel de cumplimiento de la Autoridad Bancaria Europea (EBA) es del 9%. El BBVA en estos momentos tiene 8,7% y le faltarían 1.000 millones que conseguirá "sin problemas" en este semestre, según su presidente.

Todo esto hace que su grupo destaque, en su opinión, "por su solidez": "Nunca hemos tenido cerrados los mercados y tampoco hemos vendido activos estratégicos". De hecho, ha destacado que los gastos han subido un 11% y ha asegurado que "no hemos dejado de invertir un solo euro que nos pueda dar beneficios en el futuro". Por eso, los resultados son para González "sólidos" y muy resistentes", pese a la caída de los beneficios y permitirán, también este año, repartir un dividendo por acción de 0,42 euros.

En lo que no ha dado buenas noticias ha sido en la parte del crédito. González asegura que su entidad sigue "en condiciones" de prestar dinero, "es nuestro negocio" ha dicho, pero que no tienen "demanda". "Las tuberías las tenemos secas", ha sido la expresión que ha utilizado, para describir la situación a la que se enfrentan sus entidades.

agente t
08/02/2012, 17:06
Como otras veces, me detuve ante al telefonillo intentado recordar si era el piso B o el D. Siempre me asalta la misma duda: B de Barcelona o D de Dinamarca. Creo que pulsé los dos timbres a la vez. Había llamado anunciando mi visita y supuse que me abrirían enseguida. Sonó el zumbido de moscardón, empujé la puerta y fui en busca de las escaleras. Al llegar al segundo, encontré la puerta entreabierta, y sin avisar, me metí directamente en el salón. El piso estaba en penumbra y tuve una sensación extraña. Miré a mi alrededor tratando de identificar el sofá y los estores, pero no alcancé a fijar la vista porque oí a mis espaldas un ruido seco. Al darme la vuelta vi el bulto de una mujer que se abalanzaba atropelladamente sobre mí. No tuve ni tiempo de protegerme. Sin mediar palabra, me sacó del piso a empellones, utilizando esa fuerza bruta que aparece en los momentos más inesperados. Con el último empujón alcancé el descansillo. Una vez ahí, la mujer dio un portazo y trancó a mis espaldas. El impulso hizo que bajara las escaleras de tres en tres. Estaba confusa e indignada. Ya en la calle, comprobé que no sólo me había equivocado de piso, sino de portal.

Eso fue un par de años atrás. Pero este invierno, me encontraba yo a la puerta de un centro comercial esperando un coche cuando ocurrió la segunda versión del mismo incidente. Anochecía y los perfiles de las cosas se diluían en la oscuridad. Desde que padezco glaucoma odio el crepúsculo. El amanecer quizás también, pero no he tenido ocasión de comprobarlo porque coincide con mi sueño más profundo. El caso es que aquella tarde, distraída con mis pensamientos, no caí en la cuenta de que el coche que venía a recogerme había aparcado y me alertaba con un toque de claxon. Abrí la portezuela y me acomodé con las bolsas entre las piernas mientras palpaba el cinturón de seguridad. Fue entonces cuando me sorprendió un manotazo. Era otra mujer, esta vez una mujer con móvil. Alcancé a ver su cara aterrorizada y el brazo que caía repeditamente sobre mi cabeza. También ella me sacó del coche a tortazos ante el regocijo de la gente que me miraba como se mira a una ladrona pillada in fraganti. Pero eso no ha sido todo. Hace menos de una semana, cruzando un paso de cebra, trastabillé y sin darme cuenta, tiré del abrigo del hombre que iba a mi lado. Todavía corre, el pobre.

La crisis ha disparado el miedo de la gente. Hasta el último paria tiene hoy sueños de grandeza con los ladrones

Carmen Rigalt, en El Mundo

agente t
30/05/2012, 19:07
Lo peor de esta crisis es que nos vamos metiendo en una espiral de pesimismo que acaba en que sólo percibimos todo lo malo que hay a nuestro alrededor. A mis 57 años, esa sensación empieza a ser angustiosa porque van desapareciendo todas las personas y las cosas que han formado parte de mi vida. Mi padre murió hace más de dos décadas, mi mejor amigo falleció hace 15 años de cáncer y han desaparecido mis abuelos, mis tíos y los seres cercanos que yo más quería en mi infancia.

Cuando voy a Miranda de Ebro, mi pueblo natal, siento una nostalgia irreprimible porque cada calle y cada esquina me recuerdan un pasado lejano que ya no volverá jamás. Tengo la impresión de que lo único que queda de algunas personas muertas es el recuerdo que yo guardo de ellas. Nunca olvidaré la reacción de mi abuela materna cuando mi padre llevó un televisor Marconi a casa, allá por el año 1961. Tenía casi 80 años y no podía entender los misterios de la electrónica, de suerte que le preguntaba al hombre del tiempo si iba a llover al día siguiente.

Como ya he escrito en más de una ocasión, el pasado se va haciendo algo dolorosamente cercano mientras el presente cobra aires de irrealidad. Como soy un incorregible pesimista pero no un paranoico, me doy cuenta de que el problema no es que la sociedad vaya a peor sino que tengo una tendencia muy marcada a la inadaptación a los cambios. Reconozco que hoy vivimos mucho mejor que hace 40 años, pero yo era entonces más feliz. Obviamente porque era joven y luchaba por todo aquello que no existía en la dictadura de Franco.

Si cuando vine a Madrid a estudiar periodismo en 1972 alguien me hubiera mostrado cómo iba a ser la España de 2012 no me lo habría podido creer. Hemos alcanzado un nivel de prosperidad, libertad y riqueza que entonces era impensable, pero la tragedia es que todo eso se desploma y, por primera vez en nuestra vida, padecemos un fuerte retroceso en el bienestar material al que nos hemos acostumbrado.

Me da la impresión de que, igual que me sucede a mí con esa enfermedad incurable de la nostalgia, este país no ha asimilado todavía la situación y se refugia en un pasado que no volverá. Esa dulzura de vivir en la época de antes de la Revolución de la que hablaba Talleyrand es la que también nosotros hemos perdido para siempre. Nos han tocado unos tiempos convulsos y, desgraciadamente, no hay un manual para afrontarlos.

Es duro acostumbrarse a la incertidumbre, pero no nos queda otro remedio porque hemos perdido el control sobre nuestras vidas por razones que tampoco llegamos a comprender. Ni hay soluciones milagrosas ni las cosas volverán a ser como eran. Sólo nos queda sobrevivir en un mundo regido por el azar y el caos.

Pedro G. Cuartango, en El Mundo

agente t
18/06/2012, 15:54
Samuel Beckett es el autor más triste que he leído, aunque después de acabar anonadado una novela de Coetzee he evitado las demás; perder la brújula en materia de hastío es malo para un lector y yo me siento seguro con la tristeza beckettiana. Gracias a esa fidelidad genérica he encontrado en Esperando a Godot -obra canónica del llamado teatro del absurdo- una representación bastante aproximada de lo que pasa en Europa.

Recordemos que la obra empieza con dos personajes en escena, Vladimiro y Estragón, que tras una charla sobre zanahorias y otras naderías se recuerdan a sí mismos y al espectador que están allí esperando a Godot. No sabemos nunca quién es Godot, pero en los 60/70 se decía que era una forma disminuida y caricaturizada de Dios (God). A saber. Lo único cierto es que en los dos actos de la obra sale un mensajero diciendo lo mismo: que Godot no puede llegar ese día pero que lo hará enseguida. También aparece un déspota llamado Pozzo que arrastra a un esclavo llamado Lucky. En el segundo acto, Pozzo cae a un pozo y se queda ciego, pero ni Lucky, ni Vladimiro, ni Estragón lo lamentan. Nadie sabe ni lamenta nada. Y sobre este paisaje de apariciones alucinadas se dibuja el acuerdo esencial de los dos pasmarotes: ahorcarse. Pero se olvidan de hacerlo. Y, así, sin noticias de Godot cae el telón, si hubiera telón. Cuando la vi, se dejaba el escenario con luz y que el público se largara cuando le pareciera. Pero no nos dejaron hacer noche en el patio de butacas. Nos falló la sindicación del absurdo.

Vladimiro y Estragón podrían ser Rajoy y Monti, cuyas promesas, incluido el suicidio, se les olvidan. Pozzo y Lucky podrían ser Alemania y Grecia, con el Esclavo alcanzando a ver la ceguera del Amo, pero sin provecho. Y cualquier bulto que, a discreción del director, deambule por la escena, será un país rescatado o rescatable. Pero lo importante es Godot, esa deidad difusa cuya llegada aguardamos por costumbre. Nadie sabe quién es, ni siquiera si existe, y los mensajes que envía son poco fiables; pero no llega y se le espera. Se dice que, tras anunciar la muerte de Dios, Nietzsche se volvió loco por el peso de su frase. Los países europeos, un tanto a lo loco, hemos llamado Europa a un dios que no pasa de Eurot, que no sabemos qué es o puede ser, salvo un remedio contra el vacío. Y lo peor de esta obra es que, esperando a Eurot e incluso con la escena vacía, hay que seguir pagando la luz.

Federico Jiménez Losantos, en El Mundo

agente t
29/06/2012, 16:46
Una de las peores consecuencias de la crisis económica es la merma de libertad. Sucede algo parecido con las guerras: por justas y necesarias que sean, lo primero para ganarlas es someter las libertades cotidianas a una férrea disciplina para derrotar al enemigo. Hace doscientos años, los españoles derrotaron al primer ejército del mundo, el de Napoleón. Para ello, entre 1808 y 1812, debieron renunciar a muchas libertades para seguir manteniendo vivo ese principio de libertad basado en la soberanía que de forma tan brutal habían aplastado los invasores. También muchos ingleses y norteamericanos debieron renunciar a no pocas libertades para derrotar política y militarmente a los nazis y preservar sus principios básicos: la libertad, la propiedad y la igualdad ante la ley. Nada hay menos libre que el Ejército. Nada más necesario muchas veces para preservar la libertad.

Esa contradicción brutal se atempera en crisis económicas como la actual, que no se resuelven o precipitan en guerras sino en ciertas formas de control social que, en teoría, deben sacarnos de la crisis pero que, hasta en el mejor de los casos, coartan nuestra libertad y limitan nuestra propiedad. En esta crisis, la primera víctima ha sido y es la propiedad, que está siendo saqueada mediante subidas feroces de impuestos que nos privan de bienes ganados honradamente y que son incautados por el poder político. ¿Para ayudar a los que han quedado en paro? También. Pero sobre todo a una casta política que con sus derroches y latrocinios -véanse las cajas de ahorro- nos han traído a esta ruina y no quieren hundirse en ella.

Cuanto más suben los impuestos, menos libertad tenemos para usar nuestro dinero; y para asegurarse el cobro, el Fisco, sacamantecas del poder político, reduce a los ciudadanos a súbditos del Antiguo Régimen. Con el discurso tramposo de la solidaridad, se atenta contra propiedades y libertades. Pero además se protege la impunidad, o sea, la desigualdad ante la ley, de los culpables de la crisis, que ahora nos dicen cómo vamos a superarla. Nos arruinan, nos esclavizan y, encima, nos dan lecciones de moral.

Federico Jiménez Losantos, en El Mundo