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Pompilio Zigrino
20/01/2012, 21:22
Subyacente a todo el pensamiento social, aparecen dos tendencias que se presentan como antagónicas y opuestas, tales la cooperación y la competencia. Desde la biología hasta la economía y la psicología social se tienen presentes a ambas para darle un fundamento concreto a las descripciones que se realizan acerca del comportamiento social del hombre.

Gran parte de las críticas que sufre el capitalismo derivan de su aparente adhesión a la competencia relegando a un segundo plano a la cooperación. Sin embargo, veremos que es conveniente razonar en base a hechos concretos en lugar de detenerse en razonamientos en base a palabras, ya que éstos son los indicados para hacer triunfar los planteamientos más absurdos rebatiendo las ideas más convenientes.

Las principales acusaciones que se emiten para descalificar al capitalismo, o economía de mercado, recaen, como se dijo, sobre el estímulo de la competencia empresarial y la posterior concentración de poder económico a la que llevaría tal competencia. También se le critica favorecer a quienes más tienen en perjuicio de los pobres proponiendo una mínima intervención del Estado. Incluso se dice que el mercado es un proceso anárquico; por mencionar las críticas más frecuentes.

Supongamos el caso de un pueblo que se encuentra distante varios kilómetros de cualquier otro conglomerado urbano. En ese pueblo existirá una panadería que proveerá de sus productos a los habitantes. Supongamos, además, que el dueño de ese establecimiento, al saber que no existe otro negocio similar, tienda a tratar, no de cooperar con su pequeña industria a la vida cotidiana de sus vecinos, sino a enriquecerse subiendo sin causa el precio del pan, quizás buscando competir socialmente con otros vecinos que tienen una mejor posición económica.

Es posible que durante cierto tiempo logre sus propósitos por cuanto, aun cuando duplique o triplique el valor del pan, seguirá siendo más conveniente para la población adquirirlo cerca de sus casas que viajar varios kilómetros hasta el pueblo más cercano.

Imaginemos que el verdulero y el dueño del corralón adoptan una postura comercial similar a la del panadero, duplicando y aun triplicando el precio de sus mercaderías por cuanto son los únicos que venden esos productos en el pueblo. Ante esta perspectiva, es posible que algunos habitantes opten por viajar en su automóvil, algunas veces por semana, hasta el pueblo vecino, para realizar sus compras a precios menores, pero la gente con pocos recursos, que no tiene ese medio de transporte, se verá obligada a pagar los precios excesivos para continuar viviendo en ese pueblo.

Nótese que la situación descripta implica egoísmo por parte de los comerciantes mencionados, ya que tratan de competir socialmente con los demás, perjudicando de esa forma a la gente de menores recursos. El lector acostumbrado a escuchar las críticas adversas al capitalismo supondrá que tal situación es la promovida por el liberalismo. Sin embargo, la realidad es completamente diferente. El liberalismo propone que tanto el Estado como la sociedad favorezcan la competencia empresarial para permitir que, en casos como el mencionado, aparezcan competidores (otra panadería), para evitar la suba injustificada de precios y para beneficiar así a toda la población, especialmente a los sectores menos pudientes.

La competencia promovida por el liberalismo es una competencia cooperativa, ya que ambos panaderos, el antiguo y el nuevo, competirán para satisfacer de una mejor manera la demanda de los clientes, es decir, para cooperar mejor con la clientela. A partir de la llegada del nuevo panadero, el primero deberá reducir el precio para no quedarse sin clientela, aunque seguramente seguirá siendo tan egoísta como antes. Pero, al verse reducidas sus pretensiones, actuará cooperativamente gracias a las presiones de la competencia. De ahí que el mercado puede funcionar aceptablemente a pesar del egoísmo empresarial, que es muy distinto a promover el egoísmo como factor necesario para el progreso.

Quienes se oponen a la economía de mercado, debido a que promueve la competencia empresarial, apoyan necesariamente a una economía de tipo monopólico, que perjudicará a la gente de menores recursos y que habrá de producir una gran desigualdad social. Sin embargo, supuestamente están a favor de los pobres, en contra de la desigualdad social y a favor de la cooperación, lo que resulta difícil de entender debido a que se presenta una esencial contradicción.

El que promueve el monopolio en lugar de la competencia, es el que pretende solucionar el caso del panadero abusador, no con el mercado, sino con un monopolio de tipo estatal, que es el socialismo. Si bien no habría razón para que se solucionara la situación cambiando un monopolio por otro, encuentra en la “superioridad ética” del marxista, a cargo del Estado, la posibilidad de un “buen distribuidor de lo que otros producen” en oposición al empresario privado, que sería “egoísta y explotador” por naturaleza.

La actividad comercial de tipo monopólico, aun cuando pueda parecer una situación perdurable, con el tiempo tiende a desaparecer por cuanto, volviendo al ejemplo considerado, es posible que algún comerciante foráneo se entere de la situación comercial vigente en el pueblo y abra un comercio que tienda a absorber gran parte de la clientela insatisfecha de los comerciantes abusadores.

También quienes se oponen a la competencia empresarial critican a las empresas más exitosas acusándolas de concentrar gran cantidad de capital y a promover “desigualdad social”. Como el mercado tiende a limitar el monopolio, cuando nos enteramos de que una empresa multinacional tiene un elevado capital, debemos asociarlo a una gran eficacia productiva. Si nos enteramos que Toyota es una de las mayores empresas del mundo, nos imaginamos a millones de usuarios que han podido adquirir uno de los vehículos por esa empresa fabricados. Si nos enteramos que Intel también es una de las mayores empresas del mundo, suponemos que millones de usuarios han podido adquirir una computadora personal realizada con microprocesadores fabricados por esa empresa. Nuevamente, la critica adversa tiene poco sentido, excepto para grupos caracterizados por el pensamiento destructivo que concentran su malestar atacando a todo aquello que sea útil y que beneficie a la sociedad.

En cuanto a la intervención del Estado sobre la economía, la actitud capitalista sostiene que debe intervenir lo necesario para mantener funcionando eficazmente el mercado. Lo necesario puede ser poco o mucho, dependiendo de las circunstancias. Lo que se propone es que el Estado no distorsione el mercado imponiendo precios, tasas de interés, cantidad de dinero circulante, etc., fuera de los valores necesarios para que funcione como un sistema autorregulado, ya que tales distorsiones empeorarán las cosas en lugar de mejorarlas, algo que se ha comprobado muchas veces.
Bajo cierto racionalismo, no debería ser criticable tratar de que las cosas no empeoren.

Ante una situación de crisis, en la cual se produce una disminución de cierto producto, la actividad empresarial tenderá a resolver la situación bajo las condiciones del mercado, mientras que si se trata de una economía socialista, la planificación tenderá a demorar excesivamente la solución esperada. Pierre Frances escribió:

“Para realizar esta inmensa transformación, no se ha hecho ningún llamado a la iniciativa individual, pues la doctrina soviética lo prohíbe. El Estado se ocupa de todo, cosa que explica las lentitudes y los fracasos”.

“Estas gentes viven aquí con una manía persecutoria. Se creen rodeados de enemigos, y hasta llegan a creer ellos mismos todas esas historias de sabotajes por medio de las cuales se explican al pueblo los fracasos del plan quinquenal”.

“Esta explicación no nos basta, y nosotros, que a menudo habíamos hablado de la anarquía del régimen capitalista, comenzamos a comprender que la planificación es algunas veces mucho más anárquica. ¿Qué ocurre, en efecto, en un régimen capitalista cuando se carece de algo? La ley de la oferta y la demanda hace subir inmediatamente su precio; todo el mundo se precipita para fabricarlo, pues los productores se ven atraídos por el beneficio, y el equilibrio es así alcanzado de nuevo rápidamente. Por el contrario, en el régimen planificado, donde cada cosa no tiene sino la importancia que debe finalmente tener, lo que parece deber evitar toda superproducción y toda subproducción, sucede que la paralización del más mínimo engranaje detiene a toda la maquinaria, y no existe esa alza de los precios que conduce al restablecimiento del equilibrio. Es necesario haber visto funcionar el régimen colectivista para comprender en su justo valor todo el interés del sistema de la libre empresa del régimen capitalista” (De “La Rusia neo-zarista de Stalin”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1944).

Mientras que el panadero mencionado en un principio seguirá siendo egoísta aun bajo un sistema de competencia empresarial, quienes combaten al capitalismo cambiando totalmente la realidad, seguirán siendo totalitarios aunque no puedan instaurar tal sistema debido principalmente a la presión de un gran sector de la sociedad que no permitirá que se llegue a sistemas sociales de tipo carcelario.

Pompilio Zigrino
20/01/2012, 21:24
Mientras que en el capitalismo toda empresa sufre un constante examen de calidad y precios por parte de sus clientes, con el riesgo de quedar fuera del mercado si no supera la evaluación, en las economías planificadas no existe ese control, por lo que la eficiencia empresarial es reducida. Sin embargo, cada empresa estatal debe afrontar el control de los planificadores quienes compararán los objetivos fijados con los resultados logrados. En épocas de Stalin, toda discordancia de los resultados con la planificación era atribuida a los conspiradores seguidores de Trotsky, en lugar de ser atribuida a las limitaciones inherentes al propio sistema. Incluso se obligaba a los funcionarios a reconocer fallas propias para salvar el prestigio del plan gubernamental. Pierre Frances escribió:

”Le pregunto cómo se han podido obtener confesiones tan fenomenales de esos hombres importantes, que se han acusado todos a sí mismo de crímenes diez veces superiores a cuanto era necesario para hacerlos condenar a muerte, y le recuerdo especialmente esa declaración inverosímil del director de los ferrocarriles, reconociendo que había organizado ¡¡ diez mil accidentes de ferrocarril !!. Pretende él que esas confesiones «espontáneas» se explican por la acción de la GPU que había amenazado con fusilar a las familias de los acusados, además de fusilarlos a ellos mismos, si no recitaban en su totalidad la lección aprendida”.

La mentalidad prevaleciente en una sociedad hace que se busque con preponderancia el capitalismo o bien el socialismo. Cuando la mayor parte de la población busca producir y realizar intercambios, piensa cooperativamente y a favor del capitalismo. Cuando la mayor parte de la población pretende distribuir lo que producen los demás, o bien vivir a costa de lo que producen los demás, teniendo al Estado como intermediario, entonces piensa en forma egoísta y a favor del socialismo.

agente t
22/01/2012, 17:24
La crisis tiene mil caras y ninguna buena. Cada uno de nosotros tendrá una historia de recorte y sufrimiento que contar. Pero algunas de ellas no reciben tanta antención como quizás merecen.

No por anunciada, la situación de estrangulamiento de la industria farmacéutica en España deja de ser grave. Los datos que se han hecho saber esta semana son reveladores. En noviembre de 2011 (faltan por conocer las cifras de cierre de ejercicio) el 70 por 100 de los laboratorios españoles presentaba facturaciones considerablemente menores que en 2010. Las caídas más graves rondan el 15 por 100.

Eso supone que las empresas del sector han ingresado 16.300 millones de euros menos que el año pasado. Ningún laboratorio español se encuentra entre los 10 primeros en cifras de venta en farmacia; en 2010 había dos. Bajan considerablemente las ventas de fármacos de marca (un 6,6 por 100) y suben ligeramente los genéricos, aunque estos apenas llegan a copar el 30 por 100 del mercado.

La caída es más grave si se compara con 2009. Llevamos tres años seguidos de disminución en el mercado.

Las empresas farmacéuticas sufren de los mismos males de comunicación que los bancos. Para el público en general, todas las desgracias que padezcan son pocas. Tienen mala fama, siguen ganando mucho dinero, compiten en un mercado difícil y hacen negocio con nuestra desdichada salud. Pero que el mercado de los medicamentos encoja de tal manera no es buena noticia para nadie.

Las principales amenazas para el sector son el impago por parte de la administración y la superregulación. En cuanto a lo primero, hay casos sangrantes: regiones que llevan más de 400 días de retraso en la deuda por suministro de medicamentos. En tales condiciones se hace cada vez más difícil mantener la distribución universal que nos permite vivir en un país privilegiado, un país donde cualquier ciudadano tiene una farmacia abastecida a una distancia razonable de su casa y cualquier hospital cubre sus necesidades farmacológicas básicas... casi siempre.

La ruinosa situación de Grecia ha revelado cuán importante es algo tan inadvertido por el común de los mortales como la seguridad farmacéutica. Allí, los padres de niños diabéticos han tenido que levantarse más de una vez con la angustiosa noticia de que no está garantizado el suministro de insulina para sus hijos, por ejemplo.

Mantener un estado de equilibrio en la dispensación de medicamentos requiere permitir una industria saneada. La vía de la reducción de precios y los recortes por ley empieza a agotarse y podría poner en peligro la seguridad del sistema, dicen. En cuanto a la superregulación, parece evidente que los intentos de injerencia en el mercado para favorecer la venta de genéricos han sido, como casi siempre ocurre con las leyes que acotan la libertad de elección, poco efectivas.

En el fondo, la dilución de las marcas puede tener más efectos secundarios de los esperados. Con cada vez menos compañías españolas en el escenario y una creciente dependencia de pocas firmas pero multinacionales, la imagen del sector patrio se deteriora a pasos agigantados. España puede empezar a no ser un país tan interesante para los grandes fabricantes. ¿Cómo explicar a la matriz intenacional que la filial española es incapaz de cumplir sus objetivos porque el Gobierno no paga, porque la ley impide mejorar los márgenes, porque los precios bajan año tras año...?

La industria farmacéutica es algo más que un mercado de píldoras. Con sus luces y sus sombras, sus excesos y prebendas (que las tiene), es también el marco necesario para que se siga investigando. No hay I+D+I posible en el terreno de la salud sin su concurso. Y no hay concurso posible sin beneficio de retorno. Si nuestro país deja de ser rentable para las grandes compañías, el fantasma de la deslocalización acecha. Se llevarán las inversiones a otro lado. Y, en este caso, sus inversiones son inversiones en la salud de todos.



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